Unas horas después de que Snape abandonara la habitación para dejarme reflexionar y descansar, decidí levantarme. Todavía me sentía cansada, pero no aguantaba más tiempo recostada sobre esa cama.
Me miré en el espejo que se situaba enfrente de la cómoda un tanto asustada del aspecto que lucía mi cabeza, con una maraña de pelo imposible de domar. Intenté colocarlo lo mejor que pude hasta que al cabo de un rato desistí.
Me acerqué al enorme armario que descansaba sobre la pared del fondo de la habitación y abrí con cuidado una de las hojas, una extraordinaria fragancia invadió mis fosas nasales. El olor de Snape impregnaba la totalidad de camisas que descansaban ordenadamente en el interior del armario. Inconscientemente cogí una manga y acerqué el puño a mi nariz para embriagarme todavía más de aquel aroma.
–Si buscas algo que ponerte, tienes una muda sobre la silla –informó la voz de Severus desde el umbral de la puerta, haciéndome sobresaltar. –Aunque estoy seguro de que la profesora McGonagall habrá llenado hasta arriba el armario de tus aposentos.
Me quedé sorprendida ante aquel dato.
–¿Mis aposentos?
–Sí, lo está preparando todo para que estés más cómoda –respondió serio sin dejar de mirarme.
Sentí una inexplicable sensación de decepción al escuchar aquello.
–Gracias –susurré intentando que mi cara no exteriorizase aquel sentimiento.
Había pasado tanto tiempo conviviendo con él que ahora me resultaba muy extraño abandonar aquella costumbre.
–La profesora está intentando desalojar la habitación de al lado, quiere que ambos estemos en el mismo ala del castillo y las mazmorras son el lugar más seguro –informó como si de alguna forma hubiese leído mi pensamiento. –Tu cuarto no será muy grande, pero supongo que suficiente.
Sonreí tímida ante su comentario.
–¿Hay algo que pueda hacer? –pregunté sincera. –Si vamos a estar aquí encerrados hasta que todo esto acabe, me gustaría sentirme útil.
Severus me escrutó sin decir nada. Entretanto yo lo observé más detenidamente. Unas marcadas ojeras se ahuecaban debajo de unos ojos somnolientos. Su rostro estaba más pálido de lo normal y en sus ropajes podían encontrarse manchas aleatorias sobre la tela.
–Podría ayudarte… si me dejas –informé temerosa de su contestación. Sabía cómo era el carácter del profesor Snape. Estaba segura de que no le hacía mucha gracia que nadie revoloteara alrededor de sus cosas, pero ahora que mis recuerdos habían vuelto, ya no era la chica ingenua que abrió la maleta que contenía un boggart. Ahora tenía años de conocimiento y la verdad es que siempre se me había dado muy bien el caldero.
Sentí como sopesaba mi oferta durante un par de minutos.
–Está bien –dijo al fin. –Pero no tocarás ni harás nada sin mi aprobación, ¿queda claro?
Asentí satisfecha y cogí mi varita, que hasta ese momento descansaba sobre la mesilla de noche, metiéndola en el bolsillo trasero de mi pantalón. Coloqué la camiseta de tiras que vestía en ese momento sobre ella y me puse en marcha. El vapor de varios calderos burbujeantes nos recibió al entrar en la sala. Severus tenía infinidad de frascos abiertos sobre la mesa. Me quedé al margen, esperando a que me diese instrucciones.
–¿Qué estás intentando hacer? –pregunté mientras él revolvía un mejunje.
–Una poción extractora del alma –informó no muy convencido.
–Pero… ¿no has dicho que parte de sus almas están conectadas de forma irrompible?
–Y así es, pero para poder salvar a Harry, una parte de él también debe morir. Es la única forma y ni siquiera sé si es posible –respondió preocupado.
–¿Con cuánto tiempo contamos?
–No sabría decirte, pero Voldemort es cada vez más fuerte. Al no poder hacerse corpóreo, ha desarrollado una especie de comunicación telepática aprovechándose de los estados de inconsciencia de Potter. Está reuniendo a los pocos mortífagos que sobrevivieron, pero es cuestión de tiempo que su grupo aumente.
–¿Cómo lo sabes?
Snape me miró con tensión mientras poco a poco se remangaba su brazo izquierdo.
–Hace un par de años era prácticamente un borrón. Con el paso del tiempo la tinta se había ido evaporando de mi piel y las formas estaban difusas. Pero ahora… – respondió mientras me mostraba la marca tenebrosa.
Me acerqué con cautela hasta colocarme frente a él. Ignoré su disconformidad cuando mi mano apresó su muñeca y mis dedos comenzaron a perfilar la silueta de la serpiente. Me miró aprehensivo, sabía que no estaba cómodo con aquello.
–¿Te duele? –pregunté sin dejar de contemplar la marca.
–Solo de vez en cuando.
–¿Y a qué puede ser debido? ¿Sientes su llamada?
–Creo que la marca se va haciendo más nítida conforme él va cogiendo fuerza, por eso siento su ardor.
–¿Ellos saben que estás vivo? - Pregunté mientras el bajaba la manga de su camisa.
–Sí, desde hace unas cuantas semanas. Supongo que a Voldemort le costaría adivinar cuál era la marca que seguía activa y que todavía no le había dado respuesta. La profesora McGonagall me informó de que por esas fechas alguien profanó mi mausoleo, así que si, seguramente el Señor Tenebroso envió a los mortífagos a comprobar que no estaba muerto.
Me coloqué tras la mesa pensativa a la vez que observaba la cantidad de especias que estaban sobre ella.
–Aquí estamos a salvo –susurró Severus sin apartar la mirada de mí.
–De momento –respondí con una sonrisa nerviosa.
–Siento que te hayas visto involucrada en todo esto –comentó con aire despreocupado mientras empezaba a cortar las hojas secas de una mandrágora.
–¿Crees que todavía me siguen buscando?
–Oh, si… ellos nunca se cansan. Eres un cabo suelto y a Voldemort le gusta tenerlo todo muy bien atado –respondió.
Entrecrucé mis manos tras mi espalda para disimular el temblor que de pronto me abordó al recordar sus terroríficas mascaras.
–Si fueses una bruja enclenque no habrías triunfado en la vida como lo has hecho hasta ahora, asique no te aminores ante ellos –informó sincero a la vez que echaba el triturado de hojas en el caldero.
Me quedé estupefacta, ¿aquello había sido un halago? ¿Severus Snape haciendo cumplidos? No podía ser cierto.
–La profesora McGonagall también me ha dicho que has pasado algunos veranos en el castillo, por lo que deduzco que conocerás sus alrededores, ¿no es así?
–Sí, estudié nivel avanzado de transformaciones aquí durante dos veranos.
–Bien, en un par de días tendremos que salir a recoger una planta que solo se da en Hogsmeade y necesito que me acompañes, debe embotellarse nada más sacarla, si la raíz está demasiado tiempo en contacto con el oxígeno exterior pierde sus propiedades.
Asentí, dándole a entender que lo acompañaría.
–¿Ves el mortero que está sobre la estantería? –dijo sin dejar de observar el líquido viscoso que se había formado en el caldero al echar la mandrágora. –Cógelo y mezcla las ancas de rana y las cáscaras de huevo de dragón que están sobre la mesa.
Me puse a ello al instante, tardé varias horas en conseguir que las cáscaras se volviesen polvo para que al mezclarlas con las ancas de rana no se formase una masa compacta. Sentía la mirada de Snape sobre mí a cada rato por lo que en ocasiones me costaba un poco disimular mi nerviosismo.
–Creo que esto ya está –informé a la vez que le tendía el recipiente.
Severus lo cogió y lo examinó. Tras un par de segundos lo vertió en el otro recipiente humeante situado en el extremo opuesto de la mesa. Permanecí en silencio mientras observaba desde un rincón lo bien que se defendía en el campo de las pociones, pero mi rubor aumentó inexplicablemente al percatarme de que su camisa estaba entreabierta casi hasta a la altura del pecho.
Hacía mucho calor en la habitación, seguramente a causa de los continuos vapores que emergían de los calderos. La piel de Snape brillaba a la tenue luz de las antorchas y mis ojos no dejaban de recorrer cada centímetro de su medio tapado pecho. Enrojecí en el mismo instante en el que me percate sobre el rumbo que estaban tomando mis pensamientos.
–¡Aquí estás! –exclamó Minerva al entrar en la habitación. –¿Cómo te encuentras? –inquirió echando una mirada reprobatoria a Snape. Seguramente hubiese preferido haberme encontrado en el dormitorio descansando.
–Muy bien, la verdad es que no aguantaba más tiempo en aquella cama, necesitaba distraerme.
–No te preocupes, te he preparado un espacio para ti, así podrás estar más cómoda.
Asentí sonriente, aunque en el fondo algo apenada. Salí de la habitación detrás de McGonagall para acomodarme en mis nuevos aposentos.
–Puedes decorarlo como te plazca –señaló la profesora mientras nos adentrábamos en la sala.
Una enorme vidriera de cristal iluminaba la habitación llenándola de luz y color. A su lado, una amplia cama con un cabecero de barrotes de madera de roble llenaba la pared junto con una estantería repleta de libros. Al otro lado de la habitación, un cómodo sofá de terciopelo granate y un armario de caoba repleto de ropa.
–Te dejo sola para que te acomodes –se despidió Minerva antes de abandonar la habitación.
Me quede allí plantada observando mi alrededor y preguntándome cuanto tiempo pasaría hasta que todo aquello acabara.
Continuará...
