Al llegar la noche inspeccioné el armario en busca de algo cómodo que ponerme y me metí en la cama para comenzar la lectura de uno de los libros de la biblioteca que me había llamado la atención. Ya era entrada la madrugada y todavía no conseguía conciliar el sueño en aquella fría habitación. Sentía mi cuerpo cansado, pero mi mente no dejaba de trabajar a mil por hora procesando todo lo que había pasado hasta ese momento.

El ruido de la lluvia chocando contra los cristales de la vidriera me hizo levantar del colchón. Todo estaba en una calma inusual. Al acercarme a la ventana comprobé cómo los jardines de Hogwarts estaban encharcados a causa de la lluvia torrencial que acababa de desatarse.

Bajé la escalera de caracol que conducía a los aposentos de Snape intentando no hacer ruido. La puerta de su dormitorio estaba inclinada. Estuve tentada a acercarme, pero ya había sido demasiado vergonzoso el momento en el que el profesor me había pillado hurgando en su armario como para volver a repetirlo.

Después de dar un par de rodeos decidí recostarme sobre el sofá que estaba cerca de la mesa que Severus utilizaba como despacho. Al poco rato deje de escuchar el ruido de la lluvia, la pesadez comenzó a apoderarse de mis párpados y me dormí.

Me desperté a la mañana siguiente en la misma posición en la que por fin había conseguido conciliar el sueño, pero algo había cambiado. Estaba arropada por la impoluta capa de Snape. Cerré los ojos de nuevo, intentando demorar aquella gratificante sensación. Su olor me impregnaba y la suavidad de su capa me abrazaba, haciéndome fantasear.

El ahora familiar tintineo de frascos me hizo salir de mi ensoñación. Por la posición del sol, ya debía de ser bien entrada la mañana. Me incorporé rápidamente al darme cuenta de que el profesor seguiría trabajando en la poción extractora. Snape parecía atareado, tenía varios fogones activos y la mesa estaba llena de mejunjes.

–Buenos días –saludé desde el umbral de la puerta.

El profesor levantó la vista de las vísceras de acromántula que tenía sobre la mesa para fijarla en mis piernas durante un par de segundos. Deseé que en aquel momento la tierra me tragase, me había despertado tan somnolienta que ni siquiera me había percatado del atuendo que llevaba. Sin duda un camisón negro de raso no era la ropa más adecuada para aquella ocasión. Mis mejillas enrojecieron y me sentí estúpida, ¿qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Salir corriendo avergonzada? Lo consideré seriamente.

–¿Podrías espolvorear sobre el caldero las arenas de bicornio? –preguntó Snape sin levantar la vista.

–Claro –respondí nerviosa casi sin dejar que acabase la frase.

Comencé a revolver el caldero mientras intentaba calmarme. Con el paso de los minutos mis mejillas pasaron del rojo fuego al rosado. Severus apenas levantaba la vista, detalle que agradecí enormemente.

–¿Quieres que limpie las escames de colacuerno? –inquirí al percatarme de que estaban sobre la mesa.

–De acuerdo –respondió serio mientras sacaba el caldero del fuego.

Tan solo habían pasado un par de segundos cuando un estrepitoso estruendo se hizo eco en toda la habitación. El enorme caldero de acero se había resbalado de las manos del profesor empapándolo por completo. Severus permanecía arrodillado en el suelo retorciéndose de dolor a la vez que presionaba con su mano derecha la marca tenebrosa.

Me apresuré hasta situarme a su altura. Intenté agarrarlo para ayudarlo a incorporarse, pero se deshizo débilmente de mi gesto para aovillarse en la fría piedra con los ojos totalmente cerrados. Entonces un extraño vapor empezó a envolverlo todo.

–¿Había plumas de fénix en el caldero? –pregunté aterrada al identificar el singular olor.

Apenas pude distinguir un débil gesto afirmativo en la cara de Snape. Al instante, vi como de su levita comenzaba a salir un preocupante humo blanco. Me apresuré a desabrochar sus botones, pero una de las esquinas de la prenda ya había comenzado a arder. Agarré la levita por los extremos del cuello y tiré con fuerza llevándome por delante a su vez la camisa blanca de seda que llevaba por debajo.

Hice un hollín con su ropa y me precipité a introducirla en el caldero para al cabo de un instante escuchar una pequeña explosión. Me acerqué nuevamente a Severus el cual parecía algo más consciente.

–El suelo… –susurró intentando incorporarse.

–¡Aguaeructo! –exclamé haciendo que una ráfaga de agua saliese de mi varita.

Una vez que el peligro había cesado, ayudé a Snape a recomponerse.

–¿¡Qué ha ocurrido aquí!? –exclamó la aterrada voz de Minerva sin apenas haber entrado en la sala.

–Hemos tenido un pequeño problema, nada que unas cuantas horas más de trabajo no puedan arreglar –informó el profesor intentando restarle importancia al asunto.

Observé la mirada perpleja de McGonagall. Sus ojos rebotaron del torso desnudo de Snape a mi diminuto camisón, para luego pasearse por el estropicio de la sala.

–Será mejor que… –comentó Snape haciendo un ligero gesto con la mano, indicándole a la profesora que se apartara de la puerta. –Si me disculpan –se despidió mientras ponía rumbo a su dormitorio.

Me quedé inmóvil en mi sitio mientras veía cómo el profesor salía de allí. Ya era conocedora de las múltiples marcas que Snape tenía en una parte del torso, pero me quedé sin palabras al ver su esculpida espalda plagada de cicatrices.

Me encaminé tras él a la vez que escuchaba a Minerva conjurar un Tersus Tiddy para ordenar todo aquel desastre. Llegué a sus aposentos, pero la puerta de su dormitorio estaba cerrada. "¿Qué esperabas?" Inquirió mi subconsciente irónicamente.

Continuará...