La tarde transcurrió sin novedades. Severus se enfrascó en su trabajo sin comentar nada de lo ocurrido aquella mañana. Me sentí tentada a preguntarle, pero poco a poco había empezado a entender su carácter. Aunque era algo que me repateaba, comprendía que a veces era mejor dejar las cosas como estaban.

El cielo se encapotó al llegar la noche y la lluvia surgió de nuevo haciendo que su replique en las ventanas fuese el único sonido que me envolvía. De la misma forma que la noche anterior comencé a dar vueltas en la cama totalmente desvelada. Esa noche necesitaba descansar ya que al día siguiente iríamos a Hosmeade y quería estar despierta para la jornada que nos esperaba.

Tiré de la manta que cubría mi cama para envolverme en ella y encaminarme hacia el lugar en el que sabía que dormiría tranquila.

Me acomodé en el sofá y cerré los ojos. No habían pasado ni diez minutos cuando sentí como la puerta de la habitación de Severus se abría y una sombra se plantaba frente a mí. Mantuve mis ojos cerrados intentando pasar desapercibida, fingiendo que estaba plácidamente dormida.

Snape se quedó allí plantado observándome, sopesando qué hacer conmigo.

Unas frías manos apartaron al instante la manta de mi cuerpo. El brazo de Severus se coló por mi espalda haciendo que mi cabeza se acomodara sobre su hombro mientras su mano derecha se colocada bajo mis pantorrillas para elevarme y sujetarme cómodamente en su regazo.

Aspiré su aroma complacida deseando que aquel momento jamás terminase, pero a los pocos segundos sentí el frío colchón de mi cama a mis espaldas. Noté como el cuerpo del profesor se alejaba lentamente de mí y deseé agarrarlo para atraerlo nuevamente, no quería que sus brazos me soltasen.

Un pequeño escalofrío me traspasó al notar una suave caricia en la parte trasera de mi oreja. Entreabrí los ojos, sorprendida. El rostro de Snape estaba a escasos centímetros de mi cuello y su nariz perfilaba mi piel en un sutil y casi inexistente roce.

Mi boca se entreabrió y mis labios exhalaron un suspiro que no pasó desapercibido para él. Se separó de mí al momento y me escrutó desde la oscuridad. Mi pecho subía y bajaba descontrolado, de forma inexplicable. ¿Cómo era posible que con aquella simple caricia mi cuerpo ya estuviese así?

Me incorporé con singular lentitud, quizás temerosa de su reacción. Aun así, permaneció inmóvil, observándome. Elevé una de mis manos para acariciar su rostro pero él la interceptó al instante, agarrándola con fuerza.

Estuvimos varios segundos callados, retándonos con la mirada, hasta que él, sin dejar de mirarme, decidió llevarse mi muñeca a la boca. Comenzó a besarla sutilmente, demorando el suave y frio roce de sus labios sobre mi piel. Continuó besándome hasta llegar al lóbulo de mi oreja donde un tenue mordisco me hizo tiritar. Probó la comisura de mi boca con una desproporcionada calma haciendo que todo mi vello se erizase de expectación.

Me miró intrigante hasta que con fiereza enredó sus dedos en mi pelo. Sus labios comenzaron a devorarme como si en ellos consiguiera de alguna forma calmar el fuego que ahora centelleaba en sus ojos. Me empujó contra el colchón y se abalanzó sobre mí castigándome con ardientes caricias que descendían ávidamente por mi piel. Tomó las tiras de mi camisón y las rasgó con fuerza. Su lengua comenzó deslizarse por mi piel, mientras sus dedos los acompañaban con urgentes caricias.

–¿Qué ocurrirá mañana? –pregunté sofocada agarrando una de sus manos impidiendo que continuase con sus atenciones.

Snape me miró acalorado, un tanto confuso ante mi pregunta. Sabía que no era el momento propicio para hacerla pero no estaba segura de poder soportar su hostilidad e indiferencia al día siguiente si seguíamos con aquello.

–Esto es lo único que puedo ofrecerte –respondió refiriéndose a lo que estaba a punto de ocurrir. –¿Quieres que pare? –susurró en mi boca mientras sus dedos emprendían nuevamente la marcha por mi cuerpo.

Lo agarré por la nuca y lo atraje hacia mí para fundirnos en un ardiente beso del que ambos no queríamos ver su final. Mordió mi barbilla con deseo a la vez que continuaba acariciándome. Me retorcí bajo su cuerpo haciendo que él se incorporase y mis manos se abalanzaron nerviosas hacia su torso rozándolo una y otra vez. Mi respiración se entrecortó y mis labios se entreabrieron en busca de oxígeno. Bajó sus manos hasta la parta baja de mi espalda atrayéndome hacia si para que nuestros cuerpos permaneciesen más unidos.

Ambos perdimos la noción del tiempo y simplemente nos dedicamos a sentir el cuerpo del otro bajo las suaves sábanas que se enredaban entre nuestros cuerpos. No sé exactamente cuánto tiempo después, me desplomé sobre la cama totalmente exhausta con él a mis espaldas. Permanecimos así durante unos cuantos minutos, hasta que Snape agarró mi cuerpo por la cintura situándose detrás. Me arrimé más hacia él para seguir notando el calor de su piel a la vez que sus suaves besos se perdían dulcemente por mi nuca y mis párpados se cerraban irremediablemente cayendo en un profundo y reparador sueño.

Continuará...