Me desperté con la sensación de haber dormido durante días. Mi tez desnuda brillaba gracias al reflejo del sol. Giré sobre mí misma para buscar el cuerpo de mi acompañante pero solo encontré una maraña de sabanas sobre un rincón vacío.
Las enredé entre mis dedos intentando recordar los plácidos momentos que había compartido con el profesor la noche anterior. Me vestí con rapidez y salí del dormitorio. Severus me esperaba a los pies de la escalera con la túnica negra sobre la levita.
–¿Estás lista? –preguntó con la misma mirada imparcial de todos los días.
Me quedé callada observándolo, intentando fingir que su apatía e impasibilidad no me afectaba en absoluto.
–Sí, podemos irnos cuando quieras.
Snape se encaminó hacia la puerta.
–¿No usaremos un traslador?
–No, las barreras protectoras del castillo impiden aparecerse. Esperaremos a que los alumnos entren en sus respectivas clases y nos colaremos por el pasadizo de la bruja tuerta.
–De acuerdo –respondí mientras me colocaba tras él para emprender la marcha.
Caminamos con cautela hasta llegar al piso superior. Severus colocó la capa de invisibilidad sobre nosotros para evitar ser vistos. Su cercanía me puso nerviosa, sentir el más mínimo roce de su cuerpo me hacía revivir los tórridos momentos que nos habíamos regalado la noche anterior.
Recorrimos el corredor durante más de treinta minutos hasta que llegamos a través de una trampilla a la trastienda de una pequeña taberna. Nos escabullimos por la parte trasera y salimos al exterior nuevamente bajo la capa.
Me quedé maravillada al ver el paisaje, todo estaba cubierto de nieve. La mano de Snape se cernió sobre la mía tirando de mí para hacerme avanzar. Recorrimos varios kilómetros por un abrupto terreno que cada vez se adentraba más en el bosque.
–Recoge las setas con pintas azules que encuentres a los pies de los árboles – informó Severus a la vez que doblaba la capa dejando nuestros cuerpos totalmente visibles. –Aquí estamos seguros –constató mientras se ponía a raspar la corteza de uno de los árboles y la guardaba en un pequeño bote de cristal.
Caminamos durante todo el día, haciendo pequeñas paradas para que el pocionista surtiera los déficits de su despensa. Algunas de las especies que buscábamos resultaban un tanto complicadas de encontrar, pero ninguna se resistió al ojo clínico de Severus. Al llegar a una especie de laguna el profesor se detuvo.
–¿Qué ocurre? –pregunté al ver que no avanzaba.
–En Hogsmeade el díctamo solo se cultiva aquí –dijo mientras señalaba una pequeña poza de no más de diez metros de largo y de agua totalmente cristalina. –El caudal del río ha debido de desbordarse a causa de las lluvias, generalmente este terreno suele estar seco.
–Pues será mejor que nos demos prisa –comenté echando un vistazo a mí alrededor. –Está empezando a anochecer.
El rubor comenzó a subir gradualmente por mis mejillas al ver cómo Snape se quitaba la capa y comenzaba a desabrocharse los botones de la levita para introducirse posteriormente en la fría agua de la poza.
–Es una planta de tallo fino que tiene los pétalos violáceos y en su centro las esporas se ramifican. Es fácil de identificar ya que en el envés de sus hojas tiene unas pequeñas marcas blancas –informó mientras se sumergía por completo y comenzaba a bucear en su búsqueda.
Decidí hacer lo mismo, mi respiración se entrecortó al notar la temperatura, pero me hundí en sus aguas intentando encontrar la planta que nos faltaba.
–Todavía necesitamos más –informó un Severus completamente empapado al cabo de un rato, con un manojo en su mano.
Las gotas de agua resbalaban por su cara ya que goteaban lentamente desde las puntas de su pelo. Colocó las plantas sobre una de las piedras que cercaba la poza y se volvió a sumergir.
Yo hice lo mismo. No era difícil encontrarlas, el agua estaba muy limpia y a pesar de la oscuridad de la noche, la luna proporcionaba luz suficiente para desempeñar aquella tarea.
–He encontrado otras tres –informé elevando mi mano.
El profesor se acercó hasta quedarse situado a mi altura.
–¿Has dañado la raíz al sacarlas? –preguntó estrechándose contra mí para observarlas más detenidamente.
–Creo que no –respondí en un hilo de voz al percatarme de la cercanía de nuestros cuerpos.
El profesor me contempló profundamente mientras ambos nos perdíamos en las pupilas del otro. Casi de forma mecánica, comenzamos a acercar nuestros rostros hasta que los labios se rozaron.
La humedad de nuestra piel hizo de aquel roce algo excitante, provocando que el beso que acabábamos de empezar se volviese urgente y pasional. Mordí ligeramente el labio inferior de Severus y éste reaccionó exhalando un ligero gruñido de excitación.
Solté las plantas y coloqué mis manos alrededor de su cuello, apretando más su cuerpo contra el mío para disfrutar más de aquel inesperado momento que estábamos compartiendo.
Continuará...
