Todavía sin separar nuestros labios, comencé a notar cómo el frío calaba mis huesos y, sin poder evitarlo, me estremecí notablemente. Ante mi temblor, Snape se separó de mi cuerpo, rompiendo aquel mágico beso y mirándome ligeramente confundido.
–Debemos irnos –susurró mirando a su alrededor, como si nada hubiese ocurrido.
Traté de disimular mi cara de fastidio y salimos de la charca todavía empapados para emprender el viaje de vuelta a Hogwarts. Durante todo el camino permanecimos callados. Las grandes zancadas de Snape me obligaron a acelerar mis pasos para no perderlo de vista. Con dificultad, recorrimos nuevamente el camino que nos había llevado hasta Hogsmeade. Al llegar al castillo, el profesor tiró su capa en el sofá a la vez que con un movimiento de varita avivaba el fuego de la chimenea.
–Mañana nos espera un duro día de trabajo, será mejor que subas a tu cuarto e intentes descansar –informó mientras colocaba sus manos sobre la piedra de la chimenea.
–Allí no consigo descansar como aquí –susurré sincera, acercándome a él con cautela.
–Pues tendrás que acostumbrarte –atajó esta vez con frialdad.
Me coloqué a sus espaldas, intentando obviar su contestación para que mis dedos recorriesen sus costados hasta juntarse en su vientre simulando un tímido abrazo. Noté como respiraba con dificultad y escondía la cabeza entre sus hombros.
–Es mejor que subas a tu cuarto –repitió intentando mostrar tranquilidad.
–¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser así? –pregunté mientras mis labios se posaban sobre su espalda.
Severus se volteó con rapidez agarrando mis muñecas con fuerza.
–Ya te dije que no podía ofrecerte nada más –respondió elevando el tono de voz.
–Pero ¿por qué? ¿Por qué no puede haber nada más entre nosotros? Sólo te pido que me des una explicación no consigo entenderlo –dije, frustrada.
Snape me soltó con brusquedad mientras comenzaba a pasearse de un extremo al otro de la sala.
–Porque no estoy hecho para esto, ¿es que no lo ves? Hay maldad dentro de mí, una oscuridad que, si se desatase, ni siquiera podrías llegar a imaginar.
–Pues yo no la veo por ningún lado –increpé malhumorada.
–¿Por qué crees que el Señor oscuro es tan vil, tan perverso?
Me quedé callada, sin dejar de observarlo.
–Cuando fragmentas tu alma algo se rompe dentro de ti. Si eres un alma pura es más difícil que te corrompas pero una como la mía…
–¿Qué pasa? ¿Acaso crees que estás condenado? –dije irónicamente mientras lo observaba con incredulidad.
Snape se giró para evitar mirarme a la vez que apretaba sus puños.
–Hay más bondad en ti de lo que te imaginas, sabes lo que es el amor porque ya has amado una vez –atajé al recordar los momentos que había compartido con Lily.
–¡Sí! ¡Y por mi culpa está muerta! –respondió enojado.
–Eso forma parte del pasado, se te ha dado una nueva oportunidad, ¿por qué no quieres aprovecharla?
Permaneció callado con la vista clavada en el fuego.
–No me convertiré en alguien como él… –susurró agónicamente en un hilo de voz casi inaudible.
–¡Por supuesto que no! –constaté mientras lo agarraba con firmeza por el antebrazo, haciendo que mi mirase. –¡Tú no eres como él!
–No deberías encapricharte conmigo, ¿por qué no puedes dejar las cosas como están?
–¿Y tú como eres capaz de besarme con la pasión con la que lo haces y después tratarme así?
Severus me apartó hacia un lado para encaminarse hacia su dormitorio.
–¡Contéstame! –chillé con las lágrimas asomando en mis ojos.
–Tienes razón. –Repitió sereno, aunque pude notar un ligero titubeo en su voz. –Jamás debí besarte y te prometo que no volverá a ocurrir. Con suerte, para bien o para mal todo esto habrá acabado pronto, por lo menos para mí.
–¿A qué te refieres? –pregunté enojada avanzando hasta su posición. –¿Qué quieres decir con eso?
–Este no es mi sitio. Yo ya no debería de estar aquí. Volví de la muerte únicamente por el cometido que Dumbledore me encargó, pero eso es todo… mi vida hace tiempo que terminó y debo respetar su final. –contestó tranquilo con sus ojos clavados en mis pupilas.
Tardé un par de segundos en entenderlo. Retrocedí algunos pasos como si con eso consiguiese alejarme de sus desgarradoras palabras.
–¡No lo permitiré! –grité incontrolada mientras las lágrimas resbalaban sin cesar por mis mejillas.
–No es una decisión que te corresponda a ti tomar y no hay nada que puedas hacer – constató con seriedad antes de cerrar la puerta de su habitación tras de sí con un portazo.
Continuará...
