Muchísimas gracias a todos por los reviews, aunque no sé por qué no aparecen reflejados aquí, los puedo ir leyendo a través del correo. Entramos en la recta final de la historia, espero que la continuéis disfrutando!

Saludos

Subí enfurecida a mi cuarto, no estaba dispuesta a dejar que eso pasase. Permanecí despierta durante horas intentando diseñar un plan que fastidiase el propósito de Snape, pero estando allí encerrada mis posibilidades se reducían enormemente. Esperé unas horas hasta que el sol estuvo a punto de salir para colarme en la habitación del profesor y robar la capa de invisibilidad. Los pasillos de Hogwarts estaban totalmente desiertos y sus corredores se iban iluminando poco a poco. Caminé apresurada hasta la gran escalera para dirigirme al despacho de la profesora McGonagall.

Me senté en el escalón situado debajo del águila de piedra que conducía a dirección, esperando que Minerva llegase. Quince minutos más tarde, apareció ataviada con una elegante capa verde botella y su majestuoso sombrero picudo.

–Profesora –susurré quitándome la capa, ya que los pasillos continuaban estando solitarios.

Minerva abrió los ojos sorprendida.

–Sorbete de limón –anunció mientras me agarraba por el antebrazo y me hacía subir por la escalera.

–¿Qué ocurre? No es buena idea que andes merodeando por el castillo, aunque sea bajo la capa de invisibilidad.

–Necesitaba hablar con usted, es sobre el profesor Snape –comuniqué con aprehensión.

McGonagall me miró curiosa y me llevó hasta una pequeña mesa camilla para servirme un poco de té mientras me animaba a que comenzase a relatarle el quid de mi preocupación. La profesora enmudeció cuando acabé de informarle acerca de las intenciones de Severus.

–Necesito su ayuda, profesora. Yo no puedo hacer nada si estoy aquí encerrada sin poder salir –exclamé desesperada.

–¿Y qué podríamos hacer? Es su decisión… –dijo acongojada.

–Si Snape quiere desaparecer antes deberá matar al demiguise, sin eso no podrá morir del todo.

–¿Qué propones que hagamos?

–Debemos esconderlo para que él jamás lo encuentre –respondí ilusionada, sabiendo que mi plan podría funcionar.

McGonagall se quedó en silencio, sopesando todo aquello, hasta que al fin se levantó de su silla para dirigirse a la mesa de su despacho.

–Ya sé quién nos podría ayudar –dijo sacando un pergamino y comenzando a escribir con premura. –Rubeus Hagrid lo encontrará –informó sonriente.

–¿Es seguro? ¿Cree que podemos confiar en él? –pregunté algo alarmada al saber que otra persona sería conocedora de nuestro secreto.

–Sin duda, a Hagrid le confiaría mi propia vida, no hay nadie más leal que él. Le escribiré inmediatamente, lleva un par de semanas en las montañas nubladas criando a una camada de Ridgebacks Noruegos y a un Colacuerno Húngaro. No te preocupes, deja esto en mis manos. Te aseguro que lo encontraremos y lo pondremos a buen recaudo.

–Muchas gracias.

Me levanté de la silla para dirigirme a la salida cuando una especie de pileta de piedra al otro lado de la sala captó mi atención. Me aproximé intrigada hasta que mi mano se posó en el borde.

–¿Qué ocurre? –preguntó McGonagall acercándose a mi posición.

–Esto es un pensadero, ¿verdad? –pregunté al observar el líquido viscoso de su interior.

–Así es, era del profesor Dumbledore, un recurso muy útil para aquellos magos que necesitan aliviar su mente cuando ésta se llena de información. Albus llevaba un almacenamiento muy selectivo de sus recuerdos. Actualmente, estos están cerrados bajo llave por si en algún momento se volviesen a necesitar –comentó la profesora con añoranza al recordar al viejo director.

–Pero, si Dumbledore está muerto… ¿cómo se activarán esos recuerdos? No disponemos de su sangre –pregunté contrariada.

McGonagall enmudeció mientras me miraba extrañada.

–El pensadero permite a la persona que se sumerge en él visualizar en tercera persona los recuerdos que previamente se hayan vertido –respondió sin dejar de escrutarme. –Cualquier hechizo que conlleve un pago de sangre pertenece a las Artes Oscuras. Lo sabes, ¿verdad?

Me quedé en silencio, observando el líquido viscoso que descansaba sobre la pila.

–¿Qué ocurre si mezclas un pensamiento con sangre? –pregunté temerosa al recordar la noche en la que había vistos los recuerdos de Snape en la tienda, junto al bosque.

–Que corres el riesgo de perderte… de no saber distinguir cual es la verdadera realidad –atajó observándome por encima de sus viejas gafas. –Si la persona que vierte un recuerdo en el pensadero le suma un pago de sangre, ya no lo observa como un mero espectador, sino que además puede revivirlo… puede volver a sentir y a experimentar todo lo sucedido en ese momento –respondió dejando patente en su voz un tono de desaprobación.

Me quedé callada asimilando todo lo que McGonagall me acababa de decir.

–¿Por qué me preguntas esto? ¿Es que acaso has visto algo así? –comentó preocupada.

–No lo sé… –mentí. –Supongo que lo leería en algún libro, ahora no lo recuerdo –finalicé esquivando su mirada.

Un ajetreo al otro lado del muro me indicó que tenía que marcharme si no quería que los pasillos se llenasen de estudiantes. Me despedí con un tímido movimiento de cabeza y salí rápidamente del despacho apurando mis zancadas bajo la capa intentando pasar desapercibida.

Entré con cautela y comprobé que Snape ya no estaba en su dormitorio, quizás ya se había puesto a trabajar. Guardé la capa de invisibilidad intentando no dejar rastro de mi escapada y volví a mi habitación. Me metí en la ducha, permaneciendo bajo el grifo más de quince minutos, necesitaba despojarme del cansancio de la noche, aunque sabía que mis ojeras me delatarían. Cuando acabé de prepararme regresé al laboratorio para continuar trabajando en la poción para Harry.

–Buenos días –susurré al entrar en la sala. Severus estaba destilando algo de color rosado y ni siquiera levantó la cabeza cuando respondió a mi saludo.

La mañana transcurrió de una forma extraña, al igual que los días que se sucedieron. El profesor se dirigía a mí únicamente para darme instrucciones. El resto del tiempo permanecíamos en silencio, evitando que nuestras miradas coincidiesen.

Todas las noches me metía en la cama aovillándome en las sábanas e intentando mitigar el dolor que me producía su animadversión. A veces sentía que me ahogaba entre esas cuatro paredes y lo peor de todo es que todavía quedaba mucho para poder salir de allí.

La poción extractora transcurría según lo previsto. Por el comportamiento que Severus presentaba en lo referente a este tema las cosas estaban saliendo bien. La única pega es que algunos de los condimentos necesitaban fermentar durante semanas, lo que hacía que ésta se demorase irremediablemente en el tiempo. Un par de semanas después de duro trabajo me desperté como de costumbre y bajé al ya familiar laboratorio de Snape, pero él no estaba allí. Una pequeña nota descansaba sobre la mesa:

"He vuelto a Hogsmeade, hay algunas cosas que todavía necesito. Lima las uñas de unicornio y de Thestral y échalas al caldero. SS"

Hice lo que ponía en la nota y me quedé esperando su regreso leyendo un libro. Ya era entrada la medianoche y el profesor todavía no había llegado. Me acerqué a la vidriera que estaba justo detrás de la mesa de su despacho para observar la misma vista que yo tenía desde mi dormitorio. Las hojas de los abetos estaban cargadas de nieve dando un aspecto totalmente navideño, y es que al fin y al cabo, solo faltaban unas semanas para nochebuena.

Un ruido en el baño me hizo desenfundar mi varita. Me acerqué cautelosa, el sonido se parecía a una especie de zumbido, como cuando una mosca decide pasearse molestamente por la habitación. Me adentré en el pequeño cuarto hasta descubrir la fuente del extraño ruido. De los bordes del espejo que allí había salía un flagrante color verdoso que se asolapaba como lenguas de fuego a la plata del marco. Me quedé hipnotizada mirándolo a la vez que veía mi propio reflejo en él.

Continuará...