Aviso: este capítulo está contado desde la perspectiva de Snape.
Me levanté esa mañana sin pegar ojo, aunque ya era algo habitual. Caminé por mi habitación intentando placar mis pensamientos. Tenía que salir de allí, necesitaba respirar aire puro. Sabía que no sería capaz de verla nuevamente y seguir fingiendo mi indiferencia. Me resultaba demasiado abrumador.
Saqué del mueble un frasco de poción Multijugos y me bebí una cantidad considerable de un solo trago. Abandoné el castillo con mi nueva identidad y caminé hasta que mis pies suplicaron descanso. Me adentré en lo que parecía una lúgubre taberna, aunque al entrar descubrí que era un antiguo burdel regentado por la famosa Madame Claude. Valoré el salir de allí, pero jarras de cerveza y mujeres desnudas parecían un buen plan para alejar a Crawford de mis continuos pensamientos.
Me recosté sobre uno de los sofás después de que una señorita me trajese la bebida. Me sentía cansado y exhausto, las mujeres que estaban por allí bailaban sinuosamente restregando su cuerpo por la finas barras de acero que utilizaban para seducir burdamente a los hombres. Las vistas que tenía a mi alrededor no estaban consiguiendo el efecto esperado, por lo que decidí abandonarme a la bebida. Quizás así podría dormir de una vez por todas. Una neblina se instauró en mis ojos al llegar a la séptima copa. Mis párpados, pesados, se abrían con dificultad, pero antes de cerrarlos por completo pude distinguir una cara demasiado familiar.
Draco Malfoy bebía y reía jocoso al otro lado de la sala a la vez que introducía varios billetes de un dólar en el canalillo de una de las bailarinas. Noté cómo su mirada abandonaba los pechos de la joven señorita para escrutarme en la distancia. Su cara cambió por completo, me quedé aterrado al darme cuenta de que, inexplicablemente, me había reconocido. Me levanté a trompicones para salir de allí cuanto antes. El efecto del alcohol debía de haber anulado de alguna forma la poción Multijugos, ya que mis manos habían vuelto a coger el pálido aspecto que lucían siempre.
Desenfundé mi varita mientras me escabullía por la puerta trasera, intentando escapar, pero el ajetreo que escuché a mis espaldas me confirmó que el joven Malfoy me seguía.
–¡Expelliarmus! –exclamó Draco sin llegar a alcanzarme.
Busqué en el pequeño saco que siempre llevaba conmigo la capa de invisibilidad, pero mis reflejos no eran lo suficientemente rápidos como para sacarla antes de que otro hechizo de Draco me alcanzase.
–No sabes cómo me recompensarán el resto de mortífagos cuando te lleve conmigo –exclamó eufórico acercándose a mí. –¡Llevamos semanas buscándote!
Me escondí tras uno de los árboles, intentando recuperar mi cordura. Ojalá los efectos del alcohol desapareciesen con la rapidez con la que lo habían hecho los de la poción. Empuñé mi varita dispuesto a hacerle frente.
–¡Inmovilus! –gritó Malfoy en el mismo instante en el que descubrió mi posición.
Caí al suelo petrificado, sin poder moverme. Sólo alcanzaba a escuchar la risa del estúpido crío jactándose de lo fácil que le había resultado cazarme.
–¡Nunc dormiamus!
Mis ojos se cerraron por completo y un sueño profundo me invadió.
...
Un dolor intenso en mis muñecas me hizo despertar. Miré hacia abajo con dificultad y comprobé cómo solo conseguía rozar el suelo con la punta de mis zapatos.
Abrí lentamente los ojos, intentando acostumbrarme a la claridad de la habitación. Miles de antorchas decoraban las paredes. En el centro, cuatro mortífagos enmascarados me miraban sin inmutarse. Tiré de mis brazos para ponerme en guardia, pero mis muñecas estaban cercadas por unas robustas cadenas haciendo que mi cuerpo quedase prácticamente suspendido en el aire.
–Mirad quién ha tenido el placer de acompañarnos esta noche… el señor Severus Snape –informó la voz de Lucius, saliendo de las sombras.
–Parece que esta segunda vida no te ha tratado demasiado bien –respondió Draco con los brazos cruzados y su espalda reposada sobre la fría piedra.
Las risas de los mortífagos se hicieron eco en la habitación.
–¿Cómo es que el Señor Tenebroso te acogió de nuevo en su rebaño? Todo el mundo mágico se jactó de cómo tú y tu familia os redimíais con el rabo entre las piernas –respondí como pude, mofándome en su cara.
–¡Cruccio! –exclamó Lucius, apuntando con su varita directamente a mi pecho.
El dolor de la maldición me recorrió por completo. Mis pulmones se cerraban poco a poco impidiéndome respirar y mis huesos se retorcían dentro de mi cuerpo de una forma imposible.
–Y bien, Severus… ¿por dónde íbamos? –dijo con superioridad mientras se acercaba a mí.
–¿Qué quieres? –inquirí con la voz cargada de odio y desprecio.
–Sé que Dumbledore y tu elucubrasteis un plan para proteger la vida de Potter –susurró tan cerca de mi oreja que pude oler su asqueroso aliento. –Pero es algo que está fuera de tu alcance, ni te imaginas lo poderoso que es ya. ¿Ves su marca? –dijo mientras se remangaba el brazo. –Pronto estará más nítida que nunca.
–¿Crees que esto saldrá bien Lucius? ¿Acaso crees que el Señor Tenebroso te perdonará? –dije intentando emular una carcajada.
–Por supuesto que lo hará, y me agasajará cuando le entregue lo que quiere –respondió emocionado.
–¿Y qué es? –pregunté mientras echaba un vistazo al resto de mortífagos que continuaban con las máscaras puestas.
–Vamos Severus, no es difícil adivinar que serías incapaz de matar al muchacho. ¿Dónde está?
–¿El qué? –pregunté intentando parecer indiferente.
–La poción extractora del alma –respondió intimidante, parándose frente a mí.
–No sé de qué me hablas.
–Claro que lo sabes. Tú la quieres para desprender el alma de Potter de la de Voldemort y así poder matar al Señor Tenebroso, y nosotros la queremos para lo mismo, solo que en nuestro beneficio.
Permanecí callado mientras nuestras miradas se retaban.
–Vamos Severus, él será magnánimo contigo. Si nos la facilitas por las buenas te concederá una muerte rápida.
–Estás loco si crees que te va a perdonar. Tú y toda tu familia moriréis antes de que podáis siquiera suplicar.
–¡¿DÓNDE ESTÁ?! –preguntó enfurecido, colocando su varita en mi cuello.
–Jamás te lo diré –respondí con desprecio.
–¡IMPERIO!
Un fuego arrollador comenzó a hervir mi sangre, pero ya había experimentado aquella maldición en otras ocasiones.
–¡Ni siquiera el Señor Tenebroso ha sido capaz de doblegarme con ella, mucho menos lo harás tú! -chillé con el fuego presente en mis ojos.
–¡DIME DONDE LA TIENES!
Me mantuve callado para que se acercara y, cuando conseguí tenerlo a mi altura, le escupí en la cara. Lucius se alejó malhumorado maldiciendo a sus espaldas y tirando un par de sillas a su paso. Yo respiré profundamente, intentando recuperarme.
–¿Qué hay de los demás? ¿Es que solo tú eres lo suficientemente necio como para mostrar tu cara? –pregunté con sorna. Sabía que era totalmente imposible salir de allí de una pieza, quizás si los provocaba toda aquella tortura terminaría antes.
Otros tres mortífagos se quitaron las máscaras.
–Vaya, vaya…pero qué bajo habéis caído… –respondí al reconocer a una de las mujeres que acababa de descubrirse el rostro. –¿Desde cuándo el Señor Tenebroso acepta en su séquito a los sangre sucia?
–¡Sectumsempra! –exclamó Draco desde la esquina de la sala.
Numerosas heridas se abrieron con profundidad en mi piel, haciendo que mi cuerpo comenzase a encharcarse de sangre.
–Es inútil, Draco. Trae el espejo. Acabemos con esto de una vez.
–¿Qué esperas, que me mire en un espejo y me horrorice de mi apariencia? –pregunté elevando mi rostro para evitar que la brecha que se había abierto en mi frente empapase mis ojos de sangre. –Vamos Lucius, creo que con la edad has perdido tu toque… –dije entre risotadas, emborrachado por el dolor.
–Sólo quiero que me muestres lo que necesito.
–Jamás te la daré.
–Eso ya lo veremos…
Dos hombres aparecieron nuevamente en la sala empujando algo que me dejó totalmente desconcertado.
–¿Lo reconoces? –preguntó Draco con sonrisa de autosuficiencia.
–No es posible, se destruyó durante la guerra –informé perplejo.
–Sí y nosotros lo hemos reconstruido e incluso mejorado –dijo otra voz que fui incapaz de identificar.
–No conseguirás hacer nada con él. El espejo de Oesed muestra cosas diferentes dependiendo de la persona que lo mire.
–En efecto, querido amigo, y ahora nos mostrará lo que tú más deseas. ¿Es que ya te has desangrado tanto que no eres capaz de escuchar con claridad? ¿O es que estás obviando el hecho de que lo hemos mejorado?
El espejo se alzaba ante mí con majestuosidad, aunque no con el brillo con el que solía deleitar a todo aquel que lo miraba. Los cristales rotos se amontonaban unos sobre otros, dejando visibles algunas fisuras. Uno de los mortífagos cogió un recipiente que contenía un viscoso líquido de color verdoso y con un hábil movimiento de varita lo vertió sobre toda la extensión del marco. El líquido comenzó a moverse, como si tuviese vida propia, ocupando aquellos lugares que estaban resquebrajados.
–¡Míralo! –gritó Lucius al ver que cerraba automáticamente mis ojos.
Dos mortífagos más aparecieron. Uno sujetó mi cabeza con fuerza mientras el otro hundía sus dedos en mis ojos, forzándome a que los abriera. Intenté zafarme, pero el hechizo Inmobilus me paralizó, dejándome petrificado con la vista clavada en el cristal. Deseé con todas mis fuerzas que no ocurriera, grité interiormente mil veces… hasta que una fina lágrima comenzó a resbalar dolorosamente por mi rostro, al percatarme de la imagen que se estaba formando dentro del espejo.
Continuará...
