Aviso: perspectiva de Snape:


Recorrí los fríos y húmedos pasillos que me rodeaban con una bolsa de tela en la cabeza, para que no identificase su lugar secreto.

–Nos veremos pronto, Severus –susurró la voz de la mujer a la que me había dirigido como sangre sucia a la vez que me tiraba al suelo y me propinaba una dura patada en las costillas.

Me quité la bolsa con rapidez, pero ellos ya habían desaparecido. La oscuridad de la noche me impedía ver con claridad. Estaba totalmente perdido, no sabía qué rumbo tomar y mis heridas todavía seguían abiertas.

La imagen de Crawford a manos de Lucius me cruzó la mente durante un par de segundos, haciéndome estremecer. Necesitaba salir de allí cuanto antes, no tenía mucho tiempo.

Junté unas cuantas piedras, colocándolas de forma que simularan los vértices de un pentágono, para crear un hechizo localizador. Comencé a pronunciar el encantamiento que, con suerte, haría que Buckbeak me encontrase.

Un bramido surcó el cielo poco después. El pájaro se acercó a mí, cauteloso, mientras me ofrecía su pico a modo de ayuda para que me incorporase. Me subí a su lomo con dificultad y me agarré con fuerza a sus alas.

–A la torre de astronomía de Hogwarts –articulé exhausto.

Cuando Buckbeak aterrizó, desperté de mi letargo. Estaba prácticamente congelado.

–Lumus –susurré de forma inaudible mientras me movía por la oscuridad de los pasillos del colegio, rezando por no encontrarme a Filch o a la estúpida de su gata.

Aporreé la puerta de McGonagall, dejando la educación a un lado.

–¿Se puede saber qué demonios está…? –preguntó Minerva antes de enmudecer al verme. –¿Qué ha ocurrido? –dijo alarmada mientras cerraba la puerta tras de sí y me ayudaba a acomodarme en una silla.

Comencé a relatarle a todo lo sucedido aquella noche, mientras intentaba que mis heridas cicatrizasen a través de simples encantamientos.

–Debemos convocar a la Orden, Severus –informó preocupada.

–Sí, necesitamos organizarnos, son más de lo que creía…

–¿Cómo lo haremos?

–Debemos de tener controlado a Potter, pero él no puede sospechar nada, debe de seguir como hasta ahora. Si se llegase a enterar de que estamos confabulando un plan, corremos el riesgo de que Voldemort también se entere.

–Tenemos que hablar con Ginny. Mandaré una lechuza a los Wesley, quizás sean capaces de inventar algo que los reúna a todos sin que parezca sospechoso.

Asentí incorporándome todavía dolorido.

–¿Crees que serás capaz de terminarla para entonces? –preguntó McGonagall preocupada.

–Eso espero –respondí asustado al rememorar las consecuencias.

Bajé hasta las mazmorras y me metí de lleno en el laboratorio de pociones. Estaría día y noche si hacía falta, no iba a permitir que se saliesen nuevamente con la suya.

Las horas transcurrían vertiginosamente despacio, sentía el cuerpo magullado a causa de las múltiples maldiciones pero no podía parar, cada vez que cerraba los ojos e intentaba darme un respiro veía el rostro de Crawford cautiva de esos indeseables. La ira me recorría al instante fluyendo con fuerza por mis venas proporcionándome el aliciente necesario para seguir.

La poción iba a ser puramente experimental, ya no había tiempo para suposiciones o pruebas. Voldemort estaba adquiriendo fuerza dentro del cuerpo de Potter, no podíamos permitir de ninguna forma que llegase a conectar con los pensamientos de éste o todo estaría perdido…pero la única forma de recuperar a Harry, era hacerlo conocedor de nuestro plan, solo necesitábamos que el Señor Tenebroso no se enterarse.

A la mañana siguiente, McGonagall bajó puntualmente a las mazmorras, donde yo todavía continuaba con mi trabajo.

–Ya he dado aviso a la Orden.

–Necesito verlo, Minerva.

La profesora se quedó boquiabierta ante tal revelación.

–¡Pero si tú mismo has dicho que era peligroso! Si le contamos algo a Potter corremos el riesgo de que Voldemort lo sepa –dijo remarcando sus últimas palabras.

–Lo sé, pero tampoco podemos arriesgarnos a que no forme parte de nuestro plan. Si sabe a qué se enfrenta podrá defenderse, o dejar que nosotros lo hagamos. –Respondió de forma reflexiva.

–¿Y qué propones?

–Ya he practicado la Oclumancia con Potter en el pasado, solo tengo que ahondar un poco más y creo que seré capaz de ayudarle a establecer una barrera que mantenga a salvo sus decisiones y pensamientos.

–¿Pero qué harás cuando te vea?

–Ése es el problema… llevo dándole vueltas toda la noche, y creo que si adquiriese el aspecto de alguno de sus familiares más cercanos, conseguiría el tiempo necesario para conectar nuestras mentes, cerrar sus conductos y levantar esa barrera antes de contarle toda la verdad

McGonagall permaneció en silencio, sopesando la idea del profesor. Era un plan arriesgado, pero era el único que tenían.

–Me pondré en contacto con Ginny –comunicó la directora antes de dirigirse a su despacho.

Me quedé nuevamente solo en aquella sala intentando alejar todos los fantasmas que acudían a mi mente. Ni siquiera podía permitirme el lujo de pensar en Crawford o me derrumbaría. "¡Maldito Lucius!" Murmuré entre dientes. Siempre había tenido envidia de que los dos magos más famosos de todos los tiempos confiasen más en mí que en él y esta era su forma de pagármelo, haciéndole daño a la única persona que realmente me importaba.

Me detuve unos segundos delante del caldero, analizando mi último pensamiento. Me asustaban aquellas palabras, me prometí a mí mismo centenares de veces que no dejaría que aquello me volviese a ocurrir. Había sido insoportablemente doloroso en el pasado pero, lo realmente tormentoso ahora, era no tenerla entre mis brazos.

Vacié el mejunje que había estado destilando sobre la poción y la tapé, ahora harían falta más de diez horas de cocción. Salí de mi prisión particular y me metí en la cama, quizás si conseguía cerrar los ojos toda aquella angustia se aminoraría.

Continuará...