Aviso: perspectiva de Snape:


La misma mañana en que partí hacia la madriguera, saqué una pequeña parte de la poción y la dejé a enfriar, no quería arriesgarme a hacerlo con toda. Solo faltaban dos días para que fuese luna llena y no podía permitirme el más mínimo error.

–¡Hola, profesor! No sabe cuánto me alegro de que… –exclamó una emotiva Ginny haciéndose paso entre los maizales.

–¿Cómo estás?

–Ahora lo entiendo todo, hace semanas que está muy raro.

–¿Raro?

–Sí, su carácter ha cambiado. Ahora está más irascible, se enfada por cualquier cosa y prefiere estar solo –dijo mientras se arrancaba un pelo y me lo tendía.

Lo cogí con cuidado y lo introduje en el pequeño botijo de poción Multijugos para, acto seguido, bebérmela.

–Está en la habitación del segundo piso, leyendo el profeta. Los demás han salido, he preferido que no tuviese interrupciones.

Cuando mi cuerpo se transformó por completo me dirigí a la casa. Potter permanecía en silencio y no levantó la mirada cuando me introduje en la sala.

–¿Cómo te encuentras? –pregunté mientras me colocaba en el sofá contiguo a él.

–Igual que la última vez que me lo preguntaste –respondió cortante.

Aprovechando su pasividad, decidí descorchar el frasco de la poción adormecedora. Contuve mi respiración durante varios segundos, esperando a que el aire se impregnase de aquel aroma. Una vez que Potter se quedó dormido, Ginny, que había estado esperando fuera de la habitación, y yo, levantamos su cuerpo y lo tendimos sobre la cama.

–¿Qué hará ahora, profesor?

–Le obligaré a cerrar todos los conductos de su mente ayudándome de la maldición Imperius.

La muchacha retrocedió un par de pasos.

–Es la única forma. Voldemort es legeremante, si no lo hago sabrá que me estoy metiendo en la cabeza de Potter.

–¿Y ya está? ¿Eso será suficiente?

–No, Ginny. Harry sabe luchar contra la maldición, con suerte tendré un par de minutos para que consiga subir esa barrera siguiendo mis instrucciones.

–Harry me contó que ya había practicado la Oclumancia con usted.

–Si, por eso sé que es capaz de lograrlo. El único problema es que ahora el tiempo no está de nuestro lado y solo tendremos un intento –respondí mientras agarraba mi varita y colocaba una mano sobre su frente.

–¡Imperio!

El muchacho, todavía inconsciente, comenzó a retorcerse de dolor sobre el mullido colchón de plumas. Ginny me miraba apremiante mientras yo no dejaba de murmurar las secuencias de hechizos que me proporcionarían la llave de acceso a la mente de Potter.

Un par de minutos después, el cuerpo de Harry se congeló como si se hubiese quedado petrificado y yo me sumí en un mar de pensamientos dónde nuestras mentes comenzaron a confluir en una sola corriente de información.

–¡¿PROFESOR?! –gritó el muchacho minutos después, incorporándose por completo de la cama

–Tranquilo, ya ha pasado –respondí aliviado y satisfecho.

Potter me miró desconcertado y con la respiración totalmente agitada.

–¡Acelerátte! –exclamé apuntándome con mi propia varita.

Los efectos de la poción Multijugos comenzaron a desaparecer a la vez que poco a poco iba recuperando mi apariencia.

–No… ¿cómo es posible? Usted está…

–¿Muerto? –respondí jocoso. –Todavía me quedaba por enseñarte alguna que otra lección –expliqué agradecido de que nuestro plan siguiese por el buen camino.

Hicieron falta varias horas para que todos los miembros de la Orden, incluido Harry, nos pusiésemos al tanto de los acontecimientos y del futuro próximo que nos acechaba. Debíamos estar alerta para la batalla que se avecinaba.

–Me gustaría disculparme, Severus –puntualizó Arthur Wesley a modo de despedida.

Permanecí en silencio, mientras acortaba la distancia que nos separaba.

–Creo que nunca he tenido la ocasión de decírtelo y, por suerte, ahora se me ha brindado la oportunidad.

–¿De qué, exactamente? –pregunté con el semblante serio aunque algo sorprendido.

–Fuimos muchos los que dudamos de tu lealtad en el pasado. Siempre hemos vitoreado la valentía y la fuerza de Potter y cómo ha sabido sobrellevar las dificultades que se han presentado, pero tú… siempre lo has protegido desde la sombra y, con él, a todos nosotros.

Lo miré sincero, agradeciendo aquellas palabras, aunque en mi fuero interno sabía que no era merecedor de tal gratitud. Elevé mi varita apuntando al cielo y con un ligero toque, desaparecí.

Continuará...