Estaba completamente helada y notaba mis músculos entumecidos a causa de la humedad. Ya había perdido la cuenta de los días que llevaba allí encerrada. Me arrastré hasta la puerta y peté en ella con los nudillos de mi mano, empleando la poca fuerza que me quedaba.

–¿Qué quieres? –preguntó uno de los mortífagos al que habían encargado el turno de vigilancia.

–Agua… –pronuncié en apenas un susurro.

La puerta de la celda se abrió al cabo de unos pocos segundos y el hombre depositó un cuenco en el suelo.

–Aquí tienes.

Obnubilada, me arrastré hacia él, pero cuando las yemas de mis dedos rozaron el borde, el mortífago le propinó una patada desparramando todo el contenido por el suelo. Cerré mis ojos con fuerza, no quería que se jactase de mi frustración. Aun así, salió de allí riéndose a carcajadas.

–Es la hora –comentó Lucius impidiendo que el mortífago cerrase la puerta.

–¿Dónde será el intercambio?

–En un terreno neutral, he de ir solo –respondió Malfoy haciéndole gestos al resto de mortífagos que le habían acompañado para que me incorporaran.

–¿Quién lo ha decidido? –preguntó Draco con aire de arrogancia a la vez que se acercaba. –¿Es que acaso ya le están mangoneando, padre? ¿Va a permitir que sea Snape el que ponga las reglas?

–Por supuesto que no, hemos quedado bajo el puente de la Hilandera, cerca de donde está la vieja casa de Severus. Os quiero por los alrededores, vuestro cometido es pasar desapercibidos hasta que llegue el momento de actuar.

–¡En marcha!

Mi cabeza comenzó a dar vueltas sin parar, todo giraba a mi alrededor. Al aterrizar, mi cuerpo se desplomó y mi mejilla derecha se acomodó en el frío barro sobre el que ahora descansaba mi cuerpo.

–¿QUÉ LE HAS HECHO? –exclamó una voz desgarradora.

Intenté abrir mis párpados, pero pesaban demasiado.

–¿La has traído? –preguntó Lucius con sorna. –¡Entrégamela!

–¿Es que acaso crees que soy imbécil? No has cumplido el trato, te dije que vinieras solo.

Malfoy se agachó a la vez que tiraba de mis ropajes para incorporarme.

–¿Quieres que la mate? En menos de dos segundos ambos podríais estar muertos.

–En menos de dos segundos, la única posibilidad que tenéis de saliros con la vuestra podría desaparecer –respondió mientras abría el pequeño frasco que contenía la poción y lo inclinaba, indicando que estaba dispuesto a tirarlo. –¿Es que acaso me temes, Lucius? ¿Soy demasiado fuerte para ti?

Malfoy miró a sus alrededores con nerviosismo.

–¡Dejadnos solos! –exclamó alzando la voz con fuerza.

Un par de minutos después, varios destellos negros se perdieron en el cielo nocturno, dejando patentes los lugares en los que el resto de mortífagos habían permanecido escondidos.

–Dumbledore no daría crédito a tu comportamiento. –espetó el padre de Draco. –¿Vas a echar a perder la vida de Potter por una estúpida sangre sucia? Al final no eres el héroe del que todo el mundo hablaba –dijo a la vez que me zarandeaba.

Mis ojos poco a poco comenzaron a enfocar. Severus Snape estaba delante de mí y, aunque la distancia entre ambos era considerable, pude observar su rostro con claridad. Sus ojos, que ahora descansaban sobre unas mejillas más huesudas y unas ojeras más prominentes, conectaron al instante con los míos, otorgándome toda la calidez que no había tenido hasta ese momento.

–¡Entrégamela! –exclamó Malfoy nuevamente, a la vez que hundía la varita en mi garganta.

–Está bien… ¿la quieres? ¡Cógela! –informó Snape lanzando con fuerza el pequeño frasco.

Lucius deshizo inmediatamente mi agarre para alcanzar la poción, que Snape había proyectado intencionadamente en dirección al río. Mi cuerpo se tambaleó durante varios segundos hasta que finalmente perdí el equilibrio. Estaba a punto de tocar el suelo cuando unas familiares manos rodearon mi cuerpo, haciéndome desaparecer.

–Tómate esto, te sentirás mejor.

–¿Dónde estamos? –intenté articular mientras el profesor vertía el contenido del frasco en mi boca.

–En la parte trasera del hospital de San Mungo, quería comprobar cómo estabas, quizás el remedio que te he dado no sea suficiente. ¿Qué te han hecho? –preguntó apremiante, moviendo mis ropajes para que mi piel quedase al descubierto.

–Ya me encuentro mejor, mis heridas se están cerrando –informé mientras extendía los brazos para que viese que la poción estaba funcionando.

Snape rodeó mi cara con sus manos mientras me acunaba en su pecho.

–Si te llega a pasar algo yo…

–No debiste haberlo hecho, ahora ellos la tienen –respondí con preocupación, incorporándome con dificultad ya que todavía notaba mis huesos entumecidos.

–Lo importante no es la poción, sino lo que se haga después. Lo único que el preparado consigue es que la parte del alma fusionada se separe durante un pequeño margen de tiempo.

–¡Pero si ellos cogen a Harry acabarán con él al instante!

–No les será tan fácil. Toda la orden está preparada, no conseguirán llegar a él. Rodearemos todo el perímetro de la madriguera.

–Pues entonces démonos prisa –atajé intentando disimular un escalofrío.

–¿A dónde crees que vas? –preguntó horrorizado.

–Contigo.

–¡De ninguna manera! No estás en condiciones de luchar, te llevaré al castillo.

–No vamos a discutir sobre esto, voy a ir con o sin tu ayuda. Además, me encuentro perfectamente –informé asombrándome yo misma de lo recuperada que me sentía.

–Necesito tener la cabeza despejada, no puedo tenerte allí, si ellos te hacen daño…

–Creo que no lo entiendes –aclaré con propiedad. –El único que realmente tiene poder para hacerme daño eres tú… el resto podré soportarlo. Sabré hacer frente a lo que venga, tú mismo reconociste que era una bruja con muchas cualidades. Sé defenderme sola y hasta ahora creo que no lo he hecho tan mal.

–Crawford…

Con cautela me acerqué a él a la vez que cargaba mi peso sobre las puntas de mis pies para poder acercarme a su boca. Sus manos, temblorosas, rodearon mi cintura apretándola con fuerza y descargando en ella toda la tensión acumulada de estos días.

–Estamos juntos en esto –susurré mientras mis labios rozaban con salvaje intensidad los suyos.

El profesor se desabrochó el botón que mantenía colocada la capa alrededor de sus hombros para depositarla sobre de mi espalda.

–Ten, te hará falta esto –comentó mientras introducía una nueva varita con empuñadura de roble en la parte trasera de mi pantalón. –Agárrate fuerte –informó mientras tomaba mis manos.

Hice lo que me indicó a la vez que cerraba los ojos y hundía mi rostro en su cuello. Aspiré con fuerza su aroma y al instante todo mi cuerpo se relajó. Snape depositó un suave beso sobre mi frente consiguiendo con aquel simple gesto que los días de tortura en aquella fría y húmeda celda se difuminaran al instante de mi mente.

Continuará...