–¿Por qué tardan tanto? –preguntó una agitada muchacha pelirroja desde el umbral de la alcoba.
–Tal vez no contasen con todos nosotros. Sin duda estarán diseñando un plan de ataque –respondió el pocionista entrando en la estancia un tanto preocupado.
–¿Quién es, Severus? –preguntó Molly Wesley sin dejar de escrutarme.
–Es Crawford, la coordinadora de la liga interescolar de Quidditch –pronunció Harry alejándose de la ventana para tenderme la mano. –Es un placer volver a verla, aunque no sea en las mejores circunstancias.
–Me alegro de que hayáis conseguido escapar con vida –susurró Ginny con aparente nerviosismo.
–Los demás ya están preparados, debemos colocarnos en nuestros puestos –informó Lupin saliendo de la casa.
–No salgas de aquí, te quedarás con Harry, Hermione y Ginny. No dejaremos que se acerquen –me susurró Snape mientras todo el mundo se preparaba para el ataque.
–¡No! Iré contigo –exclamé exasperada.
–Por favor –suplicó con mirada apremiante. –Te necesito aquí…
Intenté tragarme mi frustración e ignorar el vacío que me causaba el verlo marchar.
–Recuerda lo que te dije –susurró Harry a Ginny de forma casi inaudible.
–No, Harry… –respondió entre sollozos.
–¡Prométemelo!
La esposa de Potter asintió de forma confusa, a la vez que éste enjugaba sus lágrimas y la consolaba con un tierno y sincero beso.
–¡Ya están aquí! –exclamó una voz desde el piso inferior.
Me acerqué con rapidez al ventanal. Toda la madriguera estaba rodeada de mortífagos enmascarados. Los dos bandos permanecieron en silencio durante escasos minutos hasta que un primer destello dio el paso para el inicio de la lucha.
Aberforth, Hagrid, Slughorn, Lupin, Minerva y Snape cubrían el primer frente. Todos se movían con experta pericia. Al enemigo le resultaba casi imposible avanzar. Suspiré aliviada al ver como uno de los mortífagos caía a manos de Severus, tal vez todo aquello terminase rápido.
De pronto, un destello de luz atravesó el pecho de Abertorth, haciéndolo caer estrepitosamente contra el suelo.
–¡No! –exclamó Harry cargado de ira.
A los pocos segundos, el cuerpo de Slughorn también se derrumbó, seguido de un estruendoso vitoreo por parte del bando enemigo.
Potter agarró con fuerza su varita, dispuesto a salir de la habitación.
–¡Harry! ¡¿A dónde vas?! –preguntó Granger horrorizada.
–¡No pasará otra vez, Hermione! No permitiré que todos mueran por mi culpa. Es a mí a quien quieren.
–¡¿Es que no te das cuenta?! ¡Si te matan a ti, todos estaremos muertos!
–¡No lo permitiré!
Un chillido ahogado escapó de la boca de Ginny, derrumbándose sobre el suelo de la habitación sin dejar de observar a través del ventanal. Todos nos acercamos de inmediato para comprobar, horrorizados, el panorama que teníamos delante. Los tres hijos de Ginny y Harry estaban siendo apuntados a golpe de varita.
–¿TODAVÍA VAS A ESCONDERTE TRAS ESOS MUROS? ¿ES QUE ACASO NO TE IMPORTAN TUS HIJOS? –gritó la voz de Lucius haciéndose eco en todo el lugar.
–Pero, ¿cómo los han encontrado? –preguntó Hermione entre sollozos.
Bajamos las escaleras a gran velocidad hasta unirnos a Ron, Bill, Fleur, Charlie, Luna, George y Neville, que ocupaban la segunda línea de ataque.
–¡Por fin te dejas ver! –exclamó Lucius sonriendo.
–¡SUÉLTALOS MALFOY, AQUÍ ME TIENES!
Todos observamos cómo Potter se hacía paso sin titubeos a través de los miembros de la orden.
–¡COGEDLO!
Dos de los mortífagos que estaban más cerca lo agarraron con brusquedad mientras lo desarmaban. Draco arqueó una ceja al ver el panorama a la vez que con un puntapié liberaba a la pequeña Lily.
–¡Padre! –exclamó apremiante el mayor de los Potter.
–¡Ginny, sácalos de aquí!
La mujer de Harry, junto con Molly, se abalanzaron sobre los niños para, al cabo de unos segundos, desaparecer por medio de un traslador.
–¡Acabemos con esto! –informó Potter sin apenas pestañear, mientras agarraba con brusquedad el pequeño frasco que Lucius sostenía.
Lo descorchó sin miramientos, envalentonado por la furia que le consumía.
Todos permanecimos expectantes, ninguno sabía lo que ocurriría a partir de aquel momento. Busqué la mirada tranquilizadora de Snape a través del gentío, pero en ellos solo pude percibir miedo.
Potter cayó de rodillas al suelo. Un destello de luz salió con fuerza a través de sus ojos y de su boca, creando una onda expansiva que nos hizo retroceder. En el medio del claro, el cuerpo de Harry comenzó a convulsionar. Sus ojos pasaban del azul cielo al verde lima en cuestión de segundos. Sus labios se retraían formando una mueca felina que dejaba entrever todos sus dientes.
Sin lugar a dudas se estaba desarrollando una gran batalla, pero solo había dos personas que estaban siendo partícipes de ella.
Ginny cruzó nuevamente el umbral de la casa, pero esta vez sin la compañía de Molly. Su semblante indicaba que habían conseguido poner a salvo a los niños, pero su rostro cambió en el instante que vio hacia donde se dirigían todas nuestras miradas.
Potter continuaba retorciéndose en el suelo y nadie se atrevía a intervenir. Había momentos en los que Voldemort parecía coger ventaja, pero al instante Harry tomaba parte… los gritos eran ensordecedores y las convulsiones cada vez más fuertes. Sus almas no eran capaces de fragmentarse del todo y la lucha interna parecía que nunca iba a terminar.
Harry dio un brinco y su espalda quedó tendida sobre el suelo. Sus ojos, totalmente verdes, comenzaron a brillar con más fuerza. Su aspecto estaba cambiando, su piel se estaba tiñendo de un gris ceniza.
–¡Harry! –exclamó Ginny acortando la distancia que los separaba.
–¡Quieta, no te acerques! –consiguió articular éste recuperando su apariencia durante unos breves segundos.
Observé expectante como el semblante de Snape se oscurecía al percatarse de lo que estaba ocurriendo. La poción había surgido efecto, pero las dos almas eran tan fuertes que ninguna era capaz de sumir a la otra durante el tiempo suficiente para que la orden o los mortífagos tomasen parte.
–¡Ginny, hazlo! –exclamó Potter en un momento de lucidez.
La muchacha se acuclilló con las lágrimas en los ojos haciendo un gesto de negación con la cabeza.
–¡No podré soportarlo más! –continuó en un susurro, sin dejar de mirarla.
Snape se giró con rapidez, todos los mortífagos estaban expectantes, pero Draco había elevado su varita y estaba dispuesto a utilizarla
–¡AVADA KEDAVRA! –exclamaron dos voces al unísono.
El silencio inundó el lugar, el cuerpo inerte de Harry se desplomó sobre el suelo a cámara lenta a la vez que de su boca salía una especie de humo negro que se combustionó en el momento.
Los azules ojos de Potter brillaron por última vez, hasta que finalmente se cerraron. Los miembros de la orden se acercaron con rapidez, absorbidos por el pánico, a la vez que los mortífagos escapaban del lugar, temerosos de las represalias. Busqué a Snape entre el gentío pero no alcanzaba a verlo.
–¡Bill, George! ¡Ayudadme! –vociferó Lupin agachándose.
El cuerpo de Severus estaba tendido sobre el suelo y bajo éste, Ginny permanecía agazapada, llorando desconsolada ante la pérdida.
–¿Qué ocurre? –pregunté escandalizada sin entender nada de lo que estaba ocurriendo.
–Draco pretendía matar a Ginny antes de que ella consiguiera… –intentó explicarse George.
–Snape quiso apartarla de un empujón para salvarla, pero la maldición le alcanzó a él en el hombro –terminó Lupin echándose las manos a la cabeza y observando toda la tragedia que nos rodeaba.
Escruté el semblante del profesor, tenía la piel más pálida que antes y estaba perdiendo mucha sangre.
–¡Minerva, tenemos que llevarlo al castillo! –exclamé horrorizada.
La profesora se acercó mientras los demás nos dejaban a solas para acercarse al cuerpo de Harry. Las lágrimas y las lamentaciones comenzaron a aflorar por parte de los miembros de la orden. Ginny estaba destrozada. Ron y Hermione permanecían a su lado, velando a su mejor amigo.
Cerré los ojos intentando alejar toda aquella tristeza.
–¡Ayúdeme, profesora! –supliqué mientras ésta acercaba el mismo traslador que había empleado Molly y Ginny hacía escasos minutos.
…
–¡Necesitamos a Madame Pomfrey! –exclamó McGonagall nada más llegar al castillo, mientras recostábamos a Snape sobre la cama.
–¡Vaya a buscarla! –respondí mientras salía disparada hacia el baño en busca de unas cuantas toallas.
El rostro de Snape continuaba empapado en sudor y la herida de su hombro mostraba un aspecto cada vez más negruzco.
–¡Vulnera sanentum! –pronuncié haciendo que los rasguños anexos a la cicatriz dejasen de sangrar.
–Vete de aquí… –alcanzó a articular Severus sin siquiera abrir los ojos.
Ignoré el comentario y comencé a limpiarle la herida haciendo a un lado la tela.
–¿Es que no me has oído? –continuó mirándome fijamente. –no quiero que estés aquí.
Lo miré con el semblante desencajado ¿Qué estaba pasando?
–Si crees que te voy a dejar solo en esto es que no me conoces en absoluto.
–¡Todo ha acabado! ¡Ya nada tiene sentido! –exclamó entre quejidos.
Su respiración comenzó a acelerarse, el efecto de la maldición se estaba extendiendo. Las venas de su cuello se estaban engrosando, adquiriendo el mismo tono que la herida.
–¡VETE! ¡QUIERO ESTAR SOLO!
–¡Oh Dios mío, Severus! –pronunció Madame Pomfrey petrificada. No podría decir si asombrada por la revelación que Minerva le haría de la vuelta de éste a la vida o por el estado de la herida.
La mujer se acercó a la cama para observar con más detalle al profesor.
–Minerva, tengo un preparado en una de las botellas, debe de juntarse con agua –comentó mientras cogía unas tijeras y comenzaba a cortar la camisa de Severus para trabajar con más comodidad.
–Fuera… –susurró Snape de forma casi inaudible.
Mis ojos comenzaron a empañarse al escucharlo aunque a ellas el comentario les pasó desapercibido.
–¡FUERA! –exclamó, esta vez, con todas sus fuerzas.
Ambas mujeres se miraron asombradas de la reacción del profesor de pociones. Severus comenzó a balbucear una y otra vez, provocando que Minerva se levantara para intentar sacarme de la habitación. Yo era incapaz de entender nada ¿Por qué se estaba comportando así?
La señora Pomfrey derramó un líquido viscoso sobre la herida haciendo que la espalda de Snape se curvase de dolor ante tal invasión. Fue entonces cuando vi algo que me desencajó. Ya había visto en otras ocasiones las simétricas cicatrices que Snape tenía bajo el pecho, pero ahora tenía una más.
Me limpié las lágrimas con mis propias manos para percatarme de que lo que estaba viendo no era fruto de mi imaginación o del dolor que me provocaban sus palabras… una pequeña hendidura de la misma longitud que las demás descansaba bajo las otras, llegando casi a la altura del abdomen.
La rabia comenzó a brotar a través de mis poros. ¿Todo había sido mentira? Sus palabras, sus besos, su preocupación… ¿cómo había podido ser tan ilusa? Él nunca me había querido, jamás se olvidaría de ella…
Otro quejido provocado por un encantamiento que Pomfrey estaba ejerciendo sobre la herida llenó la habitación. Mis lágrimas no dejaban de resbalar por mis ojos, no podía soportar más sus desprecios y la imagen de aquella pequeña cicatriz sobre su piel me consumía lentamente.
Destrozada, salí huyendo de mi propio infierno personal. Me acerqué a la chimenea y, sin meditarlo ni un segundo más, tiré con un firme gesto los polvos flu al suelo para desaparecer inmediatamente de allí.
Continuará...
