No dejaba de dar vueltas en mi cama, las palabras de Minerva rebotaban una y otra vez en mi mente, impidiéndome conciliar el sueño. Todavía podía recordar la intensidad de la mirada de Severus la noche en la que todo terminó, la ira y el desprecio en sus ojos y aquella cicatriz, símbolo de haber estado sumergido de nuevo en los recuerdos de un antiguo amor que parecía negarse a dejar atrás…
Me levanté enérgicamente de la cama, estaba cansada de darle vueltas al mismo asunto una y otra vez, quizás McGonagall tuviera razón. Ya había pasado mucho tiempo y todavía no conseguía sacármelo de la cabeza. Tal vez si lo viese una última vez, podría decirle todo aquello que pensaba y que todavía me consumía. Con suerte, después de hacerlo, sería capaz de olvidarme finalmente de él.
Abrí la puerta de mi armario y me vestí rápidamente con lo primero que encontré. Bajé con rapidez hasta el campo de Quidditch. La noche estaba despejada y las estrellas y la luna brillaban con la intensidad suficiente como para iluminarlo todo sin necesidad de luz artificial.
Entré en el vestuario para sacar de la taquilla mi escoba. Una vez en el exterior, di una decisiva patada al suelo y emprendí el vuelo. No me hizo falta pensar cual sería la residencia de Snape, crucé las calles de Londres desde el aire hasta llegar a la de la Hilandera.
Peté con decisión en la robusta puerta de madera pero no obtuve respuesta. Permanecí impasible durante unos cuantos minutos, hasta que comencé a desandar los escalones que había subido con tanta decisión.
Un chirriar a mis espaldas me hizo girarme. El semblante del profesor de pociones me escrutaba sorprendido desde la penumbra.
–Crawford … –susurró con cara de incredulidad.
Sopesé durante unos segundos coger nuevamente mi escoba y salir literalmente volando de allí, ya que era incapaz de pronunciar una sola palabra. Permanecimos callados hasta que Severus se echó a un lado, invitándome a pasar.
Recorrí incómoda el pequeño pasillo, mientras mis nervios se agarraban a las paredes de mi estómago. Había algo que no podía negar y era la intensa sensación que su sola presencia me producía.
–¿A qué has venido? –preguntó entrecortadamente.
Fijé mi mirada en sus ojos a sabiendas del posterior dolor que esto me produciría al recordarlo.
–Querías hablar, ¿no? Pues hablemos –respondí intentando parecer entera.
Snape abandonó su habitual fachada, para colocar las manos sobre su nuca, dejando patente su también evidente nerviosismo.
–Quería disculparme por mi comportamiento –articuló serio, manteniendo las distancias.
–Eso ahora ya no tiene importancia, ha pasado mucho tiempo.
–Para mí la tiene. No debí de haberte tratado así aquel día en la enfermería, pero no podía soportar la idea de arrastrarte conmigo a aquel infierno.
Solté un bufido de desaprobación pero él continuó explicándose.
–Lo reconozco, escogí el camino más fácil. Dejarse sumir por el dolor y abandonarse es mucho más sencillo. Ha sido mi mecanismo de defensa desde que tengo uso de razón –hizo una leve pausa para dar un paso en mi dirección. –He obrado así casi toda mi vida ya que nunca he tenido nada importante a lo que aferrarme.
Permanecí inmóvil, temerosa de que decidiera acortar más la distancia que nos separaba, pero mi desasosiego le advirtió de que no era una buena idea.
–Crawford… todo lo que toco, todo lo que me rodea, acaba sumiéndose en la misma oscuridad. No podía permitir que lo único bueno que me había pasado en la vida acabase de la misma forma.
Le di la espalda en el mismo instante en que pronunció aquellas últimas palabras. Esa conversación me estaba haciendo más daño de lo que me imaginaba. Tal vez estuviese arrepentido de la forma en la que me trató, pero sus sentimientos hacia mí jamás se igualarían a los míos por él.
–Perdóname… –susurró a escasos centímetros de mi cuello, mientras sus manos se posaban sobre mis brazos.
–Por favor, no me toques –respondí dando un respingo con la agonía y el miedo encerrados en mi garganta.
–Sé que debí haber hecho las cosas de otra manera, sé que alejándote de mí lo único que he conseguido es hacernos más daño a los dos, pero te prometo que si…
–¡No! No quiero seguir escuchándote –exclamé con las lágrimas a punto de derramarse por mis mejillas. –No quiero que me confundas con más mentiras.
Snape se acercó con decisión, agarrándome con fuerza de los hombros y obligándome a mirarlo.
–¿Alguna vez me has querido? –pregunté de forma entrecortada.
–No ha existido un solo minuto en el que haya dejado de hacerlo –susurró mientras su pulgar acariciaba con delicadeza mi labio inferior.
Mi corazón se desbocó ante su contacto. Aquel simple gesto activó todos los poros de mi piel mientras el rubor subía incesable por mis mejillas.
–No puede ser –respondí a la vez que retrocedía, apartándome de su caricia. –No puedo competir toda la vida con su recuerdo. Es demasiado doloroso –atajé mientras fijaba la vista en la parte de su camisa que escondía sus cicatrices y me venía a la mente al instante el nombre de Lily Evans.
–¿De qué estás hablando? –preguntó confuso.
–No hace falta que sigas fingiendo…
Snape permaneció inmóvil, desconcertado. Su aspecto denotaba que tenía la cabeza en otra parte, quizás intentando adivinar qué pasaba por la mía. De repente, sus labios se congelaron en una fina línea y casi pude escuchar el chasquido de un interruptor en su cabeza cuando por fin entendió el significado de mis palabras. Con decisión, comenzó a desabrocharse la camisa, sin perder en ningún momento de vista mis ojos.
–¿Es esto lo que te da miedo? –preguntó mientras señalaba la cicatriz que tantas noches me había arrebatado el sueño.
Abandoné sus ojos para mirarla nuevamente. Tres cicatrices más se colocaban por debajo de ésta, todas ellas todavía abiertas.
–Accio pensadero –articuló Severus sin abandonar su posición.
Una ya familiar vasija de plata apareció al instante a nuestro lado. Severus cogió con decisión su varita para colocarla al lado de su sien y extraer unas finas y largas hebras plateadas que, a los pocos segundos, se perdieron por el resbaladizo metal del pensadero.
Continuará...
