–No es el recuerdo de Lily sin el que no puedo vivir… –susurró mientras la imagen distorsionada de la vasija iba cogiendo forma.
La escena que apareció me resultaba más que familiar. La figura de Snape se cernía sobre la mía acariciando mis labios por primera vez con los suyos, bajo la oscuridad de la noche el día en el que los mortífagos casi nos descubren en el bosque.
–En todos estás tú –constató sincero a la vez regresábamos del recuerdo y se señalaba sus cicatrices más recientes.
Severus dio un paso en mi dirección, nuestros cuerpos estaban a menos de un palmo de distancia. Desde mi posición podía ver cómo su respiración se había acelerado ligeramente.
–Perdóname… –susurró colocándome con suavidad un pequeño mechón de pelo tras mi oreja.
Mi boca se entreabrió como si de un acto reflejo se tratase y Snape aprovechó para apropiarse de mis labios. Nuestras lenguas comenzaron a juguetear, hambrientas de deseo, expresando con aquel simple gesto los sentimientos con los que ambos habíamos estado luchando durante meses. Sus manos descendieron para agarrar mis muñecas y sus dedos se entrelazaron con los míos, expresando la pasión que nuestros besos estaban despertando en nuestro interior. Arqueé mi cuello al sentir el roce de su pelvis contra mi cadera. Estaba tan encendido como yo. Apenas tenía oportunidad para respirar, pero sentía que ya no lo necesitaba, podría sobrevivir solo con el calor de su piel.
–Te he echado de menos… –susurró a la vez que sus labios descendían hasta mi clavícula.
–Yo también a ti… –respondí mientras observaba cómo su boca se perdía por mi piel.
Mis manos se colocaron detrás de su nuca atrayéndolo más hacia mí, necesitaba sentirlo, había pasado demasiado tiempo y mi cuerpo lo reclamaba a gritos. Snape descendió una de sus manos por mi cuerpo y la coló por la parte baja de mi espalda descendiendo con decisión hasta mi muslo derecho, el cual apretó con fuerza y elevó ligeramente para que su cadera se rozase más contra la mía.
–Necesito sentir tu piel… –articuló entre suspiros entrecortados, robándome las palabras.
Cerré mis ojos con fuerza para disfrutar de la intensidad de sus caricias mientras sentía como tiraba de mi manos, arrástrandome hasta cruzar el umbral de lo que supuse que sería su dormitorio. Poco a poco me fue tumbando sobre la cama, sin despegar su cuerpo del mío y sin que nuestros besos cesaran. Desabrochó con avidez mi camisa para acto seguido comenzar a recorrer mi piel expuesta con la ardiente calidez de sus labios.
Nuestras miradas se entrecruzaron, más cargadas de deseo que nunca. Me revolví bajo su cuerpo hasta que conseguí ponerme encima y separé mis rodillas para quedarme a horcajadas sobre su cuerpo, comenzando a rozarme contra sus caderas con delicadeza pero sus dedos se hundieron en mis costados con fuerza obligándome a moverme con más intensidad. Su torso desnudo se alzaba ante mí y mis manos, avariciosas, comenzaron a recorrerlo.
–Accio pensadero –dijo agarrando mis dedos antes de que estos acariciasen las cicatrices de la parte baja de su pecho.
Severus cogió su varita y colocó la punta bajo la última cicatriz a la vez que pronunciaba unas palabras en latín. Una nueva herida se abrió en su piel, pero ésta, al contrario que las otras, bajaba en vertical hasta la parte baja de su abdomen pasando por encima de todas las demás. De esta reciente línea que unía al resto, comenzó a brotar un poco de sangre.
–Destroite totalum –pronunció el profesor apuntando al pensadero después de teñir de sangre la punta de su varita.
Al cabo de unos segundos, la vasija comenzó a resquebrajarse, hasta que todos sus trozos cayeron al suelo convirtiéndose en ceniza. La espalda de Snape se arqueó de dolor. Lo miré confusa y un tanto asustada hasta que vi como las cicatrices de su abdomen comenzaban a desaparecer. Cuando su piel quedó totalmente lisa Severus abrió los ojos de nuevo para encontrarse con mi mirada de desconcierto y se incorporó para quedar sentado sobre la cama con mi cuerpo todavía sentado sobre el suyo.
–Ya no necesito revivir ninguno de esos recuerdos, ahora te tengo a ti –sentenció sincero mientras colocaba mis manos sobre sus hombros para que continuara acariciándolo.
Admiré su piel desnuda deleitándome en todos los recovecos, tratando de recuperar todo el tiempo perdido mientras la oscuridad de la noche atravesaba los cristales de la ventana de aquella habitación en la casa de la Hilandera.
Continuará...
