El rey que perdió el Norte.
Robb Stark había mirado a los ojos a la muerte una y otra vez. En las batallas sabía que se enfrentaba a ella, así que blandía su espada como a una vieja aliada, aferrándose a la vida mediante ella. Sabía que era el precio que muchas veces había que pagar por la libertad. Muchos habían muerto a su lado, aliados, amigos e incluso familiares. Por eso miraba a la muerte de frente, enfrentándose a ella de forma honesta. A su lado, su lobo Viento Gris, le cubría las espaldas y lo protegía con su presencia. Habían desarrollado una relación tan cercana que para el ya era algo más que una mascota. Era como una parte de si mismo.
La noche en que fue apuñalado no esperaba a la muerte. Le pilló desprevenido, sin su espada en la mano, sin Viento Gris a su espalda. Con su madre mirando y sus aliados traicionándole. Por eso Robb, El joven lobo, no pudo defenderse mientras le clavaban un puñal. Por eso no pudo despedirse de aquellos a quienes amaba, ni vengarse de quienes le traicionaron. La muerte no siempre viene de frente, a veces te ataca por la espalda.
En ese momento Robb entendió las palabras de su madre acerca de que no todas las peleas se libran en el campo de batalla. Entendió que había perdido la batalla en el momento en que puso por encima sus sentimientos a la promesa con sus aliados. Entendió que ni siquiera el pan y la sal podían salvarle con unos enemigos como los Bolton y los Frey. Pero ya era tarde para el. Había perdido el Norte.
