Disclamair: Nada es mio, a excepción de la historia y Pyro (ya quisiera). Todo es de Marvel y Fox. Yo solo soy una pobre chica que sueña con poder crear un personaje tan genial como estos, con los que jugaré un poco.
Nota: Algo muy angst solo porque tenía ganas de hacerlo. Se da luego de Last Stand. Lo divido en dos, porque detesto los one shot interminables.
John no entiende por qué Bobby es incapaz de cumplir su único pedido.
John no entiende cómo alguien puede elegir la Cura.
John no entiende por qué nadie parece comprender que, cuando pide que lo maten, no es sentido figurado.
John no entiende cómo pueden creer que lo suyo se pasará con el tiempo, luego de los alaridos que hicieron sangrar su garganta.
John no entiende y no lo hace aún, cuando luego del llanto y los gritos, llegó el silencio.
John no entiende por qué Bobby sigue visitándolo todos los días, platicando como si esperara una respuesta.
John no entiende por qué nadie lo mata, si así sería todo más fácil.
John no entiende por qué le colocan la vía I.V., obligándolo a mantenerse con vida, luego de que dejara de comer.
John no entiende por qué se deshicieron de Pyro sin su consentimiento.
Y un día, John deja de tratar de entender, porque da igual a fin de cuentas. Un día John habla. Y ese día, Bobby sonríe ampliamente.
No pasa mucho hasta que John come y le quitan la vía I.V. Pasa, incluso menos tiempo, cuando John finalmente se ríe. Y para su sorpresa, pasa mucho menos tiempo hasta que Bestia le dice que puede salir de la enfermería.
Bobby está feliz, cada vez más feliz. Con cada logro del nuevo humano, él se siente radiante. Porque tiene a John y le gusta. Porque el castaño acepta los besos y las carisias. Porque parece que al fin, todo va a estar bien.
Pero una mañana, John no entiende, otra vez.
"Todo iba bien" —piensa con amargura. Su garganta está reseca. Lleva un pantalón de chándal y una camiseta muy grande para él. "Bobby" —razona.
John piensa en echar una ojeada al baño, pero se arrepiente, duda que haya sangre aún. En cambio, mira sus muñecas vendadas y se lamenta internamente, pensando en qué estuvo mal en su plan. Había fingido estar bien por el tiempo suficiente como para que dejaran de estar al pendiente de él; había buscado un momento en que Bobby se suponía fuera de la mansión; había previsto que, en las horas de clases, ningún niño rondaba los pasillos cercanos a su habitación; incluso, había buscado la zona perfecta en sus muñecas para que la sangre lo abandonara lo más rápido posible. De ahí, a que alguien lo encontrara y detuviera la hemorragia para mantenerlo con vida, era decepcionante.
John camina por el desierto pasillo de la mansión y sigue sin entender cómo es posible que alguien lo salvara.
Busca a Bobby. Lo busca, aunque espera no encontrarlo realmente. Tiene miedo de lo que encontrará. Porque recuerda unos chillidos y suplicas de que sobreviviera. Porque recuerda decir no para que lo dejaran.
Camina y se detiene antes de ingresar a la cocina. Se oye un traqueteo propio de la habitación. Inhala profundo y peina sus cabellos desordenados con los dedos, antes de entrar.
Y ahí estaba. Un rubio batiendo distraídamente un bol.
John tiene deseos de girar sobre sus talones y encerrase en su habitación para fingir que aún duerme, porque no quiere enfrentarse a los ojos azules que le reprocharán por lo que hizo… por lo que intentó hacer. Pero como siempre, Bobby le gana. El rubio gira a verlo y le dedica una amplia sonrisa.
—Despertaste —advierte tranquilo, sin dejar su tarea—. Ven, estoy preparando panqueques.
John parece clavado al suelo por un momento. No sucede lo que él esperaba. No hay llanto ni reproche.
—Oh, vamos —pide el rubio de nuevo, dejando su quehacer para caminar hasta el niño más pequeño y arrastrarlo hasta su lugar. En un movimiento fluido, toma las rodillas de John y lo sube, para quedar sentado en el islote. John lo permite, porque Bobby siempre se ha aprovechado de ser más grande que él y porque supone que se lo debe un poco, después de todo.
—Estoy preparándolos con chips de chocolate —le explica, cuando vierte algo de la mezcla en la sartén.
John sigue en silencio. Observa estupefacto cómo el muchacho frente a él parece ajeno a que su novio, sentado en ese islote, acababa de cortarse las muñecas.
John observa, en silencio, cómo el fuego de la cocina no tira de él como solía hacerlo.
John permanece en silencio, a pesar de que la punzada de dolor en su corazón amenazara con hacerlo llorar.
John está en silencio, cuando Bobby deja la sartén y gira para quedarse de pie entre sus piernas y besa suavemente sus labios.
A John, el beso le sabe amargo. Pero tampoco dice nada al respecto.
John sigue en silencio, cuando Bobby interrumpe el beso y sus ojos azul hielo lo observan con un infinito dolor.
Y, el antiguo pirómano, no dice nada cuando Bobby enreda ambos brazos en su cintura y hunde el rostro en el hueco entre el cuello y el hombro.
—¿Por qué lo hiciste? —No es un sollozo, pero la voz tiembla. Algo se rompió en Bobby.
John piensa, por una corta fracción de segundo, que se quemará todo por esa sartén abandonada. Hasta que sus brazos parecen reaccionar mecánicamente y rodean el cuerpo del chico frente a él. No sabe qué hacer y desea hundirse en el mutismo una vez más, pero por una vez no quiere ser el bastardo egoísta que siempre fue. Por una vez, no quiere ser el chico malo ni el villano de la película. Porque ya está muy roto, ya no es Pyro, aunque eso último duela como el infierno.
—Quería morir —responde a pesar de saber que no es suficiente.
—¿Qué puedo hacer? —suplica por una idea y John no responde, porque no sabe qué debería decir. Porque no le parece un buen momento para repetir su incesante "¿porqué no me matas?"—. Por favor, dime —solloza. Ahora es un sollozo y John lo reconoce, porque siente la nueva humedad de su cuello—. ¿Qué puedo hacer para que seas feliz? Dímelo y lo haré
Y John no responde, porque no sabe qué responder. Se siente vacío. Ya ni siquiera está enfadado. Ya ni siquiera está seguro de si desea algo más que no sea morir. Porque quizás ya no quiere otra cosa.
—Sé que lo arruiné, John —le asegura—. Sé que no debí permitir que te curaran —solloza un poco más—. Pero no pude hacer otra cosa. No supe qué hacer. —Sus brazos lo sostienen con mayor firmeza—. Te iban a matar y no quería eso, John —le explica otra vez. Por enésima vez—. Y ahora solo quieres que te maten… —no termina la frase porque llora.
Y John vuelve a pensar que se desatará un incendio, pero ignora su idea cuando recuerda que tiene a un criogénico llorando entre sus brazos. Y se siente triste otra vez, porque no podrá ver nada arder.
—Dejaré los X-men —ofrece Bobby y John no está seguro de lo que quiere decir—. Lo haré. Los dejaré y nos iremos de aquí. Dejaré de usar mis poderes —seguía apostando—. Por dios, tomaré la Cura si eso quieres. Pero por favor, John, sé feliz otra vez —suplica.
John sigue en silencio, hasta que atiza el golpe. Él no quiere ser el bastardo egoísta otra vez.
—No —dice seco, obligando a Bobby a mirarlo, con los ojos llenos de lágrimas y el dolor casi palpable. Con la pregunta silenciosa en el semblante—. Tú no serías feliz así —se explica, calmo.
Y de nuevo, algo en Bobby parece romperse, porque su gesto se endurece y se aleja de John, porque no se molesta en apagar el fuego de la sartén y solo extiende el brazo para que se congelara.
—¡Lo estoy intentando! —le grita. Y John no entiende, otra vez— ¡Estoy intentando arreglar el error que cometí! —vuelve a gritar, harto—. ¡Así que no vengas con esa mierda ahora, John! Solo deja de tratar de matarte un momento y dime qué hacer —suplica patéticamente.
Y de nuevo, John no entiende. No entiende por qué Bobby grita. No entiende por qué parece histérico, cuando lo lógico parecía ser lo contrario. No entiende por qué Bobby no está feliz de que dejara de ser egoísta. No entiende y eso remueve algo viejo en él.
—¿Por qué no me matas? —ronronea, con una sonrisa torcida demasiado maliciosa—. O mejor aún… —continúa, pareciendo petrificar al rubio frente a él— ¿Por qué no regresas el tiempo y evitas que me curen?
Otra vez, algo pareció romperse en Bobby. El criogénico toma a John del cuello de su camiseta para arrástralo fuera del islote y estamparlo con violencia contra las puertas del armario de escobas.
Siempre se había aprovechado de ser más grande que John.
John, por primera vez en mucho tiempo, siente algo. Está enfadado. Está enfadado porque sus poderes se han ido. Está enfadado, porque su estúpido novio es tan patéticamente bueno que pretende mantenerlo con vida a pesar de todo. Está enfadado, porque no puede quemarlo en ese maldito momento y está aún más enojado porque Bobby no pudo tomar su mínimo intento de dejar de ser un bastardo egoísta.
En otro momento, John estaría contento de haber logrado que Bobby estallara, pero no ahora. La parte que hubiera sido feliz, había muerto con la Cura. Ahora él estaba enfadado, porque su novio no pudo tomar su acto de bondad y ahora está golpeando su espalda contra la puerta del armario, sacudiéndolo como intentando que despertara de algo.
Bobby aún lo sostiene del cuello de la camiseta, sacudiéndolo, haciendo que la espalda de John rebotara una y otra vez en el armario de escobas. El rubio le grita sin saber que John dejó de escucharlo, ahora, este, clavando las uñas cortas en los antebrazos del otro, haciendo un vano intento de empujarlo lejos.
—¡Tú no vives así! —vocifera con la voz firme que siempre lo había caracterizado y sorprende al rubio, haciéndolo callar—. ¡Tú no eres un maldito bote sin remos, Bobby! —Un manotazo y el aturdido rubio lo suelta— ¡Tú no te volviste un león sin dientes! —Un empujón y el rubio tropieza para caer sentado, observando en silencio al renacido John enfadado—. Tú no eres un chiste sin gracia —murmura, recargando la espalda en el armario de escobas detrás de él, deslizándose para sentarse en el suelo.
Ambos guardan silencio, cansados.
Bobby siente que volvió a equivocarse. Llora bajo ante la mirada triste de John.
—No lo entiendes… —balbucea al chico que llora exhausto frente a él—. No puedes entenderlo… Me mataron, Bobby —dice y suena tan hermoso que desearía que fuera verdad—. Mataron una parte de mí… —su voz tiembla, y se oye rota, pero sigue— Sé que tu solo quieres a John, pero Pyro era una parte importante de mí… Y ya no está. —Llora, casi sin darse cuenta, perdido.
Bobby se arrastra débilmente hasta él. Su llanto suena doloroso. Lleva una mano hasta la mejilla del castaño y lo obliga a mirarlo. Sus ojos grises, viéndose más oscuros de lo normal; un tono casi negro que parece ser perfecto para la ocasión.
—Te amo… —solloza el rubio—. Sé que es difícil para ti, John —lo llama así, a pesar de saber que puede ser demasiado para el roto corazón del niño más pequeño—. Pero te amo… y si tú no estás, no sé qué haría. —Se remueve más cerca, para quedar uno junto al otro y apoyar su frente en la de él—. Lamento no ser suficiente motivo para que desees vivir, John.
Esta vez, John es quien llora. El dolor sordo en su pecho. La pérdida siendo más fuerte que cualquier cosa. John es consciente, en ese momento, de que no lograría acabar con su dolor, porque eso significaría volcarlo en Bobby. Y ya no quiere ser el bastardo egoísta otra vez.
John no sabe cuánto tiempo había transcurrido, hasta que sus lágrimas cesaron y dejó descansar la cabeza en el hombro de Bobby. Solo sabe que tiene ganas de dormir. Pero Bobby no es bueno cumpliendo sus deseos, últimamente.
—Deberías comer algo… —susurra, con una infinita paciencia, mientras su mano sube y baja por la espalda de John, en una caricia suplicante— ¿por favor?
John siente que debería cerrar los ojos, dejarse atraer por la bruma y dejar que el tiempo pase, arrastrando toda la amargura, pero nada es como él quiere o piensa que debería ser de cualquier modo, así que suspira y reúne fuerzas de algún lado para levantar la cabeza y aceptar. No resulta tan fácil, ya que no es capaz de ponerse de pie por sus propios medios, pero al rubio de sonrisa perfecta no parece molestarle, ya que no parece molesto cuando las piernas de John flaquean, incapaces de sostener su propio peso y debe cargar con él hasta el asiento junto al islote.
Bobby le da una última caricia en la espalda, cuando ve que John puede mantenerse sentado y procede a limpiar la cocina; de la escarcha que roció antes; para continuar con su tarea de preparar panqueques.
John se siente patético cuando ni siquiera posee las fuerzas para llorar, amargado por la incapacidad de sentir el fuego de la cocina, que baila divinamente cerca. Es patético, él lo sabe.
Come en silencio. Solo un panqueque. Siente nauseas luego.
Aún quiere dormir. Y quizás Bobby lo conoce demasiado o está desarrollando telepatía como mutación secundaria, o quizás, solo es obvio que él se siente como la mierda, porque le ofrece llevarlo a dormir a su habitación.
Todo parece bien, él podrá dormir. Pero hay un problema: John duerme sólo en esa habitación; porque ya no es un estudiante para compartirla; y Bobby se despide cuando está cubierto por las sábanas.
El más pequeño no es consciente de la mano que vuela para que los dedos rodearan la muñeca del criogénico.
—Sabes que no puedo dormir solo —lo acusa, con la voz aún rota y sin mirarlo a los ojos.
John tampoco fue consciente de que entibió el corazón del criogénico con su pedido tácito. Hasta que continuó:
—Creo que haré algo estúpido si me quedo solo —menos súplica, más vergüenza.
Y Bobby no duda en hacerse un lugar en la misma cama, sin decir nada. Porque él también está cansado de llorar.
Nota: En unos días subo la otra mitad. Comentario, critica, lo que sea, cajita de comentarios aquí abajo. Be free, be happy.
