Sintió que algo rosaba su espalda y una mano se aferraba a su hombro descubierto por las mantas. Jim abrió los ojos y se encontró con la impenetrable negrura de la habitación, que había engullido por completo todas las cosas a su alrededor… además de aquel toque inesperado que continuaba desarrollándose sobre su espalda. Lo sintió moverse sobre él y Jim también se movió un poco, repentinamente sintiendo como su erección envuelta en los pantalones de dormir rozó la cama. – Spock… - dijo entre murmullos guturales y el cuerpo se le vino encima, sintiendo directamente el pene duro moviéndose de arriba hacia abajo sobre su espalda baja. Lo escuchó respirar con dificultad y él mismo se encontró respirando también de la misma manera cuando la boca ardiente y húmeda succionó su cuello. – Oh Dios… - fue lo único que tuvo tiempo de susurrar antes de buscarle la boca desesperado por aprisionarla entre sus labios. Se tendió completamente de espaldas y lo recibió con los brazos abiertos. Sus labios entraron en contacto y Jim sintió como el vulcano se estremecía ante el contacto, mientras las erecciones se rozaban una con la otra ante los más leves movimientos corporales. La cabeza le daba vueltas incapaz de detenerse a pensar sobre lo absolutamente inusual de la situación. El Pon Farr estaba muy lejos y en definitiva no era una sesión de sexo que ellos hubieran premeditado antes, como era parte del arreglo, considerando que Jim era biológicamente incapaz de esperar a que el ciclo de 7 años se completara. Aunque obviamente el humano no iba a detenerse para preguntar lo que sucedía, porque lo necesitaba de una forma casi enfermiza y desesperada, luego de todos esos días previos.

Jim se separó y con manos temblorosas y quizás abusando un poco de su fuerza, hizo que el vulcano se tendiera en la cama sobre su vientre, notando que para su sorpresa, ya se estaba bajando los pantalones de dormir con la misma urgencia que él. Jim se despojó de su ropa con dedos torpes logrando que su erección saltara a la vista, justo entre los muslos del vulcano. La mortífera frase de "no hay lubricante" pasó fugazmente por su cabeza pero se esfumó tan rápido como llegó. Humedeció sus dos dedos con saliva y los deslizó hacia la entrada, empujando sin reparos; como respuesta, Spock abrió más las piernas para permitir una penetración más profunda. – Joder… - murmuró Jim sacando sus dedos y reemplazándolos ágilmente con su miembro, entrando por el estrecho canal que parecía no tener otro propósito más que engullirlo. Los dos jadearon al unísono dando paso a urgidas embestidas poco interesadas en ser sutiles ante la perspectiva de la falta del lubricante. Jim se hundió entre las penetraciones, los jadeos de su pareja y el ruido de las pieles estrellándose a ritmo rápido y constante.

De repente sintió esa sacudida característica del inminente arribo a un final demasiado prematuro, pero que le fue imposible de evitar. Se corrió en el interior del vulcano, con un orgasmo que parecía buscar causarle un ataque al corazón, mientras sus piernas se sacudían sin control y se aferraba con fuerza en la camisa de algodón de Spock hasta que sus nudillos quedaron blancos por la presión. Apoyó la cabeza sobre la húmeda espalda baja de su esposo tratando de recuperar el aliento. Entonces reparó que Spock no se había corrido. Continuaba sostenido de sus manos y sus rodillas bajo él, y Jim lo vio dándose vuelta y enfrentándolo con aquellos ojos negros que parecían dos pares de obsidianas brillantes aún en medio de la oscuridad de habitación. Una mirada felina acompañó a la expresión más rebosante de lujuria que Jim hubiera visto nunca en aquel rostro tan exótico…

Entonces Spock llevó sus dedos hacia el pecho desnudo de Kirk y comenzó a empujarle levemente. Jim comprendió de inmediato que quería que se levantara. Cuando sus pies tocaron el suelo alfombrado, Spock le tomó de las caderas y tironeó suavemente hacia abajo, y Jim supo que debía arrodillarse. Sin interrumpir el contacto visual, Spock se sentó al borde de la cama y entrelazó sus largos dedos entre el cabello de su amante, empujando su cabeza hacia adelante aunque ahora no con tanta sutileza como en los contactos previos. Jim abrió la boca lo más que le fue humanamente posible y engulló la erección palpitante hasta que la amenaza de arcadas asomó su entrometida cabeza, pero Jim luchó contra ella y comenzó a chupar como si su vida dependiera de ello, deseando obsequiarle a su vulcano una exquisita mamada de esas memorables. Y por supuesto que así lo hizo. Spock dejó salir los gemidos y suspiros más variados y endemoniadamente eróticos que fueron suficientes para que Jim volviera a estar listo para otra ronda. Jugueteó con su lengua sintiendo las pequeñas elevaciones causadas por las venas que sobresalían por todo su largo, para luego volver a apresarla con movimientos profundos y rápidos, logrando con orgullo que Spock perdiera el poco control que le quedaba, hundiéndose en un ruidoso orgasmo que lo hizo desplomarse hacia atrás mientras cerraba sus manos dolorosamente entre el cabello del humano, aunque por supuesto Jim no tuvo ninguna queja sobre ello.

El humano se apoyó por completo sobre sus rodillas y permitió que el vulcano recobrara el sentido. Se subió de nuevo en la cama y le pasó un brazo encima – Deberíamos lavarnos – comentó entre murmullos aunque sin la verdadera intención de levantarse, a lo que Spock contestó solo con pequeños gruñidos.


Las puertas de la lanzadera se abrieron en la pista de aterrizaje del puerto central de ShirKahr, una de las principales ciudades de Vulcano y región residencial de la familia de Spock durante largas generaciones. Jim se había rehusado a utilizar el transportador –que les hubiera ahorrado varios minutos de viaje y aterrizaje turbulento- porque no quería arriesgarse demasiado con la condición de Spock, a pesar de que el vulcano le aseguró que no existían mayores riesgos que los que podría tener cualquier otra persona, esos que el doctor McCoy se esmeraba en exagerar demasiado, pero aún así Jim se mantuvo firme. La larga pista de aterrizaje se extendía hasta donde alcanzaba la vista con lanzaderas por todas partes llevando y recogiendo infinitas cantidades de personas. Los aviones aterrizaban en una pista aledaña y a pesar de que Jim disfrutaba mucho de ver el diseño de aquellas enormes máquinas, solo tuvo la oportunidad de apreciar una que se mantenía en tierra desde lejos y otra que se perdía en las alturas a gran velocidad.

Caminaron sobre el carril de seguridad peatonal hacia las oficinas del puerto para completar los trámites pertinentes. Hacía un calor espantoso, en absoluto para nada comparado con el verano en la Tierra; era como caminar por el desierto del Sahara en pleno mediodía, literalmente. El sudor comenzó a descenderle a chorros por todos lados, presa de la desesperante sofocación del ambiente; por otro lado, Spock no sudaba en lo más mínimo, de hecho parecía disfrutar de esas altas temperaturas. Jim pudo entender perfectamente el sufrimiento del vulcano en los periodos invernales terrestres.

Al termino de registrarse y recoger las maletas, los dos caminaron hacia una de las cuatro salidas del edificio donde ya los esperaba el vehículo que los transportaría al centro de gobierno vulcano, donde tomarían una nave privada de primera clase auspiciada por los numerosos viáticos que la posición de Sarek como embajador generosamente ofrecía.

Spock había mantenido una distancia formal desde que bajaran de la lanzadera y Jim lo comprendía, aunque no sin sentir una pizquita de pesar. Tomarse de las manos públicamente en Vulcano estaba fuera de cuestión por obvias razones, cosa que Jim recordaba a último minuto, cuando su mano se acercaba distraídamente a la de su esposo para hacer contacto.

No habían discutido lo que sucedió la noche anterior con aquella repentina y enormemente agradecida fiebre de sangre del vulcano, que no acostumbraba a hacer contactos así tan súbitamente; suficiente razón por la que el asunto llamaba la atención del humano, aunque supuso que tendría que ver con los numerosos cambios que el cuerpo de Spock estaba sobrellevando por el embarazo; de todos modos era algo que averiguarían junto con muchas otras cosas más que necesitaba saber con más urgencia cuando le hicieran los estudios necesarios.

Sonrió ante la sorpresa de que justo antes de subir al coche, Spock se volvió hacia él y levantó la mano a la altura del pecho con el dedo índice y medio esbozando aquel gesto que Jim conocía demasiado bien, produciéndole ese calor en el pecho como de adolescente a punto de recibir su primer beso. Se acercó ante la mirada curiosa del conductor y el mozo que les ayudaba con las maletas, sin contar por supuesto a la gente que pasaba junto a ellos en ese momento. Jim sabía que la relación sentimental vulcano-humano era bastante inusual de ver, tomando en cuenta que se trataba de dos polos rotundamente opuestos. Correspondió el gesto con una mirada cargada de ternura y notó como Spock estiró levemente sus labios en una sonrisa que resultaría imperceptible para cualquier otro espectador.

Durante el recorrido Spock se encargó de facilitar las curiosidades y la información más importante de cada sitio que pasaban, describiendo con perfecto detalle aspectos de su arquitectura, si tuvo o no remodelaciones, si se celebraron eventos históricos importantes o si poseía algún rol relevante en la sociedad moderna, entre otras cosas. Y Jim escuchaba con entusiasmo sincero, puesto que sus visitas a Vulcano no eran tan frecuentes como hubiera deseado. Eso le hizo despertar la vieja preocupación sobre la relación conflictiva entre Sarek y Spock –que aunque Spock no lo admitía, esa era la principal razón por la que se mantenía lejos de Vulcano-, en especial por la posible reacción del embajador ante las noticias que estaría a punto de recibir. Miró a Spock y no advirtió ningún atisbo de inquietud en su cara, como si aquel viaje no fuera de mucha relevancia para él; no obstante Jim ya comenzaba a sentir las ganas de vomitar que venían con el nerviosismo que la perspectiva le producía.

Amanda se había tomado demasiado bien la noticia de la visita, de hecho, había llamado a Spock la mañana de la partida para recordarle lo mucho que lo echaba de menos y de paso asegurarse de que no hubiera cambiado de opinión.

Luego de una hora de camino se encontraron a los pies de la Embajada de Vulcano, un altísimo edificio de piedra natural -con colores que se mantenían entre las gamas del blanco y el rojo- y vidrio negro antireflejante, con una arquitectura bastante parecida al estilo Gótico del siglo XIII que se desarrolló en la Tierra, magistralmente combinado con la modernidad del High Tech que le daba un aspecto novedoso pero al mismo tiempo en una perfecta armonía y respeto por lo tradicional, como era característica intrínseca de todo lo que hubiera en Vulcano, desde su arquitectura hasta la misma idiosincrasia de sus habitantes.

Sin embargo, para desgracia de Jim no tuvieron oportunidad de entrar, si no que se desviaron al estacionamiento en espiral que había a un lado del edificio, donde se montaron en un ascensor hasta la cúspide de la construcción en que se encontraba la pista de aterrizaje para naves ligeras.

Haciendo justicia a la disciplina vulcana, la nave ya estaba lista para partir. Jim deseó tener la oportunidad de explorar la ciudad, pero se obligó a recordar que para eso tendrían mucho tiempo de ahora en adelante, puesto que se quedarían en Vulcano hasta que naciera el bebé.

La nave era un conjunto de comodidades y placeres ajustados a los usuarios más exigentes. En pequeños frigoríficos bajo el panel táctil dispuesto elegantemente frente a los asientos de cuero habían botellas de Mar'Rela –en plan de "todo lo que pueda beber"-, la bebida de los Vulcanos similar en costo y reputación al champán de la Tierra. Pequeños bocadillos desconocidos para Jim pero exquisitos a la vista servidos en las mesillas pequeñas al centro del espacio entre los asientos y la pantalla. La comodidad de los sillones perfectamente ajustable con solo apretar un botón, si es que el adaptador automático no servía de suficiente satisfacción para el trasero importante del usuario. La pantalla tenía en absoluta disposición la transmisión televisiva de una buena parte de los planetas federados con solo escoger una opción del numeroso menú desplegable; y en caso de que eso no resultara lo suficientemente atractivo para los viajeros, la nave ofrecía una excelente vista del recorrido con la opción de transparencia estructural, que permitía apreciar el desarrollo del viaje con una perspectiva de 360 y que al mismo tiempo se mantenía la intimidad del interior de las miradas externas.

No obstante, Jim optó por explorar la televisión Vulcana, que era objeto de enorme interés para él. Sabía que los vulcanos producían telenovelas y a falta del factor emocional que era de mucha predominancia para las terrestres, estaba interesado en descubrir lo que Vulcano tenía para ofrecer. No obstante, se detuvo en un canal que parecía dedicado a la música, casi hipnotizado por lo que escuchó. Acompañado con el videoclip que mostraba a un joven bastante atractivo sentado sobre un taburete de piedra rojiza dentro de los salones de un templo antiguo, que contrastaba con sus atavíos de estilos modernos, tocaba un instrumento que tenía forma vertical con numerosas incisiones en todo el largo, como una flauta de madera de un metro, con seis delgadas y también largas palancas a cada lado –dándole un aspecto algo parecido al de una araña- que se elevaban a diferentes alturas y que el joven apretaba para producir las notas. El sonido era más o menos parecido al theremin terrestre, y el vulcano lo tocaba con una vehemencia y maestría asombrosas. Y cuando Jim creyó que la cosa no se podría poner mejor, el joven vulcano comenzó a cantar en su idioma con una voz que le hacía la merecida justicia a su manera de tocar. Spock le informó que aquel instrumento tenía como nombre S'Claulan y el artista que lo tocaba Kalel, músico prodigio y de gran reputación en el planeta.

Jim se entretuvo navegando por la infinidad de canales en los que saltaron a la vista noticieros, paneles de discusión de variados temas, programas artísticos, de viajes, educación, cocina y otros que no pudo identificar por su nulo conocimiento del idioma, razón que le hizo decidirse al final por otro de los canales musicales que se cruzaron por su camino.

Tocó con el dedo el círculo celeste que estaba dentro de un recuadro a su derecha haciendo que la sección se tornara transparente. Notó que ya habían dejado atrás la ruidosa y activa ciudad, avanzando ahora por bastos páramos desérticos bañados por la poderosa luz solar. Al fondo saltaban a la vista las montañas que formaban parte de las tierras familiares de Spock.

Jim sintió como las ganas de vomitar regresaron más decididas que nunca.

Ninguno de los dos dijo nada hasta que aterrizaron en la pista desde donde la mansión era perfectamente visible. Bajaron de la nave en cuanto la puerta fue abierta, y lo primero que los ojos de Jim vieron al levantar la vista fue a Sarek y Amanda de pie tras la línea de seguridad de la pista. Cada uno vistiendo la expresión que ponía en evidencia las reglas elementales de sus razas.

Jim se obligó a sonreír y mantener el paso de su esposo hasta el encuentro.