La estructura de la mansión era del tradicional Serrav, uno de los estilos arquitectónicos más antiguos de Vulcano, usado en tiempos ancestrales por los triarcas en representación de sus riquezas y el dominio absoluto de las tierras que poseían. El número de escalones que tuviera la pirámide simbolizaba las regiones que tenían los triarcas bajo su poder y Jim sabía que aquella que se alzaba imponente frente a sus ojos tenía ciento dos escalones. Antiguamente, las familias feudales coronaban sus pirámides con una colosal talla del blasón de sus Casas en oro macizo, pero aquello había quedado atrás desde la revolución de Surak, cuando las ansias de conquista junto con el acaparamiento y mantenimiento del poder sobre los más desposeídos dejaron de ser propósitos significativos para la renacida civilización del planeta y por consiguiente las tallas fueron destituidas de todas las pirámides de las antiguas familias poderosas, en nombre de la nueva era pacífica e igualitaria que definió a Vulcano desde entonces. No obstante, a Jim le pareció que con o sin la talla en oro, la pirámide continuaba siendo un potente vestigio de la posición política de la que gozaron los ancestros de Sarek.
Por supuesto el humano no se permitió impresionar con el cambio de matiz del interior de la pirámide. Como todas las edificaciones en Vulcano, la perfecta combinación de lo tradicional y lo tecnológico se dejaba apreciar mucho más en los interiores. El esqueleto del edificio continuaba siendo el mismo desde que hubiera sido fundado, pero dentro el diseño era casi meramente High Tech, con sus paredes plateadas que despedían luz desde sus entrañas y la que uno podía ajustar al gusto sin necesidad de hablar, tan solo con el chasquido de los dedos. Además, también permitía la vista de 360 del exterior, aunque a diferencia de la nave en la que habían llegado que su cualidad se debía al aluminio transparente, las paredes de la pirámide eran capaces de reproducir lo que las cámaras captaban desde allá afuera, tan nítidamente que parecía como si la pirámide construida a base de enormes bloques de piedra estuviera en realidad hecha de vidrio.
Jim y Spock siguieron a Sarek y Amanda hacia la estancia principal, donde el vulcano ofreció asiento a sus invitados en los sofás "acomodaculos", como solía llamarlos Bones. Sintió la superficie acolchonada vibrar levemente bajo su trasero y de repente supo que perfectamente podría pasarse la temporada completa del embarazo de Spock sentado sobre aquella delicia acolchonada que hasta refrescaba del calor horrendo que lo torturaba incluso bajo ciento dos escalones por cubierta.
- Por favor James, siéntase libre de regular la temperatura del ambiente tanto como sea de su agrado. – exclamó Sarek con educación, atendiendo a las reglas de recibimiento para extraterrestres no acostumbrados al infierno de Vulcano.
- Gracias. – contestó Jim con una sonrisa tensa. La ventaja de tratar con vulcanos radicaba en que ellos no son capaces de advertir los estados animosos de sus interlocutores, por lo que uno puede sentirse libre de pasarla mal sin mayores inconvenientes; aunque por supuesto, ese no era el caso de Jim, ya que debía lidiar con Amanda también y seguramente ella ya habría notado que su hermano de raza estaba a punto del colapso nervioso.
La humana sacó dos copas de vidrio del replicador y se las ofreció a los invitados. Spock dejó el vaso intacto sobre la mesa de obsidiana mientras que Jim sin importarle lo que fuera ese líquido verdoso transparente, lo bebió con entusiasmo casi hasta atragantarse, sintiendo para su sorpresa esa familiar sensación de frescura que le descendió por la garganta hasta extenderse plácidamente por su estómago; entonces, conteniendo sus impulsos de lanzarse sobre Amanda y abrazarla con gratitud, le dedicó una de sus mejores sonrisas – Limonada. – exclamó, conmovido por el detalle.
- Me ha salvado la vida muchas veces. – contestó la mujer devolviendo la sonrisa y tomando su asiento junto a Sarek.
Entonces llegó el silencio incómodo que pareció lanzarse exclusivamente sobre Jim.
- ¿Cuál es el asunto que les ha traído a Vulcano? – preguntó entonces Sarek directo al grano, no sin ganarse unas cuantas miradas de reproche por parte de su esposa humana.
- Tenemos un anuncio. – contestó Spock, robándole la palabra a Jim, quien continuaba rebuscando en los confines de su ser una manera más adecuada de transmitir el mensaje; pero su esposo, haciendo justicia de su naturaleza, también fue directamente al grano – Estoy en periodo de gestación.
Al principio, ni Sarek ni Amanda parecieron escuchar las últimas palabras de su hijo, pero gradualmente la cara de la humana fue deformándose a la más pura expresión atónita que la insólita noticia era capaz de provocar; mientras, el ritmo del pestañeo de Sarek cambió durante unos segundos. Jim solo quería que se lo tragara el acomodaculos.
Spock sin darles tiempo de reponerse al impacto, comenzó a explicar cómo aquella situación había sido posible. Sarek terminó mostrándose interesado por la exposición de su hijo, asintiendo de vez en cuando e interrumpiendo para llenar los huecos informativos; Amanda por su parte había comenzado a llorar sin apartar la vista del vientre plano de su Spock cubierto por la ropa. Jim supo que eran lágrimas de felicidad por la enorme sonrisa que se le dibujaba en el rostro. La extraña respuesta a la situación le aplacó considerablemente los nervios. Pudo ser peor. Sarek pudo levantarse de su asiento y marcharse sin mirar atrás, pero ahí estaba, manteniendo una conversación en buenos términos con su hijo. Spock concluyó con su explicación y pasaron al silencio reflexivo, donde lo único que se escuchaba eran los sollozos de Amanda.
- ¿Cuántas semanas? – quiso saber Sarek tomando el padd de la mesa.
- Asumo que tres, aunque preferiría basar mi afirmación en los exámenes a los que he de someterme.
- Tu zona abdominal todavía no ha sufrido un cambio significativo, – contestó deslizando su dedo por la superficie de la pantalla – así que me atrevo a compartir tu estimado. Te proveeré los contactos de los mejores médicos del planeta, podrás proceder a la extirpación de la criatura esta misma semana sin mayores complicaciones.
Aquellas palabras cayeron sobre Jim como una patada en el estómago– Espere, ¿Qué ha dicho? – exclamó sintiendo como la sangre se le subía a la cabeza, sin poder y sin querer esconder su creciente cólera, desatada tan súbitamente que se esforzó por aferrarse al sofá para no lanzarse sobre el maldito bastardo que lo miraba con expresión inmutable.
- Si Spock espera más tiempo, la situación podría complicarse. – informó con su naturalidad característica. – Como asumo que usted sabrá, James, un aborto debe ejecutarse en las primeras semanas de gestación para evitar secuelas graves. - Jim no fue capaz de articular palabra, sentía que lo único que saldría de su boca sería una sarta de maldiciones, y Sarek se quedaría con la visión de su invitado salir por la puerta principal para no volver nunca más.
- ¡Sarek! – chilló Amanda más escandalizada que verdaderamente ofendida - ¡¿Cómo te has atrevido a sacar semejante conclusión sin antes escuchar sus pretensiones?! – entonces volviéndose directamente hacia Jim, exclamó – por favor, perdona sus palabras. No ha sido el fin de mi esposo ofender de ninguna manera; pero deberás comprender|
- Me importa un bledo lo que yo deba comprender – interrumpió Jim incapaz de contener sus emociones – Esta vez no me interesa conocer más sobre la naturaleza vulcana del embajador, tampoco me interesa escuchar lo que tenga que decir. – Y poniéndose de pie, concluyó – Lamento que esto haya sido una pérdida de tiempo.
En ese instante, Spock lo tomó de la mano y le hizo voltear para mirarlo. No le dijo nada, pero Jim comprendió el mensaje. Sarek aprovechó para pronunciarse de nuevo – Ruego por el perdón. – dijo inclinándose levemente – No trataré de excusarme por mis palabras, pero soy un vulcano senil y ahora más que nunca estoy propenso a cometer errores. Por favor… - el embajador le indicó que tomara asiento de nuevo y Jim así lo hizo aunque no menos molesto que antes. La actitud indiferente de Sarek continuaba estando presente y las disculpas sonaban poco menos que convincentes, sin embargo, Jim no tuvo otra opción más que controlarse. – Pensé que era una decisión lógica, - continuó - considerando que el peligro de muerte es más alto de lo que me atrevería a estimar.
La palabra cayó sobre su estómago como otra patada diez veces más aguda que la anterior. – Peligro de… ¿de quién? – murmuró sintiendo que el enojo le cedía paso al terror tan familiar que pensó ya había quedado en el olvido. De repente recordó la cámara del reactor, las palabras de McCoy, el horrible contacto de su mano contra la muro transparente…
- De los dos. – contestó Sarek sorprendido de que Jim desconociera semejante posibilidad. – Si el embarazo no mata a Spock, hay iguales probabilidades de que la criatura sea la que no sobreviva.
Jim miró a Spock que permanecía sentado a su lado, con la vista pegada en el vaso de limonada intacto - ¿Por qué no me lo dijiste? – murmuró sintiendo como repentinamente todas sus ilusiones comenzaban a hacerse pedazos. Amanda musitó algo a los oídos de Sarek y ambos se levantaron de sus asientos. – Les proveeremos de toda la privacidad que necesiten. Por ahora, mi esposa y yo nos retiramos. - exclamó el embajador, pero Jim no apartó sus ojos de Spock ni se molestó en contestar. En cuanto los pasos de la pareja se alejaron lo suficiente hasta no ser escuchados, el humano volvió a hablar - ¿Por qué no me lo dijiste? – repitió, con las palabras atascadas a medio camino – Eso ha sido cruel, Spock. – La voz de McCoy volvió a hacer eco en su memoria.
Está muerto, Jim. Es demasiado tarde.
- Tenía la… esperanza de escuchar un veredicto diferente en cuanto me sometiera a los exámenes. No creí adecuado cargarte con esa inquietud luego de todo lo que pasaste en las últimas semanas.
- ¡¿Y crees que me lo has puesto más fácil?! ¡¿Con escucharlo de la boca de alguien más?! – Jim luchaba con todas sus fuerzas por no enfurecerse, pero se dio cuenta de que le estaba gritando, casi fuera de sí - ¡¿No crees que merecía saberlo?!
- Yo solo|
- Me hiciste soñar con la idea, de visualizar nuestras posibilidades en una nueva vida… ahora me entero que no tengo mucho de donde escoger. – Jim se levantó y paseó por la sala hasta detenerse al otro extremo de la mesa de centro, buscando sosegarse - ¿de cuánto es el riesgo? – quiso saber.
- No puedo decirlo con certeza. Normalmente es del 50 o 60%, pero dada mi condición de mestizo, las probabilidades podrían variar.
- ¿Variar en qué sentido?
- No lo sé, existe la posibilidad de que mi herencia humana haga la diferencia.
- "No lo sé" "no lo sé" – repitió soltando una carcajada floja y amargada. - Se acercó a la pared y la tocó para desplegar el panel digital de configuración. Jim escogió la opción de transparencia estructural y de inmediato las paredes comenzaron a "drenarse", como si sus entrañas estuvieran llenas de líquido plateado, revelando el soleado y elegante mundo exterior que rodeaba la colosal pirámide. Miró los insólitos árboles triangulares de hojas afiladas asediados de vegetación extraña capaz de sobrevivir en aquel ambiente que a Jim le parecía suficiente para ser denominado hostil. La arena brillaba como oro fundido a la luz del sol y ningún viento azotaba sus partículas en aquel momento. Todo permanecía sereno, áspero y caluroso. Se preguntó si algo habría cambiado si Spock le hubiera confiado el hecho cuando aún estaban en Marte; supo de inmediato que no, pero definitivamente le hubiera gustado saberlo antes de embarcarse en semejante viaje. Si Spock iba a someterse a esa operación, no habría hecho falta más que solicitar un médico vulcano para que fuera él quien se desplazara a donde ellos estaban.
Pero también entendía que aquello debía ser igual de duro para Spock, y aunque trataba de no descargar su frustración con él, la situación se había retorcido tanto que en ese momento hubiera dado lo mismo si se hubiera enterado de que su esposo había contraído alguna especie de enfermedad.
De repente sintió sus manos que se deslizaban por su abdomen y lo rodeaban desde atrás y él no se resistió, a pesar de que se sentía dolido.
- Perdóname. – susurró Spock a su oreja, mientras lo estrechaba más para sí. – Al principio no me di cuenta de cuánto deseaba este niño hasta que vi la felicidad reflejarse limpiamente en tus ojos al momento en que te lo dije. No quise destruirlo. Pero supongo que el momento llegaría tarde o temprano. Lamento que haya sido de esta manera. – Jim no contestó, pero estrechó las manos de Spock entre las suyas. Sintió como la cabeza del vulcano se enterraba en su hombro, con la respiración acariciándole el cuello. - ¿Qué hacemos ahora? – murmuró, rozando su mejilla húmeda con el cabello negro de su esposo.
- Ir con los mejores médicos de Vulcano por auxilio. Vamos a resolverlo. – dijo Spock y Jim se refugió en sus palabras obligándose a creer que sí.
