La leve brisa nocturna sacudió la túnica naranja suelta que vestía para conseguir soportar las temperaturas del planeta. Aún de noche el calor era sofocante, pero estaba harto de pasar dentro de la pirámide todo el día. Había insistido en que quería conocer los alrededores, especialmente estirar un poco las piernas luego del viaje, y por qué no, despejar un poco la cabeza del desfile de dilemas que habían seguido luego de la conversación con Sarek y Amanda. El paisaje no cambió mucho luego de media hora de caminata a oscuras. Árido, de escasa y extraña vegetación, con uno que otro animal pequeño que se atrevía a cruzarse por su camino pero que a la tenue luz nocturna era incapaz de identificar con propiedad. Ahora volvían a la pirámide para hacer las llamadas pertinentes con los contactos médicos que Sarek les había proporcionado.

- Mañana mismo podremos volver a la capital y rentar un apartamento. – exclamó Spock – Tengo deseos de enseñarte muchas cosas, especialmente la vida nocturna de Vulcano.

- ¿Es que siquiera existe tal cosa? – bromeó. No lo pudo distinguir, pero por el silencio que siguió pudo jurar que su esposo había arqueado la ceja como respuesta. La verdad era que se alegraba por dejar las tierras ancestrales de Spock y ver qué tenía el Vulcano moderno para ofrecer, y de paso poner un poco de distancia entre ellos y sus suegros. Aunque Sarek se había comportado relativamente normal cuando les recibió, la actitud fría y distante había vuelto cuando se sentaron a la mesa para cenar. Sarek a penas y se refería a Spock directamente, aunque no es que este hiciera mucho esfuerzo por acercarse a su padre tampoco. Era una clase de ambiente que le desagradaba y la principal razón por la que nunca había visitado Vulcano en calidad de invitado; lidiar con el embajador por cuestiones de servicio ya era más que suficiente.

Mientras se acercaban, ambos distinguieron la figura de Amanda que aguardaba a la entrada; la mujer los saludó con la mano y Jim se apresuró a corresponder con afecto. Lo que sea que sintiera por Sarek definitivamente no lo compartía por Amanda, ella siempre se había mostrado amorosa con su hijo y abierta en cuanto a su relación con Jim a diferencia de Sarek, aún cuando él mismo tuviera una esposa humana. Jim no estaba seguro de que algún día consiguiera comprender la complicada y en ocasiones aparentemente contradictoria idiosincrasia del embajador.

- Lamento la interrupción, me preguntaba si podrías prestarme unos minutos a tu esposo, hijo mío, me encantaría tener una pequeña charla con él. – dijo con una sonrisilla juguetona.

Spock incapaz de captar la broma respondió – Jim no necesita de mi autorización para hablar con nadie, madre. – Seguido hizo un leve gesto de despedida con la cabeza y se marchó hacia el interior de la pirámide sin más. Amanda lo observó con cariño. – No ha cambiado nada. A pesar de tantos años todavía sigo siendo un poco ingenua en ese aspecto. – Entonces se volvió a Jim – No me malinterprete, no es que crea que hay algo malo en mi hijo, al contrario, simplemente a veces me encuentro pensando que me hubiera gustado poder compartir un poco más con él, ya sabe, que hubiera tenido un poco más de mi naturaleza y nos hubiéramos podido entender mejor. – Una sombra de tristeza eclipsó el siempre dulce y vehemente rostro de la humana. – A veces pienso que no cumplí mi parte con él. No fui capaz de interferir cuando su relación con Sarek comenzó a ir mal, y cuando finalmente decidí hacerlo ya era demasiado tarde.

Jim no supo qué contestar, pero pudo adivinar lo que Amanda pretendía con la conversación.

- Por favor sígame. – le pidió, y ambos caminaron hacia un estanque artificial que en aquel momento lucía como una versión miniatura del espacio, profundamente negro y plagado del reflejo de las estrellas. – Antes que nada, siento la necesidad de disculparme por las palabras mal escogidas de mi esposo. Sé que entiende su naturaleza, pero yo también entiendo que usted está en pleno derecho y en toda razón de sentirse ofendido.

- Todo está bien Amanda, creo que sobreactué en ese momento. – mintió – No guardo ningún rencor contra el embajador.

- Le ruego que no se deje llevar por lo que vio, Sarek está muy complacido por la noticia, me atrevo a decir que casi tanto como yo.

- ¿Por qué lo dice? – inquirió absolutamente incrédulo.

- Por supuesto que quiere que alguien asegure su legado, que heredere lo que él y sus ancestros conquistaron en vida, incluyendo Spock. Es instinto, y los vulcanos no están absentos de ello.

- Tendrá que disculparme si le confieso que nunca lo consideré una posibilidad. – respondió Jim pensativo. – Tenía entendido que el medio hermano de Spock también había formado una familia, ¿qué hay de ellos?

- Te refieres a Sybok… - Jim pudo notar la angustia en los ojos azules de Amanda mientras ella los volvía hacia el estanque de estrellas. – Si Spock y Sarek tienen una relación complicada, con Sybok todo el asunto recae varios niveles muy por debajo de eso; ni siquiera estoy segura de que sea posible decir que realmente existe una relación entre los dos. No han hablado desde hace más de treinta años, y Sybok nunca permitió que sus hijos conocieran sus raíces de parentesco vulcanas. Él siempre fue muy complicado, y se lo digo yo desde mi punto de vista humano, demasiado radical en sus ideologías para su propio bienestar y el de quienes le rodean. Creo que Sarek tenía miedo de que Spock terminara convirtiéndose en algo parecido a su medio hermano, es por eso que fue tan estricto con su crianza. Al final mi pobre esposo tampoco fue capaz de construir una relación sana con él y jamás consiguió comprender su lado emocional, ni permitió que yo le ayudara a hacerlo.

Hubo un leve silencio entre los dos, entonces Jim se atrevió a saciar la insistencia de la maldita bestia fisgona que pululaba curiosa en su cabeza desde la primera vez que conociera a los padres de Spock. – Le ruego que no me malentienda pero ¿cómo es que usted y Sarek terminaron casados? Siempre me lo pregunté y me sigue pareciendo muy curioso a estas alturas. – "Especialmente por el constante rechazo a las naturalezas humanas del embajador." Terminó, aunque eso, por supuesto, se aseguró de guardárselo.

Amanda soltó una ligera risilla divertida. – Oh, no se preocupe, aún ahora a mí me sigue pareciendo casi irreal la forma en que se dieron las cosas. Sarek estaba en medio de los dos años de servicio en el consulado general de Vulcano en la Tierra para el tiempo en que yo ingresé a hacer mis prácticas como traductora.

Spock ya le había contado sobre la profesión de Amanda en el pasado. Le había dicho que la mujer dominaba quince idiomas con perfecta fluidez y se había desempeñado en Vulcano hasta muy entrada en años, ganando un generoso nivel de prestigio entre el gobierno del planeta por sus altas cualificaciones profesionales. También le había hablado de cómo ella y Sarek se conocieron, aunque su relato fue absolutamente escueto.

- Sarek siempre fue difícil, - continuó – pero creo que el espíritu juvenil de aquel entonces le hacía mucho más accesible que ahora, si me lo pregunta. Nunca fue muy dado a las conversaciones casuales, aunque era una persona muy cordial y atenta con los demás, cualidades imprescindibles para su condición de embajador. No me malentienda, aún lo sigue siendo, pero la edad está comenzando a desgastarlo mentalmente, y no es para menos, ¡con 107 años de edad! Pues bien, resultó que yo fui parte del equipo encargado de asistir a su delegación que en ese momento se estaba preparando para participar en unas negociaciones sobre la posibilidad de apertura de una nueva base estelar al borde de la zona neutral vulcano-romulana. La Federación consideraba imprescindible contar con ese puesto de avanzada en aquel sector, pero los vulcanos creían que Romulus tomaría semejante acción como un intento de provocación, y quien sufriría las consecuencias en primeras instancias sería Vulcano, que no hacía unos meses antes acababa de librarse de una apretada crisis militar contra el susodicho imperio. Como era la primera vez que Sarek trataba con humanos, se nos comunicó que había solicitado un traductor para que le instruyera con el idioma antes de que las negociaciones empezaran, y para mi bendita suerte, me delegaron el trabajo a mí, que en aquel momento no fue ninguna gracia pues significaba trabajar de más, por eso la tarea fue ofrecida a los practicantes, y sin embargo acepté la responsabilidad por mi apuro de ganar experiencia lo más rápido y humanamente posible. – Volvió a reír - El resto se dio sin que ni siquiera nosotros reparáramos en lo que sucedía al principio. Fueron años difíciles para mi vida personal si he de ser sincera, constantemente confundida, dolida por sus actitudes frías y su evidente rechazo a pesar de que su interés por mí era evidente… Creo que él también sufrió mucho. Tuvimos una relación muy complicada y frágil durante 13 años. Lo cierto es que la convivencia resultaba imposible, así que era usual que nos dejáramos por meses enteros, a veces hasta un año o dos en los que yo trataba inútilmente de rehacer mi vida sentimental con otras parejas, pero al final él siempre regresaba y yo caía de nuevo. No todos los recuerdos que tengo de esa época son placenteros, sin embargo, las cosas definitivamente cambiaron cuando quedé embarazada de Spock. – El rostro de la mujer se iluminó ante la feliz remembranza. – Fue luego de su segundo Pon Farr conmigo. Al enterarse de la noticia, Sarek me aseguró de que deseaba que el niño creciera en el seno de una familia, así que me propuso que nos casáramos. A pesar de mi constante incertidumbre de si nuestra disfuncional relación podría con las responsabilidades de la crianza y el matrimonio junto con las inagotables advertencias de mis padres y amigos que no aprobaban en absoluto la idea, terminé aceptando plagada de ilusiones, algunas demasiado ingenuas claro está; así que nos mudamos a Vulcano, y heme aquí ahora con toda una vida compartida con el hombre por el que ahora profeso un amor muy distinto al de aquella época, pero me atrevo a decir que mucho más profundo y significativo.

Jim compartió la sonrisa afectuosa que se deslizó en los labios de Amanda. Claro que se identificaba con todo aquello de forma tan poderosa que casi le agradeció en voz alta por habérselo confiado. Ese sufrimiento emocional al que se había referido también lo había conocido a un nivel muy íntimo y sabía lo duro que significó en su momento, ante la perspectiva de que las esperanzas se desvanecen sin posibilidad aparente de retorno. Se dio cuenta que la relación entre Sarek y Amanda no había sido muy distinta a la suya con Spock, en esencia.

- Sé que a estas alturas usted ya lo sabe muy bien, – le dijo Amanda – pero en este tipo de relaciones hay alguien que siempre tiene que ceder un poco más que el otro, y van a enfrentarse a esa certidumbre cuando críen a su hijo. – La mujer se acercó y le tomó de las manos con afecto. – Aunque estoy segura que ustedes lo harán mejor que nosotros.

- No diga eso… - respondió apretando el contacto – Ese hombre que usted y su esposo ayudaron a cimentar con tanto esmero y devoción es del que yo me enamoré. A mi punto de vista cumplieron con su parte de maravilla, y les estaré agradecido de por vida.

Los ojos de Amanda se humedecieron. – Me alegro de corazón que mi hijo haya encontrado un hombre como usted, James. Y en cuanto al bebé, Sarek y yo estaremos siempre dispuestos a servir de apoyo y experiencia cuando lo necesiten, nos encantaría que nos concedan el honor de ser incluidos.

- ¡Por supuesto que lo serán! – le aseguró Jim con una sonrisa honesta – Mi hijo crecerá entre dos mundos, y estoy completamente decidido a enseñarle a vivir orgulloso de su naturaleza.


Jim se reunió con Spock en la antigua habitación de su esposo, que Sarek y Amanda habían acondicionado para su comodidad. Jim esperaba encontrar algún vestigio del niño que había ocupado las estancias hacía tanto tiempo, pero absolutamente todo estaba renovado y cambiado de lugar. Supuso que no era lógico en absoluto esperar que su esposo vulcano conservara alguna pertenecía material con la que tuviera alguna clase de apego nostálgico.

- ¿Hay algo que necesite saber sobre tu conversación con mi madre? – preguntó sentado en el sofá y sin levantar la vista del pad mientras Jim se cambiaba de ropa a otra más cómoda para dormir.

- No realmente, fue más una de esas charlas necesarias entre suegra y cuñado. – respondió riendo.

- Entiendo.

Jim sabía que sólo lo había dicho para dar por zanjada la conversación, pero estaba seguro que no tenía ni idea de lo que aquellas "charlas necesarias" implicaban. Se tendió en la cama y le dio dos palmaditas al colchón. – Ven aquí, querido.

Spock atendió la invitación y se acostó a su lado. Jim le depositó un casto beso en el protuberante pómulo, consiguiendo que el vulcano le dedicara una de sus expresiones afectivas. - ¿Has averiguado algo sobre nuestro doctor? – quiso saber mientras pasaba un brazo sobre la cintura de Spock y apoyaba la cabeza contra su pecho.

- Sí. S'chn T'gai Evekh, pariente lejano. Tiene la reputación de ser uno de los mejores en el campo. Aún sin la recomendación de Sarek ya había pensado en acudir a él.

- ¿Qué es de ti?

- Primo.

Jim esperó a que su esposo continuara, pero Spock no dijo más al respecto, como solía suceder cuando hacía preguntas demasiado específicas. - ¿Qué clase de persona es? – insistió.

Spock lo miró con extrañeza. – No lo sé. Nunca lo conocí. Aquí dice que estudió en la Academia de Ciencia Vulcana en la misma época que yo, pero jamás cruzamos caminos, asumo que la razón es que nuestras áreas de especialidad eran distintas. No sé más de él que sus logros y estudios profesionales, aunque por algunos de sus artículos científicos y por la polémica que han causado en la comunidad médica puedo decir que se trata de un vulcano de idiosincrasia poco tradicional.

- Sería el primero que conozco. – bromeó Jim, a lo que Spock contestó con una ceja arqueada antes de volver a su lectura del pad. - ¿Ya arreglaste la cita?

- Sí, dentro de tres días.

- Bien.

- También me ocupé de los detalles de nuestro viaje de regreso a la capital. Reservé la habitación del hotel y una cena en uno de los mejores restaurantes de ShirKah para la noche.

- ¿Entonces en verdad me llevarás a conocer la ciudad? – le preguntó con un destello de emoción en los ojos mientras le rodeaba el cuello con sus brazos, tendiendo medio cuerpo sobre el suyo.

- Sí. Todas tus visitas a Vulcano han sido breves y por cuestiones de servicio. Considero que deberíamos aprovechar esta oportunidad.

- Completamente de acuerdo. – dijo mientras le clavaba un ruidoso beso en los labios que Spock devolvió de forma automática venida de la costumbre; entonces se volvió a tender a su lado con un brazo bajo la almohada dispuesto a dormir y ansioso porque llegara el amanecer.


Luego de un abundante desayuno y el ambiente menos tenso que el día anterior, se despidieron de Sarek y Amanda prometiendo que volverían cuando tuvieran los resultados médicos para darles las noticias de primera mano. En cuanto estuvieron de camino a la capital, Jim notó como Spock se relajaba con la pirámide perdiéndose de vista. Aunque rara vez hablaba al respecto, Jim sabía que su esposo le guardaba un profundo rencor a Sarek por cosas que aún no le había contado, pero que estaba seguro eran parte de las razones porque no conseguían reparar su relación, y probablemente jamás lo harían, siendo los dos como eran de orgullosos, siempre esperando en vano que el otro tomara la iniciativa.

Arribaron al hotel cerca del mediodía. Mientras se registraban en el vestíbulo, Jim notó como la recepcionista los miró con la misma curiosidad de la mayoría de personas con que se cruzaron en ese breve momento de ingreso. Jim comenzaba a tener una perspectiva más real de lo extraño que suponía una relación interracial vulcano-humana en el planeta, que aunque no carecía de diversidad en ese sentido, era natural que los vulcanos escogieran parejas de razas con las tuvieran algo en común.

Cuando se hubieron acomodado en la espaciosa y bonita suite que Spock había tenido el suficiente gusto para reservar, se sentaron en la mesa del balcón para tomar el almuerzo. Por la hora el calor se había vuelto más denso y sofocante, pero Jim hizo un esfuerzo casi sobrenatural por permanecer al aire libre mientras comían para complacer a su marido que adoraba aquel clima; era lo menos que podía hacer por él cuando Spock había soportado el mortal frío invernal terrestre en completa sumisión.

- ¿Has pensado sobre donde nos instalaremos cuando nazca el bebé? – preguntó consciente de que tarde o temprano tendrían que enfrentar esa y muchas otras decisiones de la misma índole. Honestamente no le entusiasmaba para nada la idea de seguir los pasos de sus suegros y quedarse en Vulcano, aunque por supuesto, eso no se lo dijo.

Spock pareció reflexionar unos segundos. – No había pensado en eso. – reconoció. – Aquí en Vulcano podría gozar de muchos beneficios y oportunidades a nivel educativo, y aunque tu primera impresión de nuestra sociedad te dicte lo contrario, Vulcano es muy abierta a los mestizos y extranjeros, siempre y cuando aprendan a mezclarse con nuestras costumbres, cosa que para el niño no representará ningún problema si crece aquí.

- Sí, bueno… - titubeó tratando de escoger bien sus palabras – Recuerda que no será del todo vulcano… tal vez crecer en un ambiente tan estricto como este cuando se trata de emociones no sea lo mejor para nuestro hijo.

- Reconozco la raíz de tus inquietudes. Vulcano no fue ni una décima de dañino para mí como lo fue Sarek. – soltó con frialdad – Todas mis inseguridades derivaron de él y su rechazo, no de la idiosincrasia de mi pueblo. – Jim percibió un dejo ofendido en el tono de Spock que le sorprendió, advirtiéndole que debía hablar con más cautela. – Como dije, Vulcano acepta la diversidad racial en su sociedad tanto como lo hace la Tierra, siempre y cuando esta respete las normas y leyes de vida del planeta.

- Entonces quieres que vivamos aquí. – respondió Jim tajante, cruzándose de brazos.

- Sólo me gustaría que consideraras la posibilidad sin que ciertos estereotipos mal arraigados te nublen el juicio.

- Sé que no conozco Vulcano como tú la Tierra, – respondió Jim a la defensiva – y que definitivamente tengo ideas equivocadas al respecto, pero si tú quieres quedarte aquí, al menos déjame conocer el planeta primero antes de que me muestre de acuerdo.

- Si lo que quieres es que vivamos en la Tierra solo dilo, sé que sería más cómodo para ti, y a fin de cuentas yo ya estoy acostumbrado. – exclamó tenso.

- No Spock, lo que quiero es discutir nuestras posibilidades tranquilamente y con perspectiva, es una decisión importante para la vida de nuestro hijo más que para nosotros.

- Lo sé. – concordó incómodo, como si de repente reparara en su actitud conflictiva. – Tienes razón. Considero necesario que ambos reflexionemos un poco más, así tú puedes formarte una idea más pronta de lo que es Vulcano mientras estés aquí.

Jim asintió pero no dijo nada. Era evidente que Spock quería quedarse en el planeta, y demonios, claro que no podía culparlo. Confinado tantos años en un lugar al que todavía no podía llamar hogar debía ser duro para él, y ahora que la oportunidad estaba dada, tenía la disposición de aprovecharla. Jim solo deseó dejar de ser tan egoísta al respecto.


- ¿Qué clase de restaurante es? – quiso saber mientras miraba el revoltijo de ropa en su maleta, tratando de figurarse lo que debería vestir.

- Cinco estrellas, como lo llamarían en la Tierra. Es costumbre que la gente use el tradicional kirshara cuando visita este tipo de lugares. – Spock rebuscó en su propia maleta y sacó una larga túnica morado grisáceo que llevaba una placa de bronce pegada en el pecho, cincelada con un símbolo en vulcano al centro bruñido en negro.

- Wow, es muy bonita. – exclamó Jim tocando la delicada tela. – Pero me temo que no tengo nada en mi armario que se le parezca. – añadió soltando una carcajada.

- Esta es tuya. Mi madre me la dio para ti antes de que nos marcháramos. Puedes usarla sobre tu ropa casual mientras estemos en el restaurante.

- Tendré que agradecerle cuando vuelva a verla. – respondió aceptando la prenda con una sonrisa. – ¿Qué es este símbolo?

- Es el nombre de la familia.

- Oh. – Jim observó el recorrido del complicado patrón sobre el metal con cierto aire solemne y volvió a sonreír, comprendiendo lo que el obsequio significaba. – Me siento honorado, gracias.

Spock se vistió con su propio kirshara de color verde musgo. Cuando estuvieron listos eran alrededor de las 6:30 de la tarde en la cuenta terrestre y el sol a penas había descendido sobre el horizonte. Los días en Vulcano eran de 20 horas y las noches de 12, completamente exasperantes para cualquiera no acostumbrado al cambio de horario.


Se instalaron en una de las mesas dispuestas sobre la azotea del restaurante. Hacía un atardecer bellísimo, pincelado de todos los tonos de rojo, violeta y dorado capaces de ser distinguidos por el ojo humano. Jim disfrutó del sublime espectáculo mientras el mesero les servía Elik Pseth, una bebida parecida al vino terrestre, bastante fuerte al gusto.

- ¿Es de tu agrado? – preguntó Spock.

- Claro que sí. – respondió Jim con afecto. Miró a su alrededor sorprendido por la elegancia del lugar. El complejo de edificios estaba conformado por tres larguísimos pilares de cristal de 700 pisos cada uno unidos por una azotea triangular. Spock le había comentado que aquella parte alta del restaurante era la más costosa y difícil de conseguir, pero que siempre se hacían excepciones con trabajadores del gobierno vulcano o federativo -Jim tan solo comenzaba a comprender la considerable reputación que gozaban en el planeta- razón por la que habían conseguido reservación en tan corto tiempo. – Ha sido una adorable idea, gracias.

El atardecer transcurrió envuelto en su colorida sublimidad, con el añil lentamente ganando terreno desde el oeste en el cielo que ardía por el poderoso sol menguante. La cena se desenvolvió pacífica y animada, mientras discutían la posibilidad de retirarse indefinidamente de los viajes estelares, que habían sido la única pasión que se había mantenido ferviente en el corazón de Jim.

De repente, el mesero se acercó y con una leve reverencia llamó la atención de los dos.

- Hay un hombre que ha solicitado celebrar reunión con ustedes si es que este no es un mal momento. Se identifica como S'chn T'gai Evekh y dice ser su pariente. – finalizó refiriéndose a Spock. - ¿Qué respuesta he de darle?

Jim recordó aquel nombre de previas conversaciones. - ¿Acaso no es nuestro doctor?

- Es él. – dijo Spock sorprendido. - ¿Estás de acuerdo con invitarle a venir?

- ¡Claro! – respondió Jim animado - No podría imaginar un mejor momento para conocerlo.

El mesero se retiró y Jim dirigió su mirada hacia el resto de la azotea, donde brillantes luces doradas artificiales empezaban a iluminar la creciente oscuridad de la noche, las que se regulaban según el ambiente que desearan quienes ocupaban cada una de las mesas. Fue en ese momento que notó como dos vulcanos que estaban sentados a cinco mesas lejos de ellos los observaban sin el menor temor a ser descubiertos. Jim trató de leer sus expresiones, pero estaban en blanco. No es que fuera la primera vez que pasaba, pero estos dos eran especialmente incómodos. Cuando estuvo a punto de comentárselo a Spock, algo diferente se atravesó en su campo visual: Un hombre alto y vestido con un kirshara azul oscuro se acercaba decidido hacia su encuentro. A todas luces se notaba que era vulcano, excepto por una cosa: una brillante mata de cabello rubio cortado al estilo tradicional cubría su cabeza. "Mestizo." Pensó mientras le devolvía la inesperada sonrisa que el hombre le dedicó.

Ambos se levantaron y realizaron una pequeña reverencia en nombre de la educación; entonces Evekh saludó en vulcano a Spock mientras que Jim volvió a verse sorprendido cuando le ofreció su mano en un saludo muy terrestre (tampoco pasó por alto que Spock pareció incómodo con el gesto). – Doctor S'chn T'gai Evekh. Bienvenido a Vulcano, James Kirk. – dijo con un perfecto acento neutro.

- Gracias. – respondió Jim cordial.

- Ha sido una curiosa coincidencia encontrarnos aquí. – Se apresuró a señalar Spock.

- Lo ha sido, de hecho.

Los tres tomaron asiento y Jim no pudo evitar pegar sus ojos llenos de curiosidad sobre él; por su parte, Evekh tuvo la suficiente cortesía de ignorar la mirada que lo escudriñaba. Bastante atractivo, aunque con ojos de un extraño color amarillo, muy ajeno a lo que hubiera reconocido como común en el planeta; su perfil era tan afilado como el de su pariente, Jim calculó que quizás rondaba sus treintas, aunque con los vulcanos era difícil saberlo.

- He escuchado mucho sobre su trabajo en la Flota Estelar. – Comenzó en tono neutro dirigiéndose a Spock, vetado de cualquier atisbo emocional. - Bastante impresionante.

- También he escuchado mucho de usted. – respondió Spock - Leí que está trabajando con el Doctor Noonian Soong, uno de los científicos más remarcables de nuestra era; estoy muy interesado en escuchar lo que usted tiene que decir sobre los avances en la tecnología positrónica.

- Le asombrará, se lo aseguro. – Entonces, como si se tratara de una persona totalmente diferente, Evekh se volteó hacia Kirk con una expresión más cálida en el rostro, completamente emocional. –También he escuchado mucho de usted, James. El famoso capitán de la nave insignia de la Federación. Si me disculpan el atrevimiento, apuesto a que muchos en la familia esperan impacientes la reunión.

- ¿Cuál reunión? – preguntó Jim con desconcierto.

- La reunión en la que anunciarán al nuevo miembro de la familia para que sea reconocido como tal. – respondió Evekh como que si la pregunta fuera necia. – Es la tradición.

- Jim le lanzó una mirada asesina a Spock. – Ah sí, claro, lo había olvidado entre tantas preocupaciones por el estado del bebé y Spock. – mintió.

- Pues yo creo que lo está haciendo muy bien. – dijo Evekh - He tratado varios casos de este tipo, y la mayoría no soportan ni siquiera el primer mes de gestación.

- ¿Ha tenido algún parto exitoso?

- La verdad no. Hasta ahora no he conocido ningún caso de alguien que haya continuado más allá del tercer mes, excepto el de ustedes.

- Oh… - aquellas palabras resultaron ser más duras de escuchar de lo que había esperado.

- Evekh, considero que debería darle un poco de contexto. – intervino Spock.

- Oh, por favor James no lo tome a mal. – Se apresuró a decir - Como sabe, Vulcano interviene quirúrgicamente al 100% de los niños que nacen tanto dentro como fuera del planeta, por lo que encontrarse con casos como estos es prácticamente imposible. Sin embargo, mi trabajo me ha llevado más allá de los bordes del Imperio Romulano en misiones médicas pacíficas, y allá es más común de ver, especialmente en las colonias limítrofes, que reciben poca o ninguna ayuda de Romulus, así que básicamente están abandonados a su suerte. Ningún hombre que haya soportado semejante vida llena de carencias y dificultades ambientales podría sobrevivir algo así, por lo que ni siquiera lo intentamos. Pero la situación de ustedes está muy lejos de ser semejante, Spock es un hombre saludable y nosotros médicos excelentes. – añadió guiñándole un ojo.

"Necesito creer eso." Pensó Jim angustiado, limitándose a sonreír.

- ¿El doctor Soong ha venido con usted? – preguntó Spock.

- No, se lo sugerí, pero por su edad avanzada prefiere evitar los planetas con temperaturas a las que no está acostumbrado. Sin embargo, está muy interesado en la gestación, así que me mantendré en contacto con él todo el tiempo que permanezca aquí. Por el contrario, me acompaña un buen equipo de médicos con los que he trabajado en el pasado, les aseguro que están en las mejores manos.

- Muchas gracias. – respondió Jim mientras inconscientemente apretaba la mano de Spock por debajo de la mesa.

- Y yo les agradezco mucho que hayan aceptado mi interrupción esta noche, pero ahora tengo que irme. Hay asuntos que aún debo atender antes de nuestra primera cita.

- Pensé que compartiríamos un poco más, dado que acabamos de conocernos. – dijo Jim con desconcierto.

- Lo lamento, suelo ir con muy poco tiempo para disfrutar de Vulcano y la compañía como me gustaría, pero me complace haberles encontrado aquí y conocernos fuera de servicio. Ha sido un honor.

- Nuestro también. – respondió Spock con una educada reverencia.

- Por favor no duden en contactarme cuando sea necesario y bajo cualquier circunstancia.

Se despidieron con cortesía y los dos volvieron a tomar asiento, finalmente solos. - ¿Qué te ha parecido? – preguntó Spock.

- Bastante excéntrico para ser un vulcano. – confesó – aunque admito que me generó suficiente confianza.

- Hay muchas referencias prominentes sobre él que son difíciles de refutar, por lo que no dudo de su capacidad. Según el historial genealógico hasta donde pude averiguar es completamente vulcano.

- Más me parecía que fuera mestizo.

- El cabello rubio es una mutación genética más frecuente en Romulus que en Vulcano, aunque por el hecho de que tenemos ancestros en común hay un pequeño porcentaje de vulcanos que lo poseen, me atrevo a estimar que uno entre cien mil. Él debe ser parte de esa cifra.

- Y sobre su comportamiento, a lo mejor es un vulcano nacido en territorio extranjero, es evidente que no le resulta difícil adecuarse a cualquier tipo de persona.

- Entonces asumo que es el más indicado para nosotros. – respondió Spock.

De pronto, Jim recordó a los hombres que había visto antes entre la multitud, pero cuando los buscó se encontró con la mesa vacía. Aún así, su cabeza no le dio demasiadas vueltas al asunto y de inmediato los olvidó, enfrascándose de nuevo en conversaciones más importantes con su esposo.


Miró el reloj en la pantalla táctil del tablero que marcaba la 3:00 de la noche (hora vulcana). Se aseguró de estacionarse a una distancia segura del otro coche, aunque sin la posibilidad de perderle de vista.

- Confirmado y limpio. – exclamó.

- Mantente alerta. – respondió la voz del otro lado del transmisor.- No podemos correr absolutamente ningún riesgo, lo sabes muy bien.

- Está bajo control.

Evekh los observó saliendo del edificio momentos después.

- Tengo que irme. Se están moviendo.

- Sé más cuidadoso esta vez, o levantarás sospechas demasiado pronto.

- Lo sé.

A pesar de la alta actividad que había en la concurrida avenida, no tuvo problemas para mantenerles el rastro.