Como se esperaría de cualquier ciudad cosmopolita, ShirKah nunca duerme. Jim calculaba que serían alrededor de las 2 de la mañana en la cuenta terrestre, aunque ahí en Vulcano acababa de anochecer. En aquella parte abarrotada de la capital los trenes, colectivos y la mayoría de coches particulares circulaban en las vías aéreas entre los altísimos rascacielos, mientras que las calles estaban despejadas para aquellos que se movían a pie y en otros medios de transporte más livianos, parecidos a las bicicletas y motocicletas terrestres. Las luces led de los diversos establecimientos brillaban incesantes en una lluvia multicolor que conseguía atravesar levemente el polarizado de los vidrios del coche alquilado que Spock manejaba.
- ¿Qué quieres hacer? – preguntó mientras ingresaban a un gigantesco estacionamiento.
- Oh dioses, no lo sé. – respondió Jim excitado por todo cuanto veía. – Por el embarazo no me parece que sea tan buena idea ir a un lugar demasiado abarrotado.
- Estoy bien.
- En cualquier caso prefiero que no nos arriesguemos.
Tras usar el elevador para bajar a la salida, los dos se incorporaron a la ancha avenida plagada de personas que iban y venían hablando en sus propios idiomas, vistiendo las más diversas y coloridas modas entre otras más modestas y recatadas.
Mientras caminaban, a Jim le embargó una extraña sensación súbita, una que podía jurar le advertía de un peligro cercano. Se detuvo en medio de la multitud y miró a su alrededor, por su parte, Spock se detuvo cuando no le vio a su lado.
- ¿Qué sucede? – le preguntó con el ceño fruncido de curiosidad.
Los ojos de Jim rodaron sobre los enormes edificios coloridos por las luces de los negocios, por los diversos rostros desconocidos de los transeúntes mientras sus oídos se agudizaban instintivamente, escuchando conversaciones en lenguas extrañas que se cruzaban a su lado mezcladas con el sin número de ruidos en el ambiente. "Me siento extraño." – Quiso admitir, pero entonces se encontró con el rostro preocupado de su esposo que esperaba una respuesta que se estaba demorando demasiado, y al no encontrarle explicación racional a lo que estaba experimentando, decidió mantenerlo para sí mismo. – Nada. – Respondió con una sonrisa. – Tan solo me distraje.
Continuaron con la caminata, disfrutando de todo cuanto les rodeaba, pero en cuestión de tan solo unos minutos Jim volvió a sentirlo. Algo le hizo voltearse hacia atrás a manera de reflejo, pero no encontró nada más que la usual corriente de multitud. Cuando miró a Spock se llevó la sorpresa de que él también estaba viendo hacia atrás, buscando algo. Entonces sus miradas se cruzaron y hubo entendimiento.
- Puede ser nuestra imaginación. – sugirió Jim.
- Lo veo poco probable.
- ¿Pero quién? ¿y por qué? Estamos en territorio de la federación.
- No lo sé. Pero algo no va bien.
Entonces una figura con el rostro oculto bajo una capucha oscura pasó al lado de Jim golpeándole a propósito con el hombro.
- Está mintiendo. – Murmuró con voz grave en un fuertísimo acento… ¿vulcano?
Jim reaccionó con rapidez y cuando el hombre hubo dado un par de pasos, lo sujetó del brazo y le obligó a voltearse; no obstante, se encontró con el suave rostro de una mujer bajorana, que pareció tan sorprendida como él.
- ¿Tiene algún problema? – preguntó ofendida.
- Ninguno, lo lamento. La he confundido con alguien más. – se apresuró a responder.
Spock lo miró con extrañeza y Jim exclamó – Mejor nos vamos. No me agrada la idea de continuar exponiendo al bebé.
El vulcano estuvo de acuerdo y ambos volvieron al estacionamiento con el instinto de supervivencia recorriéndoles a flor de piel por razones que desconocían completamente.
- Ante cualquier cosa, James Kirk es un soldado. – Exclamó al transmisor que llevaba alrededor de la muñeca. Las sombras de los dos edificios le obsequiaban la oscuridad que necesitaba, pero el brillo de aquellos extraños ojos amarillos se dejaba ver como dos gélidos puntos flotantes, inertes y aún así alertas.
- Lo es de hecho. ¿Tienes las bombas?
- Una. Desactivada.
- Síguelos, no hay tiempo que perder.
Luego de lo que sucedió en el centro de la ciudad, Jim y Spock volvieron al hotel y se decidieron por meterse a la cama sin mayores preámbulos. Intentaron sacar a discusión lo sucedido, pero no había mayor cosa que decir, aunque Jim no dejó escapar la oportunidad de comentarle lo sucedido en el restaurante hacía unas horas atrás, cuando descubrió a dos desconocidos observándoles desde la distancia. El malestar persistió toda la noche y Jim se encontró en la imposibilidad de conciliar el sueño, sumido en un estado casi paranoico. ¿Estaban siendo seguidos? ¿Eran estas señales de un posible crimen de odio? No podía pensar en otra cosa que no girara en torno a la condición de su esposo, que luego de la recaída que hubiera tenido en la Tierra, se estaba desenvolviendo con suficiente normalidad, como les habían predicho que sucedería en las primeras semanas. Lo miró en la oscuridad, tendido a su lado, y lo encontró sumido en un sueño pacífico, con la suave respiración rítmica acariciando su hombro. "Ambos lo sentimos. No fue mi imaginación." Se convenció, envuelto en un poderoso instinto de protección hacia su familia. Haría lo que hiciera falta para mantenerles a salvo, cualquier cosa.
La sala de espera estaba casi llena, pero la recepcionista les hizo pasar de inmediato al consultorio del doctor S'chn T'gai Evekh, para su primera consulta oficial. Cuando la enfermera abrió la puerta, lo primero que Jim vio fue al vulcano sentado detrás del escritorio, quien al alzar la vista y enfrentarlo con la mirada, le hizo sentir una punzada demasiado familiar en el estómago, aunque no supo describir la impresión que le transmitió. Sin embargo, aquello fue fácilmente contrarrestado con la amplia y atractiva sonrisa que el doctor les dedicó, mientras se levantaba y caminaba a su encuentro.
- Bienvenidos. – Exclamó cordial invitándoles a pasar y sentarse. – Estoy complacido de verles aquí, debo admitir que estaba un tanto impaciente por comenzar.
- Gracias por aceptar tan pronto. – respondió Jim.
- No me lo perdería. Ahora, Spock por favor desvístase y póngase la bata. – dijo mientras la enfermera le tendía la ropa.
Cuando hubo revisado el expediente de Spock y hecho un par de preguntas sobre el historial médico, comenzó con los exámenes generales. Spock se tendió en una camilla rodeado de un brazo metálico que iba de costado a costado y se movía de arriba abajo. – Todo está dentro de los límites normales, - comentó luego de una pausa mientras leía el pad- aunque habrá que mantener vigilada la presión sanguínea a medida que el embarazo vaya avanzando. El cuerpo de Spock está muy bien condicionado, y aunque el riesgo es alto, a lo mejor consiga terminar con el ciclo de gestación en punto por sí solo.
Mientras continuaba con el escaneo, Jim se encontró repentinamente distraído observando el perfil de Evekh. No es que se sintiera atraído sexualmente ni mucho menos, pero había algo tan llamativo en él que mantenía la atención de Jim como un imán. "¿Por qué? ¿Quién eres?" – se preguntaba para sus adentros, incapaz de evitarlo. Empezó a notar los detalles físicos del vulcano. Muy parecido a Spock, aunque al mismo tiempo, con un porte y ciertos rasgos que cuando resaltaban parecían alejarlo un tanto del parentesco. Su cabello le caía con gracia sobre la frente en el tradicional corte vulcano, rubio como hebras de oro. Sus cejas más oscuras se movían ante el cambio de expresiones mientras hablaba, pero sus ojos continuaban iguales. Jim no sabía cómo explicar aquella percepción, pero era así. Si no pudiera ver más que la mirada de Evekh, habría pensado que pertenecía a una persona profundamente dolida… o a lo mejor a un muerto. La idea le hizo sentir incómodo y sintió la necesidad casi demente de apartar la mirada de ese rostro, pero en ese instante Evekh deslizó los ojos hacia su dirección. Jim no supo qué expresión tenía en la cara, pero lo que recibió del doctor fue una sonrisa. Apenado, volvió su mirada hacia Spock, que permanecía acostado con los ojos vueltos hacia el techo. De pronto reinó una apretada tensión en el ambiente y ninguno de los tres habló, tan solo el frío sonido de las máquinas atravesaba el silencio que sabía a sospecha, culpa, incomodidad y extrañeza. Todo aquello que solo duró un par de segundos que la tensión distorsionó en un lapso demasiado largo, se esfumó de pronto cuando la voz de Evekh inundó los oídos de los presentes.
- Hemos acabado aquí. – Dijo con el mismo tono amable y lleno de confianza que parecía ser parte de él. – Ahora podemos pasar a los monitores, para que aprecien ustedes mismos el desarrollo del embrión.
Ambos se levantaron en silencio y se acercaron a las pantallas. Cualquier resto de malestar desapareció enseguida en cuanto Jim y Spock vieron a su descendencia, que había cambiado poco desde la primera vista en Marte. Ambos se tomaron de la mano inconscientemente.
- El bebé se encuentra bien, está desarrollándose con toda normalidad. – anunció. – Por ahora hay poca probabilidad de que experimente algún cambio físico demasiado pronunciado, - continuó dirigiéndose a Spock - más sin embargo podrá experimentar cambios drásticos de humor, migrañas, sensibilidad a la luz, hinchazón de extremidades, entre otros efectos secundarios menores que me temo persistirán todo el embarazo. Podemos tratar algunas de estas molestias, pero preferiría por el bien del bebé que evitáramos usar demasiadas drogas. Sobre el sexo, lo podremos descubrir en dos semanas más.
- ¿Entonces todo está bien? – quiso cerciorarse Jim mientras apretaba la mano de Spock, recordando tantos momentos de angustia por las advertencias que habían recibido.
- Sí. Estamos conscientes de que hay un 80 por ciento de posibilidades de que se presenten complicaciones, pero estamos muy bien preparados y acondicionados; las trataremos en cuanto se presenten y prevendremos las que nos sean posibles, y de ser necesario se concluirán las últimas semanas del ciclo de gestación en un útero artificial para salvar la vida del infante y de Spock. Pero no se preocupe, James, estamos listos para compensar cualquier complicación. – finalizó con otra sonrisa.
Aunque odiara admitirlo, confiaba en las palabras de Evekh y sintió que Spock también lo hacía. Había estado desesperado por tener buenas noticias y estaba agradecido porque se hubieran dado como esperaba, aunque sabía que aquello era tan solo el comienzo. Escucharon con atención las instrucciones de Evekh mientras este les tendía una lista considerablemente larga de vitaminas y suplementos que Spock debía comenzar a tomar aquel mismo día.
- Gracias, doctor Evekh. – exclamó Jim al pie de la salida del consultorio. – Por su eficiencia.
- Es un honor para mí, James. Y una gran oportunidad para mi carrera si he de ser honesto. Hay muchos interesados en conocer el caso, e incluso es posible que este signifique un caso revolucionario en las actuales leyes de vida y propagación de la especie del planeta.
Jim no supo si se trataba tan solo de su paranoia, pero aquellas palabras le resultaron en demasía incómodas. No permitiría que ningún intelectual pretencioso intentara meter sus narices en las cuestiones del embarazo sobretodo directamente con Spock; ya tenían suficientes preocupaciones de las que ocuparse y lo menos que necesitaban era atención mediática.
Cuando se despidieron y los dos se hubieron marchado, Evekh bajó la intensidad de las luces del consultorio y volvió a tomar asiento. Enterró el rostro entre sus manos y se permitió sentirse miserable. La luz del transmisor se encendió y luego de unos segundos la voz al otro lado se hizo escuchar.
- ¿Lo viste?
Evekh no pudo contestar y la voz volvió a hablar.
- Recuerda tu trabajo, Evekh. No hay tiempo para esto.
- Lo sé. – sorpresivamente, su voz se quebró.
- Soong fue un insensato. Es un error que estés aquí.
La transmisión se cortó y Evekh agradeció por el frío silencio que le siguió.
