「Capítulo 4」

– Hospital discharge –

– Buenas tardes, Sasuke, ¡tengo buenas noticias!

Ahí estaba de nuevo, esa voz que lograba tranquilizar sus nervios dentro del nosocomio. Parecía estar llena de energía que, a su vez, emanaba una agradable sensación pero, claro, se trataba de algo que el azabache no podía expresar abiertamente. Sin embargo, no era la única razón por la cual mantenía su atención en ella. Las palabras que había pronunciado aquella vez, eran exactamente las que su madre le había dedicado momentos antes de fallecer. ¿Cómo es que ella las conocía? Probablemente se trataba de una coincidencia, pero la exactitud en ellas le intrigaba ya que, ese último aliento, es el único recuerdo que se presentaba de manera vívida en sus pensamientos.

Aquella tarde, mientras retiraba el catéter periférico, el roce de los delicados dedos de la morena quedó grabado en la mano del Uchiha. Durante su estancia en el nosocomio, las otras enfermeras siempre trataron de tomarle la mano sin motivo alguno, le coqueteaban o preparaban varias veces el medicamento por lo errores tras el nerviosismo de estar con él, pero la oji-perla era la única que actuaba de manera diferente, dejando en claro que, para ella, él sólo era un paciente más. A pesar de ello, él no podía dejar de verla a los ojos; ¿Cómo podía trabajar en un lugar lleno de personas con diferentes heridas y patologías, y seguir con esa mirada tan llena de vida?

En la mañana siguiente, mientras esperaba a que le entregaran la papelería correspondiente y sus pertenencias, sus ojos recorrían el lugar en busca de algo. O, más bien, de alguien. Pero, cuando fue interrumpido por la trabajadora social, para rectificar sus datos, se dio por vencido. No podía seguir cuestionándose algo que quería dejar enterrado en su pasado.

Tras un largo periodo, la férula en su pie fue retirada, comenzando así con los ejercicios de rehabilitación, por lo que, durante un tiempo, tuvo que apoyar su andar con un bastón. En varias ocasiones, inconscientemente, buscaba con la mirada a la enfermera de ojos perlados en sus visitas al médico pero, tal parecía, ella, y la doctora que lo atendió en un principio, tenían un área en específico y no rotaban por los consultorios donde el azabache era citado. Comenzaba a creer que aquél encuentro había suscitado sólo en sus sueños o, quizá, el destino simplemente se había burlado de él, recordándole un doloroso episodio de su pasado.

Los días siguieron su curso y, con ellos, el otoño se hizo presente con frías ventiscas. Las hojas comenzaban a caer, algunas de manera brusca, otras tantas eran lentas y perezosas. Las ocasionales lluvias sólo atraían nostalgia a quien caminara bajo sus frías gotas y, en los charcos que albergaban las mismas, el reflejo del cielo grisáceo daba un toque especial a ese sentimiento.

– Necesitas salir más, Sasuke. Si no, ¿cómo piensas inspirarte para tu próxima exposición?

Las palabras del rubio resonaban en su mente. Cierto era que, encerrado en su departamento, no encontraría las tomas perfectas para su siguiente proyecto. Y, con cámara en mano, dirigió sus pasos hacia el punto de encuentro con el rubio.

Dado que su motocicleta aún estaba en el taller, tomó el tren para llegar a Tokio. Acostumbrado al paisaje que se dibujaba entre las ventanas del vagón, cerró los ojos por algunos minutos, sin embargo, en su mente se dibujaban cada uno de los edificios, los árboles que perdían sus hojas y los anuncios publicitarios colocados en puntos estratégicos. Al llegar a la estación de Iidabashi, se acercó a una máquina expendedora, sacó un café y, al tenerlo en las manos, lo observó como si dudara de la frescura del producto. Respiró de manera lenta pero profunda y tomó asiento en una banca cerca de la máquina, descansando así su tobillo. Después de haber recorrido las estaciones de pie y encontrarse con la fría ventisca otoñal, el dolor en su tobillo se hacía presente como en los primeros días sin la férula. De repente, la imagen de la mujer de ojos perlados apareció en sus pensamientos. Volvió la mirada hacia la lata de café entre sus manos, la giró entre las mismas y, segundos después, tiró el envase que aún contenía la mitad del producto. Cuando el dolor cesó, continuó su andar.

Observó su reloj de muñeca al encontrarse frente a la puerta del local. Sabía lo que le esperaba al entrar. Pero el destino volvió a jugar con él. Bastó con unos pasos para escuchar la ruidosa voz del rubio reclamando su retraso, pero la atención que debía ser dirigida al mismo fue brutalmente robada por aquél rostro que resaltaba entre los demás gracias a esos profundos y brillantes ojos perlados.

– ¡Ah, Sasuke! ¡No me digas que eres el amigo de Naruto! – La voz de la peli-rosa lo sacó de sus pensamientos. A paso lento, arribó hasta la mesa, sentándose frente a la morena, sin dirigirle palabra alguna a quien le había cuestionado momentos antes.

– Espera, ¿lo conocen? – Sorprendido, el rubio no contuvo su curiosidad.

– Fue nuestro paciente hace unos meses, ¿verdad, Hinata?

– Así es – Con una sonrisa dibujada en el rostro, volvió su mirada hacia el azabache –. Me alegra que estés mejor, ¿has hecho los ejercicios para tu tobillo? – Por unos instantes la morena realizó una pausa, esperando la respuesta del chico frente suyo. Éste sólo dejó su cámara y recargó sus manos en la mesa, con la mirada fija en los ojos perlados, los cuales nunca se cansaría de ver, abrió la boca, dispuesto a hablar.

– Oye. Esto es un restaurante, no el hospital, y yo, no soy más tu paciente.

El azabache pudo distinguir que la morena perdía el valor de verlo a los ojos después de sus palabras. Tal como él pensaba, ella sólo lo veía de una forma; un paciente más.