「Capítulo 6」
– Gaze –
La lluvia comenzaba a cesar, las gotas corrían entre las hojas dejando a su paso un pequeño rastro y, al caer, chocaban con las sombrillas de los transeúntes en la ciudad. A pesar de la humedad en su cabello, la morena mantuvo la mirada en alto. Al mismo tiempo, el Uchiha observaba el tenue color perlado en los ojos adversos, por extraño que fuera, se sentía hechizado por aquellos enormes y brillantes ojos llenos de vida, muy por el contrario de los suyos. Al verlos, el recuerdo de sus días internado venían a su mente, sin embargo, éstos no eran acompañados de la misma inquietud que le representaba aquél lugar. No podía entender por qué sentía tal tranquilidad con aquella muchacha. No se trataba del hecho de que ella fuese su enfermera en aquél entonces, pues él mismo había mencionado la enorme diferencia entre su estancia en el nosocomio y fuera del mismo, era algo más que se mantenía oculto entre ambos.
Por el lado de la Hyuuga, aquél sentimiento era inexplicable. Todas esas emociones que brotaban al ver el azabache profundo de su adverso, eran nuevas y no terminaba por comprenderlas. Se trataban de sentimientos que no había realizado durante la escuela elemental. Cierto era que el rubio le hacía sentir segura y alegre con su mirada, pero, si se ponía a pensar en ello, esa mirada lucía resplandeciente ante el hecho de tener frente suyo a la peli-rosa. En cambio, ante la penetrante mirada del azabache sólo se encontraba ella.
– ¿Qué ocurre? – Al darse cuenta de sus pensamientos, la morena se sobresaltó, mostrando un ligero rubor en sus mejillas tras escuchar la voz ajena.
– B-Bueno, yo… ¡Me disculpo por haberte arrastrado a esta situación! – Inclinó su cuerpo para acompañar sus palabras que, en su momento de valor, aumentaron de volumen, sin embargo fue perdiendo el mismo hasta llegar a un susurro – Y, también, me quiero disculpar por hacerte caminar tanto, siendo que tu tobillo aún duele…
– No tienes por qué disculparte, de hecho, no me interesa lo que hayan dicho sobre ti o cualquier persona – Al escuchar esas palabras, la oji-perla apretó sus manos sobre su regazo. Y, antes que ofreciera una nueva disculpa por su mal entendido, el moreno prosiguió –. Pero, la próxima vez, cuando algo no te parezca, simplemente recházalo. No tienes que dar explicaciones – Sin decir más, el mayor dio la media vuelta, alzó la mano derecha, sacudiéndola lentamente para despedirse de la menor.
La noche era fría, el viento movía de manera sigilosa las nubes, dejando ver, por segundos, la Luna en su cuarto menguante. En las calles, todo era iluminado por las luces artificiales de los faroles y las bombillas de las casas en rededor. Sin embargo, la habitación de la morena permanecía en la oscuridad.
Desde el ventanal, recargada en la pared y con la mirada perdida en el cielo, la morena analizaba en su mente lo ocurrido horas antes. En aquél restaurante se presentaron situaciones que no lograba entender, por más que lo intentara. Pero, lo que más le extrañaba, era el hecho de que sus pensamientos giraran en torno a lo ocurrido con el azabache, a pesar de haber estado en la misma mesa que su antiguo compañero de escuela elemental, su antiguo amor.
La mano que la había guiado, grande y cálida, el rose de la misma y la fuerza con la que sostenía la propia, aún eran percibidos. La espalda que pudo apreciar, parecía demostrar que era capaz de protegerla. Y esos ojos, profundos y penetrantes, le hacían pensar que él podía ver su alma y, en cualquier momento, robarla. Todos esos detalles lograban que la morena se sintiera ligeramente confundida. Era como si, de repente, la figura que se mostraba encamada en sus recuerdos comenzara a desaparecer, dando lugar a un ser al que le gustaría conocer un poco más.
Sus párpados comenzaban a pesarle, cerrándose involuntariamente en algunas ocasiones y provocando, a su vez, que su cabeza vacilara en cortos movimientos. Al cerrarlos, la figura del azabache aparecía frente suyo: Podía apreciar nuevamente como algunas gotas recorrían sus mejillas y cuello después de haber humedecido su larga y oscura cabellera, la forma en que prefería mirarla, confiado de la calidad de su equipo, y sus facciones que ocultaban a la perfección el posible dolor que sentía en su tobillo. Pero, al abrir los ojos de par en par, inconscientemente lo buscaba, encontrándose sólo con la sombra que proyectaban los muebles en la oscura habitación.
– ¿Qué estoy haciendo? – Cubrió su rostro con ambas manos después de haber dado unas ligeras palmadas en sus mejillas, intentando disipar sus pensamientos.
De repente, el timbre de su móvil irrumpió en el silencioso lugar, haciendo sobresaltar a la morena. Se levantó, dirigiendo sus pasos hacia la cama. Tomó el celular y deslizó su dedo pulgar para desbloquear la pantalla, leyendo así la notificación de un nuevo mensaje. Mas su sorpresa fue mayor tras leer el contenido del mismo. Después de pensar varios minutos en su respuesta, y de rectificarla, presionó un botón, enviándola. Observó la pantalla durante los siguientes minutos, su corazón comenzaba a acelerar su ritmo y sentía, a su vez, cómo sus manos se humedecían de poco en poco. El timbre de una llamada entrante llenó la habitación.
– ¿D-Diga? – En susurro, y con voz temblorosa, atendió al tercer timbre la llamada.
– Disculpa que te haya llamado a esta hora – Al otro lado de la línea, se podía escuchar una voz que era difícil de confundir –. Dime, ¿llegaste bien a tu casa?
