「Capítulo 9」

– Headache –

Edificios de un color monótono; árboles sin hojas que presumir, dejando a su alrededor un paisaje desalentador para la mirada de propios y extraños; personas con distintas historias detrás suyo, dejando a su paso un aire desconocido; animales que se atrevían a salir aquella fría tarde de otoño para buscar alimento y poder sobrevivir o, simplemente, seguir su curiosidad y, cuando sus energías se encuentren escasas, regresar al hogar que los acoge; nubes cubriendo la solitaria calle; cada detalle, cada movimiento o cada acontecimiento era detectado por el lente de la cámara que sostenía Sasuke entre sus manos.

Desde la ventana de su departamento, el moreno intentaba capturar alguna interesante imagen, sin embargo, la monotonía del barrio en el que residía no manifestaba alguna historia increíble. Había recorrido el mismo varias veces, buscando la escena perfecta, pero ante él sólo se presentaban situaciones y personas poco llamativas. Y, aunado a ello, el dolor en su tobillo y las frías ventiscas, le impedían explorar más de aquél país, el cual se volvió ajeno a su persona, a pesar de ser su país natal.

Aquella tarde, el timbre de su móvil irrumpía a cada minuto en su frío, y ya no tan silencioso, departamento. En la pantalla mostraba el conjunto de números pertenecientes a la peli-rosa. Aquella mujer que no había dejado de enviarle molestos mensajes a altar horas de la noche, y a tempranas horas de la mañana. Observó detenidamente la pantalla, haciéndose presente en su mente la imagen de su expareja. Era consciente que no conocía lo suficiente de aquella mujer, no más de aquellas pláticas que mantenía con el rubio sobre la misma, pero las insistentes llamadas y los masivos mensajes de texto, sólo le hacían ver lo exasperante que podía ser.

Las llamadas habían cesado, sin embargo su cabeza reclamaba con repentinos y agudos dolores. Acomodó su cuerpo en el sofá, recargando su cabeza en la codera del mueble. Poco tardó el gato, de un pálido gris con patas blancas, en subir sobre su regazo, acurrucándose sobre el mismo. La mirada del azabache se mantenía perdida en algún punto del techo, sin embargo, sus párpados pesaban más a cada segundo, como consecuencia de la efectividad del fármaco.

Sin percibir nada más que oscuridad, fue perdiendo la noción del tiempo. Podía escuchar como su sangre fluía por sus venas, las pausadas respiraciones y el preciso palpitar de su corazón. Pero nada es eterno y su tranquilo descansar fue interrumpido por un sonido familiar, que entre sueños, iba tomando fuerza a cada instante. El timbre de una nueva llamada volvía a resonar entre las cuatro paredes de aquella habitación.

– ¿Diga? – En su voz aún se manifestaba la somnolencia, reforzándose con un silencioso bostezo.

– Sasuke… – Al instante reconoció la voz femenina al otro lado del auricular –. No sé… No sé qué hacer – El sueño que momentos antes había provocado el medicamento, desapareció al escuchar la temblorosa voz ajena –. Por favor… Ya no quiero seguir así…

La noche paso sin ser percatada. La luz del día se asomaba de forma tenue sobre las grisáceas nubes que aún cubrían la ciudad. Y, al atardecer, los rayos del Sol lograron asomarse por algunos minutos, iluminando con un cálido resplandor la ciudad, regalando el calor que las frías nubes ocultaban.

Frente la estación Shinjuku-sanchome, el azabache revisaba la hora en su reloj digital. La hora acordada había llegado. Alzó la mirada hacia las personas que entraban y salían de la estación; algunas vestían con prendas formales, típicas de quien desempeña sus labores en alguna importante empresa, otras tantas llevaban puestas las prendas adecuadas para sobrevivir a las frías ventiscas que no daban tregua. Pasó algunos minutos contemplando la escena, como si siguiera en busca de la toma perfecta. Y, sin vacilar, sus ojos se plantaron en la figura de una joven de estatura promedio, olvidando la existencia de los demás seres a su alrededor. La presencia de aquella chica resaltaba ante la mirada del moreno; La larga y oscura cabellera que se mecía con su andar, sus mejillas ligeramente teñidas de un cálido carmesí el cual daba color a sus pálidos tegumentos, su apresurado, pero cuidadoso andar. Y, sobre todo, aquellos ojos Lila, con un hermoso brillo perlado y de una mirada profunda que, al verlos, perdías la noción de tu ser, sintiéndote hechizado por los mismos. O eso percibía el azabache cada que los contemplaba.

El silencio entre ambos parecía incomodar sólo a la menor, quien dirigía fugaces miradas a su adverso. De vez en cuando, exhalaba en un suspiro tras sus fallidos intentos de crear una conversación con el azabache.

Minutos después, entraron a un pequeño, pero acogedor restaurante. La decoración en tonos marrones, con lámparas que asemejaban la luz de un atardecer en primavera, y la separación entre las mesas, hecha por un muro sólido, hacía que las reuniones, de diferentes propósitos, se tornaran íntimas para comodidad de los usuarios. Siendo elegida la última mesa por el mayor.

– ¿Y bien? – Después de que el mesero dejara dos vasos con agua junto con la carta, el Uchiha fue el primero en hablar. Tomó el vaso y bebió el contenido mientras esperaba la respuesta de su acompañante.

– B-Bueno, esto es un poco difícil de explicar – Titubeando, la morena buscó en su bolso una libreta y un bolígrafo. Como si estuviera acostumbrada, con rápidos movimientos anotó una dirección en el medio de la hoja, arrancándola al finalizar. Alteró su mirada entre su adverso y el pedazo de papel en mano, dudando de su acción –. Sakura me pidió, de favor, que te invitara a la fiesta que le hará a Naruto y, hm… Ésta es su dirección – Resignada, alargó sus manos para entregarle el papel. El Uchiha lo observó. La caligrafía de la oji-perla, a pesar de haber sido apresurada, era legible y con un estilo que hacía resaltar su feminidad –. Y, bueno, y-ya que eres el mejor amigo de Naruto… – El azabache alzó la mirada, notando el nerviosismo de la menor. Arrugó el papel en mano y lo metió en el bolsillo frontal de su chaqueta.

– Si crees que te ayudaré a conquistar a ese imbécil, estás perdiendo tu tiempo – Su tono de voz aumentó, mostrando indiferencia a las palabras ajenas. Sin embargo, su rostro mostró una ligera confusión ante el ademán de negación de la morena.

– N-No es eso, yo… Yo no quiero que vayas a la fiesta.