「Capítulo 10」
– Accidental meeting –
Segundos que se convirtieron en minutos; Horas que se convirtieron en días. El tiempo pasaba veloz ante las personas que se mantenían atentas a su trabajo, a sus citas o a cualquier asunto, pero no al tiempo mismo. Sin embargo, para la morena, los días le significaban cierta incertidumbre y ansiedad.
En varias ocasiones, se preguntaba si la petición hacia el azabache había sido lo correcto; ella sabía que nadie podía disponer de las decisiones ajenas. Pero, en el fondo, tenía la esperanza de que aquél chico entendiera sus razones. A fin de cuentas, éstas no le beneficiaban a su persona.
Desde el primer minuto de aquella fría mañana, su corazón no dejaba de palpitar a un ritmo acelerado. En su mente dibujaba diferentes escenarios, preparándose para cada uno de ellos. Después de haber tomado una larga ducha, intentaba apaciguar cada una de sus emociones. Pero, mientras arreglaba su larga cabellera, sus ánimos de asistir a aquella reunión disminuían, pues sabía que la atención del Uzumaki sería sólo para la peli-rosa. "A fin de cuentas, la presencia de Sasuke no era mala idea", en su mente comenzaba a formularse esa idea.
No, no debía dejarse llevar por sus viejos sentimientos.
Un broche plateado sostenía su cabello. En sus párpados móviles resaltaba una combinación de marrones perfectamente difuminados, creando una sombra apenas visible, acompañada de un ligero delineado, que lograban una apariencia casual y fresca en la mirada de la morena. Pero, al observar su reflejo con el vestido que días antes había comprado en compañía de la peli-rosa, un vació en su pecho se hizo presente. Nunca antes había pensado en qué sentimientos podía transmitirle un color, hasta el momento en que el azul marino de aquella prenda le hacía sentirse en un abismo del cual no podía escapar, sin embargo, pequeños rayos de esperanza se hacían presentes al divisar los puños y el encaje blanco de la misma. Y, cuando menos lo esperó, la hora acordada llegó.
Frente a la puerta, sus manos temblaban y humedecían ligeramente tras empuñarse. Por su espina dorsal recorrió un escalofrío, mientras que su cuerpo comenzaba a perder la poca fuerza que había reunido para llegar a su destino. Comenzaba a arrepentirse. Pero, al darse la media vuelta, la puerta abrió de par en par.
– Por fin llegaste – Al escuchar aquella voz, profunda y de un tono que podría definir como indiferente, su respiración cesó por unos instantes y su ser se heló por completo. A pesar de que se lo había pedido, ¿por qué estaba ahí?
Con un profundo respiro, enfriando su sistema respiratorio con el frío viento, haciendo que su diafragma resintiera el exceso en su suministro de aire, tomó el valor suficiente para encarar al azabache. Sostuvo por unos instantes más la respiración. Y, tras un silencioso suspiro, seguido de una amplia sonrisa, pasó de largó a su adverso, entrando al departamento.
Era consciente de que su comportamiento había sido inmaduro y rayando en lo grosero, sin embargo, su cuerpo había reaccionado por sí solo ante el cúmulo de emociones en su interior. Pero, a pesar de querer disculparse con el mayor, su vergüenza no se lo permitía; ¿Qué clase de persona creería el azabache que es ella? Quizá, lo mejor para aquél momento, era apartarse del muchacho mientras despejaba sus pensamientos.
– ¡Hey, Hinata! – Un joven, de tez apiñonada y castaña cabellera, había sorprendido a la nombrada, quien degustaba el último bocadillo en el platillo – ¡Cuánto tiempo sin vernos! Ya me extrañabas, ¿verdad? – Ocultando una sonrisa detrás de su mano, la morena sólo atinó por negar con un leve gesto.
– Eres un bobo, Kiba – Sin pensarlo dos veces, la menor se aferró al torso ajeno con un abrazo. Aquél chico le había regalado momentos alegres y ofrecido su hombro en los tristes. Siempre se mantuvo a su lado, a pesar de haber sido rechazado por la misma ojiperla que mantenía su rostro oculto entre su pecho.
– ¿Qué ocurre? – El castaño mantenía apegada a la menor, mientras acariciaba con lentos movimientos su espalda. A pesar de tener entre sus brazos a la chica de quien se enamoró, no podía sentir más que angustia al verla en aquél estado. Haciéndose mil y un ideas en su mente, en las cuales el rubio era causantes de todas. Sin embargo, la morena negó, separándose de él para mostrarle aquella sonrisa característica de la menor; aquella que lo había cautivado.
– No es nada, no te preocupes – Dirigió su mirada hacia el platillo, recordando que el bocadillo que consumió anteriormente, había sido el último –. Oh, iré a la cocina por más, espera aquí.
Gracias a la repentina compañía del castaño, sus emociones se habían apaciguado, sin embargo, en su mente aún planeaba las palabras adecuadas para disculparse con el azabache. No podía continuar de esa forma, pues desde un principio sabía que había cometido un error al haberle hecho tal petición.
La música había cambiado de ritmo; una tranquila combinación de guitarras, junto con una batería y el sonido del teclado, dejaban que el vocalista interpretara sus letras en una armoniosa balada.
Cuando menos lo esperó, la morena se encontraba acorralada por dos brazos masculinos. Nombró entre risas nerviosas al chico que anteriormente había abrazado, imaginando que éste planeaba hacerle una broma de mal gusto. Pero, al dar la media vuelta, su ritmo cardíaco aumentó, sus pómulos mostraron un intenso carmesí y, de sus labios, sonidos entre cortados intentaban pronunciar el nombre de su agresor.
– Explícamelo – La voz del azabache era certera, logrando que el nerviosismo de su adversa fuera mayor a cada segundo.
– ¿Q-Qué cosa? – Insegura, desviaba la mirada ante el azabache penetrante de la mirada ajena.
– ¿Por qué razón no debía venir? Explícamelo
– Y-Ya te lo había dicho…
– Sólo divagaste en aquella ocasión. Sólo dime el por qué y me iré – La morena apretó sus manos sobre su regazo, mordiendo un poco su labio inferior para darse el valor necesario y, tras una larga pausa, comenzó a hablar.
– S-Sakura está interesada en ti, pe-pero Naruto, que es tu mejor amigo, l-la ama… Y, bueno… Esta es la fiesta de Naruto y yo… Yo no quer-… – Sin prevenirlo, los labios ajenos le hicieron callar. La presión que ejercían estos sobre los propios, el movimiento que provocaba ligeros chasquidos que no lograban ser silenciados por la música que retumbaba en las cuatro paredes, era algo que no terminaba por creer, a pesar de tener sus perlados ojos abiertos de par en par. Al separarse, la menor pudo distinguir en sus papilas gustativas un sutil sabor, característico del licor. Sin embargo, en la mirada que le dedicaba su adverso podía leer algo más. Algo que no se podía expresar.
