「Capítulo 12」
– Deep wound –
Efectos de sonidos mezclados con voces de diferentes tesituras y ritmos variados, llenaban cada una de las habitaciones. El nuevo disco que se reproducía de forma continua parecía marcar el contraste entre los asistentes que permanecían en la estancia principal, y los dos jóvenes resguardados en la tranquilidad de la cocina.
En aquella habitación, en la que los distintos olores de los diferentes alimentos se combinaban, se encontraban inmóviles el Uchiha, quien esperaba por una respuesta a la repentina declaración, y la Hyuuga, quien no terminaba de entender, no sólo lo dicho por el adverso, sino sus propios sentimientos.
La morena podía sentir como sus signos vitales iban alterándose a cada segundo que pasaba resguardada entre los brazos del mayor; La repentina febrícula que sentía y el color rojizo de sus mejillas eran causados por el rápido bombeo que su corazón realizaba; mientras que su respiración chocaba con la ajena, provocando que todo lo anterior se precipitara cada vez más. Pero, ¿qué podía responder? Al ver los ojos azabaches, sentía que la respuesta saldría en cualquier momento, sin pensarlo por más tiempo, sin embargo, su razonamiento la mantenía en silencio. Debía encontrar las palabras adecuadas.
– ¿Por fin hablarás? – Después de unos minutos más, el azabache fue el primero en expresarse. La menor seguía sin poder formular oración alguna.
– Yo… – Con un suspiro que le permitía aclarar su mente, la ojiperla prosiguió –. Yo no puedo darte una respuesta apropiada.
– Es por el idiota de Naruto, ¿no es así? – Como si de repente viniera a su mente, el moreno se apartó de su adversa, sin retirar la mirada sobre ella –.
– No se trata de eso, Sasuke – la delicada voz de la menor tomaba fuerza con cada palabra –. No es sobre lo que sentía, o siento por él. Más que eso, es el hecho de que aún no te conozco bien. Sí, fuiste mi paciente, y sé lo básico de ti, lo superfluo, pero no te conozco realmente. No sé si alguien más ha estado antes contigo, si te han lastimado o si tienes la cicatriz de algún amor pasado; así como tú tampoco sabes de nada de mí. No crees… – Al ver el rostro de su contrario, sus manos se empuñaron y su voz volvió al tenue tono que le caracterizaba –. ¿No crees que eso sea más importante que sólo gustarse?
Las palabras que pronunció finalmente la morena lograron que su adverso reaccionara. Aquella actitud impulsiva que lo había llevado a besar a la menor, no era propia de él, sin embargo, reconocía que había algo en ella que le hacía perder la razón y el control de sí.
El resto de la velada la pasaron cada quién por su lado, tratando de tranquilizar cada una de las emociones que habían surgido en la pequeña habitación.
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– ¡Código rojo, código rojo! – Una voz masculina voceaba dentro del largo pasillo que recorría desde la entrada del nosocomio a la sala de urgencias. El paramédico que guiaba la camilla hacia la sala vociferaba para atraer la atención de los médicos y enfermeras en el área.
Los segundos comenzaban a pasar tan lentos como una eternidad, cualquier movimiento en falso podría significar la vida de la paciente. Rápidamente, el equipo médico comenzó a intervenir a la mujer de mediana edad y, acostumbrados a realizar cada uno sus papeles definidos, comenzaron a estabilizarla mientras les era otorgada una sala en quirófano.
Aún consciente, la paciente sostenía con fuerza su abdomen, refiriendo en la misma zona un insoportable dolor. Mientras la pelirosa colocaba una sonda nasogástrica, su compañera buscaba una vena que pudiera puncionar. Al mismo tiempo, las demás enfermeras desvestían a la mujer. Colocaban una bata y vendaban las piernas.
– ¡Hinata, la paciente está a punto de entrar en choque! – Gritaba la peli-rosa a la menor.
– ¡No puedo encontrar una vía! – Respondía a la vociferación de su mayor mientras buscaba en cada parte del cuerpo de la paciente –. ¡Sakura, coloca el catéter central! – Sin tiempo para reparar en sus acciones, la nombrada empujó a su contraria, tomó el equipo necesario, procediendo a la punción requerida.
Pero, a pesar de los esfuerzos por evitarlo, mientras el equipo era conectado a la guía metálica; la paciente falleció. Por unos minutos, la sala permaneció en silencio. El efusivo teclear de los médicos que se encargaban del papeleo era el único ruido presente. La tensión permanecía en el lugar.
Con pasos cortos, la morena se acercó al cuerpo inerte de la mujer. Tomó la orilla de la sábana que sobresalía de la camilla para cubrir su rostro, pero los pasos acelerados y la voz masculina que preguntaba por la mujer, detuvieron su acción. Retrocedió a penas unos pasos y, al alzar la mirada, el sentimiento de impotencia cristalizó sus perlados ojos lilas. Devastada, terminó su guardia en el hospital.
– Vaya, hasta que por fin sales – Aquél muchacho, de tez nívea y oscura cabellera, caminó hasta posarse frente a la menor. Pero, algo no andaba bien en la morena –. ¿Pasó algo? – Con un ademán, la menor negó –. Bien. Vamos, entonces.
A pasos lentos, siguió el andar de su adverso, con la mirada fija en el suelo. Sin embargo, su mente permanecía en la sala de urgencias, en el recuerdo del cuerpo inerte. Sus ojos volvían a cristalizarse. Sus manos, empuñadas, temblaban por la fuerza ejercida. No era la primera vez que fallecía un paciente frente ella, pero al ver llegar al esposo de la señora con un bebé en brazos, le había partido el corazón. Conocía a la perfección el dolor por el cual pasaría aquél inocente ser. Las lágrimas comenzaban a caer, recorrían sus mejillas hasta llegar al mentón, cayendo silenciosamente en su vestimenta.
– Hey, Hinata… – Escuchaba en un susurro lejano su nombre –. Detente… – La voz se hacía cada vez más fuerte –. ¡Hinata, detente! – Sorprendida, sintió una cálida mano que sostenía con fuerza su brazo, jalándola hacia la dirección en la que el cuerpo ajeno se hallaba y, en un segundo, vio el rastro de luz de un acelerado vehículo que, a su vez, dejaba a su paso el ruidoso eco del claxon – ¿¡Qué demonios te pasa!? – El azabache giró a la menor, la miró fijamente y, al hacerlo, pudo notar que el brillo que tanto le atraía, era opacado por la tristeza que brotaba de sus hermosos ojos.
– Yo… Yo no pude… – El tono de su voz se entrecortaba a cada palabra –. Yo no pude salvar a una paciente… Yo… No pude… – Con sus manos cubrió su rostro, intentando detener el llanto –. Falleció por mi culpa… Yo…
– Las personas mueren a diario –. Soltó los brazos de su menor, observándola –.
– Pero… Su hijo… ¡Su hijo crecerá sin conocer el cariño que sólo una madre puede dar! No podrá recordar su rostro…
– Entonces revívela.
– ¿Q-Qué…?
– Anda, revívela. Ah, pero empieza por mi familia.
