「Capítulo 13」

– Endless tears –

El velo nocturno que cubría la ciudad le permitía a la ojiperla contemplar, a medias, la espalda del mayor, el cual se abría el paso entre la multitud a marcha acelerada.

"Empieza por mi familia".

Aquella petición no dejaba de dar vueltas en la cabeza de la morena. A los pies de su cama, abrazando sus piernas mientras ocultaba su pálido rostro entre ellas, no dejaba de lamentarse por todo lo ocurrido durante el día; Desde el fallecimiento de su paciente, hasta que vio al azabache partir. Se sentía la mujer más desdichada e inútil del mundo.

Las lágrimas seguían cayendo, deslizándose en distintos intervalos de tiempo. Los fríos cristales recorrían con velocidad sus mejillas, topándose con aquellos que se detenían entre sus labios y el mentón. En su mente, sólo aparecía el moreno. Cuando cuidaba de aquél joven, durante su estadía en el nosocomio, había sentido una ligera opresión en su pecho al escuchar sobre la ausencia de sus padres en su vida. Sin embargo, en aquél preciso momento, rodeada por la oscuridad, aferrada a sus muslos como si estuviera consolando a un niño que perdió su dulce favorito, su corazón era oprimido con fuerza entre sus pulmones, dificultando su respiración. Ahora entendía que las palabras del mayor iban ganando poder sobre ella.

En un momento dado, tras haber enjuagado con los puños de su sudadera todas las lágrimas, provocando una ligera irritación tanto en sus pómulos como en sus párpados, tomó el celular entre sus finos dedos. En primera instancia observó sus manos, aquellas con las que había salvado varias vidas, así como había perdido otras tantas. Después, enfocó la mirada en la pantalla, la cual reflejaba su pálido rostro. Al verse, descubrió que sus ojos eran mucho más pequeños, fue entonces cuando notó el ardor que dejaban aquellos cristales salados. Inhaló con pesadez.

Con temor, desbloqueó la pantalla inicial. Buscó en sus contactos. Uno por uno. Al llegar al nombre requerido lo observó por unos minutos más, le daba la impresión que, si veía el nombre en la pantalla un poco más, el mensaje que quería transmitir le llegaría telepáticamente. Pero las cosas no funcionan así.

– … – El tono de espera retumbó en el tímpano de la menor. Después de cuatro timbres, respondieron al llamado.

– Te aclaro que si tus intensiones son seguir lamentándote, colgaré al instante.

– No, Sasuke, por el contrario –, a pesar de que el tono de su voz era inseguro, pronunció cada palabra sin tartamudear, pues lo último que quería era molestar a su contrario –. Yo… Yo quisiera enmendar mi error y, sobre todo, agradecerte.

– ¿Agradecerme? ¿Por qué lo harías? – A lo lejos, el azabache pudo distinguir que, del otro lado del auricular, negaban con movimientos lentos de cabeza –.

– No es algo que pueda tratarse por teléfono –, la ojiperla aguardó unos instantes, respiró con más tranquilidad y, como si tuviera al chico frente suyo, desvió la mirada al suelo y suspiró –. Quisiera encontrarme contigo mañana… Quiero decir, si puedes… Y quieres…

– … –, del otro lado de la línea no escuchaba ruido alguno. Separó el móvil de su oído para rectificar que seguía la llamada. Dudó en seguir, pero la voz del moreno le detuvo justo a tiempo –. Te veo mañana, en frente de la estación Shinjuku-sanchome –, la menor no evitó esbozar una sonrisa –.

– ¿A las 6 te parece bien?

– Ajá.

– Bien, entonces nos vemos ahí –, el contrario asintió para enseguida colgar, pero antes de siquiera tocar la pantalla, escuchó la voz de la ojiperla –. ¡Ah, Sasuke!... Gracias. Descansa.

.

Resguardados entre las tres paredes que rodeaban la mesa, aguardaban el momento perfecto para soltar las palabras adecuadas y cortar de una vez el eco que las cucharas producían al revolver el café. Aquél lugar le traía incómodos recuerdos a la menor, pues se trataba de la cafetería en la que había realizado la absurda petición que, sin haberlo previsto, desató nuevas emociones en su persona. Sin embargo, las dudas fueron desapareciendo, y sus sentimientos cada vez eran más claros.

El sólido muro que separaba una mesa de otra acentuaba el nerviosismo de la ojiperla. Y, al toparse con la mirada penetrante de su adverso, algo en ella iba creciendo; Como si las famosas mariposas comenzaran, de una en una, a mover sus alas. Tomó la taza entre sus manos, llevándola hasta sus labios y así sorber un poco de café. Quizá con ello podrían dejar de revolotear a su antojo.

– ¿Y bien? – El primero en romper el silencio fue el Uchiha –. ¿Qué es 'eso' que no puede tratarse por teléfono? – Apretando sus manos sobre su regazo, la morena trató de calmarse –.

– Bueno… Antes que nada, quisiera disculparme –, el semblante de la menor perdió la alegría en pocos segundos –. Me alteré tanto que no recordé que tú… –, dudando en continuar, observó a su adverso –. Bueno, me disculpo por mi falta de razonamiento aquella noche. Yo sé que no soy un ser supremo, o algo por el estilo, para evitar que mis pacientes fallezcan. Lo sé…

– Entonces, ¿por qué dejas que te afecte?

– Eso es porque… – Inhaló con calma, llenando sus pulmones hasta descubrir el aroma de la fragancia que su adverso utilizaba –. Si tuviera el grandioso poder de regresar a alguien a la vida… Sería egoísta por primera vez en mi vida –, en el rostro de la chica se dibujaba lentamente una sonrisa, sin embargo, mucho faltaba para que aquél gesto fuera sincero –.

– Entiendo –, recargándose en el muro, el mayor sacó su cartera. Buscó el dinero para pagar las bebidas y lo dejó sobre el pedazo de papel con la cuenta pendiente –. Decías que me quieres agradecer, ¿no?

– Ah… Sí –, sin tiempo de entender lo que ocurría a su alrededor, la morena tomó sus cosas, colgando su bolso sobre el hombro –.

– Tengamos una cita –, concluyó con voz autoritaria, levantándose de su asiento. Al salir del establecimiento, la morena detuvo su andar, sosteniéndolo por el brazo. Sin prevenirlo, su corazón dio un ligero vuelco al encontrarse con el rostro de la menor; el semblante, que momentos antes se encontraba bajo la sombra de la tristeza, se iluminó gracias a la sonrisa que esbozaba, provocando que sus grandes ojos perlados se cerrasen para mostrar el gesto más sincero que podría regalarle a su adverso.

– Yo ya la consideraba una, desde que salí de casa.