Después de mil años he regresado.

El disclaimer es el mismo de los capítulos anteriores.


Capítulo 3

Jinenji ama a Kagome.


Iba a morir.

Nadie puede estar así de enfermo y vivir.

El bebé iba a morir y todo era su culpa.

No.

¡Era culpa de Kōga!

Antes de que Ayame pudiera gritar obscenidades al amanecer, comenzó a vomitar una vez más. Entonces ella se hizo un ovillo y sollozó.

Estaba hambrienta, y extrañamente repugnada por el pensamiento de comida al mismo tiempo. Ella no se había planteado cazar su propia comida. Antes de vivir con Kōga y su manada, había vivido con su propia manada en las montañas. Seguro, ella había bajado de vez en cuando para ver si podía encontrar a su prometido, pero nunca había estado sola por tanto tiempo.

Y ahora estaba sola.

Sola y hambrienta y con frío. Eso no podía ponerse peor.

—Por supuesto —murmuró miserablemente cuando comenzó a llover.

Ella quería yacer ahí, en la lluvia, y revolcarse en su miseria. Estaba cansada. Cansada de viajar. Cansada de estar hambrienta. Cansada de estar cansada. Y tan cansada de estar sola.

Suspirando se levanta y se fuerza a sí misma en sus pies. No estaba sola, no realmente. Tenía que pensar en su bebé, y ella no le estaría haciendo ningún favor al pequeño si dejaba que el frío y la lluvia la enfermaran. Bueno… no más enferma de lo que ya estaba. Tenía que seguir moviéndose.

Desde que ella no sabía a dónde más ir, Ayame comenzó a dirigirse en la dirección que un joven murciélago hanyō le había dicho seguir para encontrar a InuYasha y Kagome. Las indicaciones habían sido muy vagas, pero eran todo lo que tenía. Ella ya había estado viajando por semanas antes de encontrarse a Shiori, y ella no parecía más cerca de encontrar a Kagome de lo que estaba cuando inició el viaje.

Estaba comenzando a perder la esperanza.

Sniff, sniff… un demonio más adelante, no, sólo un mitad demonio. Un hanyō y un humano. ¿Podría ser? ¿Podría finalmente haber encontrado a InuYasha y Kagome?

Por primera vez en más de una semana, Ayame tuvo la energía para correr.

Tan feliz de estar cerca del final de su viaje que olvidó el estar enojada con la miko. ¡Estaba emocionada de haberlo logrado!

Adelante estaba una pequeña cabaña con un lindo y gran jardín. No recordaba a InuYasha estableciéndose en una cabaña… pero supuso era inevitable. Después de todo, Kōga no era el único enamorado de Kagome. Ayame acababa de recordar porqué estaba enojada con la miko y cogió velocidad.

— ¡Ahhhhhhhhhhhhh!

Ayame se detuvo en seco, apenas manteniendo el balance cuando ella paró. Rápidamente cambió a una postura de batalla, avergonzada de haber gritado. Gracias a Dios Kōga no estaba allí para verla u oír eso.

El demonio gigante sólo la miró con sus imposiblemente enormes, abultados ojos. Él era… ¡ENORME! La demonio lobo tragó duro mientras debatía entre pelear o correr. Si él se balaceaba hacia ella con uno de esos gigantes brazos cicatrizados, incluso tan rápida como ella era, no podía esperar quedar fuera de alcance. Y sus nudillos conectaron, nudillos que tenían que ser al menos la mitad de grandes de lo que ella era de alta, estaría muerta instantáneamente. Por otro lado… no estaba muy segura de que sobreviviría a una pelea con él. Tenía a su pequeño para pensar. No podía permitirse un error estúpido.

—No quiero pr… problemas, d…demonio.

Él parpadeó, todavía de piedra. Tal vez él estaba esperando por su primer movimiento para saber de qué manera atacar. Respirando rápido, corazón latiendo más rápido, Ayame rebotó en sus puntillas para prepararse y salir como flecha en el segundo que él se moviera.

— ¡Maaaaaaaa! — el demonio gimió.

Lo ojos de Ayame se ensancharon. ¿Éste era un BEBÉ DEMONIO? ¿Cuán grande debía su madre ser? Porqué, oh, ¿por qué había dejado su hogar?

— ¡Jinenji!

Ayame saltó al sonido de la chirriante voz. Trastabilló y cayó al suelo cuando vio a la madre del monstruo.

— ¿Por qué no dijiste que teníamos un invitado? —la vieja mujer regañó a su hijo.

La mujer era… ¡minúscula! ¡Pequeñita¡ Ayame miró de la pequeñita mujer a el enorme gigante de su hijo. ¿Cómo había la mujer sobrevivida el parto?

— ¿Enferma, joven?

Ayame se sonrojó. Estaba mortificada. ¡Cuán terrible debía lucir! ¡Y oler! La mirada de simpatía en los ojos de la vieja mujer la hicieron partir en llanto, el miedo olvidado en su vergüenza. Rápidamente la mujer ordenó a su hijo ir en busca de agua y hierbas. Limpiando las lágrimas de sus mejillas, Ayame se dejó llevar dentro de la linda y cálida choza.

No le importaba que ellos fueran extraños. No le importaba que uno fuera humano y el otro un monstruoso hanyō. Todo lo que le importaba era estar en un lugar cálido, seco y confortable por al menos unos pocos minutos.

—No temas a Jinenji —la vieja dijo tranquilamente—. Es un alma gentil.

Ayame se sentó en una silla de madera con agradecimiento y comió el plato de frutas y vegetales puesto frente a ella. No era carne pero era comida y ella estaba hambrienta. La mujer comenzó a hablar, y eventualmente Ayame decidió que sería cortés prestar atención puesto que estaba siendo alimentada. Escuchó somnolienta a la vieja mujer contarle sobre cómo se enamoró de un demonio caballo mientras éste se encontraba en su forma humana. Él era apuesto y amable y se amaron mucho. La mujer continuó contando su historia mientras ella llenaba una tina con el agua que había calentado. Justo cuando ella finalizó la trágica historia con su marido muerto y el nacimiento de Jinenji, le entregó a Ayame un paño para que se aseara.

¡Estar limpia! ¡Qué maravilloso! Se desvistió y entró en la tina, hundiéndose en la cálida agua y dejándola ahuyentar el frío de sus huesos. Antes de que Ayame pudiera responder de cualquier manera, incluso con un suspiro de dicha, la vieja tomó las ropas que había estado usando y la dejó con su baño en privacidad.

Aunque le habría gustado relajarse en la cálida agua, sabía que sería peligroso relajarse demasiado entre extraños. Potencialmente peligrosos extraños. Rápidamente frotó el paño toscamente sobre su piel para sacar la suciedad y mugre de sus largos viajes. Luego restregó su cabello. Cuando abrió los ojos, le hizo una mueca a la ahora agua de apariencia lodosa. Rápidamente se puso de pie… y se dio cuenta de que tenía un problema.

No tenía nada que ponerse.

Ayame se escabulló fuera de la tina y asió un paño que cubría la mesa, enrollándose a sí misma en él. Escurriendo agua en el suelo, fue hacia la puerta y se aseguró de que no la hubieran encerrado dentro. No lo hicieron. Silenciosamente salió para encontrar sus pertenencias. Estuvo sorprendida de ver al hanyō gigante tratando de esconderse detrás de su madre mientras ella parecía estar lavando las ropas de la loba.

—Sé amable y muéstrale a nuestra invitada el jardín —dijo la mujer a su hijo—. Ella necesitará llevar algunas hierbas consigo en su viaje para calmar su estómago.

—S… sí mamá…

Ayame estaba petrificada de ver que ¡él en realidad estaba temblando! Silenciosamente lo siguió al jardín y lo observó mientras él cortaba ágilmente hojas. Él fue sorprendentemente gentil cuando comenzó a manejar las plantas, tiernamente cortándolas y poniéndolas dentro de la canasta. Sí, gentil. Esa era la mejor palabra para describir a Jinenji. Gentil… y muy callado. Sintió que debería decir algo para romper el silencio, pero realmente no estaba segura de qué debería decir.

—Estoy buscando a Kagome Higurashi —dijo eventualmente, agarrándose de lo que fuera sólo para romper el silencio.

El hanyō se iluminó con felicidad.

— ¿Kagome? ¡Yo conozco a Kagome!

— ¿De verdad?

— ¡Oh sí! ¡Ella es una persona maravillosa!

—Tú… ¿amas a Kagome?

Jinenji de verdad se sonrojó.

—Sí… pero no de esa manera. Yo nunca podría esperar… No no… Amo su alma bondadosa. Ella es la primera persona en verme; a MÍ, no sólo algún… algún monstruo.

Ayame bajó la vista, no gustándole que la palabra «monstruo» fuera la que acabara de usar para describirlo a ella misma. Se abrazó cuando notó cuán no-monstruoso él era. Él era quizás la criatura más gentil y bondadosa que había conocido jamás. Kagome lo había visto inmediatamente…

— ¡Estaba incluso más asustada de una oruga en una hoja que de mí!

—Eso es —extraño—… dulce.

Kagome… la miko que ENFRENTA DEMONIOS… ¿estaba asustada de una oruga diminuta? Ayame se arrodilló cuidadosamente en el suelo y cuidadosamente tomó una pequeña oruga que estaba arrastrándose sobre una hoja. Ella miró a la criatura y no pudo imaginarse estando temerosa de algo tan… tan… aplastable.

Por un momento estuvo tentada a mantener la criaturilla y llevarla con ella en su viaje, sólo para ver si Kagome realmente les temía. Luego decidió que eso era probablemente un poco vil. Un mal ejemplo para el bebé.

Aparentemente el tema de Kagome puso al hanyō hablador. Ayame escuchó o pretendió escuchar mientras continuaba recolectando hierbas.

Deseó no haber parado en la cabaña, a pesar de que le fue dada comida y un baño caliente, ni mencionar las hierbas para asentar su estómago. Deseó no haber conocido a Jinenji y a su madre. Fue fácil desechar el amor casi fanático de Hōjō por la mujer ideal que él creía Kagome era… fue algo completamente distinto oír a Jinenji hablar sobre Kagome. La hizo parecer mucho más a una persona real.

Peor… una agradable persona.

Ayame suspiró. Tenía que salir de ahí antes de que ella perdiera su ira completamente. Tal vez después de que tomara una cálida siesta como la vieja sugirió. O tal vez después del desayuno. Definitivamente después del desayuno. Quizás el almuerzo.

…por el bebé, por supuesto…

¡Honesta!


No daré más excusas sobre el porqué no he actualizado. Espero les haya gustado el capítulo, creo que este es el más largo de todo el fic.

Según tengo pensado me tomará menos de un mes actualizar. Sólo puedo decir que en el siguiente capítulo aparece Seshōmaru-sama *cejas, cejas*

Nos estamos leyendo.