Disclaimer: Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de J.
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Este fic participa para el reto especial de aniversario "Lo bueno viene de a cuatro" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.
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II.
Peste
1349. Ducado de Cornualles, Inglaterra.
Se recogió con maestría el larguísimo cabello negro y se lo ocultó bajo la cofia que le cubría parcialmente el rostro, el vestido que le había robado a su criada hacía casi un año listo, y la capa oscura sobre su lecho.
Se cambió aprisa y salió sin hacer ruido, confiando en que nadie notaría su ausencia. Cruzó la noche cerrada sobre los amplios jardines de propiedad familiar y se escabulló por el sitio de siempre, cerca de la choza donde vivía la pareja de sirvientes que se encargaba de coordinar el servicio doméstico. Malle, su águila real, ya sobrevolaba el cielo negro, tan sigilosa como su dueña.
El pueblo al pie de la elevación natural sobre la que su familia había construido su solar, no dormía. Tuvo que pegarse a la oscuridad apenas diluida por algunos candiles para pasar desapercibida, echando atisbos por sobre la capucha para asegurarse que Malle siguiese cerca suyo.
Para cuando ingresó a la taberna de Helga tenía la respiración agitada y las manos sudadas. Hacía tiempo que seguía la misma rutina, y los goznes apenas chirriaron frente a su suave empuje. Helga le había indicado que la puerta trasera era la mejor forma de ingresar al recinto, lejos de los borrachos y las miradas indiscretas.
Rowena cerró, sintiéndose vagamente desamparada de encontrarse lejos del campo visual de Malle, y escuchó la discusión en la que estaba enzarzada la rubia tabernera.
—Que dios nos ampare —decía Helga, de espaldas a la recién llegada, en voz baja.
—Espantoso —corroboraba una voz masculina que no reconocía. —La pobre mujer pensó que era lo mejor.
—Pobre criatura —reafirmó la mujer, compasiva. Rowena, escondida en la trastienda, tenía que esforzarse por diferenciar las palabras del murmullo ininterrumpido de la taberna. El hedor a alcohol y a cuerpos sudados de siempre se mezclaba con uno más dulzón, putrefacto.
—Es una desgracia, Helga. Creo que es una señal del Señor de que nuestro Rey no está siendo un buen cristiano reclamándole la corona a su tío.
—¡Calla, insensato! —lo reprendió la tabernera, escandalizada, dejando a un lado su andar frenético. —Que nadie te oiga decir eso.
—Lo siento, pero…
—Vete, Piers, ya has bebido bastante.
—¿Nos veremos luego?
—Sal de aquí.
Rowena aguardó a que el hombre se hubiese marchado para buscar la forma de hacerse notar ante Helga, volviendo a preguntarse si aún estaba en sus cabales por continuar haciendo esas escapadas.
Sin embargo, nada había llenado más su vacío corazón que su incipiente alianza con la tabernera, a pesar de la larga lista de razones que seguía enumerándose todas las noches por las que no debería seguir adelante.
Se había tratado de una simple coincidencia, cuando, el año anterior, Rowena, harta de la opresión asfixiante de su hogar, había tomado una capa de su hermano y se había marchado, desafiando cualquier protocolo y adentrándose en las desordenadas calles de la villa que había empezado a construirse hacía apenas dos generaciones, de siervos prósperos que se aglutinaban al pie de la casa de su señor.
El hedor pestilente le había golpeado con fuerza al sumergirse en el intersticio de las chozas tambaleantes de aquellas personas, y se había tropezado con su propia capa al doblar en la esquina y patear sin querer un cuerpo extendido sobre la tierra caliente, los brazos en cruz como si quisiera abrazar el sol.
Era un hombre, joven, y estaba enredado en harapos sucios. Murmuraba en un delirio febril, y, presa del asombro y del asco, Rowena distinguió como las pocas personas que circulaban por allí volvían sobre sus pasos, aterradas, buscando perder de vista al cuerpo putrefacto que exhibía los negros y palpitantes bubones negros sobre el cuello y las axilas.
Rowena, embozándose con las manos temblorosas, se había quedado hipnotizada en el sufrimiento de aquel joven, abandonado a su suerte en un callejón hediondo.
La peste había llegado a Inglaterra hacía algunos meses, pero esa era la primera vez que Rowena la desafiaba de frente.
Sin detenerse a reflexionar, la muchacha se acuclilló sobre el cuerpo enfermo, asegurándose que su rostro no se viese expuesto, y con los dedos sudados, extendidos, apretó con fuerza el brazo del joven, permitiendo que su poder fluyera desde su riego sanguíneo hacia el de él, sintiendo esa conexión casi sagrada que se formaba cada vez que lo hacía, un hilo divino que unía su cuerpo con el de otra persona, insuflando vida. Magia.
—¡Por todos los Santos, criatura! —había escuchado a su espalda, mientras con los ojos vidriosos, observaba cómo las asquerosas pústulas que estaban conduciendo al joven a una muerte segura se iban blanqueando, fundiéndose en su piel hasta desaparecer.
Rowena volteó con retardo, cuando ya tenía encima a una mujer corpulenta que la alejaba del muchacho, arrastrándola sin contemplaciones varios pies hacia la derecha, hasta que estuvieron bajo techo. Quiso gritar, pero en vez de eso, de su garganta salió un débil sonido gutural que dudó que nadie pudiese escuchar.
Se vio en la penumbra de una salita, apenas limpia, y la mirada inquisidora de esa mujer, de cabellos rubios y delantal raído, como si esperase una respuesta.
Ante el mutismo de Rowena, que solo atinó a mantener la capucha en su sitio para que no pudiese reconocerla, la mujer se descruzó de brazos y susurró
—¿Qué crees que hacías allí, criatura, a plena luz del día?
Rowena se encorvó un poco más, con el corazón latiéndole en los oídos, incapaz de vislumbrar la mejor manera de salir del atolladero.
El silencio se mantuvo, y la mujer, parpadeando, pasó del enojo inicial a una actitud más comprensiva, suavizando el gesto y acercándose un poco a ella.
—No tengas miedo, cariño —le dijo, manteniendo la voz baja, buscando un contacto que no consiguió porque enseguida Rowena se apartó, reacia. —No te haré daño, ni dejaré que nadie te lo haga —la determinación de aquella mujer rubia venció su espacio personal y le apretó el hombro delgado, develando la calidez que emanaba de su cuerpo. —Pero no puedes andar por ahí haciendo alardes de ese tipo. ¿Me entiendes?
Ladeó la cabeza para encontrar la mirada de Rowena, que siguió empecinada en mantener los ojos sobre el ruedo de su vestido. Necesitaba salir de allí.
—¿Me escuchas? —repitió la mujer, más cerca, más confidencial. Rowena quiso apartarse y sacudió la cabeza, asintiendo.
—¿Hace cuanto puedes hacer eso? —volvió a preguntar, esta vez rompiendo el contacto corporal.
No obtuvo respuesta.
—Cariño, no tengas miedo —le reiteró con dulzura al cabo de un momento, guiándola con delicadeza hasta un taburete de tres patas. Rowena no quería tomar asiento, no quería estar allí, no quería que la mujer la descubriera.
Apremiada por su corpulenta figura, se sentó sobre el filo del taburete, con las manos sobre el regazo y el cuello inclinado, ocultando el rostro. La mujer corrió de una sola maniobra otro asiento igual para quedar frente a ella, sus rodillas casi rozándose.
—Dime, ¿cuál es tu nombre? Nunca te había visto por aquí, y te aseguro que conozco a todos los que viven en este lugar.
Rowena se imaginó la ira de su padre, los vahídos de su madre al descubrir que había estado allí y se arrepintió al segundo de haberse escapado.
Pero le había salvado la vida a ese chico.
—Está bien, no me lo digas —repuso la mujer, imitando la posición de Rowena para conseguir captar su mirada, en vano. —Te contaré yo, entonces. Aquí viene mucha gente como tú. Y hay más de los que crees. En serio —le tomó las manos, haciendo que la intimidad resultara casi insoportable. —Personas que pueden hacer cosas. Como eso que hiciste allá afuera.
Rowena cayó en la cuenta demasiado tarde que finalmente había levantado la cabeza, de pronto con total atención en las palabras de aquella mujer rubia que la trataba con una dulzura inusitada. Para cuando quiso bajar el rostro, la mujer ya la había reconocido, soltándole las manos y echándose para atrás, ahogando un grito.
—Santo cielo —exclamó, cubriéndose la boca con la palma. —Criatura, ¿qué haces aquí? ¿Cómo…? ¿Cómo…?
La pobre mujer, impresionada, parecía al borde de un ataque, por lo que Rowena, apremiada por las circunstancias, acortó la distancia que hacía apenas segundos quería aumentar, y volvió a tomarle las manos con ojos suplicantes.
—Dios mío, en qué lío me has metido —murmuró, ya más recompuesta, sin salir de su asombro ni de mirar las delicadas facciones de la muchacha que tenía en frente. —Esto es imposible… —Rowena parpadeó, implorante. Nunca había sentido tanta necesidad de poder comunicarse. —No quieres que le diga a nadie que has bajado, ¿verdad?
La chica asintió con la cabeza frenéticamente, haciendo que la capucha se le resbalara un poco sobre el cabello y le evidenciara el semblante que ya no tenía sentido ocultar.
—Tienes que volver —susurró la mujer, torciendo el gesto para no caer presa del pánico. —De inmediato.
Rowena volvió a sacudir la cabeza en aprobación, dejando escapar el aire que había retenido desde quién sabía hacía cuánto, cuando escuchó un golpe proveniente de algún lugar cercano, que reverberó en las precarias paredes.
—¡Helga! —escuchó que gritaban, una voz masculina, agudizada por la desesperación. —¡Helga! ¿Estás aquí?
La mujer, que todavía no había asimilado su estupor, se volvió hacia Rowena palideciendo.
De pronto, un hombre llegó hasta ellas por otra puerta, agitado, con las manos manchadas de oscuro.
—¡Helga! —apenas reparó en ella, y la mujer se puso de pie de inmediato. —Por favor, por favor… —suplicó, cayendo de rodillas, alzando las manos temblorosas como si fuesen evidencia. —No tenía a quién más acudir… —farfulló, desesperado. —Es Alysha… por favor… —levantó un poco más las manos, para que la mujer, Helga, las viese.
—¿Qué sucedió? —preguntó, y la voz le salió temblorosa.
—Le-le explotaron… —musitó el hombre, al borde del desmayo, dejando caer sus ojos hasta sus palmas manchadas. —Las pústulas.
— Oh, Dios bendito.
Rowena, que se había quedado prendada de la figura doliente del hombre, pilló al vuelo lo que estaba pasando y, dejando para después las muchas preguntas que hubiese querido hacerle a aquella mujer, decidió seguir su instinto, ese llamado de su interior más profundo que la puso de pie y de dos zancadas, cubrió la distancia hasta Helga, para llamar su atención.
La mujer, cuyo rostro se había deformado de pena al escuchar el sollozo de aquel hombre, se volvió hacia el imperioso gesto de Rowena, que tiró de su manga con insistencia. Tardó algunos segundos en comprenderla.
—Oh, no, criatura, no… —se lamentó Helga, enfrentada a los resueltos ojos de la muchacha. —Van a colgarnos a todos —suspiró, en un hilo de voz, casi como una reflexión consigo misma. Inmediatamente después, le hizo un gesto a Rowena y se volvió hacia el hombre sollozante.
—Vamos, levántate, Greg. Llévanos con Alysha.
Aquel día había sido el comienzo de una larga y ardua batalla contra la peste que se esparcía sobre Inglaterra como fuego sobre maleza seca, y Rowena ya no había podido abandonar la pelea.
A pesar de su incapacidad, había conseguido una comunicación extraña, fluida, con Helga, como no había logrado jamás con otro ser vivo, salvo tal vez con Malle.
Rowena había aprendido que no era la única en poseer aquel poder singular. Su familia, distante, cerrada, la había apartado de plano al no conseguir una forma clara de comunicarse, y le habían reservado un trato distante. Ajeno. No podía sentirse acompañada.
Helga, la tabernera de la villa, había conseguido hacerse una fama subrepticia por la que hacía tiempo, afluían aquellas personas como ellas. Rowena las había visto, oculta, cuando acudían aterrados a Helga porque habían hecho estallar el granero de su señor, o cuando no podían controlar la imperiosa necesidad de flotar a varios centímetros del suelo.
Pocos tenían el control que ella poseía sobre su don, y la mayoría intentaban quitárselo de encima, asustados, temerosos de ser descubiertos como sospechosos y terminar encadenados en prisión.
Sin embargo, Rowena seguía acudiendo a la taberna de Helga por algo más.
Desde aquel día, había logrado convencerla, y, además de proveer auxilio a las personas como ellas, las dos se habían embarcado en la peligrosa misión de mantener la peste a raya, utilizando el poder de la joven tal y como lo había hecho sobre el muchacho desconocido y Alysha.
Helga se había mostrado reacia al comienzo, conociendo el peligro por partida doble que significaba no sólo mantener trato con la hija de su señor, sino además utilizar magia en personas que no estaban acostumbradas a ella. A pesar de ello, la muda insistencia de Rowena y su sutil felicidad al salvar a aquella gente de un final devastador la habían alentado a continuar, con extrema cautela y el corazón al borde de salírsele del pecho a cada instante.
Los pensamientos de Rowena se vieron interrumpidos al sentir movimiento en el exterior y, un segundo después, el sonido ahogado de los goznes y pasos rápidos ingresando en la parte trasera.
—¡Rowie! —chilló una voz infantil, demasiado fuerte, que se oyó por encima del batibarullo de la taberna.
La joven recibió a Trista con los brazos abiertos, ya agachada para poder abrazarla sin restricción. La niña corrió el corto trecho que las separaba, en la oscuridad, y se hundió en el pecho de Rowena, quien aún no terminaba de acostumbrarse al contacto directo con otro ser humano.
—Tris, por favor —suplicó su madre, cerrando presuroso la puerta, con su bebé envuelto en brazos. —Compórtate.
Rowena se separó de la niña y sonriendo, se llevó el índice a los labios para indicarle silencio. Trista sacudió la cabeza con gesto cómplice y no volvió a abrir la boca.
Aunque paliar la peste era enormemente satisfactorio para Rowena —en esos meses habían conseguido una tasa altísima de curaciones, y sus tierras eran de las pocas que no languidecían ante la falta de brazos para trabajar—, sin mencionar que le había brindando una enorme experiencia y conocimiento para manejar su poder, el contacto que había establecido con la gente como ella y, en especial, con los niños que acudían a veces a Helga, cuando sus padres ya no podían reprimir la magia en ellos, la había convertido en una persona diferente.
Una persona que había conocido, por primera vez, la calidez del contacto humano del que había rehuído toda su vida, viéndose envuelta por la dulce atmósfera de aquellos que poco tienen y todo dan.
Rowena, allí, rodeada de magia, se sentía en paz.
Feliz.
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¡Hola a todos!
Aquí les traigo la segunda viñeta de esta extraña historia. ¿Qué les ha parecido? Esta vez, las protagonistas son las mujeres.
La peste naturalmente que fue real, y llegó al Inglaterra en estos años. Se dice que terminó con más de la mitad de la población europea, por lo que me pareció factible que el corazón generoso de Rowena se viese impelido a salvar a cuantas personas estuviesen en su mano.
Por otro lado, al igual que con Godric y Salazar, creo posible que ellas también tuviesen un origen diferente. En el transcurso natural de la narración surgió que Rowena no pudiese hablar. Quizá ya desvarío demasiado, pero sentí que pegaba con su perfil una mente inmensamente privilegiada unida a una incapacidad absoluta de comunicarse.
Por último, al ser este un relato de los comienzos, no solo de la vida de los Fundadores, sino de la sociedad mágica en general, me pareció interesante que los dueños de esa magia estuviesen entretejidos con los que en el futuro serían muggles: viviendo la misma vida, divididos por las mismas clases y creyentes de las mismas ideas.
Creo que eso es todo. Nos leemos en unos días.
Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud.
Ceci Tonks.
