Disclaimer: Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de J.

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Este fic participa para el reto especial de aniversario "Lo bueno viene de a cuatro" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.


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III.

Hambre

1350. Ducado de Cournalles, Inglaterra.

Los días de mercado eran los que Rowena aguardaba con más ansias, disimulándolo en la mesa familiar con una máscara de apatía que sentía resquebrajarse con cada bocado que daba, a la espera.

Esos días, de regocijo en las tierras bajas, Helga cerraba la taberna y, a través de la puerta trasera, se reunían bajo su techo varios centenares de personas, algunos provenientes de confines lejanos del ducado, e incluso más allá, por la voz que corría sobre aquellos diferentes.

Así, Rowena se había rodeado de personas humildes, la mayoría siervos, trabajadores, campesinos, algunos comerciantes, que, al amparo de la virtual protección que ofrecía la discreción de Helga, practicaban su magia, comentaban los últimos acontecimientos de los suyos, se solidarizaban y compartían un momento de comprensión.

Rowena, con el paso del tiempo, se había terminado por sentir tan cómoda que al calor de aquellas furtivas reuniones, había desplegado la afinidad natural que tenía con los niños, incitándolos a actividades y recreación que colaboraba a mantener sus poderes bajo control, hecho que preocupaba a la inmensa mayoría de los padres así tuviesen magia o no.

Los niños sin control podían ponerlos en un peligro que amenazaba constantemente sus vidas.

Aquella tarde, Rowena había estado particularmente impaciente, ya que había destinado las últimas jornadas a probar algunos rudimentos de magia en objetos, cayendo en la cuenta que ciertos utensilios servían mejor para canalizar la magia que otros. Quería probar con los pequeños, siempre permeables a sus propuestas, para comprobar sus susposiciones. Por otro lado, aquella noche era muy importante para su familia, y ella no creía poder soportarlo sin haber estado antes en paz en su refugio secreto.

Sin embargo, cuando llegó embozada y acezante a la taberna, vio a Helga terminando de subir algunos fardos a una carreta junto a la puerta principal.

Helga reparó en ella enseguida y se acercó presurosa, haciendo visera con la mano.

—Oh, cariño, olvidé avisarte —se lamentó la mujer en un susurró, Rowena poniéndose más nerviosa a cada segundo, las callejuelas bullían de actividad. —Aprovecho que Piers tiene que hacer un viaje para visitar a un amigo —la joven, encorvada para ocultarse, observó anhelante a Helga. —¿Por qué no vuelves?

Pero Rowena no pensaba regresar, no si podía evitarlo.

Le tomó la manga de la camisa, esperando transmitir su ansiedad. Las comisuras de Helga se deprimieron.

—Oh, criatura, ¿quieres meterme en más problemas?

La aludida se mantuvo inmóvil entre el bullicio del lugar. Helga sacudió la cabeza y suspiró.

—Vamos.

Aliviada, Rowena trepó a la rudimentaria carreta protegida de fardos que despedían un agradable aroma a heno fresco, y se refugió allí mientras escuchaba a Helga darle escuetas explicaciones a Piers antes de ponerse en camino.

No tenía idea a dónde iban y sinceramente, no le interesaba demasiado. Con Helga se sentía segura.

De reojo, la joven observó el cambio en el paisaje, dejando atrás muy pronto la villa, a los tumbos, atravesando los campos de su familia. El sol caliente sobre su coronilla le calentó los músculos y con estupor, pudo visualizar como la fisonomía del lugar iba variando, dando lugar a páramos yermos, abandonados, sin cultivar.

Muertos.

Asombrada, sintió como el carro de Piers se alejaba del camino principal, que suponía terminaba en otro conglomerado campesino, para dirigirse por un camino apenas marcado, hacia una choza alejada del resto.

Piers la ayudó a bajarse sin mediar palabra y Rowena, de pie en medio de la nada, no prestó atención a la discusión en voz baja de los otros dos, más concentrada en absorber una realidad que le era totalmente ajena.

—Vendrá por nosotras en unas horas —le explicó Helga, con los ojos fijos en el carro que avanzaba. —Ven.

Era evidente que Helga ya había estado allí, porque se condujo sin remilgos hasta la choza, entrando sin llamar.

Sin dudas era el sitio más pobre en el que había estado nunca. El piso era de tierra apisonada, y las paredes de adobe parecían a punto de ceder y desplomarse. Sin embargo, no tuvo demasiado tiempo de asimilarlo, porque enseguida un hombre le cubrió el campo de visión.

—¡Helga!

—Godric, gracias a Dios.

Sin variar su asombro, Rowena parpadeó al observar como una conmovida Helga abrazaba a aquel hombre, que vestía prácticamente en harapos, evidenciando su contextura ancha consumida, en los huesos.

La mujer lo separó de sí para observarlo mejor y el rostro le cambió al notar lo mismo que Rowena.

—No ha sido una buena época —sonrió el hombre, Godric, haciendo que se le remarcaran los pómulos salidos. Tenía la voz grave, profunda, que atrajo de inmediato a Rowena. Helga pareció querer decir algo de lo que se arrepintió, porque en vez de eso, se separó un poco y extendió un brazo hacia ella.

—Esta es Rowena, una amiga muy querida que ha estado ayudándome con la taberna.

Godric le echó un rápido vistazo e inclinó un poco la cabeza, regresando a Helga. A Rowena nunca la habían tratado con tal desapego, mucho menos proveniente de un hombre, y paradójicamente le agradó.

—No sabía que vendrías —se excusó el hombre, arremangándose la camisa sucia que portaba, en vano.

—En cuanto supe que el rey estaba de regreso, pensé en volver a verte.

Godric no comentó nada, y a Rowena le hubiese gustado que le contestara algo a Helga, pues no comprendía cuál era la relación entre ese hombre y el rey. En cambio, el hombre pasó sobre ellas y salió a la intemperie, haciéndoles una seña para que lo siguieran.

—El viejo no está muy bien —explicó de forma escueta. —No tuvimos una buena cosecha, y yo recién pude ayudarlo a mi regreso. Creo que se pescó alguna enfermedad…

—¿Peste? —se alarmó Helga, siguiendo sus pasos.

—Hambre —sonrió Godric con amargura.— No fue una buena época —repitió.

—Tendrías que haberme avisado —lo amonestó la mujer, frunciendo el ceño.

—Puedo arreglármelas solo.

—¿Dónde está? —inquirió Helga, interesada de pronto, girando la cabeza a ambos lados.

—Atrás. Estar fuera le hace mejor.

Rowena, siguiendo un impulso —ese que asociaba con su torrente sanguíneo, profundo, mágico—, avanzó por encima de los otros dos, dándole la vuelta a la pequeña construcción para dar con un hombre entrado en años, tan enflaquecido como Godric, durmiendo echado sobre un montón de paja, de cara al cielo.

—¿Qué crees que…?

Pero la joven ya se había acercado, quitándose la capucha sin pensárselo dos veces, y apretando el brazo del viejo con las palmas abiertas.

Godric, con la boca abierta, observó como el semblante de su padre cambiaba, adquiriendo cierto color debajo de la capa cenicienta que lo acechaba desde hacía meses, y las costras sobre las extremidades desaparecían fundiéndose sobre su piel.

Se volvió demandante hacia Helga, que observaba con ternura la escena.

—¿Es una de nosotros?

La mujer asintió y Godric se giró hacia la muchacha que, satisfecha, había elevado las comisuras, el cabello negro encaramado en la brisa veraniega. Lo que fuese a reclamar el hombre quedó prendado de la breve mirada que le dedicó Rowena, azul, límpida.

Se acercó hasta Helga, buscándole transmitir su opinión.

—Sí, déjalo dormir —le indicó a Godric. —Ya está mejor.

La tarde pasó con la fluidez que el tiempo le daba a los momentos extraños, Rowena sin terminar de decidir si los ojos inquisidores de Godric le gustaban o le inspiraban rechazo.

—Esto no puede continuar así —decía Helga contemplando los vastos campos yermos.

—No hay quién trabaje —explicaba Godric, con su tono de voz profundo que le llegaba a Rowena hasta el pecho. —Todos partieron a Francia con el rey, y los que se quedaron aquí, están muertos por esa enfermedad de mierda. No hay nadie que pueda trabajar.

—Están pasando hambre, Godric.

—¿Y qué quieres que haga?

—Preséntate ante el señor. Fuiste un soldado del rey, mereces su atención.

Poco tiempo después, Rowena había partido con Helga, de nuevo sobre el carro de Piers, dejando atrás el pobre hogar de Godric y su cuerpo enflaquecido. Helga se mantuvo inusualmente callada durante el viaje de regreso, para frustración de Piers, y la joven pudo utilizar el tiempo para reflexionar lo que había visto, lo que había entendido. El rostro de Godric reaparecía en sus pensamientos, con la intensa mirada que le había dedicado luego de haber sanado a su padre.

Aunque no había podido compartir un momento con sus niños y seguía sin probar sus teorías, Rowena se había llevado de aquella tarde mucho más para pensar de lo que había esperado.

Su familia la aguardaba.

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¡Hola a todos!

Aquí traigo la ante última de las viñetas que corresponden al reto y a nuestro corto paseo por esta extraña historia. No tengo mucho que decir, salvo que el hambre y las crisis de subproducción eran moneda corriente en la Europa —y en todo el mundo, a decir verdad— precapitalista. Me pareció interesante que la primera vez que una niña aristócrata como Rowena viese la realidad más allá de las paredes de su castillo fuese de la mano de Helga y... conociera a Godric.

¿Comentarios? ¿Opiniones?

Nos leemos en unos poquitos días.

Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud,

Ceci Tonks.