Disclaimer: Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de J.

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Este fic participa para el reto especial de aniversario "Lo bueno viene de a cuatro" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.


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IV.

Muerte

1350. Ducado de Cornualles, Inglaterra.

En el momento en que Rowena vio a Godric en aquella sala, sus pensamientos se remontaron a las palabras que había escuchado de Salazar la noche que se anunció su compromiso.

Aterrada, se había quedado inmóvil cuando el hombre la tomó del talle y la alejó de la multitud para susurrarle al oído

—No tengas miedo —Rowena se había envarado ante su cercanía, su cuerpo emanaba una energía poderosa que la fascinaba y la amedrentaba a partes iguales. Jamás había estado tan cerca de un hombre. —Soy como tú, ¿comprendes? Conmigo estarás a salvo —la joven se atrevió a levantar la cabeza y quedó prendada de los ojos oscuros de Salazar. Como un candil súbitamente encendido en la oscuridad cerrada, Rowena recreó de golpe la mirada de Godric, tan diferente a la de ese hombre, y a la vez, igual de ardiente. —Somos iguales.

En aquel momento, las crípticas palabras adquirían nueva luz. Salazar, de pie sobre la amplia sala que pronto sería suya, al ver al campesino apenas inclinado, con la cabeza lo suficientemente alta para poder mirarlo de frente, hizo un gesto y despachó a sus hombres que montaban guardia. Rowena se mantuvo estática, esperando que su futuro esposo no reparara en su presencia. Contuvo el aliento.

—De pie.

Godric obedeció y se irguió en toda su estatura. Había ganado peso, y Rowena veía la mano de Helga tras ello. Se preguntó cómo estaría su padre, y si la recordaría.

Salazar dio un paso al frente, con las manos enlazadas a la espalda, escrutando a su interlocutor.

—Te conozco —expresó, dejando entrever cierta sorpresa. Detrás, Rowena se sobresaltó.

Godric levantó la barbilla con orgullo.

—No sabría decirle, señor.

—¿De dónde eres?

—De aquí. Mi familia es parte de la comunidad.

Salazar mantuvo su gesto pétreo, analizándolo. Godric carraspeó.

—Serví a nuestro señor el rey en Francia.

El hombre parpadeó y de pronto, levantó ambas cejas. Rowena, que alternaba su atención entre ambos, aguardó, expectante.

—Ya sé quién eres —expresó Salazar con lentitud. —Eres el soldado que salvó al Príncipe en Crécy.

La joven se tapó la boca con la palma, comprendiendo de golpe la ansiedad de Helga al saber el regreso de ese hombre, y las parcas explicaciones que le había dado.

Por supuesto, la guerra.

Si Godric se sorprendió por el reconocimiento de su señor, no permitió que su rostro lo revelara, manteniéndose inmóvil sobre sus dos pies.

Salazar lo continuó evaluando.

—¿A qué has venido?

—Mi familia pasa hambre, señor.

—¿Y qué podría hacer yo al respecto?

—Soy un fiel servidor, y un súbdito leal de la Corona —por la forma de decirlo, Rowena sospechaba que Godric había ensayado su discurso. Salazar lo interrumpió

—¿Cómo lo hiciste?

—¿Hacer qué, señor?

El aludido elevó las cejas y juntó los labios en una fina sonrisa que Godric pilló al vuelo. Desde su sitio, Rowena supo que el hombre no tenía ya nada qué perder.

Levantó un brazo con los dedos separados y dio media vuelta hasta una mesa de madera apostada sobre una pared. De un rápido movimiento, el mueble imitó la trayectoria de su brazo, moviéndose con rapidez hasta la mitad de la sala, casi bajo las narices de Salazar. Este pronunció su sonrisa.

Magia —musitó entre dientes.

Rowena no podía ver, en la nueva disposición de la estancia, la expresión de Salazar, por lo que en un arranque instintivo, salió de su sitio en sombras a trompicones, llegando hasta el costado de su futuro esposo que giró el cuello hacia ella con sorpresa.

En el camino, la joven cruzó mirada con Godric que tampoco pudo disimular su estupor al verla en la sala. Rowena esperó que su sutil gesto negativo bastara para que el hombre no comentara nada. No podía explicarle a Salazar por qué lo conocía, o peor, de dónde.

Le tomó la manga rica en bordados y tiró de ella, con los ojos bien abiertos, suplicantes.

—No voy a castigarte por tu osadía, aunque debería —dijo Salazar en voz baja, ocasionando un suspiro apenas perceptible por parte de Rowena, que buscaba que su corazón dejase de latir. —No vuelvas a utilizar ese… poder.

Godric se mantuvo quieto, erguido, todavía demasiado orgulloso.

—Vuelve mañana —indicó Salazar, haciendo un gesto con la mano, dándole a entender que la reunión había terminado. —Y quizá encuentre alguna solución a tu problema.

El aludido asintió e hizo una ligera inclinación con la cabeza, como aquella que le había ofrecido a Rowena el día que la había conocido, y se marchó con pasos rápidos que reverberaron sobre las paredes del salón.

Salazar esperó a que estuviese fuera de su vista para volverse hacia la muchacha.

—Escúchame —le ordenó, tomándola por los hombros. —Ellos no son como tú y yo. Las personas con magia tienen una tradición que se remonta hasta el Rey Arturo. Somos descendientes directos de su poder, nuestras familias fueron mágicas por cientos de años. No puedes compararte con ellos. Son nuestros siervos. Animales. Poseen magia por error. No puedes olvidar esto, Rowena.

Y Rowena no lo olvidó.

Sin embargo, supo que no podía seguir creyendo en las palabras de Salazar el día en el que Trista, golpeada hasta la inconsciencia por el miedo que le había inspirado a una banda de chiquillos que la observaron hacer volar a su alrededor los guijarros que había recogido del camino, moría en sus brazos sin que pudiese hacer nada al respecto. Su magia había llegado demasiado tarde para la niña, a la que la desconfianza que provocaba lo diferente le había arrancado la vida a fuerza de puños. A ella, una niña.

Y supo que era ella la única capaz de hacer algo para evitar que la suerte de Trista fuese repetida por todos sus niños que seguían acudiendo a la taberna de Helga para jugar con ella, para sentirse protegidos, acompañados. No tenía sitio en su cabeza para considerarlos un error.

Su boda con Salazar, y la unión de los dos grandes señoríos era lo único de lo que se hablaba en su hogar, mientras maquinaba y daba forma a la idea que venía rumiando en su cabeza desde hacía meses.

Sin embargo, el llamado del rey a sus vasallos, incluyendo el condado de Slytherin y las tierras aledañas de la familia Ravenclaw, interrumpió el curso de sus pensamientos. Salazar debía acudir a Francia, la guerra continuaba.

Godric, que había empezado a frecuentar la taberna de Helga —logrando que su dueña se volviese loca de contenta, y que Rowena empezase a anhelar más que nunca las tardes en las que podía bajar a la villa—, también se vio impelido a abandonar su tierra con los ejércitos del rey.

Desesperada, Rowena buscó comunicarle a Helga su proyecto, buscando retener a Godric por algún medio, dejando a un lado los cuestionamientos que le suscitaba aquella necesidad.

Finalmente, la noche anterior a la partida del destacamento del Príncipe Negro hacia Calais, Rowena, que no había abandonado la sombra maternal de Helga, aguardó hasta que Godric apareciese, su cerveza de siempre ya servida.

Helga le sonrió cuando sintió su gesto apremiante, y se volvió hacia el hombre que sorbía a desgano, la mente muy lejos de allí.

—Godric, tienes que prometernos que volverás.

El hombre volvió su rostro hacia las dos mujeres. Rowena, casi instintivamente, volvió a comparar su mirada con la de Salazar.

—Claro que volveré —replicó, esbozando una media sonrisa algo pedante. —¿Por qué?

—Porque aquí Rowena —y la abrazó por los hombros, provocando que las mejillas de la joven se llenaran de azoro. —tiene una excelente idea para crear algo que ayude a los nuestros —la observó con afecto y Rowena bajó la vista, abrumada. —A nuestros niños.

—¿Ah, sí? ¿Algo como qué?

Los ojos de Rowena se elevaron en el momento en el que Godric fijaba toda su atención en ella. Helga pronunció su sonrisa.

—Algo como un colegio.

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Y con eso llegamos al final.

Estoy segura que no es algo que se suela leer en FF, pero estoy extrañamente conforme con estas cuatro viñetas. Nunca me atreví a tener juicios demasiado formados sobre los Fundadores, pero mis ideas previas cristalizaron a la mar de bien con el reto, por lo que me di cuenta que en realidad solo precisaba un empujoncito. Tengo mucho más que decir sobre ellos, cosas que quedaron en el tintero porque casi agoté la cantidad de palabras permitidas por un lado, y porque temporalmente quedaban por fuera de lo que pretendía abarcar en este desarrollo.

El compromiso de Salazar y Rowena, Godric y su relación con Salazar, Helga y Rowena, Salazar y Rowena, y la ansiada fundación de Hogwarts, pensé en todo ello y quizá lo escriba en otro fic, en algún momento. ¿Quién sabe?

Por último, no estoy segura si se entiende, pero me pareció posible y muy interesante que la diferencia entre magos y muggles que estalla en el siglo XX naciera en plena Edad Media como una cuestión estamental. Es decir, que los «errores» fuesen el sector campesino-trabajador, reservando la magia a familias selectas que cuidaban su poder muy celosamente. Rowena, criada y subestimada por su familia al no poder hablar, no había conseguido contención mientras desarrollaba sus cualidades, por lo que había terminado encontrando ese afecto tan precioso de la mano de Helga y sus niños.

Espero que les haya gustado, y si tienen ganas de darme otra oportunidad —con algo más coherente, aunque tampoco demasiado— pueden encontrarme en Guerra, una historia que abarca la primera guerra mágica contra Voldemort.

Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud,

Ceci Tonks.

*Editado el 01.07.2016

¡Muchísimas gracias a todos los comentarios y los que votaron en el reto del foro! Estoy contentísima y muy agradecida por el buen recibimiento. También corregí los guiones largos ante la demanda popular, aunque mi primera versión se debía exclusivamente a cabezonería estética.

Nos leemos en cualquier otra historia —posiblemente una continuación de esta—. Un beso grande.