Cuerdas.
De pronto, la pesada puerta volvió a abrirse emitiendo aquel sonido pesado y tosco. Kratos se asombró por la rapidez que había tenido esta vez la chica al acabar sus respectivas sesiones, pero en cuanto vio su rostro supo que no las terminó por su propia voluntad, sino porque algo había salido mal. Susan fue rápida en salir y alejarse de la sala pues no quería contestar preguntas que sabía que no tardarían en volar pesando sobre sus hombros. Tal vez se hizo la sorda o quizá de verdad no oyó, pues los labios de Kratos se movieron despacio pero con intensidad, preocupación. Ella no reaccionó pues continuó caminando hasta salir de allí, apoyándose contra la rocosa pared del exterior, cerrando los ojos, tomando aire como si lo necesitara, como un primer instinto humano que aún quedaba en su conciencia. Apretó los labios y frunció el ceño, girando su rostro de un lado a otro, una y otra vez, angustiada, recordando sin poder evitar de nuevo las palabras de aquel ser que acababa de acorralarla.
—No es la primera vez que uno de los tuyos intenta adueñarse de ella… Créeme, estoy más que acostumbrado a que intentéis usurpar lo que es mío. Pero noto en ti algo que me causa lástima, e incluso gracia. Podría mofarme ahora mismo pero la tristeza pesa más que cualquier humor en este momento. Puedo sentir ese sentimiento que a los humanos los convierte en débiles, pero de una criatura como tú —chasqueó la lengua—. Eso sí que no me lo esperaba —una risa profunda, solemne se apropió de todo ápice dimensional que arropaba el Portal. Susan no podía verlo, tan solo podía oírlo y sentirlo como a su amo, pero sabía que a pesar de ser similares eran distintos y ninguno tenía nada que ver con el otro. Pudo notar cómo la rodeaba como si de humo se tratase, examinándola—. Puede que eso te convierta en un rival débil, o puede que ese estúpido sentimiento te haga más fuerte… Pero no me voy a parar a encontrar esa respuesta… Pero dime…, Ébano… ¿Y tú? ¿Conoces la respuesta para la pregunta que tengo para ti? —no pudo verle, pero supo cómo se formaba su sonrisa y aquel recuerdo fue lo que le hizo obligarse a sí misma a abrir los ojos saliendo de aquel reciente recuerdo. Por supuesto conocía la respuesta y sabía que tenía que cumplirla o de lo contrario perdería lo único por lo que empezaba a tener sentido la vida, o lo que para ella era; la muerte en vida. La amenaza había sido clara, no hacían falta mayores pistas pero era ella terca y no dejaba que nadie le diese órdenes, ni aun frente al ser más poderoso se achantaba contra lo que realmente deseaba. Pero había algo que no comprendía y era el verdadero fin de su especie, desde siempre había entendido que los humanos estaban únicamente para subsistir de ellos, no para protegerlos, y ahora su misión era abandonar toda protección hacia Vanessa Ives para ofrecerla a un ente oscuro que ya se había enfrentado antes a muchos otros como ella. Tal vez se hubiese planteado el hacerlo cuando aún estaba allí, escuchando su voz y sintiendo su presencia, pero las cosas eran muy distintas en aquel momento. Ella jamás había hablado cara a cara con Vanessa Ives, jamás había oído su voz directamente narrada por sus labios transmitida por el viento en aquel instante, jamás había podido respirar el aroma de su piel. Pero era el momento de que todo eso tomase un sentido.
Londres siempre era oscuro, grisáceo, apagado. Pero aquel día lo era aún más; la lluvia se cernía sobre las calles y sobre todo aquello que pululaba en ellas. Desde ventanas, alcantarillas, capotas de carruaje, caballos, personas y hasta las ropas interiores de una cortesana que esperaba con anhelo monetario que no íntimo, un cliente que le funcionase de estufa en aquella fría y húmeda noche. Susan caminaba despacio, mirando a un lado y a otro de la calle, como si esperase a alguien que reconociera su encapuchado rostro de cabellos goteantes cual rosa silvestre en medio del albor desprendiéndose de las últimas gotas del rocío nocturno, frío y húmido como aquel instante. Caminaba abstraída sin ningún tipo de plan o ruta en mente pues no conocía el paradero de su humana. No sabía dónde se hospedaba ni si lo hacía sola o acompañada, detalle que la tenía bastante preocupada pues era bien sabido que Susan Lestrange era uno de los vampiros más posesivos de los de su estirpe, y por ende cualquier criatura fuera humana o no que ella considerase suya debía serlo hasta el final de los tiempos. Sin embargo y aunque pudiese parecer curioso e incluso extraño de comprender Susan jamás se había rendido a los dominios del amor una vez adquirida la maldición, detalle que no determina que antaño no hubiese destacado por su posesividad. Uno de los principales motivos que llevaron a Drácula a convertirla pues bien sabía que aquel don tan firme en ella le haría conocedor de muchos otros poderes; no se equivocaba.
La lluvia sonaba como un zumbido seco, rasposo, como unos labios siseando entre dientes con fuerza y esmero mientras que la orquesta se conformaba por la ruptura de las gotas contra el suelo de piedra. Los carruajes también formaban parte de la banda junto a los cascos del caballo. Durante un segundo se perdió en aquel sonido cerrando los ojos sin ser consciente de ello y dejando inconexo el tiempo que lo estaba haciendo sin saber que una mirada curiosa se había centrado en ella; la sintió. Claro que la sintió aún desde su espalda, ¿pero qué razón buena era la suficiente como para que hiciese el esfuerzo de dejar atrás aquella pieza tan melódica? Ella.
Sus ojos se abrieron ante el sonido de una baqueta interrumpiendo un recital, como si el violín hubiese dejado de sonar por haberse perdido en unos ojos misteriosos que en algún instante le robaron el aliento. El vello del vampiro se erizó como hacía tiempo que no sucedía en aquella piel; blanca como el mármol o pieza de alabastro puro. Cuando su cuerpo se decidió a moverse y su cuello giró como un engranaje recién encerado pudo ver aquella sonrisa apretada con las comisuras ligeramente trazadas hacia abajo con cierto rubor marcado en sus acentuados pómulos. Y se quedó perpleja y se sintió vivir de nuevo como si realmente estuviese caminando en el mundo de los vivos sin cargas a su espalda, sin maldiciones ni muerte. Sin ataduras. De nuevo libre. Vanessa Ives bajó la mirada hacia sus manos perfectamente enlazadas la una sobre la otra como si de una escultura se tratase, a punto de poder trazarla a modo de retrato me hubiese atrevido a afirmar. Pero volvieron a ascender no contentos con tan exiguo vistazo que de una forma avariciosa fueron a apoderarse de más, esta vez con un ceño fruncido por curiosidad, curiosidad porque Susan no movió ni un músculo, ni sus cejas, ni sus labios, ni su cuerpo. Se quedó ahí, inmóvil. Entonces fue cuando la sonrisa de aquella mujer se estiró y ascendió rápidamente para volver a bajar como dando por finalizado aquel emotivo encuentro, como si de algún modo hubiese perdido la esperanza en lo que ella había creído alguien interesante. Se movieron sus pies y su cuerpo le mostró a Susan su perfil más refinado, alejándose bajo el cartel luminoso del Grand Guignol. No es que Susan hubiese deseado prescindir de sus habilidades motoras, fue simplemente que no pudo controlar su mente ni su cuerpo porque de pronto alguien se había apropiado de todos sus sentidos, y ni tan siquiera ver cómo su vestido y su perfecto recogido se alejaban logró desencantar aquel conjuro. Por llamarlo de alguna forma.
El destino a menudo juega con nosotros aunque no de una forma cruel como a nosotros nos gusta plantearnos. Como si de una cuerda atada a dos extremos la imposibilidad de desatarse es certera pues al otro extremo está quien debe ser nuestra ventura. ¿Pero por qué querer desnudarse de esa cuerda si por mucho que ésta nos oprima…, siempre será más dulce el veneno que la cura?
Vanessa Ives era el final de aquella cuerda y bastó no esperar para encontrar aunque perder sin desnudar es un duro e imposible reto.
