Cuando esos ojos de granate se posaron en ella, mostraron sorpresa, y quizá un poquito de aberración.

Una palabra salió de sus finos labios.

-¿Cordelia?


Capítulo uno:

Ayato

o

La prueba final

El silencio sepulcral duró sus buenos minutos. Después de un rato, se sintió incómodo, pero nadie sabía cómo romperlo. Para Salomé era obvio que ahí había una terrible confusión, pero ella no estaba en posición de decir nada. Karlheinz ya le había aclarado que ella no debía decir nada hasta que él mismo hubiera hecho las presentaciones.

Y, por fín, el incómodo momento fué interrumpido por unas quedas y graves risitas, que pronto se convirtieron en carcajadas intimidantes. Obviamente, eran del señor Karlheinz.

-¡Oh!...-Exclamó el padre, luchando por recuperar el aliento -¡Oh Vaya, Reiji! ¿Y te las tienes del más sensato de mis hijos? Esa ingenuidad la esperaría de cualquiera de tus hermanos ¿Pero de tí? .

-Me encantaría saber de qué hablas... O eso creo.

-Shhh. Creo que oigo a su hermanito Ayato en la sala. ¡Oh, la cara que pondra! Su reacción es la que mas me interesa ¡Pobre de aquel que vaya y le arruine la sorpresa! Salomé, ven conmigo, y no hagas nada hasta que yo diga.

Salomé obedeció. El resto se teletransportó al pasillo. Por nada se iban a perder la cara de Ayato al ver a su madre resucitada.

Si bien nunca bajó la guardia, ahora estaba más alerta que nunca. El señor Karlheinz estaba sonriendo, y se notaba el esfuerzo que hacía por aguantarse la risa. Se estaba divirtiendo, y eso no podía ser bueno. Salomé lo respetaba y lo tenía en muy alta estima, pero no era tonta.

-A... Ayato... Por favor, déjame...- Oyó un quejido lastimero. Mujer. Jóven. Menos de veinte. Y ya que los vampiros son demasiado orgullosos como para gemir así, era seguro asumir que se trataba de su señorita. Y estaba en serios problemas.

Pero no podía mover un dedo. No sin que hablara su jefe.

Karlheinz se detuvo en la puerta, a observar, y le hizo una indicación con la mano para que ella se detuviera tambien. Una chica bonita, más joven que ella, y de aspecto bastante delicado; se encontraba forcejeando para soltarse de los brazos de un chico pelirrojo. Ese debía ser el mencionado Ayato. Otro de los hijos de su jefe que no caía en su gracia.

-Cállate. Tú quieres esto.

-Dije que no... Me duele...

-¿Sabes que pienso? Pienso que me dices que no para provocarme mas...

Sentía que la sangre le hervía por dentro. Pero tenía que esperar la orden.

El pelirrojo, entretenidísimo, comenzó a meter la mano bajo el suéter rosa. La pequeña chica estaba a punto de hecharse a llorar. Era obvio que ella NO quería eso. Ella NO estaba disfrutando esa situación.

Ni un músculo. No hasta que él dijera...

-Anda- Le susurró el señor Karlheinz. -Muéstrame qué tienes.

Por fín.

-Si señor- Dijo Salomé, con una humilde reverencia, y una discreta sonrisa de satisfacción. Y se lanzó a hacer su trabajo...

Cuando Ayato pudo reaccionar, estaba tirado en el suelo, a unos buenos quince metros de donde estaba, de la plana, y de...

Ooooohh no. Oooh no, no, no, no.

Quizá estaba viendo mal. No, no quizá. Tenía que ser así. O estaría alucinando por el golpe. O quíen sabe (y a quién carajos le importaba) pero eso no podía estar pasando. No podia ser ella. Ella no podía estar ahí.

Se talló los ojos de manera casi caricaturesca. No, no había visto mal. Era ese cabello lila que veía en su hermano todas las noches, y esos mismos ojos dorados que siempre veía en el espejo.

"Carajo"

-Tsk. Bién dicen que mala hierba nunca muere. Pero incluso para ser un demonio has provado ser una peste bastante resistente.- Siseó el chico, a la vez que escupía un diente.

-Perdóneme, pero estoy segura de que me confunde. No creo haberle visto antes.

Por un momento, la mente de Ayato quedó en blanco.

No. Eso si que no. Eso era imposible. Ella no se había olvidado de él. Esto era otro de sus trucos. Y uno muy malo ¡Pero qué tonta! ¿Qué rayos pretendía?

-¿Crees que me vas a engañar a mi, querida madre? ¿Crees que, con sólo decirlo, me vas a convencer de que me has olvidado? No sé que estés buscando ahora, pero me importa un carajo. Ahora estoy ocupado. Esa niñita caliente se muere por que la muerdan, y voy a hacer sus sueños realidad.

La chiquilla se escondió detrás de Salomé y se aferró a ella por los hombros. Sentía como temblaba, muerta de miedo, e incluso sus lágrimas traspasaban el uniforme azul de la sirvienta. No era la primera vez que veía a una niña en una situación similar. Esa chica le traía tantos recuerdos de los tiempos después de Sahmeed, cuando pasó lo desagradable...

¿Por qué eran así los abusivos? ¿Por qué decía ese chico que ella quería todo eso? ¿Es que no veía esas lágrimas? ¿O esos ojos horrorizados? ¿Es que no la veía temblar? ¿Es que no oía su llanto y su voz temblorosa? ¿Acaso no entendía lo que significaba "no"?

Decidió, en ese momento, que odiaba a ese chico. A ese tal Ayato.

-Me quedan claros sus deseos, joven. Lamentablemente, fuí contratada precisamente para impedir cosas como esta. Entienda que no puedo permitirle seguir.- La criada no perdía la calma. Incluso se atrevía a sonreírle de esa manera misteriosa al jovencito.

Ayato hallaba esa sonrisa un tanto odiosa.

-Bien. Si insistes.

Y con eso, Ayato se lanzó hacia esa criada, dispuesto a devolverle el favor de hacía unos momentos y arrojarla a la pared de un sólo manotazo. Corría seguro, levantó el brazo y...

Salomé aprovechó el instante en que vió que el chico desprotegió su estómago, y justo cuando él ya no pudo reaccionar, le dió de lleno con la rodilla, y le sacó el aire. El pelirrojo cayó redondo al suelo, en posición fetal y cubriéndose el vientre con ambos brazos. Si tan sólo se hubiera cubierto antes...

El rodillazo de Salomé calló por completo los rumores del pasillo. Las cuatro cabezas miraban fijamente el vergonzoso escenario en el que uno de los suyos había sido derribado tan fácilmente por una humana. Incluso el rey de los vampiros esperaba que su hijo diera, al menos, una lucha más larga.

Y la humana todavía no bajaba la guardia.

-Padre ¿Es que no vas a detener esto?- Murmuró el elegante muchacho de lentes, a un volumen que sólo los que observaban desde el pasillo podían oír.

-En un momento, hijo. Esta es su prueba final. Tenemos que ver a la chica en acción.

La sonrisa y la mirada fija del vampiro mayor sugerían con bastante seguridad que ese "tenemos que" era mas bien un "quiero". Aunque había que admitirlo, hasta ahora todo indicaba que esa pequeña pelea iba a ser un espectáculo digno de estarlos espiando desde el pasillo como viejas chismosas de lavandería.

Salomé sonrió un poco de gusto al ver a ese abusivo en el suelo. En su opinión, no había otro lugar para hombres como él, aún y cuando su contrato la obligara a tratarlo como a un superior.

Aporrearlo cada vez que se acercara a la chica iba a ser una parte divertida de su trabajo.

Se giró para ver a su señorita. La pobre chica seguía sollozando, muerta de miedo. Salomé la rodeó con los brazos.

-Ya, ya, señorita.- Le susurró a la niña, mientras acariciaba su cabeza rubia para calmarla.

Después de un minuto, consiguió que dejara de llorar y la mirara. -Así está mejor. Ahora, por favor, dígame su nombre.

La chica seguía temblando un poco. Miraba a Salomé como si nunca hubiera visto nada parecido a ella (y probablemente, asi era). Tardó un rato en hablar.

-Komo-ri. Yu-Yui Ko-mori.- Consiguió artiular entre sollozos. Salomé le sonrió, pero no con su sonrisa misteriosa, sino con una sonrisa cálida que no mostraba muy seguido. Acto seguido, hizo una reverencia de lo más formal, y besó la mano de su señorita.

-Mucho gusto, señorita Komori. Me llamo Salomé, y estoy a su...

-¡NO!

Antes de que pudiera voltear, Salomé ya había impactado contra la pared, al otro lado de la habitación. No sintió al chico acercarse, ni siquiera sintió cuándo se había levantado. Un golpe así siempre había sido suficiente para noquear a un hombre adulto, pero para un humano. La verdad, no tenía a nadie más a quién culpar mas que a ella misma. Jamás debió bajar la guardia.

Se levantó de un brinco y arremetió a toda velocidad contra Ayato, de nuevo. Pero esta vez, el vampiro la atrapó antes de que ella lo tocara, y de un giro, la quitó del camino. O eso intentó, porque Salomé se aferró con fuerza a su brazo, y cayeron los dos al suelo. Ella encima de él. Luego, él encima de ella. Era una pelea bastante intensa.

-Basta. Destrozarán la sala. Si no detienes esto tú, lo haré yo.- De nuevo, murmuraba el chico de lentes. Karlheinz volteó a verlo con una mirada de disgusto, pero de inmediato esa mirada se convirtió en una sonrisa relajada.

-Adelante, hijo...

-Bien.

-... Tus hermanos parecen estarlo disfrutando, pero yo no te detengo.

El joven se detuvo, y giró la cabeza. Sus hermanos le clavaban la mirada acusatoriamente. Los dos hermanos más pequeños se les habían unido en el pasillo desde lo que se podría llamar "el segundo round". Normalmente, controlarlos con intimidación era cosa fácil, pues se odiaban a muerte entre ellos, y nunca conseguían organizarse para nada, por lo que sólo tenía que afrontarlos uno por uno. Pero esas miradas encendidas le hacían sentir que , sólo esa vez, estaban realmente unidos bajo la noble causa de ver mas sangre.

-...

-¿Hijo?

-Como me rompan algo, sabrán de mí.

Karlheinz se rió en su interior.

Ya iban más de veinte minutos de la pelea intensa. Salomé había conseguido salvar casi todas las cosas frágiles de la sala. Ambos habían asestado y esquivado varios golpes, ambos sangraban. La diferencia era que Ayato, como vampiro, se regeneraba casi inmediatamente y podía seguir bastante tiempo, pero la humana ya estaba agotada y muy adolorida. No podría aguantar mas de media hora...

Y, de pronto, como si fuese una epifanía divina, recordó dos frases específicas de su adversario:

"Pero incluso para ser un demonio..."

"¿Crees que me vas a engañar a mi, querida madre?"

Conque su madre era un demonio. Entonces, eso lo hacía a el un... Oh... Oh, vaya, vaya,vaya... Pues esto le cerraba puertas, pero le habría ventanas. Y por mandato del jefe no podía matarlo, pero... Si, temdría que ser así. Si no lo detenía ahora, la mataría. O peor, romperían algo de la casa.

Esperó un instante de distracción del pelirrojo para quitárselo de encima, y corrió hacia su señorita.

-Señorita, no hay tiempo, necesito que confíe en mí. Quédese aquí, y no se mueva. Cierre los ojos, y no los abra, pase lo que pase. No importa qué oiga o sienta, no se mueva y no abra los ojos. Prometo que estará a salvo ¿De acuerdo?

-Bi-Bien.

Y ahora, a "buscar refugio" atrás del sofá más largo.

Ayato no entendía por qué ese demonio se estaba rindiendo ahora, pero era obvio que estaba buscando un escondite. Quizá era el agotamiento. Fuera como fuese, le había dejado la vía libre hacia la plana.

Aunque sentía algo fuera de lugar, lo ignoró. Siguió caminando a su ritmo hacia ella. Esa patética niñita estaba a punto de romper en llanto otra vez ¡Excelente! Le gustaba hacerla llorar; su cara de sufrimiento lo divertía de una manera inexplicable. Unos pasos más, la tomaría de la muñeca y...

Aún y con el silenciador, el disparo se oyó por toda la mansión. Una tercera parte de la cabeza de Ayato se encontraba esparcida por el suelo. Y para hacer las cosas más grotescas, el globo ocular había salido más o menos intacto, y miraba hacia el pasillo.

Un chico de botas blancas entró corriendo a la sala.

-¡¿Qué... QUÉ HAS HECHO?!

Salomé levantó la vista. Era un muchachito muy mono. Albino, de ojos rojos, y esas botitas se le veían adorables.

-Oh. Pues verá: Soy la nueva aya para la novia del sacrificio, y este chico...

-¡Pero...¿Tenías qué matarlo?!

Salomé lo miraba, sin comprender. Luego bajó la vista hacia Ayato. Y luego la volvió a levantar.

-Oh, no hablará en serio...

El albino pasó del shock a la ira. De verdad había querido creer que esa no era la odiosa mujer demonio que tantos problemas había causado. Pero esa reacción tan fría...

-¡Te hablo muy enserio! ¡Maldita! ¡Lo que has hecho es... Es...

-Brillante.- Irrumpió el elegante joven de lentes.

Todos voltearon a verlo, en silencio.

-¿Pero qué rayos te pasa? ¡Le acaba de volar la cabeza a Ayato!

-Subaru, deja de avergonzarte a tí mismo y guarda silencio, por favor.

Subaru iba a decir algo, pero todos los demás parecían estar de acuerdo con su hermano mayor. Aparentemente se trataba de algo muy obvio para todos, menos para él. Y aunque no fuera así, nadie iba a ser el primero en admitirlo.

-Reiji, en lugar de ser cruel con tu hermano ¿Por qué no le explicas las cosas, como buen hermano mayor?- Comentó Karlheinz.

Reiji. Entonces ese era el nombre de ese elegante joven. Sakamaki Reiji.

Decidió repasar los nombres que ya había oído, pues al parecer nadie haría las presentaciones ahora. Su señorita era Komori Yui. Y el chico que la había atacado, a quien acababa de volarle los sesos, era Ayato. El adorable niño de las botitas, Subaru. El perezoso rubio que les abrió la puerta, Shu; así lo había llamado el castaño de mirada libidinosa. Pero del castaño no había oído el nombre, ni del extraño niñito de mirada demencial y cabello como el suyo, que apenas iba entrando a la sala. Los averiguaría en cuanto tuviera tiempo.

Ah, si. Y todo indicaba que en esa casa vivió alguna vez una mujer idéntica a ella, llamada Cordelia, un demonio que se había ganado el odio de uno de sus hijos. Y los hermanos estaban convencidos de que ella era esa mujer demonio.

-Me parece mejor que lo explique la propia Salomé. La hazaña perdería toda su genialidad si no supiera qué la vuelve brillante.

Así que todas las cabezas se tornaron ahora hacia la nueva aya. Todas menos dos, una que seguía esperando autorización para abrir los ojos, y otra que... Bueno, que sólo era media.

-Bueno- Comenzó la morena. -No sé si sea algo digno de llamarse brillante. Sólo ha sido cosa de lógica. Un vampiro no morirá tan fácil como un humano; algo que destruya partes, pero no el todo, resultará en nada más que la regeneración de las partes perdidas, cuyo tiempo dependerá de la importancia vital de los órganos dañados, y del poder del propio vampiro, siendo el cerebro el unico organo con el cual se le podría dar muetre a ambos, pues toda funcion vital depende de éste. Confío en que esto no sea nada nuevo para ninguno de los presentes.

Ahora bien, a un demonio no se le puede eliminar por completo si no se destruye el corazón.

El joven Ayato no es enteramente vampiro, sino que es un mitad demonio, por parte de su madre. Siendo así, aunque se destruya el cerebro lo regeneraría, como cualquier otra parte, pues como vampiro, se regenera, y como demonio, no muere.Básicamente, le he inducido al joven un coma grotesco de... unos cinco días.

-Un coma de cinco días- Interrumpió Karlheinz. -Menuda forma de explicarlo. Pero has expuesto bastante bien la idea. Es obvio que sabías lo que hacías. Felicidades, Salomé. El puesto es tuyo.

-Se lo agradezco, señor.

Y con eso, el rey de los vampiros dejó la mansión, y lentamente todos los hermanos se fueron a sus habitaciones. La sala se quedó sólo con tres personas...y media.

-Salomé- Habló el joven Reiji, el último de los hermanos conscentes en la habitación -Cuando termines de limpiar aquí, pasa al estudio. Necesito tratar un par de cosas contigo.

-Si, señorito.

También se desapareció.

Ahora estaban ellas dos. Y el cuerpo de Ayato que se regeneraba muy lentamente.

-Señorita, no abra los ojos aún. La llevaré a su habitación y volveré a recoger...

-¡No! ¡No me dejes sola!

La señorita Yui ya no estaba llorando, pero seguía muy nerviosa ¿Cuánto tiempo llevaría aquí? ¿Cuántos abusos habría recibido hasta ahora? Esta pobre niña estaba traumatizada. Y se veía tan linda, y fragil, y pequeña ¿Acaso todos ellos eran así con ella? ¿Cómo podían...?

Caminó hacia ella, se sentó a su lado y la abrazó. Su cuerpecito se sentía cálido, y seguía temblando un poquito. Más o menos un minuto después, volvió a la calma.

-Puede abrir los ojos. Pero voltee a verme a mí, señorita Komori. No mire nada más. ¿Se siente mejor?

-Si, gracias, ehh...

-Salomé, señorita.

Yui sonrió. Salomé nunca había visto una sonrisa tan honesta, no desde...

-Salomé.

-Así es. Como le decía, soy su nueva aya y estoy a su servicio.

-Aya. Eso es como una sirvienta ¿No?

-Precisamente, señorita ¿Hay algo más que pueda hacer por usted?

-¿Me dejarías... Quedarme a esperarte? No quiero estar sola...

-Por supuesto, señorita.

-Oye, y...

-¿Si?

-No... No me llames "señorita Komori". Yui está bien.

-Señorita Yui, entonces.

-No, no. Sólo Yui.

-Oh, ha ha ha, no lo creo. Usted es mi señorita. No vamos a dejar las formalidades de lado así como así. No me lo perdonaría.

Al parecer, había hecho un chiste graciosísimo, porque esa chica que antes lloriqueaba y temblaba en sus brazos, ahora estaba luchando por aguantarse las lágrimas de la risa. Y estaba perdiendo.

-Oh, Salomé. Te irá de maravilla con Reiji.

-¿Eso cree?- Salomé volteó a ver al suelo como quien no quiere la cosa.

-Oye, Salomé...

-¿Si, señorita Yui?

Yui se le quedó viendo un rato, como con curiosidad. Después volvió a sonreírle.

-No es nada. Limpiemos eso, después te guiaré al estudio.

-Oh, no. Nada de eso. Usted no vá a tocar ni a limpiar nada. No voy a dejar que se manche las manos así. Espéreme aquí, no tardaré.

Yui lanzó un resoplido de protesta, pero obedeció. De verdad que esta niña era lindísima. Quízá haría buena pareja con el niño de las botitas, Subaru...

Salomé pasó la vista por la sala. A pesar de sus mejores esfuerzos, aquello era un desastre. La mesa de café estaba partida en dos, la chimenea había recibido un buen golpe, la alfombra y la pared que había recibido la bala estaban bañadas en sangre y sesos; y a eso había que agregarle adornos y figurillas destrozados.

Yui estaba algo impaciente, no era buena para esperar y quedarse quieta, y además seguia nerviosa por lo de hace rato. Sentía que llevaba una eternidad esperando, cuando por fín le habló su aya. Pero para ser justos, Salomé no tardó ni cinco minutos en dejar ese lugar como nuevo. Yui nunca vió qué tan mal había quedado, ni qué hizo exactamente su aya, pero era un tiempo asombroso, cuando menos.

-Listo, señorita. Vámonos.

Y salieron de la sala. Salomé iba adelante. Yui se volteó a inspeccionar la sala de corrida. Efectivamente, la había dejado justo como la había encontrado. Nadie podría decir que ahí hubo una pelea.

Incluso... Lo que se destruyó en la pelea... estaba como nuevo, y en menos de cinco minutos.


Bueno, ahora si. Subí dos de una vez porque estos se quedan casi igual, pero suficiente por hoy. Nos vemos el domingo (o sábado a la tarde, si puedo).

-Matta nee.