"Estás castigado por un mes por el hoyo en la pared de la sala, y con cada nuevo incidente será otro mes. Y lo pasarás como asistente de Salomé. Debes completar, por lo menos, tres horas al día. Ella te dirá qué hacer. Cosas que yo he autorizado. Empiezas mañana."

"¡Pero no puedes dejarla a cargo de mí!"

"Ah, no te gusta ¿Verdad? Bueno, entonces empieza a cuidar tu carácter."

"¡No! ¡Pero…!"

"Buenas noches." Dijo, y se fue.

Y es así como he caído en manos de esa sirvienta. Esa a la que de verdad he hecho enojar.


Es viernes y el cuerpo lo sabeee :D

Y mi nuevo propósito de publicar a tiempo tambien, así que aquí está el nuevo capítulo. El primerito que no es resubido.


Capítulo 5:

Salomé-Subaru

o

La primera noche de castigo.


-¡¿Qué dijiste?!- Preguntó Subaru, asustado. Eran las seis de la mañana, y la mansión ya había quedado en silencio, excepto por ellos dos. Estaban él y Salomé en el gimnasio de la mansión, donde Ayato solía practicar esgrima cuando era niño.

-Oh, vamos. Pensaba que a usted le encantaba la violencia.

-Pues no, no me encanta ¡Y no lo haré!

Resultaba que "ser el asistente de Salomé" consistiría en ayudar a la sirvienta a entrenar en combate, una hora cada dos noches, y esta ayuda sería, en pocas palabras, servirle de oponente. ¿Pero qué carajos le pasaba a Reiji? ¿Acaso no recordaba el incidente de la sala? ¿Es que no se había dado cuenta de que esa salvaje había noqueado a Ayato por cinco noches? ¿Cómo podía entonces haber aprobado esto?

-De acuerdo. Le propongo algo- Dijo la sirvienta, con mirada felina; al tiempo que abría el gabinete de armamento. Esto llamó su atención. Y no le gustaba ¿Ahora qué sería?

-Te escucho- Salió de la boca del albino. No le gustaba, sí; pero no podía con la curiosidad. Después, un escalofrío le subía por la nuca. La sirvienta había sacado un par de cuchillos.

Y le tendió uno.

-Pelee contra mí. Sólo una vez. Si gana, lo dejaré en paz.

-¿Cómo?... ¿Sólo hoy?

-Así es.

Vale, pues la idea de una pelea sí que era tentadora, pero…

-No… Olvídalo, me volarás la sesera a mí también.

-Prometo que no lo mataré. Y puede estar tranquilo, yo no fallo a mi palabra.

"No. Como tampoco fallas nunca a tu palabra de cuidar a Yui."

Sin embargo, se dio cuenta de que, de hecho, tenía dos razones para no desconfiar de la sirvienta. Una era el propio Reiji, él no permitiría que lo mataran tan fácilmente. Es decir, el tipo era un maldito, de eso no tenía la menor duda; pero no tenía un pelo de tonto. Si aprobaba de ese castigo y la sirvienta acababa con él, su padre… Bueno, su padre no lo dejaría pasar, precisamente.

Claro que no por proteger a su hijo. Su padre era el único hijodeputa más grande que Reiji, en la opinión de Subaru. Pero había algo en ese maldito, algo que no sabía identificar, pero cada vez que Subaru se pasaba de la raya y estaba seguro de haber firmado su sentencia de muerte, ese algo saltaba en su padre, y él terminaba con un severo castigo, a lo mucho. ¿Golpes de culpa? ¿Ataques de misericordia? ¿Planes a futuro? Fuera lo que fuera, una cosa era segura: Su padre lo quería vivo.

La otra era que, a pesar de que ella sabía perfectamente lo que ellos eran, Salomé había escogido pelear con cuchillos normales. Cuchillos que podían matarla a ella, pero no a él. Dicho de otra forma, la sirvienta estaba dejando su vida en las manos del chico. Subaru se tomó esto como un gesto de honor, quizá hasta de confianza. Algo que no se habría esperado de un humano, y menos de ella.

Conque si bien no se podría decir que Salomé se hubiera echado al bolsillo al chico, ciertamente lo había agarrado desprevenido con esa agradable sorpresa. Subaru no estaría listo para decir que la había juzgado mal, pero seguro quería quedarse otro rato, a ver que más sorpresas traía esa mujer.

El chico sonrió, decidido.

-Guárdate ese juguetito. Yo ya tengo uno propio.


Estaban en el círculo central del gimnasio, separados dos metros y con la vista fija en el oponente. Subaru había tomado cinco minutos para cambiar sus rígidos vaqueros y su pesada y calurosa cazadora por unos cómodos pantalones deportivos y una remera de algodón. Salomé también había cambiado su uniforme por ropas de combate especiales (una pieza de cuerpo completo, negra y sin mangas) pero había entrado así al gimnasio.

Acordaron pelear descalzos, y aunque al vampiro le dolió un poco desprenderse de sus botas, accedió sin pelear para no arriesgar a la sirvienta. De hecho esa parte, calculaba él, iba a ser una verdadera molestia.

Sí, la chica había acabado con Ayato, pero sólo porque el tipo era tan engreído que no podía ver sus idioteces. Salomé era una humana peligrosamente ágil, y bastante fuerte; pero no dejaba de ser una humana. Además, el combate cuerpo a cuerpo nunca fue el fuerte de Ayato, pero con el cuchillo nadie le ganaba a Subaru Sakamaki.

-3…- Dijo ella. Subaru dobló un poco las rodillas, presto para correr y abalanzarse sobre ella.

Salomé no le había puesto ninguna regla, más que perdía el primero en ser apuñalado. Esto le podría haber parecido una cortesía a ella, pero a él sólo lo tentaba más a luchar sin limitaciones, sin limitarse a usar sólo su cuchillo blanco.

-2…- El silencio era total, salvo por la voz de la sirvienta. El uno indicaba la luz verde, la salida, el inicio de uno de los combates más rápidos de la historia.

-1...


Y antes de darse cuenta, el albino tenía un cuchillo bajo las costillas.

Tardó unos segundos en salir del estupor ¿Pero qué rayos pasó? La sirvienta dijo uno, luego él se abalanzó corriendo sobre ella, con el cuchillo blanco apuntado a su cuello, pero en el último segundo ella tropezó o algo así y...

Pensando eso, revivió la pelea con Ayato. Mas precisamente, el inicio (que le tuvo que sacar a Laito) cuando ese maldito egocéntrico se abalanzó sobre la sirvienta, sólo para ser recibido por su puño que le sacó el aire del estómago. Ahora él se abalanzó sin más, y no vio el instante en el que esa humana, con un rápido movimiento, lo recibió con una puñalada certera. Una repetición casi exacta.

Maldita sea. "Deja que se acerque el contrincante" era una estrategia que conocía desde pequeño. Y ella la acababa de usar hacía tan poco ¿Cómo no previó que haría lo mismo hoy? Maldita sea una y mil veces. Ahora le parecía tan penosamente obvio... El único consuelo que le quedaba era que todos los demás estaban demasiado ocupados para ver ese entrenamiento.

-O... ¡Otra vez!- Clamó el albino, sin saber bien por qué gritó. Tampoco supo muy bien por qué le sorprendía que la sirvienta se hubiera limitado a asentir y retomar su posición en el círculo de inicio.


El resultado de esa batalla fue el mismo.

Y el mismo de las siguientes tres.

Para ese punto, Subaru había entendido un par de cosas. Una era que, definitivamente, se apresuró en juzgar a la sirvienta; no peleaba sucio, pero no era ninguna tonta, ni se dejaría ganar. Otra, era que la sirvienta usaba una técnica diferente a la suya: Subaru peleaba con ataques rápidos y directos, casi golpeando con el cuchillo, pero la sirvienta usaba todo el cuerpo, tanto para esquivar como para desorientarlo. También entendió que, a pesar de que no podía ganarle, no podía dejar de pelear.

Se había tenido qué defender de sus hermanos, de chicos en las calles, de gente extraña; había tenido todo tipo de peleas. Pero en los entrenamientos nunca había nadie. Practicaba solo, así como creció solo. Nunca había tenido una batalla amistosa. Y hasta ahora nunca lo había echado en falta. Pero la verdad es que era demasiado agradable pelear contra algo más retador que costales de grano y bultos de tierra.

Carajo. Le gustaba su castigo.

-De nuevo.- Volvió a decir el chico. Habían tenido otros tres encuentros ininterrumpidos.

-No. Suficiente por hoy, joven.

-¡¿Q...Qué?!

-Llevamos hora y media peleando. Ha cumplido su cuota de hoy con creces. Dejémoslo por hoy.

-Pero aún no te he vencido. Y no quiero irme hasta que lo consiga.

-Oh ¿Qué no ve que todavía tengo que ordenar este desastre? Además ya me ha roto tres costillas y me ha dislocado un hombro ¡Apiádese de mí, joven!- El gimnasio estaba perfectamente preparado para prácticas de combate, por lo que el desastre consistía únicamente en un reguero de sangre de ambos.

Subaru bajó la cabeza.

-Vale, supongo que de todas maneras no puedo vencerte.

-Yo no sería tan pesimista.

-No seas condescendiente. No has perdido una sola pelea de ocho.

-Eso podrá ser cierto, pero también ha aumentado considerablemente el tiempo de los encuentros. Este último ha durado casi media hora. Debería estar muy orgulloso.- Dijo Salomé, con una sonrisa. Una sonrisa de verdad.

Mierda ¿Por qué tenía que sonreírle así? De pronto sintió ardor en el rostro, y sabía que no tenía nada que ver con los golpes.

-Pero joven... ¡Si se ha puesto colorado!

-¡Claro que no!

-Oh, no me diga que es por lo que le dije.

-¡No, claro que no es eso!

-Entonces será porque una chica linda le ha sonreído.

Su cara ardió el doble. Y ella sólo reía y sonreía de la misma manera tan cálida. Esas sonrisas eran otra sorpresa de la sirvienta. Pero no dejaba de mirarlo.

-¿Qué...Que tanto me ves?

-Usted es simplemente perfecto.

Su cara estaba prácticamente en llamas.

-D... Déjate de tonterías. Anda, limpiemos todo esto para poder seguir con nuestras vidas.

-No joven. Déjemelo a mí. Usted salga y vaya a asearse...

-¡Muy tarde!- Oyó su voz, mucho más a lo lejos que hacía cinco segundos. Buscó el origen de la voz y se encontró con el chico, al otro lado del gimnasio y con dos trapeadores, una cubeta de agua y trapos. Uno de los cuales Subaru decidió mojar en la cubeta y arrojarlo con una puntería maestra al rostro de Salomé. Y ella estaba tan molida que ni siquiera reaccionó a tiempo.

-Pero… ¡Es que ha perdi…

-Muévete, que no tengo tu tiempo.

Vale, era más diligente que su señorita y no tenía ni la mitad de modales que el joven amo (y justo por eso, ahora ella no podría limpiar "a su manera" sin ser descubierta). Pero al menos no era un completo apático como el rubio pelele que la recibió, ni un salvaje abusivo como los mellizos. Este sería un mes muy divertido.


Tardaron poco más de media hora limpiando. Salomé se despidió amablemente y se fue con la niña. Subaru se fue a su habitación, a darse un baño. Y luego, a meditar otra vez en su querido ataúd.

¿Qué rayos fue eso? ¿Toda la tarde, que pasó? ¿Y al final? ¿Por qué rayos se había colorado así? ¿Qué rayos pasaba con él y Salomé? ¿Acaso no la odiaba y le temía cuando despertó esa noche?

Vale, en verdad que la había juzgado mal. La chica sabía pelear, de eso nunca tuvo dudas, pero tampoco era peligrosa. Bueno, no sin una buena razón. Y quizá fue poco ortodoxo lo que hizo con el engreído, pero fue porque no tuvo alternativa; y ahora lo comprendía. No era la asesina brutal que había pensado.

Aparte, tenía honor. No podía dejar de pensar en eso. Peleaba con todo lo que tenía, pero no de manera sucia. Dependía de sus habilidades y no de ventajas turbias. Y no lo empequeñecía, ni lo humillaba, como todos a su alrededor. Lo había tratado como a un igual ¿Pero todo eso qué significaba? ¿Sería acaso que le gustaba?

Por ella, hasta ahora, sentía admiración, confianza, y curiosidad. Su traje de batalla revelaba mucho más que el uniforme de sirvienta, y tenía que admitir que le sorprendió un poco que tuviera tan buen cuerpo. Pero eso fue todo, no sintió ningún tipo de emoción o nervios. Ni siquiera cuando sus cuerpos se tocaban inevitablemente en los encuentros. Simplemente se divirtió como nunca con una amiga...

...¿Amiga?

Bueno, quizá era muy pronto para llamarla "amiga". Él era un chico bastante solitario, pero aunque estuviera rodeado de gente, estaba seguro que a muy pocos los llamaría amigos. Pensándolo bien, nunca en su larga vida había llamado a nadie su amigo. Sentía que ése era un término muy especial, para alguien que es realmente cercano a uno.

"Quizá ella... Algún día..." Se dijo, sonriendo por dentro.

Cerró los ojos.


Casi siempre torturo a mis personajes en nombre del drama y el suspenso, pero este capítulo es bonito y feliz. Se siente bien no tener ideas fatalistas todo el tiempo :D

-Matta nee.