''Apuntada''.

Jamás, en toda mi vida, había utilizado un arco. Jamás. Yo no podía cazar animales en las afueras del Distrito Doce por toda la sangre y el repugnante sonido de la carne siendo cortada por algo punzante. No obstante, el hecho de que la primera vez en mi vida utilizando un arco, o cualquier arma, saliera tan bien me hace repasar todo lo que sé de mí misma. ¿Es verdad que no soy una asesina sin corazón? ¿O quizás eso es lo que yo quise pensar?

Dejo el arco resbalarse de mis dedos en cuanto lancé la primera flecha. No sé como he lucido para los demás tributos y, probablemente, he echado a perder todo mi plan de ser discreta y débil. Ahora deben estar apuntándome como primera en su lista a matar. A menos que sea su aliada. Y eso no pasará.

Al principio, miro al suelo y muevo mi cuerpo lentamente en media vuelta, pero, al darme cuenta de que todos me están viendo, alzo la cabeza y camino con pasos seguros hasta otro puesto. En cuanto me instalo en el puesto de nudos, dejo escapar aire que no sabía que retenía. ¿Qué he hecho?

Pienso que quizás Kristoff falló a propósito así me dejaría a mí con el peso de tener que hacerlo mejor para mostrarle a los otros tributos, pero sé que, aunque puede ser verdad, no lo creería tan cruel.

— Lo hiciste muy bien allí afuera —oigo una voz suave a mis espaldas y me volteo con tanta brusquedad que parece que estoy asustada. La voz proviene de la chica de cabellos rubios del Distrito Nueve—. Los profesionales se quedaron callados después de eso y casi todos te tienen miedo.

Lo dice con tanta naturalidad que me cuesta creer que sea verdad. Miro encima de su hombro y compruebo lo que ella dice. Muchos tributos nos miran disimuladamente, susurrando cosas a sus compañeros de distrito. Siento un extraño rubor subir por mis mejillas y niego con la cabeza varias veces, regresando mi vista a la chica rubia.

— No creo que los profesionales me tengan miedo—comento, juntando mis cejas. Los ojos verdes de la tributo sonríen.

— Bueno, la mayoría lo hace. Los del Cuatro te quieren como aliada, los del Uno te temen, el chico del Dos piensa que eres un chiste y la del Uno te quiere matar.

— ¿M-me quiere matar? —pregunto, asustada hasta los huesos. Las piernas me tiemblan. ¿Qué he hecho?

— Yo no me preocuparía por Mérida, honestamente. La razón de sus amenazas es porque usas la misma arma que ella —dice la rubita y mira fugazmente sobre su hombro, buscando a la pelirroja con la mirada. He visto la mirada decidida que Mérida tiene. Si ella me quisiera matar, es una razón para perder el sueño.

— ¿Usa el arco?

— Pues claro, no me la imagino con otra cosa— dice la chica y se acerca a un pedazo de soga color arena sobre la mesa de metal —, me llamo Rapunzel, como la flor, y tú debes ser Elsa —al decir esto, me ofrece la mano, para estrecharla. Yo la tomo brevemente antes de dejarla caer.

— ¿Cómo sabes mi nombre? —pregunto, estúpidamente atando un nudo sobre la cuerda enfrente de mí.

— Querida, aquí todos saben tu nombre —al ver que mis ojos se abren como platos, ella añade rápidamente—, por tu traje en el paseo. La chica en llamas, o así es como te llaman los presentadores.

— ¿Chica en llamas? —pienso, asqueada. No podría ser la chica en llamas, yo soy puro hielo y frío.

Rapunzel se encoge de hombros con gracia.

— Fue bastante alucinante.

— Sí, pues créeme, yo no soy de fuego.

— Claro que no, eres la chica en llamas no la chica de llamas —explica y me mira como quién mira a una boba. Me encojo ante su mirada verde. Soy más alta que ella, y tenemos la misma complexión de cuerpo, pero su cabello es más dorado y tiene la piel mucho más bronceada.

— No me gusta el fuego. Bueno, en realidad no me gusta el calor —explico y me acerco al instructor del puesto de nudos. Ahora que la gente cree que puedo usar un arma, me toca aprender trampas o algo.

Paso las siguientes dos horas aprendiendo complicadas trampas con Rapunzel a mí lado y callada. De hecho, agradezco que esté callada y no haga más comentarios sobre las elecciones de matanza de los demás tributos. No puedo evitar dar un respingo cada vez aque oigo una lanza dar contra las tablas de puntería. No he volteado a ver atrás mío y no pretendo hacerlo.

Entonces nos llaman al centro del gimnasio y mi corazón se acelera. No quiero estar cerca de los demás y si tengo que ser sincera, estoy aterrada.

''No tengas miedo'' suena la voz de Anna en mi cabeza. Pero eso siempre era fácil para ella, el no tener miedo.

— Deberíamos ir —dice Rapunzel, tomándome del brazo con suavidad. Pienso en apartarle la mano, pero su toque cálido es reconfortante y no asqueroso. Como si tuviera el sol dentro de ella. Me conduce hasta donde se encuentra un semi-círculo de tributos, todo mirando atentamente a Atala. En cuanto nos unimos, me encuentro en la esquina y al lado de Rapunzel está el chico castaño del Dos. Es incómodamente alto, con mejillas rellenas y pecas sobre ellas. Me sorprende mirándolo y yo volteo al frente con una rapidez inhumana.

— Es guapo, ¿no es así? —pregunta la rubia, deslizando su mano por mi brazo hasta tomarme de la mano. No me aparto, pues en la hora que nos hemos conocido, siento afecto por ella. Como si fuera frágil.

— ¿Quién? —pregunto yo, a la vez que intento esconder el rubor en mis mejillas. Me ha cachado observando al chico del Dos.

— El chico del Siete—replica con una sonrisa cómplice y lo señala con su cabeza. Estoy confundida, así que miro más allá del chico del Dos, y compruebo que el del Siete, el hermano de cabellos castaños, está a su lado. Ella creyó que yo lo estaba observando a él. Oh Dios.

— No lo sé, ¿tú lo consideras guapo? —pregunto casualmente, como si no me importara. Ella parece obvia.

— Pues claro, sus ojos castaños son adorables —replica, dando un suspiro exagerado. ¿Cómo puede pensar en la belleza de los que pueden matarla?

Niego con la cabeza, decepcionada. Ella parece darse cuenta y se pone muy seria.

— Lamento si te ofendí —dice, y aprieta mi mano. Volteo a mirarla, ¿ofenderme? Claro que no, ¿qué le pasa? —, es solo que no he pasado mucho tiempo fuera de mi casa.

— Nadie ha pasado mucho tiempo fuera de casa —replico, sorprendida. Es obvio—. Está prohibido viajar de un distrito a otro.

— No hablo de mi distrito— dice ella, y mira al suelo, como avergonzada. La confusión se hace remolinos en mi interior. Pienso en preguntar, pero en cuanto abro la boca Atala comienza a hablar.

— Tributos, lo que están a punto de hacer, son actividades obligatorias y no pueden pasar de ellas —indica con tanta autoridad que me encojo ante su tono de voz. Rapunzel parece notarlo y me sonríe, compasiva.

Atala nos hace alinearnos en orden de Distrito y soltar a Rapunzel ha sido más difícil de lo que creí. Me pongo hasta atrás de la fila que se ha formado en segundos, justo atrás de Kristoff, a quien no volteo a ver en ningún segundo. Quizá fue su culpa, quizás no. Pero definitivamente sé que lo estoy subestimando.

Nos conducen a una parte del gimnasio donde se han puesto paredes que simulan perfectamente rocas enormes. Hay dos, y cada una está separada de la otra por algo así como cinco metros, con un pasamanos en medio. Algo me dice que tendremos que escalar esas rocas y trepar en el pasamanos hasta llegar al otro extremo.

Mi estómago se revuelve con nerviosismo. Soy la última en pasar. Todos me verán.

Atala explica lo que tenemos que hacer y es exactamente lo que yo pensé. Echo un vistazo a los profesionales, y todos se sonríen con sorna, a excepción de los del Dos. Mérida parece decidida, y el castaño pecoso asustado.

— Muy bien, en cuanto suene el silbato, habrá una diferencia de 10 segundos entre silbido y silbido, es válido adelantarse al que está en frente. Si no se creen capaces, tendrán que saltar al suelo, o dejarse caer. Pero les aseguro, ambos son dolorosos—indica la mujer de piel marrón y me siento temblar. Entonces, mira con precisión al chico del Uno y se lleva el silbato de oro a la boca. Su sonido es suave, armónico y fuerte. Y en cuanto lo hace, el chico pelirrojo del Uno sale corriendo de su lugar, con una sonrisa arrogante, y escala la roca con facilidad nata. No debió hacer menos de 15 segundos cuando ya estaba colgado de las barras y se balanceaba para conectar sus palmas con las otras. Desde el lugar donde estaba parada, podía ver los músculos que se remarcaban en sus brazos y su sonrisa jamás desapareció. Él sabe de lo que es capaz, no necesita éstos estúpidos entrenamientos para comprobar sus habilidades corporales.

Pasan diez segundos, y el silbato vuelve a sonar, haciendo que la tributo del Uno, de cabello negro brillante, se una a su compañero, sin embargo, éste ya está bajando por la segunda roca. A ella le cuesta un poco más y tarda el doble que su compañero, no obstante, el chico del Dos no la alcanza por su torpeza inicial al escalar la roca, cayéndose de espaldas, perdiendo mucho tiempo y ganando muchas carcajadas discretas de los demás tributos. Menos de mí, Mérida, Rapunzel y el chico del Siete. Mérida lo alcanza y se las arregla para sobrepasarlo en las barras. Cuando el chico del Dos logra bajar de la segunda piedra, ya ha pasado el chico del Tres. No presto mucha atención hasta que le toca al chico del Siete.

Éste, con sus cabellos castaños, mira a su hermana, colocada atrás suyo antes de echar a correr hasta la roca. Su complexión alta y delgada lo hace ligero y fácil de controlar. Sin embargo puedo ver que tiene mucha fuerza, pues cruza el pasamanos y desciende de la segunda roca antes de que el silbato vuelva a sonar. Al parecer, a él tampoco le importa mostrar todo lo que tiene.

Pero a su hermana no le va tan bien.

El silbato suena, y ella tiene que correr el doble que la mayoría aquí, pues es muy baja. Cuando llega a la roca, no encuentra la forma de escalar y cuando el silbato vuelve a sonar, ella sigue resbalándose. Los del Ocho no intentan ayudarla y ella apenas ha llegado a la mitad de la roca. El chico del Nueve pasa de ella indiferente, pero Rapunzel no puede y en cuanto le toca a la rubia puedo ver su larguísimo cabello. Incluso trenzado de esa manera, enorme y varias veces, todavía le llega a los talones. Sube por la roca con una facilidad increíble, pero cuando ya está instalada en la cima de ésta, ofrece su mano a la niña castaña, la cual ella toma con inseguridad.

— ¡No puedes ayudarla, tributo! —exclama Atala, pero Rapunzel ya ha ayudado a la niña a colocarse al lado de ella. Atala niega con la cabeza varias veces, mientras el chico del Siete mira impotente a su hermana menor. Mi amiga hace una mueca de tristeza, y aunque no puede ayudarla, todavía la observo decirle cosas a la pequeña y mostrarle cómo tomar las barras. Atala hace sonar el silbato y el chico del Diez escala la roca, desesperado por pasar, empuja a Rapunzel, quién colgada de una mano, es impulsada con fuerza hacia adelante, y en un intento por no caerse, avanza varias barras hacia adelante. El chico del Diez pasa de ella con brusquedad y siento asco por él.

Rapunzel intenta volverse atrás para ayudar a la niña, pero veo como no puede darse la vuelta sin arriesgarse a caer. La veo gritar de frustración y como sigue avanzando con lágrimas en sus ojos. La niña sigue sobre la primera roca y se ve derrotada. Pienso en correr hacia ella, pero es más sensato que espere a mi turno.

La chica del Diez pasa, y luego los del Once, todos pasando con vergüenza al lado de la pequeña, quién intenta tomar una de las barras encima de su cabeza, pero se arriesga a caer por su corta estatura y los bordes irregulares de la roca artificial. Cuando Kristoff sale, su enorme cuerpo lo hace escalar el obstáculo en siete segundos y puedo verlo titubear al lado de la niña.

Por favor, ayúdale pienso con fuerza, pero el rubio niega con la cabeza y pasa de mano en mano por las agarraderas. La sangre me hierve. Ha cambiado. O eso creo.

Cuando el silbato suena, dejo de pensar en Kristoff o su cambio, o que todos me están observando o que no he usado pantalones en toda mi vida. Lo único que pasa por mi mente es que no dejaré que esa niña sea la última en cruzar.

Atravieso ese espacio entre la roca y yo corriendo con todas mis fuerzas, pero al parecer la pequeña piensa que yo también la pasaré de largo como los demás, así que se ha lanzado de lleno hacia una barra. Ahogo un grito al verla cruzar el aire y sus manos disparadas hacia arriba para tomar la barra. Mi corazón se detiene por una décima de segundo cuando alcanza la agarradera y suelta un gritito sorprendido. Me detengo un segundo al verla impulsar sus piernas desesperada por agarrar la siguiente. Pero sus brazos son muy cortos.

No pienso mucho más, me impulso sobre el obstáculo y araño las rocas artificiales para subir. No tardo más de cinco segundos en subir, y al hacerlo, puedo ver que la niña sigue luchando por seguir aferrada en la barra.

Medito cómo la voy a ayudar y una idea brillante y arriesgada cruza mi mente.

Salto sobre la roca y atrapo la barra con mis dos manos. Están resbalosas por el sudor de todos los que pasaron antes. Ahora ambas estamos en la misma agarradera y ella luce aterrada. Aprieto con fuerza la barra e intento acercar mi rostro al suyo.

— Vas a tomar mis pies como soporte para cruzar cada barra —le indico, con esfuerzo y obligándola a escucharme. Detiene su lucha e intenta mirarme, pero sus brazos le impiden voltear —, yo pongo un pie delante tuyo y tu lo usarás de escalón y saltarás a la siguiente barra, ¿me oíste? Actúa como si estuvieras tomando ventaja de mi lucha y no como si yo estuviera ayudándote—susurro y ella asiente casi imperceptiblemente.

Tomo una gran bocanada de aire y, con mucho esfuerzo, pongo un pie en diagonal, delante suyo. Aferro mis manos a la barra con toda mi fuerza y ella me pisa. Luego, yo impulso mi pie hacia adelante, mientras ella suelta de la barra que tenía agarrada y extiende su mano derecha para atrapar la otra.

Suelto un gran suspiro cuando lo logra.

Luego, su peso ligero abandona mi pie y yo tengo que balancearme para tomar la otra barra. Faltan once, sé que lo lograremos. No la dejaré caer.

Pie, impulso, salto, balance, pie, impulso, salto, balance, pie, impulso, salto, balance.

Su cabello castaño es reemplazado en mi mente por uno anaranjado zanahoria, sus gritos de esfuerzo por risas cantarinas y torpes. No es la tributo del Siete, es Anna.

Mi fantasía termina cuando, en la barra número diez su mano derecha se resbala y su cuerpo oscila peligrosamente cuatro metros sobre el suelo. Grita y el sonido me desgarra. Tengo que hacer algo.

— ¡Elsa!

Sabe mi nombre.

Es ese pequeño detalle que me hace cobrar vida.

Salto a la barra en donde ella está y mi peso hace que la agarradera rebote. Y todo pasa en cámara lenta. Su mano izquierda se suelta, su cuerpo comienza a caer y un grito perfora el aire.

Mi mano se suelta de la agarradera y se dispara para tomar la suya. Mi palma se encierra en su muñeca y su peso hace que mi brazo duela. Ahora estoy agarrada de la barra y de su muñeca y no tengo mucho tiempo antes de que mi mano también se suelte.

Mi decisión es la misma que la que sería si la pequeña fuera Anna.

Saco todas mis fuerzas, la balanceo hacia adelante con poder. Doblo mi brazo sostenido de la barra para lanzarla hacia adelante y suelto ambas cosas.

Durante mi caída, veo como ella sale impulsada y su manos se disparan hacia arriba, para agarrar cualquier cosa. En sus pequeñas manos, toma la barra número doce y sé que puede saltar a la roca del final. Sonrío, esperando el golpe en mi cabeza que me matará y sé que ella no está en el suelo, sangrando.

Anna estaría orgullosa.

Sin embargo, el golpe nunca llega, no obstante, caigo sobre un par de brazos, que primero se doblan ante mi peso y luego me estabilizan.

Espero encontrar a Kristoff, o a Rapunzel, el chico del Dos, e incluso a Mérida antes de ver quién me salvó de una muerte segura.

El chico del Siete, con sus ojos mirándome muy abiertos, cómo si él tampoco lo pudiera creer. Allí, dónde sus dedos desnudos tocan mi piel, siento frío y electricidad. Algo que jamás había experimentado en toda mi vida.

Su cara está tan cerca de la mía que puedo sentir su aliento. Frío, refrescante y su olor corporal, una mezcla de pino, menta y algo helado, como nieve recién caída.

¿A qué diablos huele la nieve recién caída?

A él.