PERDÓN SI LOS HE CONFUNDIDO SEGÚN LOS TRIBUTOS DE CADA DISTRITO, POR QUE SÍ HE COMETIDO ERRORES AL COLOCARLOS. ACLARACIÓN: DISTRITO UNO- HANS Y MÉRIDA. DOS- HICCUP Y XXX. SIETE- JACK Y SU HERMANA, EMMA. NUEVE- RAPUNZEL Y XXX. DOCE- ELSA Y KRISTOFF.
''Imprudente''.
El grito de Atala fue lo que me hizo despertar.
— ¡Tributos! ¿Qué demonios están haciendo? ¡Dejen de jugar y vuelvan a sus lugares!
Él se inclina, claramente incómodo y murmurando maldiciones ininteligibles. La sangre se acumula en sus mejillas y frente; la confusión se tiñe en su rostro. Podría decir que no sabe muy bien por qué me cachó.
En cuanto mis pies tocan el suelo él suelta todo agarre a mi cuerpo y se gira sobre sus talones, sin volver a mirar atrás.
Es extraño, pero mi piel quema allí dónde me tocó.
Cuando el elevador se abre, soy la primera en pisar el penthouse y dirigirme hacia mi habitación, esquivando las miradas inquisitivas de St. Nicholas y Toothiana.
Cierro la puerta con fuerza tras de mí y recuerdos vacíos del Distrito Doce pasean por mi mente. Extraño mi casa, dónde todo parecía más facil, incluso el pasar hambre.
— Elsa, ¿podemos hablar? —pregunta la sonora voz de Nicholas tras la puerta. Me lo pienso un segundo.
Educadamente, abro la puerta y camino hasta mi cama. Nicholas tiene que agacharse para poder pasar por el umbral, y cuando lo logra, camina por la habitación y se sienta en la cama, haciéndola crujir y bajar con una fuerza alarmante. Aguanto las ganas por reír, pues presiento que va a dar un gran sermón sobre ayudar a los tributos ajenos y como tienes que cuidarte sólo a ti mismo y a nadie más.
— Oí lo que hiciste en el entrenamiento —comenta, y su mirada azul no indica ningún reproche o regaño, es más compasiva.
— Nicholas, no podía dejarla caer — digo, con un nudo en la garganta. Esto no es real —, jamás me lo perdonaría.
— Jamás te lo perdonarías tú, ¿o quizás no te lo perdonaría Anna?
Su pregunta me congela los pensamientos y me pone a reflexionar. Quizás intento actuar como actuaría ella si su nombre hubiera salido en la urna.
Pero su nombre fue el que salió.
— Creo que... —comienzo a decir en voz alta, pero carraspeo —, intento actuar como ella.
Nicholas tiene una mirada comprensiva y parece... Afectado.
— No tienes por qué hacer eso.
— Lo sé —contesto, miserable —. Pero, al hacerlo, es casi como si ella estuviera aquí. Casi.
Nicholas me abraza, y aunque su gesto me sorprende, lo acepto, pues su calor corporal es tan fuerte que aletarga mis sentidos. Sin embargo, me echo a llorar como una niña necesitada de un padre. La niña que soy.
— Tú eres diferente, Elsa —dice, y no reparo en lo que me está diciendo, pensando en mi padre, cuyo cuerpo no estuvo en su ataúd. Su cuerpo está hecho cenizas, enterradas bajo la tierra. Me estoy quedando dormida y su voz es como si hablara a través de una gasa—. Tú tienes corazón por todos y no es Anna la que actúa por ti. Eres tú misma, y aunque no te des cuenta, lo podrás ver cuando regreses a casa con las manos limpias. Haré todo lo que está en mis manos para que ganes.
Lo siguiente que sé, es que la oscuridad me envolvió.
El día siguiente no fue nada especial, Rapunzel estuvo conmigo adonde yo iba, ya sea puesto de nudos, camuflaje, armas, trampas, ella me seguía y me daba todos los datos de los tributos. Pensé en preguntarle cómo sabía todo eso, pero decidí que lo más sabio sería simplemente callar todas mis preguntas y lograr que confíe en mí. Quizás era una rarita del Distrito Nueve, quizás mi confidente... Pero lo único que podía decir con certeza era que podía confiar en ella, y no era el hecho de que me trataba muy bien, o que si creía que me ofendía con cualquier frase se disculpaba millones de veces. Si no que había algo en su forma de hablar y moverse que me hacía sentir segura.
Pero en ningún momento del día dejé de pensar en lo que Nicholas me dijo, o si yo lo soñé, pues a la hora del desayuno no me volteó a ver más de lo usual y no me dio ninguna pista de que lo que pasó haya sido real. Pero si lo fue, no he podido pensar una manera en que él podría ayudarme.
Por otro lado, Kristoff estuvo todo el tiempo con los profesionales, los chicos del Uno, los del Cuatro e incluso la chica del Tres. No me pareció raro, pues sé desde ayer que algo está pasando en su interior y la maldad le está ganando. O quizás solo busca una oportunidad de sobrevivir a esto. Todos lo hacemos, pero no puedo creer que se haya dejado engatusar por los profesionales. Sé que lo están usando, y sin embargo no puedo encontrar una utilidad que el rubio pueda darles. Sí, por supuesto, es enorme, y convine tenerlo de su lado que en su contra.
No he llorado por Anna desde que salvé a la hermana del Siete. Sabía que ella podía morir cayendo desde las barras, debido a su ligereza y su corta estatura. Y su hermano al parecer le ha ordenado no juntarse conmigo, pues la puedo atrapar mirándome pero apartando la vista cuando su hermano se acerca.
No entiendo lo que ha pasado, pero tampoco planeo averiguarlo, mucho menos después de que me haya salvado de varios huesos rotos y no me quiera ni voltear a ver.
Sé que mañana es el día del entrenamiento individual y luego la prueba, pero parece no afectarme, como si estuviera dentro de una nube, con mi mente ocupada sobre los asuntos de St. Nicholas y el tributo del Siete. ¡Ni siquiera sé su nombre! Estoy obsesionada con él y no puedo conseguir información...
De repente, mientras Rapunzel me está contando sobre el tributo del Ocho, un chico de cabellos rubios e irrelevante para mí, en el puesto de camuflaje, se me ocurre una brillante idea.
—Oye, Rapunzel —le digo, casual, sin mirarla y haciendo cómo que estoy concentrándome en la mezcla rojiza que tengo en el cuenco—, perdón, pero, ¿puedo preguntarte quién es el chico del Siete?
No espero una respuesta inmediata, me imaginé que la chica de cabellos dorados me preguntaría sobre mi interés repentino de saber sobre el chico, pero no. Ella sonríe, lo veo por el rabillo del ojo, y me da toda la información.
— Su nombre es Jackson Overland, sin padre, vive en la zona pobre del Distrito 7— comienza, y la obligo a bajar la voz mientras me acerco más a ella—, su hermana salió escogida para los Juegos, pero él se ofreció como tributo para cuidar de ella, supongo. No ha explicado razones. Es muy frío con todos, pero parece tener algo en contra de ti y de Kristoff en particular, pero seguramente ya lo habías notado, pues siempre se están asesinando con la mirada.
— ¿Qué?— pregunto, estupefacta. Si eso es verdad, ¿cómo no me di cuenta?
— ¿No lo sabías? —pregunta Rapunzel a su vez. Yo niego rápidamente con la cabeza, dejando el cuenco sobre la mesa y saliendo del puesto a toda velocidad. Necesito pensar un poco.
Creo que me afectó mucho las palabras de Rapunzel, sobre el odio que Jackson nos tiene a Kristoff y a mí. Puedo entender de Kristoff, su alianza con los profesionales le ha de haber dado mala fama entre los demás tributos, pero, ¿de mí? ¿Qué acaso no fui yo la que ayudó a su hermana cuando nadie más quiso o pudo?
Pero, por otra parte, cuando me atrapó estuvimos a mano.
—¿Elsa? —pregunta una voz atrás de mí, sacándome de mis cavilaciones y haciéndome girar con rapidez. El chico del Dos, mirándome estúpidamente, está parado y sostiene una lanza en su mano —. Perdón, eh... Soy Hiccup, ehm, del Distrito Dos.
Por un momento, me encuentro confundida por su nombre.
— ¿Podríamos hablar?
No tengo que pensarlo mucho, pues mi subconsciente me grita ''¡No!'', pero tiene una expresión esperanzada, y me cuesta mucho negarle.
—¿Para qué? —pregunto, desconfiada. Sé por las incesantes pláticas de Rapunzel, que ha estado con Mérida, una chica que planea matarme.
— Sólo quiero hablar contigo —dice, pero yo observo la lanza en su mano, y él parece darse cuenta.
— ¡Oh! Eh...— comienza y mueve su mano, mirando a su alrededor, buscando dónde dejarla, al final se decide por hacerlo en la mesa de al lado. Luego, me mira y sonríe torpemente. Se mueve hasta la pared contra el puesto de nudos, el cual está desierto y yo lo sigo, sin decir nada, y considerando todas las opciones si llega a atacarme.
Se coloca de modo en que los tributos que están del otro lado del gimnasio no nos puedan ver.
— Quiero que seamos aliados.
Y así, lo suelta como si nada. Mi cerebro se congela por unos segundos, espera, ¿qué?
— ¿Qué?
— Digo, sólo si tú quieres, por que sí no, está bien —dice, nervioso y mirando el suelo.
Pienso mucho sobre esto en unos pocos segundos. No creo que me quiera matar, a menos de que esté usando la estrategia Johanna Mason de hacerse el débil y terminar siendo un asesino despiadado... Pero no hay forma de que sea tan buen actor, su torpeza y nerviosismo es natural.
— ¿Por qué querrías ser mi aliado?— es lo primero que pregunto, mirándolo con intensidad. Él parece sorprendido por mi pregunta, pero la responde con rapidez.
— Eres de los pocos tributos que parecen conservar valores, ¿sabes? —comienza, y su mirada es convincente —. Eres buenísima con el arco, y no andas por allí intimidando a los demás ni creyéndote la gran cosa.
Resisto las ganas de corregir su error sobre el arco e intento entender lo que dice. Quiere unirse a mí porque tengo valores. ¡Valores! ¡Es absurdo!
— Bien —acepto, como si nada —, pero tienes que prometerme una cosa.
— ¿Y que es?— pregunta nerviosamente.
— Prométeme que no me apuñalarás por la espalda.
Él no tarda ni dos segundos en contestar.
— Te lo prometo.
Ese día no puedo dormir bien. En la cena de antes, Nicholas decidió entrenarme a mí después de entrenar a Kristoff. No sé si eso sea una ventaja o una desventaja, pero no puedo dejar de darle vueltas al asunto.
¿Debería decirle que me he aliado al tributo del Dos? Es decir, es mi único aliado, pues aún no he acordado nada con Rapunzel. Pero, es estúpido, si pasamos todo el tiempo juntas, aunque cabe la posibilidad de que sólo haya querido compañía en los entrenamientos y planee matarme.
Doy vueltas en la cama, inquieta y con los remolinos de mis pensamientos girando furiosamente. No sé a qué hora caí dormida.
Esa noche, mis sueños están en blanco.
Al día siguiente, aguanto las charlas de Toothiana sobre su promesas con los patrocinadores mientras halaga mi apariencia, diciendo que estoy ganando muchos admiradores por mi belleza. Sin embargo, antes de que pueda agradecerle educadamente, la avox que se me hace familiar le sirve papas a St. Nicholas y éste comienza a alabar la comida que preparan. Toothiana le dedica una mirada irritada y luego me da una sonrisa apremiante.
Kristoff no bajó a desayunar, y solo lo veo cuando dan las diez y tenemos que bajar por el ascensor hasta el comedor del gimnasio. No lo miro más de lo debido, recordando su alianza con los profesionales. Aunque, técnicamente, yo también me he aliado a un profesional... No tan profesional. Hago una nota mental de preguntarle a Hiccup por qué no se alió con los de su distrito, aunque seguramente será por los valores que son tan importantes para él.
Me siento en una mesa vacía del comedor, mirando la lisa superficie de esta y dedicándome a esperar. No alzo la vista en ningún momento, y escucho los murmullos de los demás tributos, intentando entablar una conversación sin que nadie los escuche.
Cuando la silla que está enfrente de mí, es arrastrada, dirijo mi mirada a el chico del Dos, mirándome con su típica sonrisa incómoda.
— ¿Puedo sentarme?— pregunta, antes de que yo asienta y él se acomode.
—¿Necesitas algo? —cuestiono, quizás con un innecesario tono tosco, pero él no se inmuta y niega con la cabeza.
— No, pero mi compañera de Distrito no parece muy amigable en éstos momentos.
— ¿Por qué? —pregunto, mirando a la chica de cabello negro que parece estar conteniendo un ataque nervioso.
— Creo que ya sabes la respuesta.
— ¡Elsa! —grita una voz suave enfrente de mí, y logro ver a Rapunzel corriendo hasta la silla que está a mi lado, pero al sentarse mira a Hiccup con los ojos entornados.
— Eh, Rapunzel, él es Hiccup, del Dos —buscando un término para mi nuevo compañero, hago un ademán de presentación —, él es mi... aliado.
Rapunzel me mira con los ojos muy abiertos.
— ¿Tu aliado?
Repaso en mi mente qué podría estar mal con que Hiccup, un chico torpe e incómodo, fuera mi aliado.
— Sí, ¿por qué? —pregunto cautelosamente.
— Pero, ¿y que hay de mí?
— ¿Que hay de ti, sobre qué? —pregunto, confundida. ¿Acordamos algo que no puedo recordar?
— Creí que tú y yo éramos aliadas.
Me congelé en mi asiento. Sé que no había un límite de aliados para cada tributo, pero...
— Eh, Rapunzel, si sabes que aliarse no es ningún juego— dedico toda la precaución en mi voz, intentando elegir las palabras adecuadas—, no nos estamos juntando en equipos para hacer una exposición escolar. Esto es real. Una matanza.
Ella me mira como si yo fuera idiota.
— Pues claro que lo sé, Elsa, no ignoro lo que pasa allá afuera.
Me arrepiento inmediatamente de lo que he dicho; todo el tiempo la consideré medio chiflada, pero ahora veo que ella no es tonta. No puede serlo.
— Por mí no hay problema en aliarnos los tres —habla Hiccup, con delicadeza. Yo lo miro fugazmente, antes de que Rapunzel entorne los ojos hacia él y lo escudriñe por segundos que se me antojan enternos. Todo depende de ella.
— Muy bien, Dos —dice, luciendo más atemorizante de lo que jamás ha lucido. Enarco una ceja, confundida por un momento —. Puedes estar en nuestra alianza.
No saco a Rapunzel de su error, si no que suspiro aliviada y aparto la mirada para observar a los demás tributos. Mérida está sola en una mesa apartada. Mira sus nudillos con mucha precisión y jamás levanta la vista por nada. Envidio su concentración. Realmente lo hago.
Volteo de nuevo hacia mis compañeros, Rapunzel asesinando a Hiccup con la mirada y Hiccup intentando fingir que no se da cuenta.
— Rapunzel— le llamo, y cuando ella me mira yo la fulmino con mis ojos diciéndole que no intimide al chico. Ella suspira molesta y aparta la mirada. Yo aprovecho ese momento para entablar una conversación con Hiccup —, Y, Hiccup, ¿cuántos años tienes?
— Dieciséis —contesta, sorprendido—, ¿Y tú?
— Dieciocho.
Él asiente y nos quedamos callados. A lo lejos, puedo ver a la compañera de Distrito de Hiccup levantarse y entrar por una puerta metálica que la conducirá a las pruebas. Se me encoge el estómago. ¿Qué haré para mi prueba individual? ¿Usar el arco? Me parece algo lejano e imposible. No practiqué, no apliqué mis tácticas. Me concentré tanto en mis relaciones sociales que ignoré lo que de verdad importa. Soy idiota.
Pasan los minutos, llaman a Hiccup y le deseo suerte. Llaman a Rapunzel y le deseo suerte. Llaman al tributo del Once y luego me llaman a mí. Estoy consciente de la mirada de Kristoff en mi nuca, pero en ningún momento lo miro devuelta. Alguien me abre la puerta que he estado esperando todo este tiempo y yo tomo una gran bocanada de aire antes de entrar al... ¿elevador?
En cuanto me instalo en el espacio, éste se mueve hacia abajo y me presenta un gimnasio algo desordenado por todos los tributos que han pasado por aquí. Puedo ver un estante repleto de armas en la esquina del lugar. Un gran espacio entre todos los estantes repletos de cosas revueltas. Alguien ha mostrado aptitudes en camuflaje, pues ha pintado un gran mural que desde aquí parece el tronco de un árbol. Los avox han intentado acomodar un poco el lugar para mí, observo.
Pero es más arriba dónde los Vigilantes se encuentran, sentados en butacas de piel, bebiendo vino y prestándome la mínima atención. Estoy en problemas; ya han visto 22 demostraciones y mueren por irse a casa. Me coloco en el centro del gimnasio y hago una reverencia hacia ellos, apretando los dientes. ¿Y ahora qué hago?
Titubeo un segundo, antes de pasar al puesto de nudos. Alguien lo ha usado antes y ha construido una magnífica trampa para animales rastreros, sin embargo, yo me decido por crear una para humanos, y aunque me toma varios minutos, logro anudarla al extremo de un árbol ficticio a la vista de los Vigilantes. Unos miran curiosos, pero la mayoría están riéndose y no me han volteado a ver ni una sola vez. Comienzo a fastidiarme.
Camino hasta las pinturas, pero el alma me cae a los pies viendo que ya están revueltas. No puedo hacer nada con esto. Lágrimas de desesperación comienzan a picarme detrás de los ojos. Venga, Elsa, piensa. Piensa.
Volteo lentamente hacia el puesto repleto de armas. Es lo único que me queda. Tengo que hacerlo.
Mis pies parecen hechos de plomo cuando camino hasta ellas y oigo las conversaciones animadas de los Vigilantes mientras intento pensar qué demonios haré con un arma en mi mano. Instintivamente tomo el carcaj de flechas y me lo cuelgo al hombro. A Anna no le molestaría tener qué hacer algo nuevo, a ella no le molestaría hacer el ridículo. He elegido el arco hecho de metal y, aunque al principio su peso me toma por sorpresa, me estabilizo y encuentro mi balance con el arma. Las manos me tiemblan ligeramente y desearía haber practicado más después de mi pequeña demostración en el entrenamiento. Sin embargo, al mover mi mano para darme la vuelta, tiro por accidente las armas alineadas en el estante y todas resuenan en el suelo como si de cristal se tratara.
Oigo a los Vigilantes reírse con ganas y no tengo que voltear a ver hacia arriba para comprobar que se están riendo de mí. La sangre me hierve, la piel se me pone de gallina y, de la nada, me siento enfurecida. Camino con grandes zancadas hasta la línea de tiro y tomo una flecha del carcaj. La alineo con furia en la cuerda del arco y disparo sin siquiera pensármelo.
La flecha se clava en el brazo del muñeco de tiro. Entonces, tomo otra flecha y la disparo hacia el mural pintado de la corteza de un árbol. Aunque es grande, le he dado; y estaba lejos. Después, tomo otra flecha y disparo hacia la lámpara del techo. Lamentablemente, ésta no da en el centro de la bombilla, pero se clava al lado. Después de mi pequeña demostración, volteo a ver a los Vigilantes con esperanza de que estén impresionados.
Mi corazón se salta un latido al ver que ninguno de ellos me ha prestado la más mínima atención; si no, que están admirando una gran escultura hecha de hielo que ha sido colocada en una mesa y a su alrededor se han servido aperitivos. La escultura es el ave del logo del Capitolio. Enorme, con las alas extendidas hacia arriba y transparente.
La sangre me hierve, las mejillas me arden y me tiemblan las manos de rabia. No lo pienso, no lo proceso, sólo actúo. Tomo una flecha del carcaj con tanta rapidez que rasguño el arco. Tenso la cuerda, apunto y lanzo.
La escultura se destruye en trozos y trocitos de hielo. Hielo que vuela hacia todas partes, mojando a los que estaban cerca y haciendo que exclamen en sorpresa. Mi flecha ha quedado clavada en la pared, donde la cabeza del ave estaba alineada. Un Vigilante ha retrocedido tanto que se ha caído en el ponche. Sin embargo, no me paro a pensar en lo que he hecho.
— Gracias por su atención —digo con sarcasmo, hago una reverencia irónica y salgo hecha un demonio hacia el elevador.
