"Usada"
—Claro que lo harás—dice Caesar. Me toma la mano de nuevo y la besa. Intento no llorar, en serio que sí. Pero es difícil con todos estos pares de ojos viéndome. Miro a la cámara.
—Anna, quiero decirte que te amo.
Eso último fue un susurro, pero se escuchó en todo el lugar. La gente suspira consternada. Sienten mi dolor.
—Claro que sí, Elsa—comenta Caesar, y suena realmente afligido—. Por algo sacaste un once en tu puntuación—. Es verdad, me había olvidado completamente—, ¿podrías revelarnos cuál es tu secreto?
—No, Caesar—comento, poniéndome divertida con dificultad—, además, no puedo decir qué pasó en la prueba.
—Bueno, si no quieres hablar sobre ello—dice, con una sonrisa entre divertida y maliciosa en su rostro—, ¿cómo conquistaste el corazón de todo Panem y, a la vez, el de un tributo que vuelve locas a todas las mujeres?
Sé a qué se refiere. Está volviendo al tema de Jack, y aunque tengo tantas ganas de callarlo, no puedo. Sólo deseo que mi entrevista se acabe.
—Ya te he dicho, Caesar—comento, intentando ocultar mi irritación—. No diré nada, pues no dijo que hablaba de mí.
Me atrevo a mirar a Jack, volteándome en mi asiento a mirarlo. Tiene una mirada distinta, y me ha estado observando todo éste tiempo. Estiro las comisuras de mi boca, intentando formar una sonrisa, pero simplemente no me sale, porque no parece correcto. Un zumbido me distrae.
—Bueno, Panem—anuncia Caesar, poniéndose de pie y ayudándome a mí. El vestido frío me ayuda a moverme con más soltura. Es precioso y no dejo de admirarlo, ni yo ni la gente de Panem— es hora de despedirnos de nuestra Reina de Las Nieves, Elsa Arendelle.
Río ligeramente con el nuevo apodo. Es mucho mejor que "la chica en llamas". Me besa la mano por tercera vez en la noche y yo hago una pequeña reverencia al público, que pide más tiempo. Me giro en mis talones y puedo ver que los zapatos son de cristal. Camino con elegancia hasta mi asiento, y atraigo las miradas de mis compañeros. Algunos deben estar ardiendo de odio y me siento intimidada, pero no lo demuestro. A mi lado, Kristoff se levanta. Camina hasta el escenario y saluda a Caesar. Se sienta y sus preguntas no son nada más que superficiales, pero él parece muy cálido con la gente. Aunque puedo notar que no es de los favoritos, pues la gente se está aburriendo.
—Y dime, Kristoff —inquiere Caesar Flickerman—, ¿alguna chica?
Ruedo los ojos. Sé adónde va la pregunta, ya que a nadie realmente le importa si el traidor de Kristoff tiene a una chica; debido a su aspecto no muy atractivo. Quieren saber si tiene sentimientos por mí.
Para mi gran sorpresa, la respuesta es absolutamente lo que todos esperaban. Menos yo.
—Eh, pues sí —asegura, con la mirada en su regazo—. Pero alguien más ya la ha mencionado.
Mientras el público chilla de emoción, yo lo único que puedo hacer es clavarme las uñas en los muslos deseando estar muerta. Mierda. Mierda.
¿Qué es lo que está pasando?
Sé que es una estrategia, debe ser una estrategia. Pero una muy mala. Muy, muy mala, debido a que el público va a suponer un triángulo amoroso y entonces van a apoyar al que quieren que gane en esta "batalla" de amor. Y ese, obviamente, será Jack.
Mientras las cámaras vuelven a enfocarme a mí, me doy cuenta de que me han utilizado. Me han utilizado para ganarse patrocinadores.
Una rabia se apodera de mí, subiendo desde mi estómago hasta mis mejillas. Quiero llorar del enojo, pero no puedo y eso me frustra aún más.
No escucho lo que le dicen a Kristoff después de su supuesta confesión, porque estoy clavando puñales en la espalda de Jackson Overland con la mirada. Pero no me basta. No me basta, mierda.
Entonces, cuando por fin nos tenemos que despedir y levantarnos para el himno, no puedo evitar pensar en todo lo que dirán de nosotros después. "El pobre triángulo amoroso" "Pobres, trágicos nosotros".
Pero yo sé lo que en verdad pasa.
Cuando nos meten al Centro de Entrenamiento para meternos en los elevadores; me aseguro de esquivar a mis estilistas y mentores para pasar con los del Distrito 7. Están dos de sus estilistas y Jack. No está Emma, lo cual agradezco infinitamente. Sus estilistas están ayudándole a sacarse la chaqueta plateada y él está mirándolos desabrochar los botones, así que aún no me ve. Pero cuando entro al elevador, él alza la mirada y sus ojos azules como el mar se conectan con los míos. Por un momento, no recuerdo a qué vine y me aturdo; pero luego observo a los estilistas alarmarse y actúo.
Lo tomo con fuerza de la chaqueta desabrochada a medias y lo empujo con fuerza hasta que choca con pared. Eso no se lo esperaba, y por eso no me ha atacado de vuelta. O tal vez no quiere. Sacudo la cabeza, no puedo pensar en eso ahora.
— ¡Eres un imbécil! —le escupo y aferro más mi agarre a su chaqueta. — ¿Crees que no sé lo que tramas? ¿Eh?
No espero una respuesta, pero cuando alguien me toma de la cintura, mis recuerdos viajan hasta el día de la Cosecha y los brazos de Eugene deteniéndome de ofrecerme voluntaria. Pero este no es el calor familiar de Eugene. No se acerca, porque los brazos son fríos.
—Elsa, vamos —. Reconozco el fuerte acento.
Suelto a Jack bruscamente mientras le dirijo la mirada más despreciable que puedo. Acabo de romper las reglas, de nuevo. Él aún no se mueve y, de alguna manera, se lo agradezco.
Cuando me volteo, veo por un flash de segundo las caras atónitas de los estilistas hasta encontrarme con la cara enrojecida y cansada de St. Nicholas. No me mira con reproche, y ni siquiera parece enojado. Me pone una de sus enormes manos en la espalda, sacándome del elevador que se ha mantenido abierto. Afuera, hay un par de tributos con sus respectivos mentores viéndome incrédulos y luego está mi equipo. Bunny me espera, sin expresión alguna, y me pregunto si lo habré decepcionado.
Pero cuando me ofrece la mano, suspiro aliviada. No, no está ni enojado ni decepcionado. De hecho, rezo que pueda entender mi arranque de locura. Espero que todos puedan entenderlo.
Kristoff también está allí, mientras su estilista parece sacudirle las puntas del cabello sin mirarme. Bueno, ninguno de los dos me mira. Quisiera obligar a Kristoff a contestar todas mis preguntas; pero mi orgullo puede más así que lo dejo ir, en lo que nosotros caminamos hasta otro elevador.
Nos metemos en silencio, mi mentor, mi estilista y yo. La subida hasta el pent-house se me antoja eterna, pero al salir, Bunny me detiene y me abraza.
—Sé por qué hiciste lo que hiciste, Elsa— dice, y me aprieta contra él. —Duerme bien, bonita; mañana estaré allí para despedirte.
"Despedirme". La muerte inminente se me hace mucho más real.
Me besa la frente y me deja ir.
St. Nicholas ya está en la mesa del comedor, disfrutando de sus galletas y hace que pongan otro plato en la mesa. Me hace una seña de que me acerque, y al hacerlo, me señala la silla con la palma hacia arriba. Tengo que acomodarme el vestido para poder sentarme cómodamente.
—Bueno, Elsa, quiero decirte algo…
— ¿Tiene que ver con Jackson Overland? —le cuestiono, algo cansada. Esperaba poder ir a dormir después de los hechos recientes.
—No. —Es todo lo que me dice sobre eso, antes de cambiar el tema—. Quiero que sepas que en ningún momento te dejaré sola en la arena.
Alzo la mirada. Esto ya no es una ilusión. Esto es real. Me va a proteger.
— ¿Qué hay de Kristoff? —pregunto, sin poder evitar mirar a los lados para asegurarme de que estamos solos.
—No sé qué quieres decir —menciona, mientras toma otra galleta y la hunde en leche. A veces me pregunto cómo el hombre tan temido por muchos puede sentarse a comer galletas mojadas de leche.
—Pues… ¿lo vas a proteger también?
—Es mi deber como su mentor—dice, y siento una punzada en el pecho. ¿Y qué esperaba? ¿Qué no lo ayudara? —Pero, Elsa, quiero que entiendas que lo que hago por ti no es porque tenga que hacerlo. Es porque siento que debo hacerlo.
Y ahí fue cuando entendí la diferencia.
Asiento, porque no sé qué más hacer. ¿Debería abrazarlo? ¿Decirle algo? ¿Agradecerle?
—No tienes que decir nada, Elsa, no te preocupes—menciona y me mira de reojo. Agradezco esto y suspiro, cansada—. Pero quizás deberías dormir. Ya es algo tarde y, bueno, mañana te espera la arena.
Se me hace un nudo en el estómago. Me había olvidado completamente el hecho de que mañana empezaban los juegos. Las manos comienzan a sudarme y no puedo evitar limpiármelas en el hermoso vestido con disimulo.
St. Nicholas me hace una seña para que vaya y yo asiento de nuevo. Me levanto de la silla con torpeza y le dirijo una última mirada antes de meterme a mi habitación. Ésta está oscura y huele a rosas. No me molesto en prender la luz, y de hecho tampoco quiero quitarme el vestido; porque me ha mostrado una parte de mí que no conocía y me gustaría usarlo el mayor tiempo posible, aunque no esté consciente de ello.
Me quito los zapatos cuidadosamente, mientras me recuesto en la cómoda cama y me dedico a pensar. Pensar en Anna, los juegos, Jack y Kristoff. ¿Qué está pasando realmente? ¿Estoy completamente segura de que me están utilizando? ¿Qué pasa si pierdo los Juegos?
Sé que Anna estará bien. Tiene a Eugene, sus amigos y le falta poco para poder cumplir la mayoría de edad. No va a morir de hambre y realmente espero que no sea elegida de nuevo para los Juegos. Daría mi vida por ello.
Cruzo mis manos sobre mi estómago. Ahora, por primera vez, lo importante no es Anna. Soy yo.
Yo, que mañana estaré en una arena cerrada con otros 23 asesinos en potencia. Yo, que mañana no tendré comida, o agua, o armas. Y ahí comienzo a pensar. ¿Es mejor morir de hambre o ser asesinado? ¿Cuál dolerá menos? ¿Cuál será más rápido?
Prometí a Anna que intentaría ganar, ¿verdad? Y eso haré, ¿cierto?
Eso haré, ¿cierto?
