"Atacada"

Cierro los ojos en lo que la plataforma sube. Mi estómago da brincos nerviosos y el viaje se me ha antojado una eternidad.

Luego, una ráfaga de aire gélido me atrapa y casi me hace caer de la plataforma, que parece que ya se ha detenido.

Cuando abro los ojos, veo nieve.

El cielo es tan brillante que me cuesta acostumbrarme a la luz, pero, cuando lo hago, me aturdo ante la vista. Estamos sobre un gran lago congelado. Volteo a ver a mis costados y puedo ver tributos; parados sobre sus respectivas plataformas. Pon un pie fuera de tu plataforma antes de que suene el gong y tus sesos volarán en el aire; debido a las minas que se desactivan después del conteo.

Entonces, a tres tributos de mí, veo a Emma. Se sostiene los brazos en señal de frío y el flequillo le revolotea con el aire. Tengo ganas de llamar su atención y decirle que corra, que corra y yo la buscaré después. Casi lo hago.

Entonces, sucede.

"¡Damas y caballeros, que empiecen los septuagésimos cuartos Juegos del Hambre!"

Y el conteo empieza desde 60.

Me tiemblan las manos, pero me obligo a estudiar el terreno cuidadosamente. El hielo es adecuado para caminar; incluso correr. Observo la Cornucopia, erguida a unos 70 metros de mí. Puedo ver algunas de las armas apiladas dentro de ella. También hay algunos objetos tirados alrededor, como mochilas u objetos plateados que contrastan con la blanca nieve. Mientras más lejos, menos valiosos. Incluso hay un plástico en forma de cuadrado a unos cuantos pasos de mí. No puedo encontrarle un uso. Tengo que meterme en la Cornucopia, sé que puedo llegar allí antes que nadie. Sé que puedo cruzar el lago sin caerme. Y necesito de las cosas que contiene para sobrevivir.

Sí, es una misión suicida, pero, ¿quién mejor que yo para cruzar un lago congelado? Tuve bastante entrenamiento con Anna de pequeña, en los inviernos del distrito 12. Estoy segura de que si St. Nicholas me hubiese visto correr sobre hielo, me diría que lo hiciera. Pero, obviamente, no hay obstáculos de hielo en el entrenamiento y nadie sabía cómo iba a ser la arena.

Algo me llama la atención. El arco, con la cuerda destensada y el carcaj de flechas apoyado a un lado de unas espadas dentro de la Cornucopia. Es mío. Lo sé. Es mío.

Vuelvo a observar los tributos y veo a Rapunzel allí, sólo que… Le han cortado el cabello y lo tiene recogido en una coleta dorada. Deberíamos reunirnos, pero, ¿cómo? Hacerle señas ahora sería peligroso y estúpido.

No encuentro a mi aliado del 2 y supongo que está del otro lado de la Cornucopia.

30, 29, 28.

Luego, lo observo. Casi oculto por el cuerno de plata, con el cabello blanco y una sudadera azul; Jack Overland. Mirándome.

Casi me distraigo, pero cuando escucho el "10, 9, 8", volteo rápidamente de nuevo hasta mi objetivo. El arco.

Por el rabillo del ojo observo otros tributos inclinándose hacia delante para hacer lo que todos. Correr.

5, 4, 3.

Me inclino y un recuerdo me asalta. Anna y yo, jugando en el estanque congelado de las afueras del Distrito, con risas silenciosas y señas nerviosas. Luego, recuerdo porqué estoy aquí. Y me llena el cuerpo de adrenalina.

2, 1.

Suena un bong y salto de la plataforma para descubrir que mis zapatos no están hechos para agua congelada. Es un poco difícil, y escucho cuerpos caer y maldiciones. Avanzo deslizando las botas y de vez en cuando saltando. Lo voy a lograr, lo voy a lograr.

Puedo ver el cabello color fuego de Mérida y volteo a verla momentáneamente. Está haciendo lo mismo que yo. He visto a esa chica con el arco; ella también lo quiere. No. No.

Cuando estamos a unos 10 metros del premio, se me ocurre algo. Probablemente duela. Estiro los brazos y me lanzo hacia enfrente. Como supuse, dolió.

Caí de estómago contra el hielo y siento una pesadez en el cuerpo, pero me deslizo mucho más rápido hasta chocar con una bolsa color negro. La nariz me arde. Me levanto con rapidez y corro a por el arco. Cuando lo sostengo en mis manos; me sale natural. Me coloco el carcaj en la espalda y saco una flecha, tensándola y apuntando a Mérida, a menos de 5 metros de mí. Ella se detiene en seco. Ella y otros tres tributos más lejanos. Los demás siguen luchando con el hielo y su maña por correr en vez de deslizarse. Suelto un quejido al descubrir lo que soy capaz de hacer.

Niego con la cabeza.

—Me dejas el arco a mí, pero agarra lo que quieras—. Mi voz sale ronca por el frío y como un suspiro. Ella entrecierra los ojos un segundo y asiente. Hemos llegado a un acuerdo. Observo un milisegundo a los tributos cercanos, pero me volteo rápidamente para conseguir lo que necesito. El tiempo es oro.

Tomo una de las bolsas negras que ya parecen contener algo dentro y meto un juego de cuchillos afilados, dos bolsas de comida empaquetada (parecen carnes secas, pero no puedo mirar bien), unos frascos demasiado pequeños (podrían ser medicina), unos cuantos paquetes con fruta seca dentro, otros contenedores plateados, del tamaño de una lata de comida, al azar y un pequeño estuche color negro, que podría contener algo interesante. Busco agua por el lugar rápidamente, pero no parece haber. Algunos tributos también se han metido en la Cornucopia, pero al parecer, son de los listos y no buscan pelea, así que así nos vamos, cada quién a lo suyo. En un momento, cuando estoy a punto de tomar un estuche de color plata, Mérida lo alcanza al mismo tiempo que yo y aparto la mano como si quemara. Se lo debo. Puedo ver que no demora mucho en armar su propia mochila y sale antes que yo. Cuando cierro la mochila, me preocupa que esté muy llena, y por tanto, muy pesada. Pero su ligereza me sorprende. He elegido lo justo.

La sigo, esquivando por poco el puño de un tributo del 3. Imbécil. La sangre me hierve y estoy a punto de utilizar la punta del arco para clavársela en un ojo, pero en el momento en el cual me volteo para hacerlo, una coleta dorada llama mi atención; veo a Rapunzel, forcejeando por una mochila con la tributo del 2. Empujo como puedo a mi atacante, más pesado de lo que creía, y salgo deslizándome de nuevo hasta mi aliada y amiga. Tengo la bolsa en el hombro, el carcaj en el otro y el arco en mi mano derecha. Cuando estoy a un metro de ellas, no me detengo a pensar.

Empuño el arco y golpeo a la enemiga con este, aturdiéndola. Creo que le abrí la cabeza, puedo ver el borde del arco con sangre. Su cuerpo se lanza hacia un costado y se resbala, cayendo. Dios, que no esté muerta.

Me doy la vuelta para ver a mi amiga y veo a Kristoff corriendo hacia mí, desde el lado de Rapunzel. El miedo se dispara sobre mí al imaginar sus grandes manos sobre mi cuello.

— ¡Corre!—le grito a mi rubia amiga. Tomo la mochila por la cual forcejeaban y se la lanzo al pecho, frenética. Ella la cacha, desorientada. — ¡Corre, ya!

Luego, parece despertar y corre en dirección opuesta a Kristoff. No planeo enfrentarme a él, soy demasiado pequeña y él ha tenido más entrenamiento cuerpo a cuerpo. Ya he estado demasiado tiempo en la línea de fuego. Tengo que irme. Me giro a la izquierda, viendo sangre salpicar por aquí y otros tributos pelear por allá. Por favor, no me sigas.

Me voy lo más rápido que puedo en aquella dirección, con la mochila y el arco aferrados. Rezo porque nadie se interponga en mi camino, y en el hielo, nadie lo hace. Salto fuera del lago y descubro que la nieve no es tan profunda y me deja correr con facilidad. El frío es parte de mí también. Sonrío, triunfante.

Nadie escucha mis plegarias luego de eso, porque justo en el nacimiento del bosque, un brazo sale de la nada y me jala, haciéndome perder el equilibrio y caer de costado. Hago caso omiso al dolor mientras grito por la sorpresa. Cuando distingo a mi atacante, mi corazón da un brinco.

Jack, perfectamente fresco y con una mochila en su espalda, sostiene una rama grande y gruesa y puedo imaginarla abriéndome la cabeza. Pánico me inunda.

—Déjame ir— le pido. No suena como un ruego ni como una orden. Sólo una petición. Él no hace nada por segundos. Frunzo el ceño, demasiado asustada para pensar con claridad. Está claro que no me va a matar, entonces, ¿qué quiere?

—Elsa…

Dice mi nombre, e iba a decir algo más, pero alguien le da un puñetazo por detrás. Jack queda aturdido por algunos segundos, suficientes para que Hiccup, mi salvador, le patee la parte de atrás de la rodilla y Jack pierda el equilibrio. Luego, Hiccup me tiende la mano y me levanto.

— ¡Vamos!—me grita. Y yo pienso seriamente en quedarme a ayudar a Jack. Pero luego recuerdo en su descarado acto en las entrevistas y asiento, comenzando a correr. Corremos uno junto al otro hasta que las gargantas raspan por el frío; pero para entonces ya estamos en lo que parece ser lo más profundo del bosque. Alrededor sólo puedes ver árboles. Puedo sentir mi cuerpo destensarse.

—Creo que aquí estamos bien— digo, sin aire y alerta de cualquier sonido. Hiccup, sostenido de sus rodillas y jadeando, me hace una seña con el pulgar arriba sin mirarme.

—Descansaremos y…—Entonces, lo escucho. O, más bien, los escucho. Cañones.

Indican la muerte de cada tributo, así que me estremezco un poco antes de comenzar a contarlos.

1, 2, 3, 4, 5, 6, 7…

Sólo siete han muerto; lo cual es una tasa muy baja al inicio de los Juegos. Es un baño de sangre, en verdad. Deberían haber muerto más, pero supongo que muchos no pudieron cruzar el lago y volaron al bosque sin absolutamente nada. Rezo por ellos mentalmente y considero si alguno de esos tributos muertos son los niños, o mi aliada. La idea me hace sentir enferma, pero me contengo y me siento sobre un tronco.

—Bien, hay que contar nuestras provisiones y racionarlas— digo, tomando el mando. No me emocionaba mucho la idea de compartir mis provisiones con Hiccup; pero éramos aliados y el chico me ha defendido. Confío en él.

Tomo mi mochila, dejando el arco a un lado de mí, y la abro de par en par.

Mi compañero me imita con su mochila. Es de las que estaba afuera de la Cornucopia; y yo supondría que tiene cosas ya incluidas.

—No pude quedarme mucho rato cerca— comienza, y saca unas gotas para purificar agua. Me alegra el corazón, porque yo no tomé eso. —Tomé una mochila de las que estaban esparcidas afuera y me acerqué a la Cornucopia para sacar una espada. —Me muestra la espada atada a la mochila.

Asiento, sacando mis cosas y colocándolas sobre la nieve, inspeccionándolas. Hay un rollo de soga, junto con una bolsa para dormir térmica color rojo fuego. Tendré que camuflarla. También hay un termo vacío y gotitas para purificar agua. Eso era lo que ya venía en la mochila, al parecer sí las tomé, supongo.

Saco el juego de cuchillos y los ordeno por mayor tamaño a menor, cinco, en total; saco las dos bolsas de comida empaquetada y abro una, y sí, eran carnes secas. El estómago me ruge un poco, pero lo ignoro, continuando con mi trabajo. Saco los paquetes de fruta seca; siete, en total. Los dejo a un lado. Saco los frascos plateados; también, siete y rezo porque sean medicina. Pero, cuando los abro, se me cae el corazón al suelo. No son medicina, huelen demasiado fuerte; y, de hecho, me marea un poco el olor.

—Hey— llamo a Hiccup, pasándole uno de los frascos— ¿Qué crees que sea esto?

Él toma el frasquito en sus dedos y huele, haciendo una mueca y sacando el frasco de debajo de su nariz.

—Veneno— dice, frunciendo el ceño— Esa mierda definitivamente es veneno.

Cuando lo recibo de vuelta, me siento decepcionada de mí misma. ¿Y yo para qué quiero veneno del tipo que se usa de cerca?

Una idea horrible me cruza la mente y sacudo la cabeza. Meto los frasquitos de vuelta.

Los otros contenedores tienen comida dentro, como sopa, atún, pollo. Comida del tipo que se echa a perder después de un tiempo. Los apilo junto a las demás cosas.

Luego, al final, tomo el pequeño pero largo estuche negro. Es ligero, y siento que va a ser útil. Tiene dos seguros, así que se los saco, preguntándome porqué los tendrá. Al abrir el estuche, me sorprendo.

Allí, encajada en su lugar, está una larga cerbatana de plata. Debajo de ella, abonados a la perfección, están los dardos, puntiagudos, filosos, peligrosos. Veinticuatro, en total. Sostengo la cerbatana entre mis dedos y Hiccup silva.

—Tienes buenas armas, Reina de Las Nieves. De largo alcance— dice él, mientras regresa su vista a sus provisiones.

—Da igual, no es como que planeé matar a todos— comento, guardando el arma y metiéndola en mi mochila.

—Bien— anuncia él y hace un gesto para que vea sus cosas— Tengo una bolsa de dormir, soga, termo, gotas, dos paquetes de fruta seca, una espada, un cuchillo y unos cerillos. ¿Qué tal tú?

Le enumero mis cosas, sin mostrar emoción alguna, y él sonríe.

—Tenemos lo justo para aguantar unos días.

—Lo sé— digo, sin evitar sonreír y guardo mis cosas ordenadamente.

Él cielo no tardó en oscurecerse y Hiccup propuso una fogata para entrar en calor; pero la rechacé porque 1. No tengo frío y 2. Una fogata atraería gente; asesinos, más bien.

Después de un rato, le propongo camuflar las bolsas de dormir y ocultarnos tras los arbustos. Él acepta, así que sacamos las bolsas y las rodamos en la nieve, para que queden del mismo color. No quedan perfectas, pero les quita el brillo y luminosidad al color rojo y son útiles. Nos acostamos uno al lado del otro. Él tiene la espada sobre su estómago y yo el arco a un lado, ya con una flecha atravesada. Así nos quedamos un rato en silencio, como esperando que el sueño llegue a nosotros. Pero sé que será difícil poder dormir tranquilamente. Yo siempre fui una chica de sueño ligero y ahora, aquí, en peligro real de muerte, hasta la nieve caer podría despertarme.

Hiccup ya no tiembla del frío y yo puedo pensar en lo que Jack pudo haberme dicho. ¿Quizás quería pedir perdón? O… Tal vez, sólo… ¿quería que fuera su aliada?

Me disparo hacia delante como una flecha al recordar. Nunca. Nunca desde que han empezado los Juegos pensé en Emma.

—Hiccup —le llamo y él me observa desde su bolsa.

— ¿qué sucede? —pregunta, con la preocupación cruzándole las facciones.

—Emma—digo, saliendo de mi bolsa de dormir, preocupada —. Tenemos que ir a por ella.

— ¿Emma? —pregunta de nuevo, frunciendo el ceño como si no supiera quién demonios es Emma… Lo cual probablemente sea el caso.

— ¡La hermana de Jack! —digo, un poco más desesperada y comienzo a rodar mi bolsa de dormir para poder guardarla.

— ¿Qué? Elsa, no —. Esa frase me recuerda a Eugene y me contengo una punzada de dolor.

Sigo guardando mis cosas, indispuesta a dejarla allí, sola. Asumo que está sola, porque cuando Jack me atacó (¿o de verdad me atacó?) no estaba con él. Intento ver en mis recuerdos si la vi correr hacia el bosque y en qué dirección, pero no lo sé. Gruño, irritada.

— ¡Elsa! —Me dice, más consternado y lo puedo ver salir de su propia bolsa—. Es una locura salir a buscarla ahora, Elsa, la buscaremos en la mañana.

—No, no, no —digo, más desesperada, imaginándola en la oscuridad, sola, aterrada —. Tenemos que ir ahora, Hiccup, ¿no entiendes? Sólo tiene 12 años.

Hiccup suspira mientras se pasa una mano por el cabello y sé que ya gané la discusión. Me muerdo el meñique, mientras él recoge sus cosas y luego asiente hacia mí. Tomo mis cosas y me cuelgo el carcaj al hombro cuando una luz muy brillante ilumina el cielo nocturno. El himno de Panem suena y sé lo que esto es. Van a mostrar a los tributos muertos del día de hoy. Tanto Hiccup como yo nos quedamos donde estamos y observamos los rostros pasar. Rezo porque ninguno sean los niños o mí aliada… O Jack.

Niego la cabeza, retirando el pensamiento.

Proyectan el tributo del 10, la del 8, la del 5, los dos del 6, el del 11 y la del 4. Suspiro de alivio y le doy un codazo a Hiccup para que venga conmigo.

Comenzamos a correr en silencio, buscando cualquier señal de vida, pero no tenemos tanta suerte y sé que él en cualquier momento me va a pedir que volvamos o busquemos un refugio y yo no podré negarme.

Casi lo siento abrir la boca cuando lo escucho. Una rama crujir a mí derecha. Ambos nos quedamos quietos, decidiendo qué hacer. Nos miramos el uno al otro, casi con pánico. Claro, Elsa, las posibilidades que, de 17 tributos, el que está cerca sea Emma.

Saco una flecha del carcaj con mucha lentitud, insegura de mis movimientos y avanzo por el suelo, cuidando que ninguna rama vaya a crujir. Me acerco más y fuerzo la vista entre unos arbustos llenos de nieve para poder distinguir algo.

Lo que sí distingo es un susurro enojado y luego el sonido de una espada desenvainándose. Luego, un corte al aire en seco y un cañonazo.

Retrocedo, asustada por el sonido, rompiendo el silencio y sabiendo que hasta aquí llegué. Casi puedo sentir al tributo asesino acercarse a mi posición, pero la fría mano de Hiccup toma la mía y comienza a jalarme, para echar a correr.

Y eso hacemos, damos media vuelta y comenzamos a correr como almas que llevan el diablo. Estoy consciente del ruido que estamos causando pero no nos detenemos… Claro, eso hasta que siento un golpe en mi nuca y todo se pone negro.