Palabras: 1199
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Nota: Revisando archivos viejos, me di cuenta que jamás subí este drabble. Quizás, si encuentro inspiración, termine los capítulos de Theodore y Ryoji c:


In this dream I'm dancing right beside you

Minato abrió los ojos y sólo vio colores claros. El lugar era realmente acogedor, con sus rosas, celestes, verdes pasteles y una pizca de blanco y gris perlado. No tardó en notar que llevaba puestos sus auriculares y el reproductor de mp3 prendido, no obstante, no reconocía la melodía. Eso no lo afectó en lo más mínimo, de hecho le parecía una canción bastante agradable.

Se dio un momento para disfrutar delasituación. Pero pronto algo llamó su atención: algo se movía a su lado. No, no era algo, era alguien.Y sus movimientos no eran azarosos y extraños, sino que a veces se repetían y eran guiados por un ritmo. Estaba bailando. Entonces Minato ahondó en la examinación: era una chica la que danzaba a su lado, quien además parecía estar en su salsa, completamente ensimismada. Se la veía muy complacida, balanceando su bella figura de un lado a otro.

De un momento a otro, dio una vuelta (al parecer su canción había llegado al puente, ese maravilloso punto donde a veces se oye un solo de guitarra o bien un maravilloso coro, anticipando el clímax; lo que la había invitado a romper su patrón de baile) y se topó con él. Al principio la joven pareció sorprendida, lo que él dedujo por su mirada y el gesto que su rostro mostró, pero unos segundos después le regaló una cálida sonrisa a Minato. Él se quedó estático, no sabiendo cómo reaccionar, sólo observando lo que ocurría.

Si había algo que el joven no esperaba, era que acto seguida ella tendiese su mano, como una invitación. Minato se limitó a mirársela, como si ella le estuviese dando un objeto desconocido. Levantó la vista para toparla con una marrón rojiza. La bailarina inclinó la cabeza hacia un lado, enfatizando su sonrisa; tratando de hacerle entender que sus acciones eran buenas. Su alegría incrementó cuando Minato la aceptó, entregándole su mano.

Aparentemente ninguna de las acciones de la muchacha era previsible, dado que una vez que estuvieron en contacto, ella se le arrimó; casi invadiéndolo y asombrándolo más todavía. Con su mano libre, se quitó uno de sus auriculares (él notó que era idéntico a los suyos, sólo que rojos) e hizo lo mismo con uno de los de Minato. Procedió a intercambiarlos, por lo que ambos terminaron enredados entre cables finos y de gris claro. Este mundo de ensueño y la joven no dejaban de hacer cosas inesperadas, o eso pensó el joven, al notar que la melodía que oía desde el reproductor de ella era la misma que la del suyo. Más todavía: ambas canciones iban por el mismo segmento, ni un segundo adelantadas o retrasadas; en un perfecto unísono.

El panorama terminó siendo el siguiente: en ese extraño pero placentero mundo de colores de fantasía se encontraban los dos, solo ellos dos, enredados el uno con el otro con la música como intermediaria y tomados de la mano. La canción terminó al poco tiempo y comenzó otra, con un ritmo más acelerado que la anterior.

Un segundo después, ella ya se encontraba bailando. Ojos cerrados, ancha sonrisa, aura de dicha, moviéndose de un lado al otro como siguiendo una indicación del ritmo, pero cuidando el cablerío. Minato, por el contrario, se quedó quieto; salvando por el brazo que ella hacía bailar. No sabía qué sentir, si fascinarse, extrañarse, reír o llorar. Se limitó a observarla, era entretenida de ver. Había algo que le llamaba la atención, pero no sabía decir qué. Quizás era todo lo que estaba ocurriendo.

Él no solía bailar: como mucho, movía su cabeza de arriba abajo con suavidad o modulaba la letra de la canción si ésta la tenía; incluso cuando estaba muy compenetrado en alguna de sus canciones favoritas. Ella, por lo que Minato podía deducir, era todo lo contrario. Parecía no importarle el resto del universo en cuanto su botón de play estuviese prendido y sus auriculares estuviesen conectados a su reproductor de mp3.

Cuando quiso caer en la cuenta, ella se había detenido en seco. De sus ojos brillantes y rojillos emanaba algo que el ojiazul supo interpretar como… reproche. Minato creyó que estaba ofendida, dado que (si bien lo había hecho de una manera poco habitual) la joven había hecho de todo para compartir su música y sentimientos con él; para no recibir nada a cambio. Con lentitud y sin soltarlo, usó su mano libre para quitarle el auricular rojo que le pertenecía. Parecía que si él no iba a cooperar, ella no tenía razón para incluirlo en su danza.

Dándose cuenta de lo que estaba haciendo sólo luego de haber actuado, Minato le detuvo la mano. Con suavidad le quitó el objeto y volvió a colocárselo. Ahora era ella quien lo observaba con extrañeza. Sus miradas se estrellaron por un rato que ninguno de los dos supo medir, ella esperando lo que él haría a continuación y él pensando qué hacer, mientras su mano y la de la joven cubrían el auricular rojo.

Minato probó algo que no solía hacer: sonreírle. Ella le había regalado tantas sonrisas, ¿por qué no habría de ser su turno? La alegre bailarina sonrió también, feliz de ver que su compañero por fin estaba cooperando.

La canción cambió unos segundos luego, ésta era más lenta. El joven tomó la otra mano de la chica, aunque no esperaba que ella entrelazase sus dedos con los suyos. Después de esto, simplemente se miraron, sonriéndose todavía. No obstante, al parecer sus instintos de bailarina fueron más fuertes que ella, por lo que no tardó en empezar a danzar, lenta y muy suavemente; pero danzando al fin. Minato decidió acompañarla. Como un metrónomo adormilado y gentil, se balanceaban de un lado al otro.

Él fue honesto consigo: le gustaba lo que le estaba ocurriendo. Le gustaba la música, el lugar y su atmósfera, la sonrisa de su acompañante, sus inesperadas acciones, su manera de bailar, sus ojos de color extraño; todo lo que tuviese que ver con ella. En el momento que la canción daba señales de su final, los movimientos de ambos se hicieron todavía más lentos y suaves. Cuando la voz de la intérprete comenzó a desvanecerse, ella cerró los ojos. Minato también.

Con delicadeza, movió su cabeza para adelante y posar su frente contra la de ella. No obstante, en el momento que creyó que la tocaría, no sintió nada. Allí es cuando abrió los ojos y despertó de su sueño. Se sentó en la cama y miró a su alrededor. La luz de la luna era verde e intensa, de su ventana chorreaba algo muy similar a sangre: con esos simples indicios supo que estaba experimentando la hora oscura. Pero unos segundos después, esta acabó, dando paso al siguiente día, a la luz de luna blanca y pura y dejando que el tic-tac de su reloj reanudase.

Enojado (¿con quién debía estarlo? ¿Con su inconsciente o con la hora oscura por acabar?), miró alrededor de su habitación una última vez antes de recostarse. Trataría de buscar a la bailarina entre sus sueños, con la esperanza de no necesitar de la hora oscura para poder hallarla.


¡Gracias por leer!