Bienvenidos a otro capítulo de "Una Decisión". Este capítulo los dejará… ¿Cómo decirlo? ¿Con ganas de leer más? Supongo que ese sería el único término, pues aquí los corazones de nuestros tres personajes principales (Esmeralda, Atem y Anzu) se dejarán llevar por sus bajas pasiones.
En fin…
COMENCEMOS YA!
Capítulo 9: Corazón.
— ¡¿EH?! ¡¿I-Irse?!
— Sí. — Esmeralda se terminó de colocar sus botas negras y miró intensamente a la castaña. — Nos iremos de viaje a Atlántida.
— P-Pero…
— Sé que fue destruida por Dartz, yo se lo ordené. — Los demás presentes soltaron un jadeo de sorpresa. Anzu hizo una mueca. — Pero sé cómo encontrarla.
—… T-Tú… ¿Tú le ordenaste a Dartz destruir su propio reino? — Preguntó con la voz ahogada Jonouchi.
— Bueno, no de manera literal. Se podría decir que le di un empujoncito. — Sonrió con burla y luego miró a Atem. — Así como lo hice contigo, y llevaste a Egipto a una casi destrucción. — Los ojos rubíes de él le devolvieron la mirada con cierto rencor, pero a la vez culpa. — Allí es donde se encuentra el Leviatán.
— Creí que…
— Oh, por cierto. — Le calló. — Ten. — De su mano apareció una espada con un resplandor de un turquesa claro. Se la lanzó al faraón, quien la sostuvo y la miró con detenimiento. La miró sorprendido.
—… Esta espada es…
— Es de Timaeus. — Sonrió con complicidad.
— ¡¿Qué?! — Yugi y Jonouchi miraban sorprendidos a Atem.
— La que te presté durante tus entrenamientos no te respondía bien. Tal vez esa sí. — Esmeralda se encogió de hombros.
—… ¿Cómo pudiste…?
— Llamé a su espíritu, le pedí su espada, aunque claro, Timaeus se parece muchísimo a ti, así que… se podría decir que me costó un poco convencerlo. — Le dirigió un pensamiento. — "Me odia tanto como tú me odiaste."
—… ¿Y qué hay de mí? — Esmeralda miró a Jonouchi. — E-Es decir… Y-Yo…
— Tranquilo, campeón. — Materializó la espada de Hermos. — También te iba a dar una. Tendrás que luchar con nosotros.
— ¡Wooooooooooooooooooooooooooooooooow! ¡GENIAL! — Saltó de la alegría.
Sin embargo, a Atem no le hacía ninguna gracia poner en riesgo nuevamente a sus amigos, mucho menos en una experiencia tan horrible. Podía jurar que muchos habían quedado traumatizados con todo lo ocurrido con Dartz. Yugi y Jonouchi habían perdido sus almas, Anzu y los demás se habían sumergido en un mar de desesperación, y él… Bueno, él también había quedado muy afectado. Casi renunciaba a su propia vida al sentirse incapaz de recuperar el alma de sus amigos.
Además…
—… Un momento. — Frunció el ceño. Miró a su antigua mujer, quien le devolvió la mirada con curiosa tranquilidad. — ¿Qué hay de la espada de Critias? — Esmeralda le sonrió con suma diversión.
— Vaya, así que lo notaste.
— Kaiba no está en Domino, ¿qué harás con él?
— ¿Ah? ¿Lucharemos al lado de ese idiota?
—… Necesito a los Tres Guerreros… Y por supuesto… A cada persona especial.
Atem frunció el ceño.
—… ¿Qué quieres decir con eso? — Preguntó curiosa Anzu.
— Cada guerrero debe tener un equilibrio completo de su alma. — Comenzó a caminar alrededor de Jonouchi y de Atem.
Tanto el tricolor como el rubio, no pudieron evitar estremecerse ante el asechamiento de la hermosa joven. Parecía una víbora acorralando a su presa.
— Y para ello… Se dejan un objetivo en claro. — Se detuvo en frente de Jonouchi. — Dime, ¿cuál fue tu verdadera razón para querer derrotar a Dartz?
— ¿Eh? — Jonouchi frunció el ceño. — ¿No es obvio? Para salvar el alma de Yugi y de las otras persona...-
— Mentira. — Le cortó tras sonreír. El rubio se estremeció. — Dime la verdadera razón.
— ¡N-No estoy mintiendo!
— Lo sé. — Se encogió de hombros, pero se acercó lentamente hasta casi pegar su cuerpo al de él. Su presencia oscura estaba influenciando a Jonouchi, quien había comenzado a sudar, asustado. — Pero no estás contestando lo que te pregunté…
— Esmeralda. — Atem la llamó en tono de advertencia.
— No te metas, Atem. — Ni siquiera cortó el contacto visual de sus penetrantes ojos rojos con los cafés de Jonouchi. — Anda, Katsuya. Escúpelo.
— Y-Yo…
— Tch.
La paciencia de Esmeralda se había acabado. Tomó rudamente de los brazos a Jonouchi para liberar una potente descarga oscura en las entrañas del rubio, quien soltó un alarido de dolor.
— ¡AHHHH!
— ¡JONOUCHI!
— ¡Jonouchi-kun!
— ¡ESMERALDA, YA BASTA! — Atem separó bruscamente a su mujer de su amigo. Miró asesinamente a la de ojos carmín. — ¡¿Qué demonios sucede contigo?! ¡¿Por qué hiciste eso?! — La de cabellos azabaches tenía la vista pegada en el suelo, pero levantó el mentón con una orgullosa expresión llena de ira.
—… Ustedes, todos ustedes… No son más que hombres patéticos. — Escupió con desprecio la chica, sorprendiendo a Atem. — Siempre desean lo más asqueroso. — Apretó los puños. — Pero cuando por una vez en sus patéticas vidas ansían algo honesto y puro, no lo dicen… ¡PORQUE SON UNOS EGOÍSTAS! — Terminó por gritar y salió de la habitación.
— Esmeralda…— Anzu iba a seguirle como siempre, pero Atem la detuvo.
— Déjala, Anzu. No estuvo bien lo que hizo…-
— No. Estuvo bien. — Intervino una voz a sus espaldas. Anzu y Atem se giraron para ver la expresión culpable de Jonouchi. —… Ella tiene razón.
—… ¿Jonouchi? — Le llamó inseguro Honda.
—… La verdadera razón, ¿huh? — Sonrió con dolor. Negó con la cabeza. — Supongo que le debo una disculpa a tu esposa, faraón. — Se rio para calmar el humor, pero ni siquiera el mismo logró sentirse mejor.
Anzu lo miró por largos segundos, hasta que se sorprendió, comprendiendo las palabras de Esmeralda.
"Pero cuando por una vez en sus patéticas vidas ansían algo honesto y puro, no lo dicen…"
—… Jonouchi…— Suavizó su mirada.
El rubio suspiró y salió silenciosamente de la habitación, siendo seguido de la mirada de todos sus amigos.
—… "La verdadera razón por la cual quiso enfrentarse a Dartz… Fue por Mai-san." — Pensó dolorosamente la castaña.
.
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— ¿Qué tiene que ver Mai en todo este asunto?
La pelinegra se giró lentamente para encarar a Jonouchi, quien mantenía el ceño fruncido. Ella le dirigió una mirada fría e indiferente.
— Hmph. Te dignas a hablar cuando tus amigos no están mirando.
— Siento haberte ofendido de alguna forma.
— Da igual, todos los hombres son iguales.
— ¿Por qué dices eso? Que yo sepa, Atem es una buena persona.
— El que haya sido una buena persona, lo llevó a su propia condena, Jonouchi Katsuya. — Negó con la cabeza. Jonouchi frunció el ceño.
El rubio siempre pensó que desde que Esmeralda había llegado, ella era la malvada del cuento, sin embargo, la forma en que la miraba Atem, las expresiones de Anzu…
Esa mujer no era malvada.
Pero estaba completamente herida.
Por eso Jonouchi Katsuya era incapaz de odiar a Esmeralda.
Porque le recordaba a Mai.
— Mai es tu objetivo.
— ¿Eh?
— Ella es tu objetivo, Katsuya. — Sonrió con melancolía. — Deseas salvarla de ese dolor, de esa oscuridad… Deseas hacerla feliz, en tus brazos.
El rubio se sonrojó de golpe.
— N-N-No t-t-te-tenías q-que d-de-de-decirlo a-así…— Tartamudeó, nervioso. Sin embargo abrió la boca, pasmado de ver por primera vez una sonrisa sincera en los labios de Esmeralda.
— Pareces un niño, Katsuya. — Negó con la cabeza y caminó a la salida. — Partiremos en un par de días.
— E-Esmeralda. — Le llamó. La pelinegra se giró para verle de reojo. —… ¿Qué pasará con Mai?
—… Si ustedes derrotan al Leviatán… Ustedes estarán bien.
—… ¿Y qué hay de ti y de Atem?
—…— Sonrió. — Mi historia con él terminó hace siglos.
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— ¿Estás bien?
— ¿Eh? Sí. — Sonrió apenada. — Es solo que… Me da lástima que todos malinterpreten a Esmeralda. — Respondió honestamente la castaña. Atem suavizó su mirada, y la de ojos azules lo notó. Hablar de la mujer del faraón era un tema común en ellos, pero no por eso menos incómodo. —…— Apartó sus ojos de él.
—… Gracias a que volví a verla… He comenzado a recordar algunas cosas.
— ¿De verdad? — Volvió a mirarle, esta vez con verdadera curiosidad. — ¿Recuerdas lo que pasó con ella?
—… Sí. Recuerdo por completo lo que ocurrió entre nosotros. — Sus ojos rojos se oscurecieron de sufrimiento. —… Fue doloroso.
Anzu lo entendía, después de todo, Esmeralda le había transmitido esas memorias a ella también. Recordarlo le causaba escalofríos.
—… Anzu.
—… ¿Sí?
—… Yo… Quiero salvar a Esmeralda. — Se decidió con voz firme. — Quiero liberarla de su dolor, de todo ese odio que tiene contra el mundo. — Miró su mano que sostenía con confianza la espada de Timaeus. Podría decirse que hasta la sentía suya. — Ese es mi objetivo ahora. Gracias a ella, recordé mi nombre y mis memorias. Así que… Quiero devolverle el favor.
Anzu sonrió y asintió con la cabeza.
Esmeralda había pasado por demasiadas cosas. No merecía nada de lo que le había ocurrido siglos atrás. Encerrada en la oscuridad, ser feliz para luego arrebatar su sonrisa gracias a un padre psicótico…
Cerró los ojos con fuerza mientras se abrazaba a sí misma.
Como odiaba recordar lo que había vivido la chica.
—… Tú también lo viste, ¿verdad? — Anzu asintió, sintiendo náuseas. Atem suspiró. — Si ella no me hubiese traspasado sus memorias por accidente… Yo tal vez… Aún seguiría odiándola y amándola al mismo tiempo.
La castaña abrió más los ojos, sorprendida.
— Pero ahora… Yo siento deseos de protegerla y salvarla. Y así… Nuestra historia se dará por finalizada… Y tendremos que volver a donde pertenecemos.
(N/A: Esto me salió TAN Inuyasha XD)
La castaña de ojos zafiros simplemente asintió en silencio. Siempre supo desde un principio que tal vez el faraón se iría algún día, le resultaba dolorosa la idea. Y al parecer, dolía más que el momento se acercaba con desbordante rapidez. Apretó los puños mientras sentía sus orbes llenarse de lágrimas. Atem lo notó, y no pudo evitar desear cumplir el deseo de esa pobre joven: El quedarse. Estar en esa época, se había sentido libre como persona, no como un príncipe y luego faraón, solo un chico más, gracias a sus amigos que lo trataban como tal.
Apreciaba mucho sus recuerdos como faraón, fue su primera vida, la más importante. Pero anhelaba una segunda oportunidad, una nueva vida.
En un principio, a él no le hubiese molestado irse de este mundo, pues sabía que sus amigos eran fuertes, que lo despedirían con una sonrisa.
. . .
Pero después se dio cuenta que la única persona que no podía abandonarlos a ellos era él mismo.
¿Sería capaz…?
Dejó escapar un suspiro, frustrado con sus propios deseos y anhelos.
— ¿Atem? — El tricolor dirigió sus ojos rojos a los azules de ella. —… ¿Lo que acabas de decir…? ¿Realmente es eso lo que quieres?
—…— Analizó los orbes zafiros de la joven con cuidado. —… Yo quiero y deseo proteger a mis amigos, incluso si me cuesta la vida. — Confesó. — Y quiero salvar a Esmeralda. Eso es verdad. — Anzu notó el brillo melancólico y triste en los ojos del faraón. —… Pero… Lo que no quiero ahora es… Irme.
La castaña abrió más los ojos, dejando escapar unas cuentas lágrimas, asombrada.
—… No quiero dejar a Yugi… Ni a Jonouchi… A Honda tampoco…— La miró directamente a los ojos. — Y a ti mucho menos, Anzu. — Pausó unos segundos para mirar el suelo y volvió a mirarla. —… Es así como me siento realmente.
—… Siempre has dicho que lo mejor es seguir a tu corazón. — Susurró con la voz temblorosa. Atem y Esmeralda no pertenecían a ese tiempo, ellos debían volver a su lugar de origen, y aun así… No quería que eso pasara. Quería que tanto el faraón como la antigua reina se quedaran en esta época.
—… No sé si haya una forma de… Quedarnos. — Cerró los ojos. — Pero si la hay, haré lo posible por lograrlo. — Abrió sus orbes rojos para mirarla. — Pero si no es así… Quiero que seas feliz, Anzu. No quiero que sufras por mí.
—…— Se colocó de pie, dándole la espalda. Inhaló lentamente para mirarle con una triste sonrisa. — No puedo prometerte eso.
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Kaiba abrió más los ojos, sorprendido. En su oficina yacía sentada cómodamente una pelinegra de ojos rojos, esperándole con una sonrisa grotesca. Frunció el ceño, mataría al estúpido que la había dejado pasar. Sentía que la había visto antes, en algún lado…
Y le inspiraba ira.
— Tranquilo, Seth. Nadie me dejó entrar. Yo me metí sin permiso. — El castaño esta vez estaba más tenso que antes. Lo llamó de una forma un tanto extraña, y pareció saber lo que pensaba como si fuese un libro abierto. — Pues, lamentablemente sí, eres un libro abierto para mí. — Se colocó lentamente de pie y caminó hacia él.
— ¿Quién diablos eres?
— Deberías saberlo. — Sus ojos rojos oscurecieron del rencor.
No podía olvidar los maltratos e insultos de Seth, el maldito sacerdote. Ver a Kaiba era como verlo a él. Sentía unas bestiales ganas de desenfundar su espada y despedazarlo.
Pero él también formaba parte de los guerreros legendarios, por más que lo odiara.
—…— Se recompuso y le miró fríamente. — Soy Esmeralda. — Alzó su mentón con orgullo. — Y necesito que nos ayudes.
— No te conozco, y no tengo por qué hacerlo, niñita.
— Oh, ¿de verdad? — Un aura oscura comenzó a rodearla, logrando que Kaiba le mirara asombrado y retrocediera un poco. Esmeralda sonrió mientras ella avanzaba hacia él. — ¿Sabes? No sabes lo bien que se siente intimidar al bastardo que me asustaba siglos atrás.
—… No sé de qué diablos estás hablando.
— Claro que no. No eres más que un pobre diablo que solo cree en lo que solo sus ojos ven. Hay demostrarte todo con tal de que creas un cuarto de lo que en verdad es. — Dio un paso firme, provocando que el sello de Orichalcos se formara bajo ella. Seto la miró a los ojos.
— ¡¿Qué diablos?! ¡Esto es…!
— NADIE puede acabar conmigo. — El sello se extendió al punto de que ambos quedaran rodeados. — Y yo no soy como el idiota de Dartz, que para quitarte tu alma se requiere un duelo de monstruos. — Sonrió casi con humor. — No. Yo no soy así. Si yo quisiera, te quitaría ahora mismo tu alma.
—… ¿Y por qué no lo haces para ahorrarte tanta palabrería?
— Porque admito que verte tan sumiso y asustado me causa un grandioso placer. — Apretó los puños. — Pensar que el miserable que me decía malnacida y monstruo tema de mí, me causa gran satisfacción.
—…— Apretó los dientes. Esa mujer le causaba una inseguridad y un desprecio tan grande que le surgían ganas de estrangularla con sus propias manos.
— Tu batalla contra Dartz terminó, pero el Leviatán sigue vivo.
— ¿Y tú como sabes eso?
— No es de tu incumbencia. — Borró su sonrisa. — ¿Vendrás conmigo sí o no?
—… Hmph. — Le miró venenosamente. — ¿Por qué tendría que ir con contigo?
— Porque a tu hermanito podría pasarle algo. — Se rio con suavidad. Kaiba palideció.
—… ¿Mokuba? — Se recompuso y le miró con desprecio. — ¡Tú…!
— ¿Qué? ¿Cómo me vas a llamar ahora? ¿Malnacida? ¿Monstruo? ¿Demonio? — El collar que portaba con el símbolo del sello de Orichalcos resplandeció, provocando que Seto cayera al suelo. Contempló al joven con odio. — No te sorprendas, Seth. Tú fuiste uno de los causantes de cómo soy ahora.
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— ¿Eh? ¿Zafiro? — Anzu avanzó hacia el pelinegro que dirigía el barco.
— ¡Oh, son ustedes! — El chico se acercó con una sonrisa hacia ella, Yugi, Atem, Jonouchi y Honda. — ¡Qué bueno verlos! Trabajo como un marinero más, así que…— Se rio con nerviosismo. — No sabía que irían de viaje.
— Nosotros tampoco. — Admitió el rubio. — Fue repentino.
— Sí. — Anzu concordó.
— Vaya. Bueno, no se preocupen, llegaron antes. Aún faltan personas por abordar.
— ¿Hablas de Esmeralda? — Preguntó la castaña. El pelinegro congeló su expresión y ocultó sus ojos de ella.
—… Sí. Aunque hay más personas.
—… Supongo que tendremos que esperar. — Suspiró el castaño. Yugi miró de reojo a Atem, quien mantenía una expresión ausente.
— Te equivocas.
Todos se giraron para encarar a Esmeralda, quien tenía una expresión dura en su rostro. No parecía estar de buen humor. Llevaba una blusa negra y unos pantalones azul marino con botas del mismo color que la prenda superior. Su cintura era rodeada por un cinturón especial que traía unas cartas de duelo de monstruos. Aunque curiosamente, eran pocas.
— ¿Qué esperan? Vámonos. — Fue la primera en subir con una iracunda expresión. Atem y Anzu le siguieron el paso en silencio, sabiendo que si decían algo, empeorarían su humor.
En cambio, Yugi, Jonouchi y Honda decidieron ir a una distancia prudente. Podían notar la tensión entre esos tres.
—… Atem… ¿Habrá tomado ya una decisión?
—… Yo creo que sí. — Admitió Yugi al ver la mirada del faraón. Lo conocía demasiado bien. — Pero primero debemos terminar esto.
Ellos asintieron y entraron, seguidos de Zafiro que mantenía una expresión preocupada.
Cuando estuvieron todos a bordo, nadie le quitó la vista de encima a Esmeralda, que estaba cruzada de brazos con los ojos cerrados y el ceño fruncido.
—… ¿Ocurre algo? — Decidió preguntar amablemente la castaña.
Esmeralda abrió sus ojos y miró a la ojiazul. Sus ojos carmesí se suavizaron ante la consternada expresión de Anzu. Suspiró.
—… No. Solo que Kaiba es un bastardo.
— ¿Kaiba? — Atem frunció el ceño al sentir como recuerdos de su pasado le golpeaban. Kaiba era la encarnación del sacerdote Seth. Recordó la mala relación que Esmeralda y el sacerdote sostenían, tanto así que llegó a extremos de pérdida de sangre. —… ¿Qué hiciste con él?
Esmeralda le miró y chasqueó la lengua. Sacó las cartas de su cinturón. La primera que sacó la lanzó al suelo, pero apenas lo hizo, el cuerpo de Seto se materializó y despertó de golpe.
— ¡¿K-KAIBA?! — El rubio soltó, sorprendido.
El castaño se incorporó para notar en dónde demonios estaba. Reconoció al grupo de Yugi hasta que se topó con los ojos rojos de Atem. Luego miró a Yugi para luego volver a posarlos en el faraón.
—… Tú…— Frunció el ceño.
— Me encantaría decir que es un placer verte, Seth. — Intervino Esmeralda. Se ganó una miranda furibunda por parte de Seto. — Pero no es así, ni tampoco tenemos tiempo de explicarte del por qué Atem está separado del cuerpo de su descendiente. — Materializó una espada y la lanzó hasta caer en los pies del castaño. — Es la espada de Critias.
—…— La cogió con cuidado y miró a Esmeralda asesinamente. — ¿Dónde está Mokuba?
Los demás miraron a Esmeralda con pánico. ¿Qué había hecho ella para soltar la ira de Kaiba de esa forma? Atem frunció el ceño, pero decidió no intervenir, para gran sorpresa de Anzu y de Yugi.
— Tranquilo, está aquí. — Le mostró una carta con el rostro del hermano del castaño, sin embargo siendo marcada con el sello de Orichalcos.
—… Tch. — Apretó la espada contra su mano con fuerza.
— Anda, intenta matarme. — Materializó su propia espada al notar las ganas de pelear del castaño. — Será divertido.
— ¡Devuélveme a Mokuba!
— Qué miedo das…— Se burló, soltando por completo la furia de Kaiba Seto.
El castaño alzó la espada para acabar con esa cruel sonrisa que adornaba el bello rostro de la joven de cabellos azabaches, aunque se sorprendió cuando Esmeralda detuvo su ataque con su propia espada, pero con una sola mano. Aplicó más fuerza para empujarlo. Seto retrocedió y terminó por caer al suelo al sentir un rodillazo en el abdomen.
Sintió como unas cuantas costillas se le habían roto y escupió sangre. Miró con sorpresa a esa mujer que le devolvía la mirada con odio puro. Sus bellos orbes rubíes brillaban del asco y desprecio que sentía contra él.
Esa mujer no era humana. No podía serlo.
— Eres escoria. — Escupió ella sin dejar de mirarle de esa forma que logró estremecer a los presentes. — Pero para mi desgracia, te necesito vivo. — Dejó caer la carta de Mokuba al suelo, logrando que esta apareciera inconsciente.
— ¡Mokuba! — Se acercó a él para verificar su estado. Solo estaba dormido.
Esmeralda iba a retirarse de allí, pero recordó que tenía una carta más en su poder.
—… Katsuya. — El rubio dio un respingo. — Ven conmigo, necesito mostrarte algo. — Le miró de reojo.
El rubio tragó saliva. Joder, esa mujer sí que sabía inspirar terror. La siguió con las piernas temblorosas, sintiendo las miradas de sus amigos clavando su espalda.
Cuando llegaron a una habitación, Esmeralda suspiró. Sacó una carta y se la entregó a Jonouchi. El rubio la tomó.
—… Tú…
— Tranquilo, no la secuestré con tanta violencia como lo hice con Kaiba. — Se encogió de hombros. — Pero sabía que querías verla, y que ella quería verte a ti. Además, ella es tu verdadera razón en todo esto, ¿verdad?
—… Sí.
— Dame la carta. — Pidió con casi amabilidad.
El "casi" se debía que, aunque le haya pedido suavemente, le quitó sin cuidado la carta. La posó en la cama con cuidado y tras pronunciar algo completamente extraño para los oídos del rubio, el cuerpo de Kujaku Mai apareció inconsciente en la cama. Estaba vestida completamente de negro. Sus ropas se asimilaban a las que usó cuando Jonouchi la vio por última vez.
— Ella estará bien, solo no ha dormido mucho. — Comentó la pelinegra al dirigirse a la salida.
— Esmeralda. — Le detuvo el rubio.
La aludida se detuvo, pero no se giró a verle.
—… No sé qué demonios habrá ocurrido contigo… Pero yo sé que no eres una mala persona. — Sonrió al admirar a la rubia inconsciente. —… Esto que has hecho… Lo aprecio bastante. — Tragó saliva con esfuerzo. —… Gracias.
Esmeralda no se volteó, pero dibujó una sonrisa en sus labios. No dijo nada y salió de la habitación para dirigirse a la suya propia.
Aunque claro, notó ciertos pares de ojos mirándola.
Atem y Anzu la siguieron con la mirada hasta que desapareció. La castaña no pudo evitar sentir lágrimas asomarse por sus ojos. El tricolor no pudo evitar sonreír con tristeza.
El corazón de Esmeralda estaba comenzado a latir.
Y eso la estaba debilitando.
No sabía si eso era bueno o malo. Bueno, porque estaba comenzando a ser la misma… Pero podría ser malo porque el Leviatán podría hartarse de ella y eliminarla, cosa que él no permitiría.
Miró a Anzu a los ojos, quien le devolvió la mirada.
Asintieron al mismo tiempo.
Iban a recuperar el corazón de Esmeralda.
Continuará…
Ja! Creyeron que dejaría de lado a mis amados Guerreros Legendarios?! NI LOCA! Jijiji, bueno, los espíritus de Timaeus, Hermos y Critias residen en las espadas de los tres elegidos, obviamente.
El corazón de Esmeralda, después de tantos siglos, finalmente ha comenzado a latir, pero ¿a qué precio?
En fin, espero que les haya gustado, el próximo capítulo se viene con cierta brusquedad!
Nos vemos!
Rossana's Mind.
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