HOLA, CHICOS!BIENVENIDOS A OTRO CAPÍTULO DE "Una Decisión", al parecer, este capítulo dará signos de qué ocurrirá más adelante!

En el capítulo anterior, Esmeralda trajo a los Kaiba a la fuerza a la misión encomendada, sin embargo a Mai la trajo debido a los sentimientos de Jonouchi, quien está realmente agradecido con ella. Anzu y Atem presencian esto, y están más firmes que nunca en salvar a Esmeralda.

En fin, COMENCEMOS YA!

Capítulo 10: No importa lo que pase.

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Se detuvo abruptamente al sentir algo removerse en su interior. Se cubrió la boca con una mano y se arrodilló en el suelo mientras que con el otro brazo, abrazaba su estómago. Unas horribles náuseas le atacaron y cerró los ojos con fuerza al sentir cómo comenzaba a sudar. Soltó una maldición por lo bajo. Ya cuando comenzaba a estabilizarse…

—… "¿Qué demonios quieres?"

"Tch. ¿Qué fue ese gesto tan amable de antes?"

Notó cierta burla y enojo en la pregunta de la serpiente, pero ella sonrió con sarcasmo.

— "¿Qué tiene de malo? No te influencia en nada…-"— Sus pensamientos cesaron al sentir como el Leviatán se removía casi con tortuoso regocijo en su interior, provocándole unas enormes ganas de vomitar del asco y el dolor.

"No te pases de lista conmigo, niñita. Estoy dentro de ti, sé lo que planeas hacer conmigo. Pero sabes muy bien que tu objetivo nunca se llevará a cabo."

—…— Respiraba con rapidez, no quería devolver lo poco que había comido.

"Además… ¿Por qué demonios quieres juntar al faraón con esa chiquilla?"

— "Creí que podías saber mis intenciones con claridad…"— Se rió con burla.

"Hmph. Lo haces para sanar al faraón, pero dime… ¿Qué pasará contigo? Te dejará abandonada, en el peor de los casos… Quizás te entreguen bandeja de plata a tu padre…-"

— "¡CÁLLATE!"

Sintió un ardor en su brazo, lo miró y soltó un jadeo de horror al ver nuevamente esa cicatriz que había hecho desaparecer con magia siglos atrás. Era ese sello, el maldito sello de Orichalcos gravado con fuerza en su piel. El Leviatán quería terminar de destrozarla emocionalmente al punto de perder la cordura. Ella había pasado por toda clase de horrores en su vida, pero aún le quedaba algo de sanidad mental, y no iba a permitirle semejante acto.

Podría terminar matándolos a todos nuevamente, no lo podía permitir.

—… "En caso que me ocurra algo… Tendré que prevenirles." — Se colocó débilmente de pie y se dirigió a su habitación para comenzar.

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Abrió lentamente sus ojos, pestañeó, volvió a cerrarlos para nuevamente abrirlos. Miraba el techo blanco de donde estaba cómodamente acostada.

— ¡Mai!

La rubia giró automáticamente la cabeza al oír esa voz. Se encontró con un par de ojos chocolate que la miraban con genuina preocupación y felicidad. Se incorporó lentamente y le miró.

—… Jonouchi…

— ¡Qué bueno que estás bien! ¡No sabes lo preocupado que me tenías! Después de lo de Dartz, no logré saber de ti, y pues… Yo…— Calló al notar que la rubia apartaba sus ojos lilas de él. — ¿Mai? ¿Estás bien?

—… Yo creí…

-L-a—N-o-c-h-e—A-n-t-e-r-i-o-r-

Mai caminaba en el cementerio para detenerse en la tumba de sus padres. Se arrodilló y dejó unas cuantas lilas en cada una.

—… No saben cuánto los necesito, porque deberían echarme un buen regaño. — Sonrió con tristeza.

No podía creer que había causado tanto daño. No solo a Jonouchi, sino a Yugi, a Anzu, y a todos los demás. Recordó con dolor que la hermanita del rubio deseaba ser como ella.

Se rio.

¿Ser como ella?

¿Quién querría ser como ella?

Un ser despreciable que les culpaba a otros los errores que ella misma cometió. Su mente había quedado desquebrajada tras haber estado atrapada en el Reino de las Sombras. Ella debió pedirle ayuda a alguien, a Yugi, o tal vez pedirle consejo a Jonouchi.

Pero no lo hizo.

Su orgullo no se lo permitió.

Y por su estúpido orgullo, calló. No pidió ayuda, tampoco dio rastros de existencia. ¿Por qué tenía que culpar a sus amigos de su silencio? Ella fue quien no dijo nada con respecto a su estado, no podía exigir que ellos siempre estuvieran tras ella para preguntarle cómo estaba.

Sakura no hana wa itsu hikaru?/ ¿Cuánto se abrirán las flores de cerezo?

Yama no osato ni itsu hiraku/ ¿Cuándo de abrirán en la aldea de la montaña?

Alzó rápidamente la vista al escuchar esa voz femenina en medio de la niebla. Se puso de pie, alarmada. Escuchó unos lentos y elegantes pasos acercarse. ¿Quién…?

Y la vio.

Sakura no hana wa itsu niou? / ¿Cuándo olerán las flores de cerezo?

Warau nana no ko asobu koro/ Cuando el niño de siete años que ríe juegue

En medio de las tinieblas, apareció una bellísima joven de cabellos negros y largos que se movían con gracia por el viento. Su voz era angelicalmente escalofriante. Más aún ante la vacía expresión que demostraban sus ojos rojos como la sangre. Su piel blanca le daba un aspecto hermoso y tétrico, siendo complementado con su vestido negro que la hacía parecer un fantasma. Iba descalza.

Sakura no hana wa itsu odoru / ¿Cuándo bailarán las flores de cerezo?

Utau nana no ko nemuru koro/ Cuando el niño de siete años que canta duerma

Mai no podía moverse. Estaba demasiado aterrada como para hacerlo. ¿Cómo no? No siempre se te aparecía una mujer tétrica y bella en un cementerio vacío y lleno de niebla. La joven se detuvo hasta estar a escasos metros de ella.

Sakura no hana wa itsu kuchiru?/ ¿Cuándo se marchitarán las flores de cerezo?

Shinda nana no ko noboru koro / Cuando el niño de siete años muerto se levante.

La joven cerró unos segundos sus orbes rubíes, pero los volvió a abrir para mirar a la rubia, que le miraba con confusión y cierto grado de pánico, el cual aumentó al notar su collar. El collar con el dibujo del Sello de Orichalcos.

Soy Esmeralda. — Se presentó sin rodeos. — Y tú eres Kujaku Mai.

—… ¿Cómo sabes mi nombre? — Tenía miedo, pero no quiso demostrarlo. Frunció el ceño.

Porque, siendo la creadora de esta cosa…— Le señaló el colgante, causando que Mai retrocediera. — Sé muy bien lo que hiciste, el por qué lo hiciste y cómo.

—… ¿Tú lo creaste?

—… Así es. — Le sonrió con amabilidad. — Yo no voy con rodeos. Si yo quisiera, en un abrir y cerrar de ojos podría quitarte tu alma.

La rubia le siguió mirando a los ojos con temor, hasta que miró el suelo y se dejó caer de rodillas.

—… ¿Vienes a castigarme?

Esmeralda abrió más los ojos, sorprendida por su pregunta. Honestamente, siempre quiso conocer esa mujer que ocupaba los pensamientos de Jonouchi Katsuya. Se sentía muy familiarizada con ella. No podía evitarlo. Suavizó su mirada.

—… ¿Tú qué crees?

—…— Cerró los ojos. — Bien.

La joven suspiró. ¿De verdad creía que vino a quitarle la vida? Se arrodilló a su altura, obligándola a que sus ojos carmesí se conectaran con los lilas de ella.

Vine aquí para que cumplas con lo que debes hacer. Lo que mereces hacer.

La rubia volvió a mirar el suelo, condenándose mentalmente.

—… Ya veo.

Esmeralda no sabía si había comprendido del todo sus palabras, pero no dijo nada. Se colocó de pie y posó su mano blanca en la cabeza de ella. Pronunció algo en voz baja y un aura verdosa rodeó a Mai, quien cerró los ojos con rendición. Luego de un gran resplandor, una carta cayó en manos de la pelinegra, que admiró la carta con melancolía.

—… Te pareces mucho a mí, Mai. — Musitó cuando guardó la carta y desaparecía de allí.

-E-n-d-s-

— ¿Mai?

— ¿Eh? — Reaccionó. Volvió a mirar al rubio.

— ¿Te sientes mal? ¿Te duele algo?

—… No. — Miró sus manos. — "¿Habrá sido mi imaginación?"

¿Habrá sido así de verdad? Entonces, ¿cómo llegó a estar con Jonouchi en…? Un momento.

¿Dónde estaba?

—… ¿Dónde estoy?

— Estamos en un barco. No sé qué querrá hacer Esmeralda, pero solo sé que iremos a la Atlántida. — La rubia le miró rápidamente.

—… ¿Esmeralda?

— ¿Ah? Sí… ¿No la conoces?

—… Sí… La conozco. — Se estremeció. Entonces no fue una ilusión. Lo que quiso decir la joven fue que iba a llevarla al lado de Jonouchi… Pero, ¿por qué? —… Jonouchi…— Lo miró a los ojos. —… Y-Yo…

— ¿Qué pasa?

Trató de hablar, pero los recuerdos se lo impidieron. La imagen del cuerpo de Valon caer al suelo, luego Jonouchi empujándola lejos del sello para prevenir que le ocurriera algo, las pesadillas que había comenzado a tener del Reino de las Sombras, la visión de Yugi interponiéndose en el ataque del Dragón Alado de Ra para salvarla a ella y a Jonouchi, las expresiones horrorizadas de sus amigos cuando ella confesó formar parte del grupo que estaba del lado de Dartz.

Sus orbes lilas se llenaron de lágrimas, sorprendiendo a Jonouchi.

—… ¿M-Mai…?

—…— apartó sus ojos de él al sentir que las lágrimas resbalaban por sus mejillas. —… ¿Por qué no estás molesto conmigo? ¿Por qué no me odias?

—… Mai…— Posó una mano en su hombro, tirando de ella suavemente para que se miraran. Limpió las lágrimas de su rostro. — Tú eres mi amiga, eres demasiado importante para mí… Y lamento haberte descuidado cuando pasabas por demasiado dolor, no tengo excusas, pero… Yo no te guardo rencor, al contrario. — Se rio con nerviosismo. Mai sollozó suavemente. Jonouchi sonrió y la abrazó con cuidado. — ¡Vamos, Mai! ¡No llores! — Se rio. — Tu maquillaje se arruinará y de verdad parecerás una arpía. — Bromeó.

Esperó que con eso Mai reaccionara, se enfadara y le golpeara. Quería eso en lugar de verla llorar. Sin embargo, ocurrió algo más interesante.

Mai soltó una suave carcajada mientras correspondía su abrazo.

—… Perdóname, Jonouchi.

— Ya te dije que no te preocupes por eso. — Bufó, tratando de controlar los acelerados latidos de su corazón y el calor de sus mejillas.

Se separaron justo cuando tocaron la puerta. Jonouchi dio permiso a la persona a entrar y vieron a Zafiro.

—… Uh, perdón. ¿Interrumpo algo?

Ambos rubios se sonrojaron.

—… N-No. — Negó el rubio frenéticamente con la cabeza.

— Bien. — El pelinegro sonrió. — Porque Esmeralda desea verlos a todos afuera. ¿Podrán ir?

Ambos asintieron y se encaminaron al lugar que había citado Esmeralda, guiados por Zafiro.

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Atem frunció notoriamente el ceño y Anzu miró con preocupación a Esmeralda. La de cabellos azabaches estaba más blanca que un papel, más de lo normal. Estaba sudando y respiraba agitada, aunque de la forma más silenciosa posible. Sus ojos estaban fuertemente cerrados, señal de estar en un estado de conflicto interno. Los abrió al sentir a todos los presentes que necesitaba allí.

— ¡¿Eh?! — Yugi miró con sorpresa la presencia de ciertos dos individuos que no habían visto en todo el trayecto. — ¡¿Ishizu-san?! ¿Marik?

— Lamentamos no haber podido saludar antes. — Se inclinaron ambos con respeto. — La señorita Esmeralda nos pidió que viniéramos.

Los demás estaban sorprendidos, aunque Atem y Anzu no. Ishizu era la reencarnación de Isis, a quién Esmeralda la había considerado como su madre. No era extraño ver que Esmeralda era realmente amable con la mujer y su hermano.

Jonouchi y Mai llegaron, bajo las miradas de desconcierto por parte de, ahora, todos.

— ¡Mai-san! — Anzu se acercó a ella y la abrazó. — ¡Estás bien! — Le sonrió. Mai le miró sorprendida, pero correspondió la sonrisa. Yugi también se le acercó y sonrió.

La rubia se topó con los ojos del faraón, quien le sonrió. Por alguna extraña razón, Mai parecía comprender mejor, así que le sonrió de vuelta. Después fijó sus ojos lilas en los rojos de Esmeralda.

—… Tú…

— Te necesitaba aquí.

—… Umm…— Asintió y sonrió levemente, agradeciéndole mentalmente. Esmeralda escuchó su pensamiento gracias a su poder, pero no dijo nada.

— ¿Para qué demonios nos citaste aquí? — Preguntó descortésmente Kaiba.

Esmeralda, Ishizu y Atem lo miraron con cierto desprecio, pero no dijeron nada.

—… Los he reunido aquí, porque tengo algo que darles. — Sacó de su bolsillo unos brazaletes de hilo con una gema roja atada entre estos. — Necesito que todos los usen. — Atem y Anzu fueron los primeros en recibirlos.

—… ¿Para qué es esto? — Preguntó el faraón.

— Para prevenir.

— ¿Prevenir qué?

— Cualquier peligro. — Le dirigió una mirada severa, dándole a entender que no especificaría más. Atem asintió, comprendiendo.

Les entregó una a los demás, a Yugi, a Jonouchi, a Honda, a Mai, a Ishizu, a Marik, a Mokura, y (muy a su pesar) a Kaiba. Aunque le faltaba uno…

— Hey, niño. — Llamó a Zafiro, quien dio un respingo y se sonrojó.

— ¡¿Eh?! ¿Y-Yo?

— Sí. — Se acercó a él y ató la pulsera en la muñeca derecha de él con cuidado. — Listo. — Miró a todos. — Cuídenlas. Son frágiles y pueden romperse con cualquier cosa.

—… Tienen magia. — Pronunció Ishizu, sorprendida y la miró.

— Sí, tienen. Por eso son frágiles, si las pierden, no podrán prevenir un ataque mortal.

— Por favor, ¿exactamente de qué nos protegeríamos? — Seto se cruzó de brazos. Esmeralda le dirigió una fría mirada.

— De ese sujeto. — Murmuró, refiriéndose a su padre, pero no especificó nada. Sintió una punzada en el pecho. Maldijo por lo bajo. —… Estaré en mi habitación si me necesitan. — Se marchó rápidamente de allí.

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—… ¿Prevenir algo? — Se preguntó la castaña en voz alta. Atem la miró. — Creo que Esmeralda sabe algo que nosotros ignoramos por completo.

— Estoy de acuerdo en ese aspecto, aunque… No estoy seguro que si es algo para perjudicarnos. — Opinó. — Pero tampoco sé si será algo para nuestro beneficio. — Admiró el brazalete en aire ausente. Se concentró un poco en la energía que emitía este con el poder del rompecabezas. Anzu le miró en silencio.

—… ¿Qué haces?

—…— Abrió sus ojos rojos. — Esta magia sin duda le pertenece a Esmeralda. — Sonrió. — Es tan fuerte que ni siquiera me permite ver qué clase de conjuro hizo ni qué objetivo tiene.

—…— Anzu miró la pulsera y sonrió. — Esmeralda solo quiere protegernos, aunque…— Borró su sonrisa. — Creo que con Kaiba es…

—…— La miró. — Debes saberlo. Esmeralda odiaba a Seth, aunque cuando estuvieron a punto de llevarse mejor… Ocurrió todo este desastre. — Se encogió de hombros.

—… Hey, hey, hey. — Intervino Jonouchi. — Nosotros no vimos NADA. — Se quejó. — ¿Qué ocurre? ¡También somos sus amigos! ¡Merecemos saber!

—…— Hizo una mueca. — Chicos, esto no es solo de Atem, también son recuerdos de Esmeralda… Son memorias muy…

— Lo que Anzu quiere decir es que quizás a Esmeralda no le gustaría que quisieran hurgar en su privacidad sin preguntarle. — Yugi trató de hacerle entender a Jonouchi y a Honda.

—…— Inflaron los cachetes.

—… Creo que deberíamos preguntarle a ella directamente. — Opinó la rubia. Todos la miraron. Mai se removió incómoda, aún sorprendida que sus amigos la hayan perdonado tan así de fácil. — Después de todo, la privacidad de una chica es especial. — Sonrió.

— Aprecio que entiendas, Mai. — Apareció Esmeralda al abrir la puerta. Todos soltaron un respingo.

— ¡¿Cuándo…?! ¿Qué escuchaste? — Preguntó el castaño, sudando a mares al igual que Yugi y Jonouchi.

— Lo suficiente, Hiroto. — Se cruzó de brazos. — Si tanto ansían saberlo, supongo que podría mostrárselos, pero... — Frunció el ceño.

—… ¿Estás segura? — Preguntó Atem, inseguro. —… Es decir…— Se tensó al sentir la mirada afilada de su mujer en él. — No es algo que puedas mostrar tan a la ligera.

—… ¿Tú confías en ellos? — Le contestó con otra pregunta. — ¿Son tus amigos de verdad?

— Claro que sí. — Contestó sin dudar, aunque confundido por la repentina pregunta.

—…— Suavizó su mirada. — Entonces, no tengo por qué ocultarles nada. Así comprenderán qué sucede, y el por qué. Si tú confías en ellos, yo también lo haré. — Miró a los que no sabían nada. — Ustedes, síganme. — Los cuatro se miraron, levemente asustados. — Tranquilos, si Atem y Anzu sobrevivieron, no veo el por qué ustedes no.

Mai hizo una mueca, sentía que no merecía estar metida en todo esto. Ella había traicionado a sus amigos, no se sentía como tal.

— Tranquila. — Miró a Esmeralda, quien le sonrió con amabilidad, cosa muy poco común en ella. Se acercó y le susurró, para que nadie oyera. — Si tan mal te sientes, esta es tu oportunidad para reparar el daño.

La rubia le miró sorprendida, pero terminó por asentir con una sonrisa.

Y así, los cinco salieron de la habitación, dejando solos a Atem y Anzu.

—… ¿Crees que Esmeralda hizo bien en contarles?

— Yo creo que sí. — Atem la miró, esperando que justificara su opinión. — Son nuestros amigos. Además, si Esmeralda decidió esto, no podemos prohibírselo.

—… Anzu.

— Dime. — Le miró con una sonrisa.

— ¿Por qué te encariñaste tanto con Esmeralda?

Honestamente, esa era una duda que llevaba haciéndosela desde que había visto a esas dos paradas en un mismo lugar. Apenas se conocían, pero parecían complementarse tanto… Esmeralda era muy amable con Anzu, como si temiera romperla. Mientras que Anzu le transmitía su amabilidad con una simple sonrisa y una afectuosa mirada.

—…— Miró el techo. — No lo sé. Esmeralda me transmite un sentimiento de querer abrazarla. — Se rio. Atem alzó una ceja. ¿Abrazarla a ella? Sí, claro. Él lo hizo una vez y casi no vivió para contarlo.

— ¿Tú crees?

— Sí. — Se rio. — Abrazarla tan fuerte que utilizarías tu propio cuerpo para evitar que le hagan daño. — Completó con una sonrisa melancólica. — ¿No te transmitió eso Esmeralda la primera vez que la viste?

Atem se quedó callado. A decir verdad, era cierto. La primera vez que la vio, se sintió de la misma forma. Golpes y moretones en su blanca piel, sus ojos apagados de tanta tristeza, respiración lenta y casi nula, una expresión de completa miseria. Surgieron deseos de estrecharla contra él para que borrara esa expresión de su rostro.

Protegerla aunque él mismo se hiciera daño con esa exótica flor que también tenía espinas.

—… Sí. — Sonrió al cerrar los ojos.

— Aunque su actitud hace que las personas se alejen de ella…— Anzu se abrazó las piernas. — Yo puedo ver en sus ojos… Que está suplicando que alguien le ayude. Al igual que tú, yo también quiero protegerla, aunque no sirva de mucho.

— ¿Servir? — Frunció el ceño. — No digas eso, Anzu.

— Pero es que… No importa cuántas veces piense en ello… No puedo… Ser de ayuda. — Negó con la cabeza.

— Anzu. — Se colocó en frente de ella. — No vuelvas a decir eso. — Tomó su mano y le sonrió. — Tu presencia me hizo fuerte, ¿recuerdas? — La castaña fijó sus grandes orbes zafiros con los rubíes de él que le miraban con afecto. — Sin ti, no hubiese sabido qué hacer. Aun cuando te hice tanto daño, tú seguiste a mi lado, velando por mí, cuidándome y protegiéndome de las sombras.

Anzu mantuvo su mirada con la de Atem unos segundos, hasta que notó que sus rostros estaban increíblemente cerca.

—… Atem…— Miró con tristeza al tricolor y cerró los ojos con fuerza. — Esto no está bien.

No lo estaba, no estaba bien lo que estaban haciendo. No podían hacerle esto a Esmeralda.

—…— Cuando volvió a mirarlo, él le sonreía un suma tristeza. —… Lo sé.

Tras susurrar eso, terminó por completo la distancia entre él y la bailarina, quien se quedó estática unos segundos, tratando de convencerse que aquello no estaba bien, pero su corazón le gritaba otra cosa.

— "Aún tengo una oportunidad."

Es lo que se había dicho a sí misma aquella tarde cuando Atem había sido honesto con ella y decirle lo que en verdad sentía. Pero ahora… ¿Ahora qué? Esos eran los pensamientos desordenados de la castaña que había terminado por cerrar los ojos con fuerza mientras un gran sonrojo adornaba sus mejillas.

Se separaron bruscamente al oír unos pasos detenerse abruptamente. Giraron sus rostros y miraron con cierto pánico a la persona que los había descubierto.

Esmeralda.

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Mierda.

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— ¡UWAH! — Jonouchi abrió de golpe los ojos y se llevó ambas manos a su cabeza, adolorido. Vio a sus amigos que estaban igual o peor que él. —… Qué…

—… Horrible. — Completó Yugi al borde del llanto. Negó con la cabeza frenéticamente. Ahora comprendían.

Todos comprendían el por qué Esmeralda era así.

Mai cerró los ojos con fuerza. Comparando con lo que vivió ella en el Reino de las Sombras y el pasado de Esmeralda, lo que Mai sufrió no fue nada.

—… Por eso…— El castaño comprendió finalmente.

— Por eso Atem y Anzu quieren protegerla. — Yugi sonrió. — Y sanar su corazón. — Miró firmemente a sus amigos. — ¡Nosotros también podemos ayudarlos! Esmeralda… No es una mala persona. — Apretó los puños. — Y…

— ¡También puede ser nuestra amiga! — Dijo emocionado el rubio. — ¡Mientras más, mejor! ¡Estoy seguro que terminará riendo a carcajadas con nosotros!

Mai le miró y sonrió.

Así sería.

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—…— Suavizó su expresión. — Perdón, no fue mi intención entrar así. — Se disculpó mientras cerraba los ojos. — Es solo que la puerta no estaba cerrada, y creí que no estaban haciendo… nada en especial. — Se cruzó de brazos y les dio la espalda dispuesta a irse.

— E-Esme-Esmeralda, yo…— Anzu se puso de pie, sin embargo se congeló cuando la pelinegra se giró y le dirigió una helada, pero blanda mirada.

— ¿Qué ocurre?

—…— Miró el suelo. Se sentía incapaz de mirarla a los ojos. La culpa comenzaba a invadirla junto con las ganas de echarse a llorar. Se sentía una completa traidora.

—…— Alzó una ceja. Suspiró y terminó por salir de la habitación.

Aunque, no contó con que la siguieran.

— ¡Esmeralda, espera! — Se detuvo, pero no se giró. —… Esmeralda, yo…

— ¿Van a decirme algo sí o no? — Se giró para transmitirle una aburrida expresión al faraón, quien le miraba con una gran tristeza reflejada en sus ojos.

—… Perdóname, Esmeralda. Yo… Yo no quería causarte este dolor, pero…-

— Atem. — Le cortó, llamándole con una voz increíblemente amable.

Miró su rostro y quedó asombrado de ver, por primera vez en mucho tiempo, una bella sonrisa en el rostro de su mujer dirigida hacia él. No había burla, tampoco odio, mucho menos tristeza en su expresión.

— No me has causado ningún mal. — Le respondió simple. — No has hecho nada malo, solo has escogido tu nuevo camino, eso es todo.

—…

— Así que no te preocupes, después de todo, yo no puedo tener sentimientos. — Se encogió de hombros con desinterés. — Dile a Anzu que todo está bien entre nosotras, así que… Que no llore.

Dicho esto, no esperó réplica de él, por lo que se retiró silenciosa y elegantemente de allí, desapareciendo entre los pasillos.

Sin embargo, Atem no podía evitar pensar que algo en la bella Reina se había quebrado.

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La pelinegra llevaba horas inclinada en los barandales de la punta del barco, en un aire pensativo, para gran terror y preocupación por parte de todos los presentes. Todos tenían sus ojos fijos en ella, esperando un movimiento, o algo, ¡lo que sea! Pero no esperaban verla tan… Callada y quieta. En caso de estar callada, estaría entrenando, pero ni siquiera eso hacía. El faraón miró a Anzu, quien le apartó la mirada suma culpa. Yugi y Mai miraban a ese par con cierta sospecha. Jonouchi hizo una mueca, porque quería que Esmeralda se sintiera como parte de ellos, pero honestamente… Le aterraba acercarse a ella en ese estado. Honda trataba de formular alguna idea de qué hacer, pero nada le parecía conforme. Hasta Mokuba parecía preocupado por esa joven, en cambio Seto parecía ignorarla olímpicamente.

Ishizu quiso acercársele antes, pero bajo una mirada solemne de Esmeralda, decidió retroceder. Marik apoyó la decisión de la Reina, quizás un rato a solas le ayudaría a despejar su mente, fuese lo que estuviera llenando sus pensamientos.

—… Señorita Esmeralda.

La pelinegra pestañeó y dirigió sus ausentes ojos hacia los de Zafiro, quien le sonrió.

— ¿Se encuentra bien? ¿Le marean los barcos?

—…— Por alguna razón… Ver la sonrisa de ese niño le hizo sentir mejor.

Atem también sintió algo extraño con la presencia de Zafiro, no era nada malo, pero no le quitaba lo inusual que era ese sentimiento para él.

Los demás observaban en silencio la escena.

—… Estoy bien, solo me gusta ver las olas del mar. — Se encogió de hombros.

— ¡A mí también! — Se rio. — Aunque solo gracias a este trabajo pude apreciarlas.

— ¿Por qué? — Le miró.

— Pues… Mi padrastro nunca me dejó hacer ese tipo de cosas. — Borró su sonrisa.

—… ¿Padrastro?

—… Sí. — Musitó. — Me… Crió para otro tipo de cosas.

—…— Frunció el ceño. — "¿Otro tipo de…?"

Abrió más los ojos.

Los ojos oceánicos del chico se oscurecieron ante una expresión tan…-

Ahora que lo notaba, no había más marineros, no había capitán. Solo ellos… Y Zafiro.

— ¡Tch! — Materializó su espada y le apuntó.

— ¡Esmeralda! ¡¿Qué dem…?!— Soltó Jonouchi, desconcertado.

—… ¡Tú…!— Musitó, sorprendida la pelinegra. — ¡Le sirves a él!

¡¿Cómo no se dio cuenta?! ¡El alma de ese niño estaba limpia y blanca como la luz del sol! ¡¿Cómo era posible que estuviera del lado de ese sujeto?!

Zafiro le miró con una triste sonrisa.

— La vida no es justa. — De su mano se desprendió un destello azulado, y apuntó hacia cierta castaña de ojos azules.

— ¡¿Eh?! ¡No puedo moverme! — Exclamó Anzu.

Esmeralda se paralizó.

—… Tú…

— Debo extinguir la luz de los Reyes… ¿Comprendes? Es ella… O ustedes. — Murmuró tristemente el pelinegro tras atraer con fuerza el cuerpo de la castaña contra el barandal, provocando que su cuerpo se estrellara contra este. Soltó un gemido de dolor.

— ¡Anzu!

— ¡Maldito! — Jonouchi sacó la espada de Hermos. — ¡Creímos que eras nuestro amigo, Zafiro! ¡Pero…! ¡Nunca te lo perdonaré! — Corrió hacia ellos.

— Tch. — Esmeralda se acercó a la castaña. — ¡Retrocede, Katsuya! — Le ordenó. El rubio se detuvo, mirándola con confusión. — Esta batalla es mía y de Atem. — el aludido abrió más los ojos. — ¡Nadie, aparte de él, puede intervenir!

Dicho esto, apartó suavemente a Anzu del peligro y se lanzó contra Zafiro, quien materializó una Hoz en su mano y bloqueó el ataque. El chico miró con súplica a Esmeralda.

— ¡No hagas esto más difícil! ¡No quiero que te hagan daño!

— ¡Debiste pensar eso antes de querer matar a Anzu! — Le propinó una fuerte patada en el rostro.

Zafiro retrocedió y notó que estaba entre la espada y… Otra espada.

Esmeralda estaba en frente de él, y Atem estaba atrás.

El pelinegro apretó los puños.

—… No me dejan más opción.

El barco se movió violentamente, provocando que todos cayeran al suelo. Atem se incorporó y notó que las olas se volvían tan fieras al punto de que pronto el barco terminaría volcándose.

—… Está aquí…— Musitó Zafiro con dolor mientras sus ojos se llenaban de miedo y lágrimas.

— ¡¿Está aquí?! ¿Qué quieres de…?— Sintió algo removerse en su interior y cayó arrodillada al suelo, llamando la atención de Anzu.

—… ¿Esmeralda?

—… Está… aquí. — Se abrazó a sí misma.

"¡JA! ¡ESTÁ AQUÍ! ¡ESTÁ AQUÍ! ¡Mi cuerpo está aquí! ¡Ya NADA me detendrá! Ni siquiera tú, que eres mi contenedor."

De las aguas, salió el cuerpo físico del Gran Leviatán. Era enorme, mucho más que los Dioses Egipcios.

Esmeralda notó que los ojos amarillentos putrefactos estaban posados en ella.

"¡DÉJAME SALIR, MISERABLE! ¡ASÍ PODRÉ DEFINITIVAMMENTE SER LIBRE DE TI!"

— "¡No puedes vivir sin mi cuerpo! ¡YO te creé!"

"Lo sé, pero sabes la maldición, ¿verdad?"

Esmeralda se retorció de dolor entre los brazos de Anzu, quien le miraba con angustia. Claro que se sabía la maldición.

"Yo hice este juramento por amor

No requiero de ningún perdón.

Si este juramento ha de desaparecer,

Mi cuerpo tendrá que perecer."

Ese fue su juramento. Mientras ella viviera, el Leviatán también… Pero si ella llegaba a morir, el Leviatán…

"Para cumplir mi deseo

De la persona que amo requiero

Una espada y una decisión.

Acabar mi vida sin temor."

Soltó un alarido de dolor.

— ¡Esmeralda!

"Si otra alma se atreve a destruirme

No será el fin."

Si el Leviatán lograba matarla, volvería a reencarnar, y así la maldita serpiente volvería a recuperarse dentro de ella, destruyendo su vida y a las personas que amaba.

Sería un ciclo sin fin.

. . .

Sin embargo…

Si Atem fuese quien empuñara su espada contra ella, todo acabaría.

Necesitaba que el faraón la matara.

—… ¿Esmeralda?

Continuará…

Ow… Qué mal…

Lo dejé en un momento muy… Feo XD

Aunque aún quedan unos cuantos capítulos, nya nya! Espero que les haya gustado!

Rossana's Mind.

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