Bienvenidos a otro capítulo de "Una Decisión", aunque primero quiero decirles algo.
Quiero que me disculpen por haber dejado tan abandonado este fic, se nota a leguas que muchos lo han abandonado y lo han dejado de leer porque se aburrieron de esperarme. No los culpo, yo también he actuado así cuando un fic tan bueno se demora mucho XD, así que los entiendo.. Vuelvo a disculparme, pero el año pasado fue mi último año de escuela y debía estudiar para dar un examen del cual… No me fue muy bien, así que este año no lograré entrar a la Universidad, por lo que seguiré estudiando y escribiendo.
Bueno… Eso es, comencemos ya..
Capítulo 11: La caída de los Reyes.
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Sus ojos rojos miraron asesinamente a la enorme criatura que la devoraba con la mirada. Frunció el ceño.
—… No lo haré. — Se colocó de pie. — NO entregaré al Leviatán.
—… ¿¡Esa cosa es el Leviatán?! ¡Entonces la que vimos con Dartz…!
— Era solo la cuarta parte de lo que es realmente, Katsuya. — Inhaló lentamente la pelinegra. — Su verdadero cuerpo estaba sumergido entre las profundidades del mar. Sin embargo… Su verdadera fuerza está…— Apretó los puños.
"Dentro de ti, niña."
No fue necesario que ella terminara la oración. Comprendieron perfectamente a lo que se refería.
Atem se colocó delante de Anzu para prevenir cualquier ataque de Zafiro contra la castaña, pues parecía ser el blanco de este. Esperaba poder atacarle correctamente, pero su corazón le advertía que no lo hiciera.
El pelinegro apretó los puños.
—… Lo siento.
Dicho esto, se lanzó contra Atem y chocó su Hoz contra la espada de él. Los ojos azules del chico miraban con desesperación a los rojos del tricolor.
—… ¿Por qué haces esto? — Musitó.
—… No tengo opción. — Se zafó del choque y logró rasgarle la chaqueta un poco. — Déjame sacrificar a Anzu.
— No. — Le apuntó. — No puedo permitirte eso.
— La prefieres a ella. — Atem le miró con sorpresa. — La quieres a ella, no a la Reina que ha dado todo por ti.
El faraón no quiso contestarle aquello. No tenía por qué.
— Y no…— Los ojos del chico se llenaron de desesperación e ira. — ¡No lo niegas! ¡Entonces lo que digo es cierto! — Lo empujó y Atem cayó de espaldas contra el suelo. — ¡Tienes que salvarla a ella! ¡¿No lo entiendes?!
— ¡Lo haría si hablaras más claro!
Zafiro lo golpeó con el lado sin filo de la hoz contra su rostro, aturdiéndolo en el momento. Sin esperar, el pelinegro expulsó una extraña energía de destello azulado dirigido hacia Anzu, quien retrocedió, asustada.
—… Lo siento. — Murmuró él al disparar el rayo de luz hacia la castaña.
— ¡Anzu! — Exclamó Atem.
Esmeralda actuó rápido. Ignorando el dolor que recorría sus entrañas, corrió hacia el impacto.
— ¡Esmeralda!
La reina ignoró los gritos de los demás y estiró su mano en dirección al destello, que desapareció abruptamente, claro, no sin antes provocar una dolorosa descarga en el brazo de la joven, quien soltó una maldición y miró con sorpresa su mano enrojecida por el golpe.
—… "Este niño tiene tanto poder como yo."
El barco de movió bruscamente cuando el Leviatán lo azotó con fuerza. Anzu y Esmeralda quedaron aferradas al borde.
— ¡Esmeralda!
—…— Frunció el ceño. Tomó la mano de Anzu y la ayudó a estabilizarse.
La castaña contempló con preocupación que Zafiro continuara su pelea contra Atem, quien se defendía con toda su energía.
— ¡Maldición! ¡Tenemos derecho a ayudar! — Se quejó Jonouchi y empuñó su espada.
— ¡Jonouchi!
— ¡No lo hagas, Katsuya! — Exclamó alarmada Esmeralda.
Zafiro miró con molestia la intervención. De un solo golpe apartó la espada de la mano de Atem. Jonouchi corrió hacia ellos listo para atacar.
— Tch.
Como respuesta, el rubio recibió una ráfaga de viento en su contra, logrando que su cuerpo se estampara con fuerza contra el otro lado del barco.
— ¡AGH!
— ¡Jonouchi! — Mai corrió hacia él, seguida de Honda y Yugi.
— ¡Jonouchi-kun!
Zafiro miró a Kaiba, quien le sostuvo la mirada con el ceño fruncido.
— Tú también eres una molestia, Critias.
Seto creyó que le atacaría al igual que lo hizo con Jonouchi, pero grande fue su sorpresa que el impacto fue contra su hermano menor.
— ¡AAH! ¡Nii-sama!
— ¡MOKUBA!
El pequeño cuerpo del niño salió disparado contra las barandas blancas, aunque se rompieron debido al impacto. El castaño palideció al ver que Mokuba comenzaba a caer al mar.
— ¡Kōryū!
Ishizu contempló con horror como Esmeralda se teletransportaba en el lugar donde estaba Mokuba, mientras que este caía en la posición anterior de la pelinegra. Marik jadeó de sorpresa.
Esmeralda había salvado a Mokuba.
Pero…
— ¡ATEM!
El faraón miró a Esmeralda, quien le miró con severidad mientras caía.
— ¡Protégelos! — Ordenó, para luego desaparecer entre la oscuridad de las profundas aguas del mar.
El Leviatán soltó un rugido de furia cuando cuerpo femenino se perdió entre las violentas olas.
— ¡ESMERALDA! — Anzu corrió y se apoyó en los barandales. — ¡Esmeralda!
— ¡Anzu, cuidado! — Atem la agarró por detrás para evitar el rayo que Zafiro intentó lanzarle. — No pareces jugar de forma honrada. — Comentó frunciendo el ceño.
Necesitaba conservar la calma. Esmeralda era la más fuerte de todos, incluso creía que lo era mucho más que él en cuanto a la energía espiritual, sin embargo trató de convencerse que pronto saldrían de ese problema y buscarían a la Reina de Egipto. Solo esperaba que estuviera sana y salva. La necesitaba para aclarar muchas cosas…
Y también… Disculparse con ella.
. . .
La enorme serpiente terminó por rodear por completo el barco, sobresaltando a todos.
— ¡ESA COSA ESTÁ TRATANDO DE HUNDIRNOS! — Exclamó alarmado Jonouchi.
— ¡¿QUÉ?!
— AAAHH.
— Cálmense. — Ordenó Zafiro. Todos lo miraron. — El Leviatán nos hundirá, no importa cómo. Pero no moriremos.
— ¿Qué quieres decir con eso? — Preguntó desafiante el tricolor de ojos rojos.
— Nos arrastrarán más allá del fondo, más allá del suelo marino, más allá… Hasta la Atlántida.
Todos miraron con sorpresa al pelinegro, quien cerró los ojos mientras escuchaban como el barco era partido en dos, dividiendo al grupo.
Por un lado, estaban Zafiro, Atem, Anzu, Jonouchi y Seto. Y por el otro, se encontraban Yugi, Mai, Honda, Mokuba, Ishizu y Marik.
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—… Quítense, de lo contrario, los mataré.
Atem abrió los ojos junto con los demás. La voz le pertenecía a Kaiba. Entonces se dieron cuenta que él, Anzu, Jonouchi y Zafiro estaban encima del castaño. Cada uno se quitó sin decir nada, excepto Jonouchi, pues Seto tuvo que quitárselo de una patada.
— ¡Maldita sea, Kaiba! — Se quejó el rubio.
— Hmph.
— ¿Dónde estamos? — Decidió intervenir Anzu.
Estaban en unas ruinas, de eso no cabía duda, en un lugar oscuro. El cielo era un gran manto oscuro, aunque por alguna razón aún eran visibles ciertas cosas. Tal vez por…
— Este lugar es…
— Atlántida. — Confirmó Zafiro al comenzar a caminar. — Aquí reside la bestia.
—…— Frunció el ceño. — ¿Qué significa todo esto? Creí que el Leviatán estaba encerrado en el interior de Esmeralda.
— Espiritualmente sí, pero físicamente no. Una bestia como esa no puede estar en algo tan pequeño. — Miró de reojo al faraón. — Es increíble como tus Dioses Egipcios estén bajo unas simples cartas, pero que el Leviatán sea imposible de encerrar, ni siquiera en el cuerpo de Esmeralda.
Atem no pudo evitar estar de acuerdo con ese pensamiento. Si bien sabía, los Dioses eran muchísimos más pequeños en comparación del Gran Leviatán.
—… ¿Por qué haces esto? — Decidió intervenir Anzu. Zafiro detuvo su recorrido por el lugar. — Es decir… No pareces ser malo, pero…
— Lo dices porque estoy en el bando incorrecto. — Completó. Le regaló una funesta sonrisa. — Lo sé. Pero no tengo opción.
— ¿Por qué?
— Porque estoy vivo gracias a él.
— ¿A quién?
— Al sujeto de quién la Reina se quiere vengar.
Atem y Anzu se tensaron mientras Jonouchi apretaba los puños. Seto frunció el ceño.
— ¿De su padre?
— Así es. — Se giró y miró los ojos del faraón. — Tus ojos. Son rojos.
—…— Frunció el ceño.
— Estás maldito.
— ¿Maldito?
— Eso es porque Esmeralda te echó un maleficio. Aunque fue con la mejor intención, sigue siendo una maldición.
—… ¿Hay una forma de quebrarla?
— Tú deberías saberlo. — Le sonrió con dolor.
Matar a Esmeralda.
Pero no cualquiera tenía que hacerlo.
Sino la persona a quién había maldecido.
El faraón.
Él debía quitarle la vida, para acabar con su maldición… Y destruir de una vez por todas, el Sello de Orichalcos.
Pero Atem se sentía incapaz de empuñar un arma y apuntar el corazón de su mujer.
Los recuerdos que había recuperado y la hacían recordarla, se lo impedían. Además, también las propias memorias de su mujer se lo impedían.
—… ¿Huh? ¿Dónde están Mai y los demás? — Se preguntó el rubio al mirar alrededor.
— Debieron caer en otro lado del palacio.
—… ¿Qué hay de Esmeralda? — Decidió preguntar Anzu.
—… No lo sé. — Contestó Zafiro.
Atem detuvo abruptamente sus pasos, colocó a la castaña detrás de él y miró desconfiadamente a Zafiro.
—… ¿Por qué quisiste matar a Anzu antes?
La aludida se paralizó unos segundos al recordar eso, así que se aferró con fuerza de la tela de la chaqueta del tricolor, mirando con cierto temor a Zafiro, pero también con confusión. El pelinegro se giró para enfrentarse con la silenciosa ira que había en los ojos carmesí del faraón. Él de ojos azules le sonrió con humor.
— ¿No lo entiendes? Eres un hombre infiel. — Atem pestañeó, sorprendido por la declaración. — Dejando ir a la mujer que realmente te necesita por una que es tu completa salvación. — Miró a Anzu, quien se encogió por su mirada. — Esta chica irradia una luz tan resplandeciente y pura… Que hasta Esmeralda se siente encantada con ella.
Anzu se sorprendió por esa revelación.
— Esmeralda… Aprecia mucho a esta mujer…— Suavizó su mirada. — Porque ella fue la salvación del faraón, y estaba siendo también la de ella. Pero no puedo permitirlo.
— ¿Lo dices porque su padre lo ordena?
— Así es.
— ¿Estás de acuerdo con esto?
— No.
— Entonces, ¿por qué haces esto?
— Porque no tengo opción. Me torturarán hasta que pierda toda la cordura que me queda, como a Esmeralda…
Seto alzó una ceja.
Jonouchi frunció el ceño.
— ¿Qué significa eso?
— Que el objetivo de mi amo es que la Reina pierda toda sanidad mental y emocional, al punto de volverla loca del dolor, de aprisionarla bajo su propia miseria. Él desea un mundo donde ella destruya todo a su paso con ayuda del Leviatán. Y ya casi lo logra.
— ¿Qué? — Exclamaron tanto Atem como Anzu.
— Que ya casi está hecha la misión. Y Esmeralda también lo sabe. — Apretó los puños. — ¿No lo ven? Llevar la mayoría de su vida rodeada de la oscuridad, ver la luz cuando asesinan a tu madre frente a tus ojos de la forma más horrible posible, ser… Despreciada y llamada monstruo…— Miró de reojo a Seto. — Para finalmente ser violada por su propio padre mientras esperaba un hijo tuyo. ¿Crees que con eso sigues sano mentalmente? — sonrió con sorna. — Además, ha violado las reglas de la vida, ha viajado por el tiempo, destruyó este reino…— Admiró las ruinas. — Y testificó las guerras mundiales, para finalmente dar contigo para llegar al fin.
—…
Seto abrió más los ojos, sorprendido por esas palabras. Ya tenía idea de quién era el otro Yugi, y muy dentro de él sabía que había una historia escondida en todo esto, pero jamás imaginó que esa mujer de mirada dura pasara por semejantes atrocidades. Podía relacionar su actitud con la de él, que gracias a Kaiba Gozaburo, él había abandonado su antiguo ser para no dejarse pisotear otra vez.
Así como ella.
Un borroso recuerdo cruzó su mente.
La imagen era de él mismo haciendo caer al suelo con violencia a una muchacha de cabellos negros. Sus ojos rojos le miraron con terror y segundos después mirarle con odio.
Era Esmeralda.
—… Tch. — Se llevó una mano a su cabeza.
— Una vez que la Reina pierda la cordura, ya no le importará nada. Solo matar, para satisfacer su vacía alma, limpiar su piel con sangre ajena, causar dolor para eliminar el suyo… Y así… Hasta que ya no quede nada… Y esperar otra vida para que siga haciendo lo mismo.
—…
Atem se mordió la lengua, tratando de ocultar su disconformidad. Por Ra, ¿qué podía hacer? Él no quería matar a Esmeralda, y aunque quisiera, se sentía incapaz. Si hubo una vez en que quiso hacerlo, fue porque solo había recuperado los malos recuerdos con ella.
Un momento.
¿Esmeralda había hecho eso a propósito que regresaran sus peores recuerdos sobre ella para que la aniquilara?
Tensó su mandíbula, bajo la atenta y preocupada expresión de Anzu.
—… Tenemos que ir en busca de Yugi y los otros. — Decidió cambiar de tema el rubio. — Andando.
Todos siguieron caminando en un abrumador silencio después de las palabras de Zafiro. Atem se aferraba delicadamente a la mano de Anzu en un aire distraído, mientras que esta estaba con la cabeza en otro lado. Jonouchi hizo sus manos puños, sintiéndose impotente de no poder hacer algo por esa joven que comenzaba a considerar su amiga. Aunque el que estaba más sumido en sus pensamientos era Seto, pues estaba realmente sorprendido por lo que habían dicho del pasado de la creadora del Sello de Orichalcos.
Detuvo sus pasos abruptamente.
-S-i-g-l-o-s—A-t-r-á-s-
Seth se detuvo abruptamente y pareció que su rostro había perdido color. Jamás creyó volver a ver a esa mujer que había sido considerada traidora y un demonio en el reino. Colocó a cierta joven de cabellos plateados detrás de él, pues él seguía inmóvil.
Él y Kisara se encontraban en el pie de las escaleras que les conducirían la salida, pero el paso estaba bloqueado por la bella joven. Su piel era clara como la de la portadora del Dragón Blanco de Ojos Azules. Sus orbes carmesí brillaban con malicia y burla. Vestía una prenda verdosa muy parecida a las de las concubinas egipcias, por lo que gran parte de su piel era visible, aunque se mantenía descalza. Esa imagen era tan encantadora que parecía irreal. Poseía unos cuantos brazaletes plateados y otros de oro en sus muñecas y un collar con un signo extraño del mismo color que su ropa.
—… Usted es…
— Deja la formalidad a un lado, Seth. — Lo miró de arriba hacia abajo. El ojiazul estaba hecho un desastre, se le veía agotado. Después miró a Kisara, quien le devolvió la mirada con confusión. —… Tienes los mismos gustos que tu primo.
El sacerdote tragó saliva. Desde que Esmeralda había huido del Reino, el faraón había cambiado drásticamente. Su amable actitud se había enfriado, no dejaba de velar por los demás, claro que no. Sin embargo, estaba encerrado en su caparazón, no dejaba que nadie leyera su mirada. Ni siquiera confiaba en su sombra. Además, el mencionar a la Reina era como cometer suicidio. Atem detestaba hablar del tema.
—… Veo que no andan en buen tiempo. — Comentó.
Y era cierto. Bakura, ese maldito ladrón había provocado muchísimo daño al Reino, y muchos estaban arriesgándose más de lo debido, y en esa lista estaba incluida Kisara. Por eso trataba de esconderla para que nadie abusara del poder que ella poseía.
—… ¿Por qué volvió?
—…— Sonrió. Se giró suavemente y posó su mano en una de las angostas paredes. Parte de las construcciones desaparecieron como polvo siendo arrasado por el viento, sorprendiendo al sacerdote y a la ojiazul. — Vayan por aquí, de lo contrario irán a una muerte segura. — Volvió a mirar a Seth, pero él siguió sosteniendo su mirada con la de ella. — ¿Qué ocurre?
—… ¿Por qué? — Frunció el ceño. — ¿Por qué me quieres salvar?
Esmeralda se encogió de hombros.
— Te pareces mucho a mí en algunos aspectos. Y antes de que ocurriera lo que ocurrió… Admito que te tuve afecto.
—…
— Anda, ve.
-E-n-d-s-
— ¿Kaiba?
Pero el castaño no respondió.
-S-i-g-l-o-s—A-t-r-á-s-
— Así que ahora tú eres faraón.
Cerró los ojos. Sabía que era ella.
— Pero sin reina.
—… Atem también pudo reinar sin reina, Su Majestad.
Esmeralda se rio con humor.
— Debe odiarme incluso en su tumba, ¿no crees?
— Supongo. — Le contestó secamente.
— Pero tu mujer fue realmente buena. — Caminó hasta apoyarse en el balcón, al lado del ojiazul. — Envió a su Dragón para protegerte eternamente.
El castaño dejó mostrar una expresión de dolor.
Pensar en Kisara le era realmente doloroso.
— Ella dice que recuerdes que te ama.
—…— La miró y entrecerró los ojos. — ¿Cómo sabes eso?
—…— Le miró unos segundos, para volver a fijar su vista al frente. — Solo lo sé.
-E-n-d-s-
— ¡KAIBA!
Abrió los ojos, dándose cuenta que se encontraba recostado en el suelo, bajo las preocupadas miradas de Atem, Anzu y hasta de Jonouchi. Se incorporó rechazando la ayuda del trío y fijo sus ojos en Zafiro, quien estaba apoyado en una roca, aburrido por la espera.
— Si ya terminaron, vámonos.
— ¡Oye! ¡Kaiba se desmayó! ¡Deberías darle tiempo! — Se quejó el rubio.
El pelinegro chasqueó la lengua.
— Me importa muy poco lo que le pase al portador de la espada de Critias. — Siguió caminando.
Aunque la caminata no le duró mucho, pues unos pasos además de los suyos se escucharon. Zafiro palideció notoriamente y tragó saliva. Atem frunció el ceño y se levantó, al igual que Anzu y Jonouchi. Unos lentos, pero casi inaudibles pasos se acercaban. Eran tortuososamente lentos y burlones, tentando a las emociones.
— Hmph. Jamás creí tenerlos aquí tan pronto.
De la oscuridad emergió un hombre de cabellos negros, piel morena y ojos tan rojos como los de Esmeralda y los de Atem. El faraón tragó saliva, sintiéndose amenazado por el aura tan oscura que desprendía ese sujeto.
— Gusto en verle después de una vida paralela que nunca ocurrió, faraón. — Se inclinó con respeto. — Mi nombre es Abasi.
—… Tú eres…
— El padre del ser más poderoso en toda la Tierra. — Sonrió con satisfacción. — Y también el más bello.
Anzu se estremeció de la forma en que hablaba de Esmeralda.
—…— Atem apretó los puños, molesto. — ¿Por qué? ¿Por qué le has hecho tanto daño a tu propia hija?
— La respuesta es muy fácil, mi faraón. — Se rio. — Pero dejaré que tu bellísima luz conteste tu pregunta. — Miró a Anzu. — ¿Lo sabías? ¿Qué se pensó que los gitanos provenían de Egipto?
— ¿Eh? Sí, pero… Fue un error…-
— Te equivocas. No fue ningún error. Es solo que borraron nuestros rastros. Mi gente se quedaba en el pueblo de Kul Elna. Y ustedes, malditos, realizaron tal masacre…
— ¿Qué?
— Sacrificaron todo un pueblo para crear los artículos del milenio. — Señaló el rompecabezas con asco.
— ¡¿Qué?! — Atem retrocedió, horrorizado. — ¡Eso no es posible! ¡Yo jamás…!
— Tú no lo hiciste, ¿cómo podrías? Tan ingenuo e inocente… que incluso caíste bajo los encantos de mi propia hija. — Se burló. — Fue tu propio padre quien ordenó esa matanza.
—… Mentira…— Negó con la cabeza. — ¡No es cierto! ¡Estás mintiendo!
— Piensa lo que quieras, pero es la verdad. Cuando termines de recuperar el resto de memoria que te falta, sabrás que tengo razón.
—… ¡¿Pero por qué?! ¡¿Por qué Esmeralda…-?!
— ¿Preguntas por qué hice lo que le hice? — Se encogió de hombros sin mucho interés. — Porque cuando me había quedado solo, sin esperanzas, utilicé el poco poder que me quedaba, y vi mi futuro.
— "Ve el futuro…"— Pensó la castaña.
— En él, la vi a ella. A Esmeralda, destruyendo todo a su paso…— Sonrió con una perturbadora alegría. — Y jamás creí ver una imagen tan bella… Ella, destruyendo todo lo que se nos fue arrebatado a nosotros… Así que la busqué… y la seguí buscando… Pero solo encontré a Ruby.
— ¿Ruby…? ¡¿Ruby…?!
— La madre de Esmeralda. — Completó.
Atem y Seto fruncieron el ceño.
Esmeralda.
Ruby.
Había algo que…
Algo que…
— Ruby provenía de un pequeño clan llamado Anat, donde solo estaba habitado por habitantes de piel tan blanca como la nieve. Eran excluidos por ser llamadas fenómenos o brujas al ser diferentes de los demás, sin mencionar que tenían unos poderes realmente sorprendentes. Así que vivían por su propia cuenta, hasta que la encontré a ella. Se parecía mucho a Esmeralda… Así que no me contuve.
—…— Los ojos de Anzu se llenaron de lágrimas. — La violaste.
— ¡Sí! ¡Sí! — Se carcajeó. — ¡Estoy seguro que pudieron verlo! ¿O me equivoco?
Jonouchi apretó los puños, furioso.
— ¡Tú…!
— Vamos, no seas maleducado, Hermos. Déjame continuar mi historia. — Se paseó hasta pasar alrededor de Zafiro, quien respiraba agitado y temblaba de terror. — Y Ruby quedó tan traumatizada y me odió tanto que…— Pausó y miró los ojos de Atem. — Ya sabes lo que ocurrió, ¿verdad?
—…
— Todo el deseo de venganza tanto mío como de Ruby fue influenciado en el alma de Esmeralda, nuestros poderes se mezclaron al punto de dar origen a uno nuevo, creando finalmente a un contenedor en forma de una bella mujer que contenía miles de demonios en su interior…— Se rio. — aunque claro, terminaron fusionándose y terminó por ser el Leviatán.
—… Pudiste vengarte de mí. — Habló suavemente el faraón, aunque aún muy anonadado por la historia. — No comprendo por qué deseas la destrucción del mundo entero.
— Porque es divertido. ¿No lo entiendes? Todos somos seres toscos, crueles y desgraciados en algún punto. Somos miserables, no nos importan los demás, somos egoístas… Merecemos un castigo, ¿no crees? Y Esmeralda es la candidata perfecta para realizar este castigo, después de todo, su vida fue una completa miseria.
—… Esmeralda quiere matarte.
— Lo sé. Y no me importa. Pero no dejaré que me quite la vida… Hasta que logre corromper la poca cordura que queda en su mente y corazón. — Miró a Anzu y a Atem. — Y ustedes dos están evitando mi objetivo. Porque tú eres lo que más ama en este mundo. — Señaló a Atem, quien se estremeció por las palabras del hombre mayor. Siempre lo supo, que todo lo que había hecho Esmeralda fue por amor, puro y honesto. Y aunque tomó caminos erróneos, lo había hecho solo para regresarlo a la vida, salvarlo, y determinarle un destino más digno. Abasi después señaló a Anzu. — Y tú… Tú eres todo lo que Esmeralda deseó ser alguna vez. Tu influencia hace que el odio en su corazón disminuya, y eso no lo puedo permitir…
Zafiro no se contuvo más y soltó un entrecortado sollozo. Abasi finalmente le prestó atención y se rio.
— ¿No es adorable el niño? — Señaló al pelinegro, quien había dejado escapar el aire contenido y las lágrimas escapaban en silencio de sus orbes azules. — Aunque no logró matar la luz de los reyes, ya no importa. — Se encogió de hombros. — He encontrado una nueva forma de destruir la mente de Esmeralda. Pero ya se me acabó el hechizo. La sangre de ella ya no me es suficiente.
De un simple chasquido de dedos, un aura azulada rodeó a Zafiro, quien soltó un gemido de dolor y se abrazó a sí mismo al caer de rodillas al suelo. Su cuerpo comenzó a desintegrarse lentamente hasta que quedaron rastros de huesos pequeños y una piedra rubí.
— ¡¿Qué demonios?! — Soltó Jonouchi, retrocediendo con pasos torpes.
— Ya basta de charla, es hora de acabar con ustedes. Yo solo quiero a mi hija conmigo. — A sus espaldas, comenzó a emerger una enorme serpiente, aunque no era tan grande como el Leviatán, seguía viéndose imponente. — Adiós.
— Qué mal. Yo te venía a saludar.
Todos se giraron al oír bellísima voz femenina.
Esmeralda empuñaba con fuerza su espada, y a sus espaldas estaban Yugi, Mai, Ishizu, Honda, Marik y Mokuba. La joven estaba completamente empapada, su cabello estaba pegado a su piel y sus ropas saturadas de agua.
— ¡Mokuba! — El castaño llegó hacia el pequeño.
— ¡Nii-sama! — El Kaiba menor abrazó las piernas de su hermano.
— ¡Yugi! — Atem y Anzu corrieron hacia el tricolor menor y a Honda.
— ¿Se encuentran bien?
— Sí, viejo. Todo en orden, gracias a Esmeralda. — El castaño sonrió señalando a la Reina, quien solo bufó.
Anzu se acercó lentamente a Esmeralda, quien la miró y suavizó su mirada.
—… ¿Estás bien?
—… Sí… Lo estoy, gracias. — Le sonrió un poco la de ojos carmesí.
—… Sigues tan hermosa como siempre, Esmeralda.
El poco buen humor que habitó en Esmeralda se esfumó tan rápido como había aparecido. Frunció el ceño y finalmente se encontró con unos ojos color sangre que resplandecían tanto como los de ella.
—… Tú.
— Yo. — Se rio.
Ambos se miraron fijamente. Los ojos del hombre brillaron de burla y lujuria, mientras que los de su hija resplandecían de odio y resentimiento.
—… Esmeralda.
Sin despegar sus ojos de Abasi, Esmeralda sonrió.
— No te preocupes, esto será rápido.
El Leviatán emergió ante ella, sorprendiendo a todos. ¿Acaso había logrado dominarlo?
— "Mátalo."
"Tch. No me digas qué hacer, mujer."
— "Tienes que obedecerme."
La poderosa deidad soltó un sonoro gruñido parecido al de un demonio, espantando a todos. La pelinegra solo sonrió, complacida de su poder.
Abasi pronunció algo incomprensible para algunos, y logró que algunos soldados y monstruos pertenecientes del Sello de Orichalcos aparecieran del lado del hombre.
— ¡¿C-Cómo puede hacer eso?!
— Creí que el Sello lo creaste tú. — Yugi miró confundido a Esmeralda.
—… Soy su hija, y desgraciadamente algunos respetaron mucho a mi progenitor, por lo que prefirieron servirle a él. — Se giró para mirar a Atem, Jonouchi y a Kaiba. — Por eso los traje.
Los tres asintieron sin decir nada más. Sacaron sus espadas y se prepararon.
— Los demás, manténganse atrás. — Ordenó Esmeralda.
— ¡¿Qué?!
— ¡Pero…!
— ¡ATRÁS! — Ordenó más fuerte la mujer. Los demás no quisieron seguir insistiendo, así que retrocedieron lentamente.
Esmeralda y los tres guerreros corrieron en dirección de Abasi. Los tres jóvenes le dieron el camino libre a la Reina para que ella llegara a su objetivo de forma más rápida, así que optaron por batallar contra los soldados primero. La pelinegra dio un gran salto y estrelló la planta de su pie contra el rostro de su padre. Este cayó de espaldas al suelo, asombrado de lo mucho que había progresado el poder de su hija.
— Vaya… Has hecho un gran trabajo… No sabes lo orgulloso que estoy de ti...- — Calló cuando la punta de la espada se posó en su cuello. Miró a Esmeralda, que le miraba con asco.
— No tienes derecho de nada. Ni siquiera de mirarme o hablarme.
— ¿Estás… segura de eso…?— Se levantó, consciente de que Esmeralda seguía apuntando su cuello. — ¿Por qué no me matas de una buena vez?
—… ¿Qué ocultas? — Presionó con más fuerza la espada contra su cuello, logrando cortar un poco la piel. — ¡Dímelo!
—…— Sonrió entre dientes. — Si insistes tanto… Te lo diré… Pero también es tu culpa, porque tu poder es impresionante… Es mucho más grande que el del faraón.
Aunque lo dijo tranquilamente y con un volumen casi inaudible, todos soltaron un jadeo de sorpresa al oír eso.
Los monstruos desaparecieron y los soldados también. Atem fijó sus ojos en Esmeralda. Siempre concluyó que Esmeralda podría ser más fuerte, pero… Que lo dijese alguien más le causaba más inseguridad que antes.
—… ¿Y qué con eso? ¿Por qué desapareces a tus guardias de esa forma?
— No los necesito… Necesito que escuches atentamente esto…— agarró con su mano la espada de Esmeralda y aunque se cortó la palma al agarrarla por el filo, se la quitó con una fuerza mucho mayor a la de ella. La pelinegra miró en shock a Abasi y retrocedió un poco para guardar su distancia. — ¿Sabes? El clan Anat que habitaba tu madre, rondaba una leyenda. ¿Quieres oírla?
—… ¿Qué tiene que ver conmigo?
— Oh, mucho, querida…— Caminó alrededor de ella, acechándola. Apartó su cabello de su espalda para descubrir su cuello. La joven dio un respingo cuando Abasi mordió la unión de su cuello y su hombro.
Atem, al ver tal escena, una burbujeante ira creció en su pecho.
— ¡SUÉLTALA, MALDITO!
— Tranquilo…— Se separó. — Solo la paralicé… Porque no quiero que huya de su realidad…— Acarició el rostro pálido de la joven.
Esmeralda comenzaba a inquietarse. No podía moverse… ¿Qué iba a hacerle…? ¿Y por qué el Leviatán había desaparecido…? ¿Qué…?
— La muerta en vida, la viva maldita… Y el muerto…— Habló. Esmeralda le miró sin comprender. — La leyenda cuenta que en algún momento habría una familia con nombres de los minerales más preciosos que hay en el mundo… Que el primero sería un muerto en vida, que solo querría morir, abandonar este mundo para dejar a un lado el dolor… El descendiente estaría más vivo que nunca, jamás podría descansar en paz, siempre vivo, cumpliendo una misión eterna por estar mamdito… Y el próximo… Es un alma que quiere vivir… Pero no puede…
—…
Todos escuchaban atentos, aunque sin comprender aún.
— ¿No lo ves? Una familia con nombres de los minerales más bellos… ¿Te suena…?
—…
—… Ruby…— Se relamió los labios al pronunciar ese nombre. — Tu madre… Una muerta en vida… Ella solo quería quitarse la vida y ya… Pero no podía dejarte con tal poder sola… Podrías causar mucho daño…
—… ¿Ru…?— Abrió más los ojos.
— Esmeralda… Tú… Su hija… Que incluso si mueres…— Acarició su rostro. — Volverás a nacer, seguirás viviendo, eternamente…— Tiró de su cabello en el sector de la nuca. Esmeralda echó la cabeza hacia atrás, soltando una maldición de dolor. Abasi aprovechó esto y lamió su cuello. La joven dejó escapar un pequeño grito de horror.
Recuerdos pasaron por su mente, recordando como su propio padre desgarraba sus ropas y le hacía daño de la peor forma posible.
Trató de moverse más, pero no podía.
¿Cómo con solo morderla pudo paralizarla…?
— Somos serpientes, preciosa... Y somos muy venenosas… Tú mejor que nadie debe saberlo. — Le susurró en su oído. Esmeralda, en respuesta, respiró entrecortadamente.
Atem corrió hacia ambos y apuntó su espada al padre de la joven.
— Suéltala.
— Lo siento, mi faraón. Pero eso no se podrá. Tiene que oír esto. — Agarró del mentón a Esmeralda y le obligó a mirarle. — ¿Sabes lo que sigue…? El próximo descendiente.
—… No sé por qué me dices esto… ¡Yo no tengo nada que ver con esa ridícula leyenda! ¡Es cierto, mi madre se llamó Ruby y yo Esmeralda, pero nunca hubo descendencia! ¡Mi hijo…-!
Se calló.
Contuvo el aliento.
"Un alma que quiere vivir, pero no puede."
"Nombres de los minerales más preciosos del mundo."
—…
— ¿Sabes por qué estás aquí, tan patética e indefensa…? Porque el Leviatán puede que sea tuyo… Pero no puedes leer sus pensamientos… Él puede leer los tuyos… Pero tú no los de él… Y no sabes lo que te hizo.
—…
Atem miró los ojos de Esmeralda, estaban muy abiertos, expresando horror y shock. ¿Qué ocurría? No comprendía qué…
— Zafiro.
.
.
.
El faraón dejó caer la espada.
No.
No.
No, no, no.
No podía ser verdad.
¡No podía ser verdad!
— Cuando perdiste a tu hijo… El Leviatán te sanó, desechando lo poco que habías creado en él… Y ese poco deshecho había caído en mis manos… Así que reuní un poco de magia para violar las reglas de la vida y… Ya sabes… Darle una segunda oportunidad.
—… No…— Esmeralda miró el suelo.
— Y para completar la leyenda… Lo llamé así… Zafiro.
Anzu se cubrió la boca con ambas manos. Los demás estaban perplejos de la revelación de Abasi. Todo este tiempo… Esmeralda creía que su hijo había sido perdido en medio de su maldición, cuando en realidad había caído en las manos de su padre…
— Y ahora me sirve a mí, pero claro… Si tú me matas… Él morirá… Es una pena, ¿verdad?
Sacó un poco de la sangre que había quedado del cuello de la joven y dejó que una gota cayera sobre los huesos olvidados que yacían en el suelo. Los huesos que antes solían ser una persona, pensó el faraón, quien miraba con horror aquello.
Abasi sonrió y con la espada que le había quitado a Esmeralda, le hizo un corte en la mano al faraón, quien soltó un maldición y sangre cayó a los pequeños huesos. El hombre sonrió con locura.
— No lo hagas…— Musitó Esmeralda, comenzando a temblar.
Atem estaba pálido, pareciera como si hubiese olvidado respirar.
— Shinsei.
— ¡DETENTE! — Gritaron ambos.
Un gran resplandor azulado envolvió los huesos y la sangre, para luego reunirlos junto con el barro que rodeaban los restos. De estos comenzó a surgir la forma de un ser humano adolescente, su piel clara como la de Esmeralda, ojos azules, pero con rasgos de Atem y su cabello negro como el de su madre.
— No… No, mi hijo no…
Yugi pegó un brinco al ver con horror que bajo Esmeralda comenzaba a formarse el sello de Orichalcos y comenzaba a expandirse. Pero todos comenzaron a alarmarse cuando este se estaba agrandando al punto de rodearlos a todos y más allá de las ruinas de la Atlántida.
— "¡Oh, no! Esto significa que…!"— Pensó Anzu al recordar a Esmeralda perder el control cuando había creado el sello y estuvo a punto de destruir Egipto. — ¡Esmeralda!
— No, no, no, no, mi hijo no… Mi hijo no… Mi hijo no…— Se llevó ambas manos a su cabeza mientras sus orbes rojos se llenaban de lágrimas.
. . .
Atem contempló en el suelo el cuerpo de… su hijo. Zafiro le miraba con culpa en su mirada brillosa por las lágrimas, le suplicaba con los ojos el perdón. Ese niño… Pudo haber sido criado por él y por Esmeralda, en un futuro que nunca pudo ser, y que nunca existiría. Y estaban jugando con sus sentimientos… Tanto los suyos como los de…-
Entonces comprendió.
Miró a Esmeralda.
— ¡Esmeralda! — Corrió hacia ella.
— ¡No, mi hijo NO! ¡Mi hijo no! ¡MI HIJO NO!
— ¡ASÍ ES! ¡YO REVIVÍ AL HIJO QUE PERDISTE POR CULPA MÍA, DEL FARAÓN Y DE SETH! ¡Y ME SIRVE A MÍ! ¡Y SU MISIÓN ES DESTRUIR TU ALMA!
— ¡NOOO! ¡CÁLLATE, CÁLLATE, CÁLLATE, CÁLLATEEEEEEE!
— ¡Esmeralda! — Atem la agarró de los hombros.
Vio con horror que los globos oculares de la joven se ennegrecían con gran rapidez, sus pupilas se volvieron más rasgadas mientras los irises carmesí resplandecieron con más fuerza. Como los de…
Una serpiente.
El Leviatán.
— ¡NO! ¡No, Esmeralda, NO!
—…— Las lágrimas cayeron de sus ojos y soltó una seca y cruel carcajada. —… Demasiado tarde, faraón.
Continuará…
Honestamente, creí que este capítulo sería muy corto, pero me inspiré demasiado XD En fin, el capítulo dice todo, no hay nada más que decir. Esmeralda ha perdido su corazón humano y al parecer todo está perdido.
Espero que les haya gustado, pues este será el fic del que me centraré de ahora en adelante…
¿No me quieren dejar reviews? Por favor? Jejeje
Rossana's Mind.
