HOLA CHICOS! Cómo han estado! Espero que las dudas se les hayan aclarado en el capítulo anterior, quién era la madre de Esmeralda, y quién era ella misma, de dónde provenía y por qué pasaba. Aunque claro, todo se ha vuelto un desastre al rebelarse la identidad de Zafiro. Qué horror!

Bueno, empecemos ya!

DISCLAIMER: Los personajes de "Yu-Gi-Oh!" no me pertenecen a mí, sino a Kazuki Takahashi.

Capítulo 12: Sangre fría.

Atem rodeó con sus brazos a Esmeralda en el momento que ella quiso abalanzarse contra su padre Abasi. La mujer forcejeaba con una fuerza inhumana mientras murmuraba cosas sin sentido, ni siquiera podían entenderse. Pareciera como si fuese una serpiente.

— ¡Esmeralda, por favor…!

Ella le ignoró y soltó un rugido monstruoso.

. . .

Anzu se giró abruptamente al oír el grito de Jonouchi.

— ¡MAI!

La rubia, Yugi, Marik, Ishizu, Mokuba y Honda cayeron al suelo cuando el gran sello los había rodeado con su resplandor verdoso.

— ¡YUGI! — La castaña corrió a socorrer a su amigo.

Atem se giró rápidamente al oír el grito de la castaña y sobre todo haber gritado el nombre de su casi hermano. Sintió su corazón latir con prisa y dolor al ver que algunos de sus amigos caían al suelo.

— ¡YUGI!

Esmeralda soltó una sonora carcajada ante su distracción y lo propinó un codazo en el estómago al faraón y se libró para dirigirse hacia Abasi.

— ¡ESMERALDA, NO!

Anzu no lograba comprender por qué ellos habían sido influenciados por el Sello de Orichalcos. ¿Por qué sus almas no estaban? ¿Por qué…-?

Sus ojos se fijaron en la muñeca del tricolor menor inconsciente. El brazalete que Esmeralda le había regalado estaba roto. Para eso eran… Para protegerlos del Sello de Orichalcos. Miró su propio brazalete y vio la piedra rubí resplandeciendo en contra del Sello, para rechazarlo. Miró a Jonouchi, quien también la tenía puesta, también Kaiba, quien sujetaba a su hermano con una acongojada expresión. Finalmente miró a Zafiro.

El pelinegro yacía sentado en el suelo llorando como un niño pequeño. Pero no lo culpaba. Tantos años trabajando para el enemigo de su propia madre, ir en su contra, herirla, cuando ella solo quiso tenerlo en sus brazos. Tampoco era fácil enfrentarse contra…-

Miró a Atem y sollozó.

Esmeralda y Atem sostenían una violenta batalla de espadas. Los ojos rojos de la joven se contrastaban con sus globos oculares ennegrecidos. Se estremeció al ver su pupila rasgada, como si fuese el mismo Leviatán poseyéndola. Pero sabía que era ella, pero estaba tan quebrada que ahora se encargaría de destruir todo para que su sed de venganza desapareciera. Aunque dudaba que eso ocurriría.

Atem golpeó a su esposa en un costado con la parte que no era filosa de su espada. Ella soltó un gruñido y le dirigió una mirada asesina.

— Esmeralda… No quiero lastimarte. Ya detente…-

Yo sí. — Habló tras sonreír. — Yo sí. Yo sí. ¡YO SÍ! — Lanzó la espada y esta atravesó el hombro del faraón.

— ¡AGH!

Anzu dejó suavemente a Yugi en el suelo.

— ¡ATEM!

¡Yo SÍ quiero lastimarte! — Caminó lentamente hacia él y contempló al su marido en el suelo, soltando jadeos de dolor. — Porque el dolor para mí es el poder que poseo… Es lo que me hizo fuerte…— Cayó de rodillas encima de él al quitarle la espada.

— Esmeralda…-

¡¿Qué demonios sabes tú?! — Alzó la espada con ambas manos, apuntando hacia su pecho. — ¡¿QUÉ SABES…?!

— ¡No! ¡Esmeralda, detente! — Intervino una tercera voz.

Anzu se le aventó encima a la hermosa joven y cayó encima de ella, apartándola del faraón. Atem retrocedió, con el corazón en la garganta. Pudo jurar que pudo ver toda su vida en tan solo segundos gracias a lo que Esmeralda estuvo a punto de cometer.

Recordaba todo.

Y…

—… Anzu…— Soltó con la voz ahogada.

La castaña sacudía con violencia los hombros de Esmeralda contra el suelo. La azotaba una y otra vez con los ojos llorosos.

— ¡Detente! ¡Esmeralda, detente! ¡Detente! ¡Detente! ¡Detente, por favor! — Gritó entre sollozos desesperados.

—…— Contempló con sorpresa los ojos azules de Anzu que derramaban lágrimas de desesperación.

— ¡Por favor, ya basta! ¡Detén el Sello! ¡Detenlo! ¡DETENTE, POR FAVOR! ¡Te lo suplico…! ¡Por favor…! ¡Tú no quieres esto! ¡¿Verdad?! ¡Tú no quisiste esto en Egipto! ¡Nunca quisiste hacer daño…!

Los ojos rojos de Esmeralda resplandecieron con ira y la empujó, haciéndola caer de espaldas.

¡Cállate! ¡CÁLLATE, CÁLLATE, CÁLLATE! — Alzó su espada.

— ¡NO!

Atem detuvo el ataque de Esmeralda que iba dirigido hacia Anzu con su propia espada. La Reina sonrió con malicia.

Je… Te volviste más rápido cuando se trata de ella.

— ¡Tch! — Apartó su espada con violencia y utilizó la parte de atrás para golpear su clavícula. La joven retrocedió. — Esmeralda… Tú sabes… Que te aprecio… Te aprecio más que a mi vida…— Endureció la mirada y sus orbes carmesí brillaron determinadamente. — Pero… Si tú le pones un dedo encima a Anzu… ¡No dudaré en matarte!

La castaña admiró la escena incrédula. Las palabras del faraón se clavaban en lo más hondo de su alma y corazón. Él estaba dispuesto a aniquilar a Esmeralda… Por protegerla a ella.

Esmeralda se rio de sus palabras.

Quisiera verlo…

Atem empuñó con fuerza su espada y la alzó con intención de atacarla. Si era por proteger a Anzu, él…-

— ¡NO! ¡No debes ser tú!

Ambos se giraron como un rayo al oír la voz de Zafiro, quien corrió hacia ambos y se interpuso, protegiendo a su madre con su propio cuerpo.

— No la mates, por favor…— Sollozó. — Sabes lo que pasará si lo haces, ¿verdad?

Atem suavizó su mirada. Miró a Esmeralda, quien parecía en una especie de trance mirando el suelo.

—…— Bajó lentamente el arma. —… Lo siento…

—… Váyanse.

— ¿Qué?

— Tuve que guiarlos aquí, pero… Ahora no me está controlando. Váyanse mientras tienen la oportunidad… O escóndanse en el palacio destruido. — Señaló a lo lejos. — Allí hay una zona que el Rey logró proteger.

— ¿Iron Heart?

—… Váyanse…-

Callaron al oír un débil sollozo. Miraron a Esmeralda, sus globos oculares volvieron a tornarse normales. Gruesas lágrimas escaparon de sus ojos y cerró los ojos con fuerza. Se iba a dejar caer al suelo, pero el faraón reaccionó más rápido y logró atraparla. Esmeralda se aferró con fuerza a la chaqueta de él mientras que sus lágrimas humedecían la tela del sector de su hombro izquierdo. El cuerpo frágil de ella tembló en los brazos del faraón, produciéndole una profunda tristeza.

Zafiro apartó sus ojos de su madre, sintiendo sus propias lágrimas. Finalmente miró a Abasi, quien le miraba furioso.

—… Te mataré, niño.

—… No me importa. — Le miró firmemente, aunque sus lágrimas no cesaban. — Me hiciste herir a mis padres.

La pareja se estremeció al oír eso.

—… ¡¿Qué hay de los demás?! — Preguntó Anzu al ponerse de pie.

— Déjenlos aquí, yo los protegeré.

— Pero…-

— Confíen en mí. — Se giró para mirar a los tres con súplica. — Por favor.

Atem volvió a ver a Esmeralda. Sus ojos habían perdido brillo, estaban muertos, pero las lágrimas no cesaban. La separó un poco de él para cargarla estilo matrimonial y comenzó a correr junto con Anzu, para luego ser seguidos de Kaiba y Jonouchi.

El faraón miró de reojo hacia atrás, viendo como Zafiro remplazaba las gemas rubíes de los brazaletes rotos de sus amigos por otras piedras preciosas que eran azuladas.

Eran zafiros.

Un aura brillante rodeó a los inconscientes.

De seguro así estarían a salvo de Abasi.

.

.

.

Al llegar a la zona segura del palacio destruido de la Atlántida que Zafiro había mencionado, dejaron a Esmeralda en una habitación donde había una cama, pues se había desmayado de tanta conmoción. Jonouchi se revolvía los cabellos, preocupado por Mai y los demás.

—… Zafiro… Tu hijo.

El faraón se tensó al oír las palabras del rubio. Directas. Aún no podía creer que ese muchacho era su hijo. Se levantó bruscamente y salió de allí, abrumado.

Anzu le siguió con la mirada, indecisa si ir por él o no.

—… Será mejor que vayas, antes de que se tire de un acantilado. — Se giró abruptamente al oír las palabras de Kaiba, quien no la miraba. Tenía sus orbes azules fijos en la espada de Critias que clavaba una y otra vez en el suelo.

La castaña después miró a Jonouchi, quien le asintió con una seria mirada. Sin más, corrió detrás de Atem.

Lo encontró afuera de la habitación, sentado en las escaleras. Su rostro estaba cubierto con las palmas de sus manos al apoyar sus codos en sus rodillas. Sus pasos se detuvieron lentamente hasta su lado. Se sentó lentamente y se abrazó las rodillas. No le dijo nada, esperaría a que él estuviera emocionalmente preparado para decir algo.

La respiración del faraón era lenta, pero fuerte, como si estuviese tratando de contener su ira y su pena. Lo miró de reojo, no lloraba, pero estaba segura que su corazón sí lo hacía.

—… Zafiro…— Suspiró. — Zafiro pudo haber sido mi hijo.

—… Pero lo es.

—… No puede serlo. — Musitó. — Está muerto. Están jugando con nosotros y con nuestras emociones. Querían que reaccionáramos de esta forma. No dudo que Zafiro pudo haber sido un sueño para mí. Un hijo. — Apartó sus manos de su rostro. Anzu miró sus orbes color sangre opacos de tanta tristeza. — y por más que me duela a mí… Y a Esmeralda… Zafiro debe desaparecer.

—… ¿No puedes darle una oportunidad como con Esmeralda?

Atem tragó saliva. Él no quería aquello. No quería matar a Esmeralda, no estaba preparado y quizás nunca lo haría. Estaba seguro que con esfuerzo, lograrían hacer latir el corazón de Esmeralda nuevamente, pero llevaría mucho trabajo. Zafiro era un caso distinto, él ya estaba muerto, nunca existió, el haber resucitado solo para herir emocionalmente a su mujer era algo que jamás podría perdonar.

Anzu tomó su mano y la estrechó con afecto, transmitiéndole apoyo. El faraón soltó un suspiro entrecortado y apoyó su frente en el hombro de la castaña mientras terminaba de entrelazar sus dedos con ella.

Un estruendo provocó que todos pegaran un respingo del susto. Ese ruido había provenido de la habitación de Esmeralda. Anzu fue la primera en reaccionar y salió corriendo, seguida de Atem y los demás. Cuando abrió la puerta, la castaña soltó un grito de horror al ver a Esmeralda arrodillada en el suelo con su muñeca derecha llena de sangre, mientras que con su mano terminaba de enterrar con furia una daga en su muñeca izquierda.

— ¡Esmeralda! — La castaña trató de quitarle el arma blanca, pero se detuvo cuando la pelinegra se giró rápidamente para dirigirle una mirada asesina.

Sus ojos carmesí resplandecían con satanismo, locura, pero por sobre todas las cosas, dolor. El sello de Orichalcos resplandecía con fuerza en su frente, sin mencionar que una increíble aura oscura rodeaba su ser, aunque sus globos oculares no se vieron alterados.

¡NO ME TOQUES! — Su voz sonó inhumana, asesina, furiosa.

—… P-Pero…— Sus ojos se llenaron de lágrimas. — ¿Q-Qué estás haciendo…?

Esmeralda soltó una sonora carcajada, como si le causara mucha gracia esa pregunta.

Atem contempló en silencio la locura que rodeaba a su mujer.

— ¿No es obvio…?— Dejó caer la daga y le mostró sus muñecas ensangrentadas que dejaban que cayeran gotas rojas al suelo. Sonrió. — Si yo muero ahora… Esto acabará… yo ya no tendré que sufrir más… Ya no más, ¿comprendes…?

— Esmeralda…— Dejó escapar su nombre con la voz ahogada el faraón.

La nombrada miró con sorpresa Atem, recién dándose cuenta de su presencia y del resto, que estaba mudo. Miró nuevamente el suelo, buscando con sus ojos la daga. La recogió y corrió hacia él. La pelinegra le puso el arma en su mano y lo agarró de los brazos, pegando su cuerpo al suyo. Ambos pares de ojos se encontraron, demostrando que la expresión que tenían en común era la agonía.

—… Aquí me tienes…— Susurró mientras sus orbes se llenaban de lágrimas. —… Acaba conmigo…— Suplicó. — Mátame…— Sus piernas temblaron. — Mátame, por favor…— Sollozó al dejarse caer de rodillas al suelo sin dejar de aferrarse a las ropas del joven. Esmeralda cerró los ojos con fuerza, mientras que sus lágrimas se estrellaban con el suelo. — ¡MÁTAME, POR FAVOR! ¡MÁTAME, MÁTAME, MÁTAME, MÁTAMEEEEE!

Anzu cerró los ojos con fuerza, incapaz de contemplar tal escena. Trató de evitar llorar y agradeció mentalmente cuando sintió la mano de Jonouchi posarse en su hombro, él no estaba mejor, temblaba de ira e impotencia al no poder comprender por el dolor que pasaban, aunque lo hubiesen visto. No, no podían. Por más que quisieran.

Seto contemplaba en silencio la escena.

Anzu se cubrió la boca con su mano, evitando que el llanto fuese audible para los demás. Su pecho latía con energía, pero con gran sufrimiento. Ver de esta forma tan miserable a Atem y Esmeralda le desgarraba el alma.

Esmeralda se soltó de Atem y apoyó sus manos en el suelo mientras seguía llorando desconsoladamente.

—… Mi hijo…— Gimoteó entre sollozos.

Atem inhaló y exhaló suavemente, tratando de calmar el grito de su alma. No soportaba esta situación, creía que lo había visto casi todo, que ya no estaría tan desquebrajado como la última vez, sin embargo, estuvo equivocado. El saber que Zafiro era su hijo aún lo tenía conmocionado e increíblemente herido, porque era sangre de su propia sangre, que resucitaron, y lo volvieron en su contra y la de Esmeralda. Ya era suficientemente horrible tratar de autoconvencerse que él no debía existir, que era un error…

Lentamente, la reina se puso de pie y resopló fuerte.

Dio la media vuelta y caminó lentamente hacia el balcón. Apoyó sus manos en las barandas dejando que el viento golpeara su rostro, estremeciera su piel por las mejillas mojadas y tensó la mandíbula.

—… ¿Dónde…?— Apretó con fuerza los barandales contra sus palmas. — ¡¿DÓNDE ESTÁN, MALDITOS DIOSES?! — Terminó por gritar al cielo oscuro.

Los presentes pegaron un brinco, sorprendidos.

— ¡VAMOS, DENME LA CARA! — Exigió. — ¡¿Dónde está la bondad…?! ¡¿DÓNDE ESTÁ LA PIEDAD DE LA QUE HABLAN?! ¡SOLO DICEN MENTIRAS!

Atem analizó con cuidado las palabras de Esmeralda, tratando de entender…-

— ¡EL BIEN NO EXISTE! ¡NO EXISTE LA MISERICORDIA! ¡NI LA CLEMENCIA…!— Sollozó sonoramente. — Todas… Todas son palabras huecas… Pura falsedad…

Entonces el faraón comprendió.

La única que vez que Esmeralda fue feliz, fue cuando estuvo con él, a su lado. Pero esa felicidad se fue tan rápido como había venido. Toda la vida de Esmeralda estuvo rodeada de oscuridad, dolor, sangre y lágrimas.

—… Solo existe el dolor… La traición… ¡Y la maldad! — Respiró fuerte y el recuerdo de cierto pelinegro de ojos azules, provocó que su alma terminara de despedazarse. — Mi hijo…— Musitó inaudiblemente. — Mi bebé…

Anzu trató de acercarse, pero una mano en su muñeca se lo impidió. Se giró y se encontró con los oscuros ojos carmesí de Atem, quién le dirigió una severa, pero suave mirada.

— Deja que expulse todo, Anzu. Lo necesita. — Susurró con la voz sofocada.

La castaña contempló los ojos nublados de dolor del joven, después recordó el dolor de Esmeralda. Volvió a mirarla y contempló su larga y brillante melena azabache que cubría su espalda.

— ¡ESE MALDITO QUE SE HACE LLAMAR MI PADRE ME DESTRUYÓ Y SECÓ CUANDO LLEVABA A MI HIJO EN MI VIENTRE! ¡USTEDES! — Señaló el cielo negro. — ¡USTEDES, MALDITOS DIOSES, SON TESTIGOS QUE ME HAYA PASADO TODA UNA ETERNIDAD ODIÁNDOLO Y ODIÁNDOME A MÍ MISMA! — Dejó caer pesadamente su brazo. — Toda una vida planeando mi destino… Para darle fin… Para finalmente poder descansar… Y cuando ya lo tengo en frente…— Se dejó caer de rodillas. — Me hacen esto. — Cerró los ojos con fuerza. — Resucitando y criando al niño que yo llevé en mi vientre para eliminarme a mí, su madre y a su padre… Con esto…— Abrió los ojos de golpe. — No puedo más… No puedo más… No puedo más… No puedo más… No puedo más…— Se abrazó a sí misma cuando las lágrimas se detuvieron y alzó la vista al cielo. — ¡YA NO PUEDO MÁS!

Las heridas de sus brazos sanaron de golpe cuando se puso de pie. Se giró y dirigió su vista a su espada. La cogió y sin mirar a nadie, salió de la habitación. Atem, por impulso, salió tras ella sin mirar atrás, dejando a los otros pasmados.

.

.

.

Atem se sorprendió al ver a Esmeralda ya vestida. Tenía un vestido ajustado negro sin tirantes y un cinturón carmesí con una rosa adornando el sector izquierdo de su cintura. Estaba terminando de colocarse sus botas del mismo color que el cinturón cuando la pelinegra dirigió sus ojos fríos hacia él. Se estremeció al ver que su pupila volvía a verse rasgada y sus globos oculares se ennegrecían.

¿Qué quieres?

—…— Frunció el ceño. — ¿Qué harás?

Lo que debí hacer hace mucho tiempo.

— ¿Vengarte?

¿Tú no?

—… Sí. — Admitió. ¿Quién no se vengaría después de acto tan vil? Resucitar un hijo que juraron perdido para luego ponerlo en su contra… Era algo que él ni tampoco Esmeralda estaba dispuesta a perdonar. — Pero no es lo correcto.

—…— Se acercó a pasos lentos e intimidantes. — Mírame. Y mírame bien. — Exigió. — Esto es lo que soy ahora. No soy humana, tampoco una Diosa, solo soy un fenómeno. Un monstruo. Y por ser lo que soy… No me importa nada ahora… Estoy dispuesta a acabar con mis enemigos.

—… Esmeralda, si tú tan solo me hubieses contado tu historia, yo pude haber hecho algo por ti…-

Si te hubiera contado, hubieras terminado muerto antes de tiempo. Y el mundo hubiese estado sometido a la oscuridad. — Se encogió de hombros. — Solo vete y déjame hacer esto. Si quieren, lárguense. Ya no los necesito. El Leviatán ya regresó a su cuerpo, solo quiero que devore el alma de ese miserable.

— Esmeralda, por favor… Entra en razón. Lo que estás a punto de hacer hará que pierdas tu oportunidad de ser buena nuevamente.

La joven sonrió, complacida por sus palabras.

Entonces admites que soy un ser oscuro. — El tricolor la miró a los ojos, sorprendido. — Tú eres el equilibrio, Atem. Anzu es tu luz. Y yo soy tu oscuridad. Pero lo mejor es inclinarse hacia la luz, ¿verdad?

—…

—… No. — Negó con la cabeza mientras retrocedía. — No me vas a convencer. Ni ahora… Ni nunca. — su sonrisa se tornó dolorosa, funesta. — Antes temía herirte cada vez que el Leviatán tomaba el control de mi cuerpo, temía que lo que fuera a provocar, a quiénes podría herir… Pero ya no. Ya todo va a acabar, de una forma u otra.

— Esmeralda, necesitamos ayudarte. Tú ansias nuestra ayuda, pero no lo quieres admitir. Debemos ayudarte a sanarte y si quieres, nosotros acabaremos con él…-

No. — Le cortó con una severa mirada. — Solo YO le impondré el castigo. — Una cruel y sádica sonrisa se formó en sus labios.

Atem trató de volver a acercarse a ella, pero la joven reaccionó rápido y apuntó su espada contra el cuello de su marido, paralizándolo de la sorpresa.

Toda mi vida estuve sola, siempre. Así que… Los que no estuvieron conmigo, ESTARÁN CONTRA MÍ. — Retiró lentamente el arma. — Así sea mi marido, mi… mi hijo… O mis amigos. Así que no se te ocurra meterte en medio. — Borró lentamente su sonrisa. — Porque yo ya tengo señalado mi camino. Voy a matar a mi padre… Y aunque termine por quitarme la vida… También mataré a Zafiro. — Apretó los labios. — Es la única forma de salvarlo.

—…

Mataré a Anzu si te atreves a interferir, Atem.

Una vez dicho esto, terminó por pasar a su lado, aunque no logró irse, pues no esperó lo siguiente. Atem sabía que lo que estaba a punto de hacer arruinaría todo lazo, y quizás perdería la vida. Pero…

Esmeralda se detuvo abruptamente cuando la espada de Timaeus apuntó firmemente a su cuello. Fijó su mirada lentamente en Atem, quien se la devolvió con determinación.

— No puedo permitir que vayas de esta manera, Esmeralda.

—…— Sonrió. — Oblígame.

Esmeralda se puso en guardia, al igual que el faraón. Ambos se lanzaron en su dirección para atacarse y los filos de sus espadas chocaron con estruendo. Esmeralda sonrió tras usar la fuerza inhumana que se le había otorgado y arrastró a Atem, empujándolo hasta que su espalda se topara con la pared.

—… ¿Aún no lo entiendes? YO soy mucho más fuerte que tú.

—…— Frunció el ceño. — ¿Recuerdas lo que te dije una vez?

—…— Dejó de sonreír.

— Cada vez que entrenábamos… Yo nunca peleaba enserio. Y esta no es la excepción. Pero si ahora quieres que pelee de verdad…

Apartó de un solo golpe la espada de Esmeralda, lanzándola al otro lado de la habitación. La mujer soltó una maldición y le miró con desprecio. Atem dejó de fruncir el ceño y dejó caer su espada, caminando hacia ella con rapidez. La apresó de las muñecas con fuerza.

¡NOO! ¡Suéltame!

Atem contempló el rostro de la hermosa joven. A pesar de ya no tener ojos humanos, su rostro seguía tan bello como siempre. El rompecabezas del milenio comenzó a brillar. Esmeralda cerró los ojos con fuerza, odiando ese resplandor. El faraón inhaló, y comenzó a recitar.

Eres un alma perdida

Y no encuentras tu posada

El destino trazó tu camino

Con una mala jugada

¡Nooo! ¡Cállate!

Atem la soltó nuevamente y tomó su rostro entre sus manos, obligándola a que sus ojos se conectaran. Necesitaba que lo mirara. Estaba seguro que la razón por la cual el rostro de Esmeralda estaba así, era por el Leviatán. Terminará consumiendo su cuerpo aquella apariencia y su humanidad se perdería. Necesitaba hacerla volver a entrar en razón. Que algo de cordura regresara a su mente. Y que al menos supiese lo que él sentía hacia ella con sus palabras.

Se robaron tu inocencia

No conoces de ternura

Y cambiaste tu sonrisa

Por una mirada oscura

Esmeralda gruño y trató de apartarse. Atem no se lo permitió y sus frentes chocaron cuando posó su mano en su nuca y la empujó hacia él. La respiración de ella era rápida y furiosa, resistiéndose al exorcismo.

Y ahora te vas en busca de la venganza

Contra aquel que se burló de tu confianza

Y que pague en sangre fría decepciones de una vida

Maltratada y sin piedad y sin razón.

La Reina dejó de forcejear lentamente y quedó hipnotizada por los ojos carmesí de su marido. Atem casi soltó un suspiro de alivio al ver como sus globos oculares volvían a ser blancor. Pero sus pupilas seguían siendo las de una serpiente.

Te vas en busca de la venganza

Por traiciones, por mentiras

Y por todas esas trampas

Y a cobrar los intereses de todas aquellas veces…

Los ojos carmesí de Esmeralda volvieron a ser normales, y se llenaron de lágrimas. Atem cerró los ojos un momento y se acercó más a ella para susurrarle suavemente en el oído.

Que lloraste inconsolable

Sin amor.

El faraón se separó lentamente de ella. Sonrió un poco, aliviado de ver nuevamente el rostro de la mujer con la que estuvo casada. Acarició su cabello, tratando de calmar sus temblores. Esmeralda cerró los ojos con fuerza, recuperando su postura. Se tragó las ganas de llorar y levantó el mentón con orgullo.

—… Aun así no lograrás convencerme con no matarlo.

— Solo te detuve porque el Leviatán estaba consumiendo tu mente. Necesitaba que reaccionaras…-

¡Plaff!

Atem giró el rostro nuevamente cuando se llevó su mano a su mejilla golpeada. Esmeralda se cruzó de brazos y le dio la espalda.

—… No debiste.

—…

—…

Sin decir nada más, terminó por recoger su espada y desapareció.

Atem contempló el sector donde estuvo antes de irse y suspiró.

— Supongo que nosotros también nos tenemos que preparar.

El faraón se giró rápidamente al oír esa voz. Contempló la sonrisa funesta de Anzu.

—… Anzu…

— ¿Sabes? Creí que jamás tendría el valor de decirte lo que estoy a punto de decirte. — Lo miró con decisión. — Y no importa que lo sepas. Quiero que lo oigas.

—…

— Yo te amo, Atem. — Su sonrisa se volvió más honesta.

Atem abrió desmesuradamente los ojos. Siempre supo que la castaña sentía algo por él, pero nunca lo pronunció, nunca creyó que lo oiría.

— Te amo como jamás he amado a alguien. Sé que mi amor no es nada comparado con lo que hizo Esmeralda por ti. Yo lo sé. — Cerró los ojos, pero los abrió nuevamente. Sus ojos zafiros resplandecían. — Pero no puedo evitarlo. — Se rio un poco. — Lo que trato de decirte es que… No importa cuál sea tu decisión. Yo siempre te voy a amar… Y respetaré tu decisión.

Ambos pares de ojos mantuvieron la mirada en el otro, en un sepulcral silencio.

Continuará…

OMG!

¡Qué difícil! ¿Con quién se quedará Atem? ¿Con esa oscuridad que tanto le fascina y sabe manejar a la perfección? ¿O con esa luz que lo ha salvado tantas veces y le transmite un calor tan maravilloso que le es difícil apartarse?

Espero que les haya gustado!

Nos vemos!

Rossana's Mind.

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