Bienvenidos al capítulo número trece de "Una Decisión", a esta historia le queda muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuy poquitito! Llegará a tener 16 más o menos. Bueno…
Resumiendo, en el capítulo anterior, Esmeralda decidió que no importaba lo que ocurriera, ella exterminaría a Abasi, con o sin la ayuda del faraón, incluso si eso significaba abandonar su humanidad a manos del Leviatán.
Por otro lado, Anzu decide decirle a Atem que él es libre de escoger, pero que sepa que ella siempre le va a amar.
¿Qué hará Atem?
Lean para averiguar lo que ocurrirá:
.
Capítulo 13: El perdón del sacerdote.
—…
—… Lo siento. — Su flequillo ocultó sus orbes azules. — Yo no quería… Confundirte más. Es solo que… Yo quería que lo supieras, creí que sería justo que lo tuvieras presente antes de… Terminar todo esto. — Volvió a mirarle.
Atem suavizó su mirada. Comprendía lo que quería decir la castaña. Claro que sí, porque tenía muchas decisiones que tomar. Romper o no la maldición de Esmeralda y destruirla para siempre, volver al lugar donde pertenecía ahora o quedarse…
Y decidir entre Esmeralda y Anzu.
Desde que había vuelto a ver a su mujer… Ese había sido su primer conflicto emocional.
Dejarse abrazar por la oscuridad de Esmeralda, o ser rodeado por el calor de la luz que Anzu irradiaba.
En los últimos días, los ojos de Anzu siempre habían estado nublados de confusión, de tristeza y miedo. Pero ahora se veían resplandecientes de tanta determinación, dispuesta a enfrentar la decisión que él tomara. Admiraba eso de ella, porque sabía muy bien que la bailarina era una joven de espíritu fuerte.
Siempre lo supo.
El faraón se acercó a ella para envolverla en sus brazos con fuerza. Le sorprendió un poco que ella le correspondiese el gesto enseguida, normalmente la joven se asombraba y tardaba en rodear sus brazos en su cuello, pero esta vez había reaccionado rápido. Anzu lo apegó a ella con anhelo y amor, atesorando el momento con gran vehemencia. Atem suspiró contra su cuello.
— Anzu…
—…— Se separó lentamente de él. Sus narices se rozaron con suavidad, pero ninguno se acercó. Se admiraron profundamente a los ojos. La castaña le sonrió al posar su mano en el pecho de él. — Es la hora.
—…— Una diminuta sonrisa se dibujó en sus labios. —… Sí.
— ¡Hey, chicos!
Se separaron por completo al oír el grito de Jonouchi. Vieron al rubio correr hacia ellos con una preocupada expresión, siendo seguido por los tranquilos pasos de Seto.
— ¿Qué ocurre, Jonouchi?
—… Pues…— Mostró su brazalete.
Atem entrecerró los ojos. Los hilos de la pulsera se estaban deshaciendo y el brillo de la gema rubí se estaba extinguiendo, señal de que podría romperse en cualquier momento. Miró la suya propia y parecía estar en una situación similar a la del rubio. Siguió sus ojos al brazalete de Anzu, que aún permanecía intacto.
—… "Es porque Esmeralda estima mucho a Anzu, más que a nadie." — Miró al castaño. — ¿Qué hay de ti, Kaiba?
El castaño soltó un bufido y estiró su muñeca. Estaba en mejor estado que la del faraón y la del rubio. Pero se estaba debilitando.
— ¿Puedo saber por qué estamos usando estás cosas?
— Esmeralda las hizo, ¿recuerdas? Estos brazaletes rechazan el poder del Sello de Orichalcos. — Explicó el tricolor cruzado de brazos. — Pero son frágiles, y pronto comenzarán a romperse, porque la voluntad de Esmeralda se está debilitando.
— ¿A qué te refieres? — Preguntó el rubio, confundido.
— Su voluntad está casi por completo en control del Leviatán. — Anzu palideció ante esa confesión. — Así que si ella abandona su mente, dejará de concentrar sus energías contra estos brazaletes.
—…— Seto entrecerró los ojos.
— Por eso necesitamos acabar con esto lo antes posible.
—…— El rubio hizo una mueca. — Oye, faraón… Me gustaría preguntarte algo…— El de ojos rojos frunció el ceño ante la incomodidad de su amigo. —… La única forma de derrotar al Leviatán es… Matando a Esmeralda.
Seto alzó una ceja. No estaba muy al tanto de lo que sucedía, pero tenía una idea gracias a ciertos recuerdos que golpeaban su cabeza de repente desde que esa chiquilla había aparecido.
— Así es. — Concordó el faraón, tratando de ocultar su disgusto de esa cruda realidad.
—… Y… Que debe ser asesinada por ti. — El de ojos chocolate le miró directamente. — ¿De verdad vas a hacerlo…? ¿S-Serías capaz de empuñar tu espada y matar a la mujer que una vez amaste?
La angustia del rubio era palpable, tal vez porque por más tosco y atolondrado que se mostrara, él sabía que esta no era una situación que debía tomarse a la ligera. Estaban hablando de quitarle la vida a una víctima más de todo este desastre. Anzu miró con tristeza a Atem, quien permaneció en silencio y apartó sus orbes de su amigo. La bailarina sabía que él se debatía aun internamente en su corazón. Era realmente horrible que le dejasen una carga tan pesada en sus hombros, pero así era. Jonouchi apretó los puños, sabía que había tocado un hilo sensible del corazón de su amigo, pero debía saber la verdad. ¿Qué era lo mejor? ¿Salvar a Esmeralda de su dolor de una buena vez y que desaparezca para siempre…? ¿O dejarla vivir, a costa de su inmenso poder que podría extinguir a toda la raza humana?
—… Hmph. — Todos miraron a Kaiba. — Yo me largo de aquí. Si van a seguir aquí asustándose por lo que es más que obvio…— Empuñó con fuerza la espada de Critias. — Lo mejor es que yo acabe con esto.
— ¡KAIBA! — Jonouchi se le iba a tirar encima, pero Anzu lo sujeto del brazo.
— Jonouchi, por favor…
El castaño se alejó de ellos con el ceño fruncido, sin mirar atrás y desapareció tras el gran portón del reino de la Atlántida. El rubio resopló, molesto con la actitud de ese sujeto. Atem solo sostuvo su mirada en el lugar donde desapareció su rival. Terminó por suspirar.
— Será mejor que nosotros también emprendamos camino hacia el lugar donde se encuentra Abasi.
Los tres comenzaron a caminar en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
Anzu miró de reojo al faraón, se encontraba absorto en su propio mundo, miraba distraídamente el suelo, quizás pensando en qué haría. La castaña no lograba comprender. ¿Por qué Esmeralda habría hecho todo esto? Los Guerreros Legendarios, Timaeus, Hermos y Critias, eran enemigos de la antigua Reina. ¿Por qué se empeñó en llevar a Atem, a Jonouchi y a Kaiba? Porque al parecer, el único objetivo de Esmeralda era acabar con Abasi, nada más. Claro, además de acabar consigo misma…-
Entonces ató los cabos.
Esmeralda era fuerte, tanto así que podría rivalizar su poder con el de Atem, o quizás más. Por esa misma razón, ella era incapaz de controlar sus poderes, menos cuando tenía el espíritu del Leviatán en su interior. Por eso necesitó a les guerreros. Para que se aseguraran que de una forma u otra, ella terminaría siendo la derrotada.
Y según su plan, parecía ser que quién debería de darle el golpe de gracia, ese sería su marido.
Atem.
Destruir a Abasi, para luego dejarse exterminar.
Descansar.
Y desaparecer para siempre.
Detuvo sus pasos.
¿Por qué? ¿Por qué Esmeralda no quería recuperar a Atem? Es más, la sola cercanía del faraón, a Esmeralda le perturbaba o irritaba. Sabía que era usada como un títere por la gran deidad que tenía, pero…
— ¿Anzu?
Alzó la vista. Atem y Jonouchi estaban a unos cinco metros más adelante que ella.
—… Lo siento. — Musitó al seguir caminando y seguir analizando la situación.
Además, estaba la leyenda que habitó en el pueblo donde se crió Esmeralda. Una familia que portaría los nombres de los minerales más preciosos del mundo.
Ruby, la madre de Esmeralda. La muerta en vida. Con poderes extraordinarios, pero vivía miserablemente gracias a Abasi, quién había abusado de ella, dejándola con una criatura en el vientre. Los sentimientos negativos mancharon el alma de esta niña.
Esmeralda, creciendo bajo viles tratos, rodeada de pura oscuridad. Tanto rencor ennegreció su alma al punto de que ni ella era capaz de tolerar tanta luz bajo su piel. Huyendo de las garras de su padre, encontró al amor de su vida, Atem. Sin embargo, el destino fue cruel, y Abasi lo asesinó. Y para cambiar su destino, Esmeralda violó las reglas de la vida, del espacio y tiempo, para darle un camino más provechoso al faraón. ¿Pero a qué precio?
De dejar ir a su hijo.
Zafiro.
El vago recuerdo de su rostro lloroso, quebrantado por el dolor de sus padres cruzó en la mente de Anzu. La castaña cerró los ojos con fuerza. Miró a Jonouchi, quien caminaba casi como un robot. Se le veía impaciente y muy inquieto. Después fijo sus ojos azules en la espalda de Atem. Rígida, tensa. El agarre que tenía en la espada de Timaeus era tan fuerte que sus nudillos se veían blancos.
Los tres se paralizaron cuando sintieron temblar la tierra bajo sus pies. Grietas se formaron en el suelo y comenzaron a emerger…
— ¡¿QUÉ RAYOS..?! — Retrocedió visiblemente horrorizado el rubio. — ¡¿Son zombies o qué?!
Atem frunció el ceño. Se podría decir que así parecían… Pero… ¿De dónde…?
Notaron el Sello de Orichalcos en la frente de cada muerto que se acercaba a ellos con tétrica lentitud.
—… "¿Será obra de Esmeralda?" — Se preguntó el de ojos rubí.
Era posible. La joven estaba descontrolando su poder y el Leviatán se aprovechaba cada segundo de ello.
—… A-A-At-At-At-T-Te-Tem…— Tartamudeó Jonouchi, con el rostro casi azulado del terror. El aludido lo miró. — ¿Q-Qué hacemos?
—…— Volvió a mirar a los cadáveres. Agarró con fuerza la espada. — No tendremos más opción que deshacernos de ellos.
—… Pero…— Iba a intervenir la castaña.
— Anzu. — Le interrumpió suavemente el faraón. Ambos se miraron. — Ellos no son conscientes de lo que hacen, y ya no tienen un cuerpo vivo al cual regresar. No podemos hacer nada por ellos. Llevan muertos hace milenios.
—…— Bajó la mirada.
— Detrás de mí, Anzu. — Ordenó Atem. La ojiazul levantó la vista y obedeció.
El faraón y Jonouchi sujetaron con fuerza las espadas de los guerreros.
— Tch. ¡Ojalá que el maldito de Kaiba se la pase peor que nosotros! — Soltó el rubio al correr hacia el primer muerto que se le acercó. — ¡AAAAAAAAGH!
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Seto frunció el ceño al ver una gruesa y resplandeciente línea de color esmeralda cruzar a lo lejos. Claro, desde que esa loca joven se había quebrado emocionalmente, el Sello de Orichalcos se había activado de forma potente y se había expandido ilimitadamente hasta no sabía dónde. Y honestamente, no quería saberlo. Miró el brazalete que comenzaba a deshacerse con lentitud bajo la tensa atmósfera del lugar tan tétrico.
Entrecerró sus orbes azules.
-F-l-a-s-h—B-a-c-k-
Seth caminaba impacientemente por los pasillos, incómodo. El faraón había hablado con él horas atrás, con respecto a su esposa. El sacerdote admitía sentir cierto rastro de culpa en su interior por cómo había tratado a la mujer que ahora era Reina de Egipto. Por lo tanto, el tricolor le sugirió que se disculpara con ella. El ojiazul llevaba horas buscando a Esmeralda sin éxito y ni siquiera sabía qué demonios decirle.
— El faraón dijo que querías verme.
Él se giró automáticamente al oír la voz de la bella Reina. Los ojos ahora azules de ella le miraban con desconfianza y cierta inquietud.
—… Su Majestad. — Comenzó, pero sintió repentinamente su garganta seca. — Solicito hablar de forma íntima y personal con usted.
—…— Frunció el ceño. — ¿Qué ocurre?
—… Lo que estoy a punto de decirle, es con honestidad. — Le dijo enseguida. No quería que malinterpretara que lo hacía solo porque era la Reina.
—… Bien, dime lo que quieras. — Se cruzó de brazos y esperó.
—… Lo… Lo lamento. — Se inclinó. Esmeralda retrocedió un poco, sorprendida.
— ¿Cómo…?
— Cuando usted llegó, yo le falté el respeto sin conocerla. — Se levantó y la miró directamente a los ojos. — Por eso quiero solicitar su perdón. — La pelinegra iba a decir algo, pero Seth la interrumpió. — No espero que me acepte, pero quería decírselo de todos modos.
Un largo silencio se formó en los cálidos pasillos donde ambos se encontraban parados sin decir nada. Seth miraba el suelo en señal de respeto a la persona de la Reina, quien miraba el suelo en un aire pensativo.
—… Te perdono.
Él alzó rápidamente la vista. Esmeralda le miraba con una neutra expresión.
— No quiero seguir cargando desprecio. Así que acepto tus disculpas, Seth. — Sonrió un poco. — Sería bueno empezar de nuevo.
-E-n-d-s-
Sí, así fue. Recordaba que había comenzado a llevarse mejor con la mujer, sin embargo todo se vino abajo cuando ella traicionó al faraón y al Reino entero. Fue encerrada. Puesto que ella estaba atacando al faraón, su instinto fue protegerlo y le disparó esa flecha.
"Mataste… Al futuro faraón de Egipto."
Zafiro.
Hizo una mueca de disgusto ante el recuerdo.
Ahora entendía por qué esa mujer lo despreciaba tanto. Además, el chico Zafiro también le odiaba. Tal vez porque él fue el causante de su muerte, o simplemente no le agradaba.
— Hmph. — Soltó al ver unas criaturas del Sello de Orichalcos aproximarse a él.
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— ¡JONOUCHI!
Atem reaccionó rápido. Jaló a Anzu contra él para protegerla con su cuerpo y con su otra mano, lanzó la espada, eliminando al cadáver que se le había abalanzado al rubio.
Al menos, ya habían acabado con todos que se les habían aparecido. Sabían que volverían más, pero ahora estaban bien.
—… Ugh, maldición…— Soltó con la voz ronca Jonouchi.
Atem y Anzu corrieron hacia él y vieron al rubio recostado en el suelo, respirando agitado por agotamiento.
—… Tendrán que seguir sin mí. — Sonrió un poco.
— ¿Eh?
— ¿Qué dices, Jonouchi? — Atem frunció el ceño. — ¿Por qué dices eso?
— Lo digo por esto…— Mostró su muñeca con rasguños, donde estaba el brazalete completamente desgarrado. La gema rubí terminó por quebrarse.
Atem y Anzu miraron con pánico al rubio, pero él solo se rio.
— No me miren así, chicos. Es como si me estuviera muriendo. — Bromeó. Agarró su espada y se la extendió a la castaña. — Ten, Anzu.
— ¿Q-Qué…?— Balbuceó al sentir una presión en la garganta.
— Quiero que me cuides la espada de Hermos. Y para que te protejas con ella en caso de que Atem esté en un aprieto.
—… Jonouchi…— Los ojos rubíes del faraón brillaron de tristeza.
—…— Anzu sintió sus ojos llenarse de lágrimas y aceptó el arma. —…
— Tranquilos, sé que lograrán sacarnos de esta. — Un resplandor esmeralda comenzó a rodear su cuerpo. Los ojos del rubio comenzaron a perder brillo. — Siempre lo haces, Atem. — Se carcajeó secamente. — Dejo ahora todo en tus manos. — Extendió su mano. El tricolor la agarró y sonrió un poco.
—… Bien. — Estrechó con fuerza la mano de su amigo. — Prometo que los salvaré. — Afirmó con determinación.
—… Genial, viejo. Porque no quiero morir aquí. Aún quiero hacer muchas cosas…— Sus ojos comenzaron a cerrarse. —… Pero prométeme algo tú…
Atem le miró, confundido y curioso.
—… Prométeme que harás lo que tu corazón diga, faraón. — Una sonrisa fantasma se dibujó en sus labios. — Podrías arrepentirte si no lo haces.
—…— Sonrió nuevamente. — Lo prometo.
La fuerza con la que Jonouchi agarraba la mano del faraón, terminó por desaparecer y cerró los ojos, como si se hubiese quedado dormido. Atem apretó los puños, sintiéndose realmente impotente en esa situación. Escuchó un débil sollozo de Anzu, quien trataba sin éxito de eliminar las lágrimas de su rostro.
—… Anzu… Ayúdame a levantarlo, por favor. — Agarró un brazo del rubio para rodearlo en su cuello y levantarlo. Anzu le imitó con la otra extremidad. — No vamos a dejarlo aquí, ¿verdad? — Le sonrió funestamente a la llorosa castaña.
—… Claro que no. — Sonrió con tristeza.
Y así, ambos siguieron su camino arrastrando a su amigo rubio inconsciente. Solo esperaban llegar a tiempo y que lograran recuperar las almas de Yugi y los demás.
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"Vamos. Tú quieres esto, ¿no es así?"
Esmeralda soltó un jadeo de dolor. El exorcismo de Atem había funcionado, pero su efecto se estaba perdiendo. La influencia del Leviatán estaba nublando sus sentidos y su mente. Su garganta estaba seca ante la ansiedad de aliviar aquello con sangre. Sabía que aquellos oscuros pensamientos eran gracias al Leviatán, quien seguía incitándola a pecar de la peor manera posible.
Se arrodilló en el suelo y apoyó su espada en él para no perder el equilibrio. Un aura oscura rodeaba su cuerpo, y a decir verdad, le era insoportable. El ambiente era asfixiante.
"Quieres matarlo… Y yo también… ¿Por qué no te dejas?"
La joven gruñó en respuesta.
— "No voy a dejarme manipular por ti."
"Admite que deseas matarlo de la peor manera posible."
—…
"Deseas que su sangre resbale por tus dedos, para quedarte tranquila de… que lo lograste…"
Esmeralda siguió sin responderle nada.
"Y sabrás que ya no tendrás que lidiar con él, porque no tiene descendencia además de ti y tu cría."
—… "Zafiro está muerto. Él nunca nació."
"¡JA! ¡Pues mejor aún! No tendrás que preocuparte por eso nunca más… ¿Por qué no terminas de extinguir a toda la humanidad que te rechazó por lo que eres…? Véngate, destruye, castiga a los pecadores. Tú eres la salvadora del mundo… Nadie escapará de tu escarmiento."
La joven se colocó lentamente de pie al sentir guerreros del Orichalcos aproximársele.
Esmeralda sonrió y dejó caer su espada.
"¡¿Qué haces…?!"
—… No dudo…— Comenzó en voz alta. — Que Atem cumplirá mi deseo: El matar a Abasi. Si a mí me pasa algo, yo sé que lo hará. — Apretó los puños al ver que la criatura se acercaba a ella con sus filosos colmillos. — Y también sé… Que él será incapaz de matarme con sus propias manos. Así que… Si nadie puede conmigo… ¡Yo sí puedo conmigo misma!
"¡MALDITA! ¡TÚ CONTROLAS A ESTOS MONSTRUOS! ¡POR ESO TE ATACAN!"
La de ojos rubíes miró con determinación a la bestia que terminaría desgarrándola y haciéndola pedazos, pero grande fue su sorpresa cuando algo, o más bien, alguien la jaló del brazo para apartarla de la criatura. Esmeralda trastabilló unos pasos hacia atrás, pero no cayó. Miró con asombro que Kaiba fuese quien la haya salvado de su acto suicida.
Seto apartó con fuerza al monstruo, pero una de sus garras se encerró en su muñeca, tirando de ella. El castaño bufó, harto. Con un solo movimiento, degolló a la bestia sin ninguna pizca de vacilación.
El cuerpo cayó al suelo, inerte.
El duelista se giró para encarar a la mujer, quien le devolvió la mirada con completo desconcierto.
—… Hmph.
—… ¿Por qué, Seth?
— Deja de llamarme así. — Gruñó. — Ese no es mi nombre.
—… Para mí sí lo es. — Levantó el mentón, desafiante.
—…— Rodó de ojos. —…— Le dio la espalda. — Lo lamento.
Esmeralda abrió más los ojos, sorprendida.
— Muchos me han culpado de cosas que supuestamente son mi culpa. Como ocurrió con ese maldito de Alister. Pero yo sé cuándo realmente tengo la responsabilidad de algo. — Giró su cabeza para mirarla de reojo. — Y admito que en gran parte fue mi culpa el que hayas enloquecido de esa forma.
—…
— Supongo que nada logrará que me perdones, y no lo espero. Y me da igual si me crees. Yo ya cumplí en decírtelo. — Al notar que Esmeralda seguiría sin decir nada, terminó por soltar un silencioso suspiro. — Tendré que largarme.
—… ¿Huh?
Seto, en respuesta, le mostró el brazalete desgarrado, y el rubí comenzaba a deshacerse, logrando que un resplandor esmeralda rodeara al castaño cuando dejó caer la espada de Critias al suelo.
—… Seth…
—… ¿Mm? — Alzó una ceja al sentir sus párpados y su cuerpo pesados.
—… Kisara sigue a tu lado, por si no lo sabías.
Seto la observó largos segundos, hasta que terminó por suspirar y dejarse caer en el suelo, ya sin alma.
. . .
Esmeralda contempló en silencio el cuerpo del sacerdote con una expresión neutra, tratando de analizar y comprender las palabras del castaño. Se acercó un poco hasta agarrar su propia espada, que estaba al lado de la de Seto.
La recogió y la contempló.
"Una tragedia me convirtió en la que soy ahora."
El Leviatán sonrió con satisfacción al notar como los ojos de la pelinegra perdían brillo. Un aura oscura comenzó a rodearla y sus globos oculares se oscurecieron por completo.
"Vivir para mí… No es suficiente."
Una sádica sonrisa se formó en los labios de la mujer.
—… Te tengo en mis manos. — Habló ella con su voz entremezclada con la del Leviatán.
"La única manera de lograr lo que quieres es… Dominando los sentimientos."
Soltó una fuerte, sonora y enloquecida carcajada que fue oída por todas las ruinas de la Atlántida.
— ¡FINALMENTE TE TENGO EN MIS MANOOOOOS! — Comenzó a dar vueltas alrededor sin dejar de reírse.
Por fin había logrado controlar la voluntad de Esmeralda. Ahora, nada ni nadie podrían detenerle. Mataría a todos los que serían un problema para él en el futuro, dejaría que su verdadero cuerpo devorara el cuerpo de Esmeralda, pero la mantendría viva dentro de él, y así haría lo que quisiera durante toda la eternidad.
—… E… ¿Esmeralda?
Se giró abruptamente para encarar al faraón y a la chiquilla que había tratado de hacer latir el corazón de Esmeralda. Se rio nuevamente. Ambos llevaban el cuerpo del portador de la espada de Hermos.
— ¡Bienvenido, faraón…!— Volvió a carcajearse.
Atem frunció el ceño.
—… Tú… No eres Esmeralda.
— No te puedo negar, pero tampoco afirmar eso. — Se cruzó de brazos, desafiante.
—… ¿Qué le hiciste?
— Digamos que Seth conmovió e hirió un poco viejas heridas en el corazón de Esmeralda. — Pateó el cuerpo de Seth.
— ¡Kaiba!
— En fin… Comenzaré contigo. — Se relamió los labios ansiosa, cual depredador a punto de cazar a su presa. — ¡ESTA SERÁ TU TUMBA!
Atem contempló con cierta preocupación los ojos de Esmeralda, quien había comenzado a recitar un conjuro en el idioma de las serpientes. De su sombra, emergió el cuerpo físico del Leviatán, quien soltó un rugido, emocionado de pelear.
El par dejó con cuidado a Jonouchi en el suelo, un poco apartado de la situación.
De la sombra del faraón, surgieron tres formas. Una de ellas era de un tono azulado, convirtiéndose en Obelisk, el siguiente fue Osiris para finalmente dar la bienvenida al Dios del Sol, Ra.
— Hasta que decidiste hacer algo.
—… Te equivocas. Yo jamás lastimaría a Esmeralda. ¡A quién destruiré es a ti! — Señaló a la serpiente gigante.
Anzu se colocó detrás del faraón, quien había agarrado su mano. Se estremeció al ver energías tan opuestas chocar entre ellas. El Leviatán irradiaba un aire oscuro, asfixiante. Mientras que los Dioses Egipcios profesaban más seguridad y calidez.
Atem frunció el ceño cuando el Leviatán en el cuerpo de Esmeralda volvió a reírse.
Continuará…
OMG! FINALMENTE, EL FARAÓN Y LA REINA SE ENFRENTARÁN CON LA MAYOR POTENCIA QUE TIENEN!
Esmeralda, al estar conmovida por las palabras de Seto, debilitó su estado emocional, por lo que el Leviatán se aprovechó de esto para dormir su consciencia. ¿Logrará despertar antes de que cometa un error que jamás podrá corregir?
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Espero que el capítulo les haya gustado, y que tengan ganas de leer más!
Yujuuu!
Nos vemos en el próximo capítulo!
Rossana's Mind.
Reviews?
PD: También notarán que cambié la portada de nuevo XD
