BIENVENIDOS A OTRO CAPÍTULO DE "Una Decisión"!
En el capítulo anterior, la Deidad del Orichalcos logró adormecer la consciencia de Esmeralda, por lo tanto, ahora maneja su voluntad, tanto de su mente como de su cuerpo. Y ahora que ya no puede escapar de esto, se enfrentará a la inevitable pelea con el faraón. ¿Qué ocurrirá después de esto?
DESCUBRANLO AHORA!
Pero antes…
Les dejo el Opening de "Una Decisión" e.e
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Jajaja, ya
Comencemos!
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Capítulo 14: Madre.
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Esmeralda miraba con los ojos entrecerrados al faraón, quien le devolvió la mirada con cierta preocupación, pero de todas formas le miraba de manera desafiante.
—… Esmeralda…
— Silencio. — Le cortó. Sus escleróticas seguían oscurecidas, provocando que sus irises carmesí resplandecieran con malicia. — De nada te servirán las palabras. Esta mujer no despertará a menos que yo se lo ordene. Mis poderes no son tan patéticos como los de tus asquerosos artículos del milenio como lo hizo ese Marik.
El tricolor abrió más los ojos.
— ¿Cómo sabes todo esto?
— Ay, faraón…— Sonrió. — Esmeralda lo sabe todo. — Alzó ambas manos. — Ha viajado en el espacio y tiempo muchísimas veces, ha visto tus peleas con Seth, con Marik, con Bakura… — Se encogió de hombros. — ¿No te dije que ya presenció las guerras mundiales? Las batallas entre los países por ganar territorio, su codicia, ambición… Gente como tú.
Anzu frunció el ceño mientras Atem parpadeaba, confundido.
—… ¿Alguien como yo?
— Los que se alzan como si fueran Dios. — Esmeralda se rio mientras que el cuerpo físico del Leviatán se paseaba alrededor del cuerpo de la mujer, quien parecía dar pasos rítmicos. Atem tragó saliva. — ¿Pues adivina qué? NO eres Dios. Eres un hombre. LLENO de defectos. — Le escupió con desprecio. — He vivido con Esmeralda toda mi vida, y te conozco muy bien, faraón. Eres soberbio, orgulloso… Crees que puedes llegar y cambiar a la gente sin preguntarle a nadie su opinión, como trataste de hacerlo con ella. — Se señaló a si misma. — Pero eres un maldito egoísta, ciego, creyendo que hay esperanza para un mundo tan podrido como este. Tú no supiste amar a la mujer que dio todo por ti, le entregaste odio y la llevaste al infierno. — frunció el ceño y le dirigió una mirada de completo odio. — Yo y Esmeralda somos una sola criatura, pero preferiste tomar su lado frágil y débil.
— ¡Eso no es cierto! — El faraón alzó la voz. — ¡Tú NO eres Esmeralda! ¡Ustedes dos son seres completamente distintos!
— ¡ACEPTA LA REALIDAD! — Le cortó. — ¡YO soy lo que representa la energía vital de Esmeralda!
La enorme serpiente dio un rugido al oscuro cielo, provocando que los Dioses Egipcios retrocedieran y le gruñeran en señal de advertencia. La deidad del Orichalcos parecía burlarse en sus caras.
— ¡Y SABES MUY BIEN QUE SI ACABAS CONMIGO… ELLA TAMBIÉN MORIRÁ!
—… ¿Es eso cierto, Atem? — Le preguntó la castaña. — ¿No hay forma de derrotar al Leviatán sin herir a Esmeralda?
—…— Gruñó y miró el suelo. —… Temo que no, Anzu.
—…
La castaña volvió a mirar a la mujer. Sus pupilas rasgadas contrastadas con los irises rojos le provocaban escalofríos.
— No sé por qué demonios les importa tanto. Después de todo, se rieron en la cara de Esmeralda.
— ¡¿Qué?! — Soltaron ambos, desconcertados.
La mujer soltó una sonora carcajada al ver sus expresiones. Cuando dejó de reírse, apretó los puños.
— Par de hipócritas.
El Leviatán se aventó hacia los Dioses Egipcios, quienes reaccionaron rápido y se lanzaron contra él. La deidad clavó sus colmillos con la parte inferior de la boca de Osiris, mientras que con su cola golpeaba a Obelisk.
— ¿Aún no comprendes de qué hablo? — Le miró con fingida sorpresa. — Veamos… Ustedes dos… Llenándose la boca de tanta palabrería de querer salvar a esta mujer, cuando en realidad lo único que quieren es deshacerse de ella para que ustedes sean felices.
— ¡No! — Anzu dio un paso al frente, sorprendiendo al faraón. — ¡Eso no es cierto! ¡Esmeralda y yo siempre fuimos honestas la una con la otra! — Apretó los puños. — Y Atem también fue honesto conmigo… Esmeralda siempre formará parte de su corazón. ¡Yo lo sé! ¡Puedo verlo en sus ojos! Pero…— Miró directamente los ojos de la mujer, tratando de encontrar alguna pizca de Esmeralda, sin embargo, no encontró nada. —… ¡Pero…! Nunca le mentimos a Esmeralda. Ella sabía que…
— ¿Sabía que el faraón te iba a preferir a ti? — Se cruzó de brazos. Anzu la miró con sorpresa. — Qué modesta eres.
—… T-Te equivocas… Yo…-
— No sé por qué demonios Esmeralda te envidia tanto. — Le miró de arriba hacia abajo. — Es cierto que la oscuridad de tu corazón es casi nula, pero no cambia el hecho que eso, te hace débil.
— ¿Qué?
— Voy a acabar con ustedes. Porque se lo merecen, porque son seres oscuros, porque merecen la ira de Esmeralda sobre ustedes. Merecen sentir el dolor y la angustia que ella pasó. — sonrió. — ¿No lo cree así, faraón?
Atem soltó un alarido de dolor cuando el Leviatán le arrancó un trozo de carne a Osiris en el sector donde había mordido anteriormente. El dolor del Dios le causó igual daño al faraón, quien cayó arrodillado al suelo, llevándose una mano al corazón. Jadeó, sintiendo como si esa bestia hubiese estado jugado con sus colmillos con su corazón.
— ¡Atem! — La castaña corrió hacia él y cayó de rodillas a su lado. — ¿Estás bien?
— E-Esto es…
— ¿Lo recuerdas? — La mujer le sonrió. — Este dolor que sentiste cuando te enfrentaste a Zorc.
El de ojos carmesí soltó un jadeo de sorpresa.
Era cierto.
Después de la huida de Esmeralda del Reino, en un principio la buscaron para ejecutarla, pero había desaparecido. Después había aparecido Bakura, las peleas, el sacrificio.
En el nombre del faraón.
Alzó la vista para mirar a la mujer, y le sonrió.
—… Je…— Se rio suavemente. — ¿Sabes una cosa? Tienes razón. — se levantó dificultosamente de pie. — Esmeralda es muy lista, se podría decir que lo sabe todo. Tanto así que su cordura estuvo al límite de tanto conocimiento de este mundo que nadie sería capaz de comprender. Ni siquiera yo.
Esmeralda dejó de sonreír, presintiendo que había algo de lo que se estaba perdiendo. Frunció el ceño.
— ¿Qué quieres decir con eso?
— Me refiero… A que Esmeralda es mucho más lista que tú, bestia. — Calcó con fuerza la última palabra. La serpiente soltó a Osiris y le gruñó con desprecio. — Y dejó un as bajo la manga antes de dejarse vencer por ti. Siempre lo tuvo.
Anzu miró con confusión la sonrisa determinada del faraón.
— Y me devolvió todos mis recuerdos de mi vida en Egipto. — La mujer abrió enormemente los ojos. — Desde el principio, hasta el fin.
Esmeralda retrocedió y le miró con desprecio.
— ¡TÚ…!
— ¡EN EL NOMBRE DEL FARAÓN…! ¡DIOSES EGIPCIOS, CONVÍNENCE!
El Leviatán soltó una maldición.
Creía que lo tenía todo controlado.
Pero Esmeralda lo había tenido acorralado desde el principio. Su intención desde un principio fue regresar la memoria del faraón.
— ¡TCH! ¡MALDITOOO! — Sacó su espada y corrió hacia el faraón y la bailarina.
Atem colocó a Anzu detrás de él, pero no se movió.
La unión de Obelisk, Osiris y Ra provocó un gran resplandor y un aura tan pura, que una ráfaga de viento y energía golpeó con fuerza a Esmeralda, logrando que retrocediera violentamente. Casi cayó de no ser porque había enterrado su espada en el suelo.
— Leviatán…— Sonrió. — Te presento al ser que creó la luz.
— Kgh…
— ¡Horakhty!
El Leviatán le rugió con fuerza al tiempo que Esmeralda cerraba los ojos con fuerza al sentir que la luz comenzaba a herir su piel. Abrió un poco sus orbes ennegrecidos y miró con desprecio al ser de la Luz, que le miraba con una pacífica expresión en su pálido y resplandeciente rostro. Sus ojos cristalinos como el agua de los oasis que recordó visitar la miraban con compasión.
— ¡Djeseru!
La deidad del Orichalcos le miró amenazadoramente cuando un rayo tan radiante como el mismo sol se dirigía hacia él. Abrió su boca y de él expulsó todo su poder oscuro, centrado en las almas más contaminadas que había atrapado tantos siglos.
Esmeralda lanzó un grito de dolor cuando sus globos oculares se aclararon para luego enrojecerse de dolor y expulsar sangre de ellos, incapaz de soportar tanta luz. Se cubrió el rostro con ambas manos al dejarse caer de rodillas al suelo.
Atem y Anzu sintieron un gran remordimiento. Querían correr para salvar a la joven, sin embargo no podían. Significaría la derrota y todo el mundo lo pagaría caro. Anzu enterró su rostro en el hombro del faraón, quien apartó sus ojos de Esmeralda y los cerró con fuerza, para no ver que era destruida.
La serpiente bramó de dolor cuando no logró esquivar el ataque del ser de la Luz, quien sonrió suavemente al fijar sus ojos en la pelinegra quien seguía quejándose de dolor.
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—… ¿Huh?
Sus violetas miraron el lugar donde se encontraba. Eran las ruinas de la Atlántida sin duda, pero…
Se incorporó rápidamente.
— Ya despertaste.
Miró a Ishizu, quien miraba tristemente a su hermano, a Mai, Honda y a Mokuba, esperando paciente a que despertaran de un momento a otro.
—… ¿Qué…?
—… Nuestras almas regresaron a nuestro cuerpo.
—… Eso significa que…
Por primera vez, vio en los ojos azul marino de Ishizu llenarse de lágrimas y asintió.
Atem había vencido a Esmeralda.
Lejos de ellos, la figura de Zafiro contemplaba en silencio la escena. Miró sus propias manos y negó con la cabeza. Su destino estaba sellado desde un principio. Y debía cumplir con el trabajo que le había encomendado Abasi.
Aunque fuese en contra de su propia voluntad.
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Anzu volvió a abrir los ojos y notó la ausencia de Horakhty y del Leviatán en el lugar. Todo estaba más destruido que antes. Miró a Atem, quien se limpiaba un poco de los escombros caídos y la miró.
—… Atem…
El faraón la contempló unos segundos y miró el suelo con una expresión de arrepentimiento. La castaña hizo una mueca, sintiendo gran impotencia ante el dolor que debía sentir el tricolor en estos momentos.
—… ¿Qué demonios…?
Se giraron abruptamente para ver a Jonouchi incorporarse de golpe.
— ¡JONOUCHI! — La castaña corrió a abrazarlo. — ¡¿Estás bien?!
— ¡AGH! ¡Me estás matando! ¡Suéltame! — La joven se separó. El rubio se rio algo cansado. — Sí, estoy bien…-— Calló abruptamente y miró a Atem. —… Un momento… ¿Se terminó?
—… El Leviatán fue destruido.
—… — Su mirada se entristeció. —… Atem…
— No vengan con estupideces.
— ¡¿Qué?! — El rubio y los demás miraron a Kaiba, quien caminaba hacia ellos. Se le veía un poco cansado. — ¡¿Qué quieres decir con esto, Kaiba-teme?!
—… Hmph. — Sonrió con arrogancia y señaló a sus espaldas. — Solo digo… Que hierba mala nunca muere.
. . .
Atem miró a los ojos de su rival largos segundos, hasta que comprendió el significado de sus palabras, al igual que Anzu.
A unos metros de ellos, Esmeralda se estaba levantando con gran esfuerzo del suelo con ayuda de su fiel espada. Todos la contemplaron en un abrumador silencio al verla con los ojos fuertemente cerrados ante la poca fuerza que le quedaba y aplicaba para poder levantarse.
Aunque sintieron el gran alivio cuando abrió sus orbes. Eran carmines, sí. Pero sus pupilas habían vuelto a la normalidad y sus escleróticas nuevamente se blanquearon, aunque solo un poco, pues estaban levemente rojizas ante las lágrimas se sangre que había derramado anteriormente. Fijó su mirada en los guerreros y en la bailarina.
Les regaló una fatigosa pero altanera sonrisa, especialmente a Atem.
— Veo que si usaste la cabeza esta vez.
Al escuchar su voz, logró que el faraón reaccionara. Comenzó a caminar, para luego correr hacia ella. La joven frunció el ceño, pero soltó un jadeo de sorpresa cuando Atem acortó la distancia entre ellos y la abrazó con fuerza. Esmeralda iba a replicar, pero tenía que admitir que estaba tan exhausta que ni tenía ganas de regañar al faraón por tocarla. Además…
Curvó sus labios al dejar caer la espada y rodeó el torso de Atem con las manos temblorosas.
Había extrañado mucho su calor.
Anzu sonrió, contemplando a distancia la escena, al igual que Seto y Jonouchi.
—… ¿No dirás nada? — Decidió preguntar el rubio.
La castaña se rio y negó con la cabeza.
— Creo que necesitan este momento. Estoy segura que ambos lo habían estado esperando con muchas ganas. — Cerró los ojos sin borrar la sonrisa de su rostro. — Así que, está bien.
Seto bufó y se cruzó de brazos, aunque no pudo evitar sonreír un poco.
. . .
Atem soltó un suspiro de alivio y terminó por separarse de la mujer que una vez fue su esposa. La pelinegra lo miró en silencio. El faraón sonrió un poco al acariciar su cabello todo enredado.
— ¿Te encuentras bien?
— Acabas de destruir el cuerpo físico del Leviatán y me dejaste casi sin energía… ¿Y me preguntas si estoy bien? — Bromeó un poco.
—… Creí que te habías rendido, pero no fue así. Eres brillante.
— Tengo mis trucos. — Se encogió de hombros. — Aunque me costó muy caro.
Atem borró su sonrisa y frunció el ceño.
— ¿De qué estás hablando?
La pelinegra contempló sus ojos rojos. Cuando iba a decirle, algo, o más bien, alguien, interrumpió su charla mediante una sonora carcajada.
— ¡Atem! — Anzu quiso correr hacia ellos, pero Jonouchi se lo impidió. Seto se colocó en guardia.
— Veo que no pierdes el tiempo.
Ambos se giraron y por poco no llegaban a contarlo cuando una lanza se dirigió hacia ellos. Atem agarró a Esmeralda y ambos cayeron al suelo para evitar el ataque mortal. Miraron con sorpresa a Abasi, quien tenía a su lado a…
—… Zafiro…— Dejó escapar la mujer de ojos rojos.
El joven no le dijo nada. Sus orbes zafiros se veían vacíos y ausentes de pupilas. Solo se veía un mar de completa frialdad. Atem se incorporó junto con Esmeralda y la colocó detrás de él.
—… ¿Qué le hiciste?
— Lo está controlando. — Le contestó Esmeralda al apretar los puños. — Maldito…- ¡UGH!
— ¿Esmeralda? — Se giró al verla caer nuevamente al suelo.
La pobre estaba pálida y respiraba fuerte.
—… No puedo luchar en estas condiciones…— Musitó. Atem frunció el ceño. Ambos pares de ojos rojos se miraron.
— ¡Claro que no puede enfrentarme en esas condiciones! — Habló Abasi como si fuera lo más obvio del mundo. — ¿Y sabes por qué? — Atem rompió el contacto visual de su esposa y miró al padre de esta. — Porque eres tú quien agotó toda su energía vital. — Sonrió. — Es cuestión de minutos que termines de consumir su vida.
—…— Esmeralda le miró con rabia. No tenía derecho a decirle eso.
— Sin embargo, no puedo permitir que seas tú quien la extermine. Que lo haga cualquiera…— Se encogió de hombros sin mucho interés, para después mirarlo seriamente. — Excepto tú.
—…— Frunció el ceño y le dirigió una mirada con gran rencor. Sus ojos carmines resplandecían de la ira. — ¡SOLO LO HACES PARA QUE SIGA VIVIENDO UN MARTIRIO!
— Hay algo que no comprendes, faraón. Y es que no puede haber luz, sin oscuridad. — Miró a su hija. — Esmeralda representa cada sentimiento oscuro y negativo que habita en el mundo. Su ira contra mí, su ansiedad de matar, la tristeza que sintió y sentirá siempre, la vergüenza por considerarse un ser horroroso, aversión hacia cada ser humano que se le acerca… Pero la más importante…— Se rio al ver la expresión de sorpresa que habitaba en el bello rostro de Esmeralda. Pareciera como si fuese libro abierto. — Es el miedo. Teme de su poder, del Leviatán, de mí… Es una cobarde…
La aludida solo tendió a fruncir el ceño y temblar de ira.
Porque todo lo que decía ese sujeto era verdad.
—… Y también teme de ti, faraón.
El joven miró con sorpresa a Abasi, quien le sonreía, victorioso al ver las abrumadas expresiones de los reyes.
— ¿De qué…-?
— ¡MENTIRA! — Esmeralda se levantó y le lanzó la espada, apuntando directamente a su pecho.
Hubiese acertado, de no ser porque Zafiro logró atrapar su fiel arma y apuntarle en su contra. La mujer se dejó caer de rodillas, cansada.
Atem gruñó, furioso con el padre de la joven de ojos escarlata. Empuñó la espada de Timaeus y corrió hacia Abasi.
— ¡AAGH!
El de ojos azules y cabello negro intervino en su carrera y chocó el filo de su espada con la de él. Los brazos del faraón comenzaron a temblar al ver las facciones del rostro de Zafiro. Su piel era tan blanca como la de Esmeralda, su cabello laceo y negro como el de ella.
Sus ojos…
Eran zafiros.
Ese azul que Esmeralda obtuvo cuando creyeron haberla salvado.
Pero de alguna forma sus ojos también se parecían a los suyos propios.
Los de zafiro eran rasgados y en ellos habitaba una llama de completa angustia.
Una angustia que él había sentido cuando había perdido a Yugi en el Sello de Orichalcos.
—… "Zafiro."
Ese niño había servido a Abasi en contra de su voluntad, solo Ra sabía por las cosas horribles que pudo haber pasado al lado de ese hombre.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando vio de reojo como Anzu corría en dirección de Esmeralda, quien había caído sin fuerzas al suelo.
Abasi frunció el ceño ante lo que la castaña tenía planeado hacer.
— Ya me has hartado.
El hombre corrió con una velocidad sobrehumana hacia la bailarina, quien apenas tuvo un segundo para reaccionar.
— ¡ANZU!
— ¡Aahh! — Gimió de dolor cuando el mayor la agarró de una muñeca. Miró con molestia al hombre. Los ojos rojos de él la miraban con odio.
— Siempre intervienes en mi camino. ¿Por qué no puedes ser como los otros?
—…
— ¡EL SOLO VERTE ME IRRITA! — Su otra mano se preparó para atacar.
Atem soltó una maldición. Retrocedió para patear con fuerza el torso de Zafiro, quien retrocedió y soltó entrecortadamente una tos ronca. El faraón no tuvo tiempo que perder y corrió hacia Abasi, impidiendo su intención contra la castaña al empuñarlo y poner a Anzu detrás de él.
— ¡Cómo fastidias! — Le apartó la espada para luego posar la palma de su mano en el pecho del faraón. Recitó un conjuro en un idioma extraño, confundiendo a ambos.
Aunque apenas Abasi terminó la oración, Atem sintió una increíble baja de energía en su cuerpo y un gran apretón en su corazón. Trastabilló torpemente hacia atrás y se dejó caer sentado junto con la castaña, quien lo llamaba preocupada con insistencia.
Era magia. Magia antigua. Muy antigua.
Ese hombre era un gran problema.
Tensó la mandíbula, el dolor ya no era tan potente como en un principio, pero seguía siendo molesto. Anzu apretó los puños y se levantó, encarando a Abasi con una furiosa expresión.
— ¡¿Cuándo dejarás de hacer esto?! Tu hija, Atem y los demás… ¡Nadie tiene la culpa de lo que te ocurrió!
— Anzu…-
— ¡La venganza no te llevará a ningún lado!
Los ojos de Esmeralda de abrieron al oír lo que dijo la castaña.
Atem admiró la espalda de la castaña en silencio. Lo que había dicho la joven era cierto.
Pero…
¿Por qué se sentía así?
—…
— La venganza solo trae MÁS venganza. — Siguió hablando la castaña, sin notar que todos la oían en un silencio sepulcral, incapaces de interrumpirle. — Cuando acabes con Esmeralda, ¿qué vas a hacer? ¿Crees que Zafiro te seguirá por siempre? Es tu marioneta, es cierto… ¡Pero tiene sentimientos! ¡Si le haces algo a Atem también…!— Tragó saliva. —… Yo estaría dispuesta a vengarme de ti.
Atem la miró con sorpresa.
— Y estoy segura que los demás también lo harían. — Suavizó su mirada. — Cuando te vengas, no traes paz como piensas. Es más, sientes más dolor que antes. Porque no puedes retroceder lo que te han hecho… Y actuaste tal y como ellos.
—…
— Porque no eres mejor que las personas que te hicieron daño. Eres peor.
Abasi le gruñó con desprecio y alzó la mano, dispuesto a matarla de una buena vez, pero se sorprendió cuando el faraón de un salto había agarrado su muñeca y la apartó a una distancia prudente de la joven de ojos azules.
Los ojos carmesí del faraón estaban incendiados de determinación
Dispuesto a proteger a Anzu.
A su mejor amiga.
A esa joven que le había dado tanto…
… Y él nunca lo supo valorar.
Dándose cuenta solo cuando estuvo a punto de perderla.
—… No vuelvas a tocarla.
El hombre contempló los ojos del joven, quien parecía querer matarlo con la mirada al querer hacerle daño a su preciada castaña. Sonrió malévolamente y retrocedió hasta las sombras, escondiéndose en el acto.
. . .
Las pupilas volvieron a los ojos de Zafiro, quien sacudió la cabeza un par de veces para orientarse de lo que ocurría. Alzó la vista y se encontró con la mirada escarlata de su padre mirándolo fijamente.
—…— Después fijó sus ojos en su madre, quien yacía en el suelo. — ¿Está…?
— Aún no.
Aún, ¿eh?
—…— Las mano del faraón temblaba bajo el tacto de la espada de Timaeus. El pelinegro trató de moverse, pero notó que solo reaccionó mentalmente al conjuro de Abasi. No de manera física.
—… Es tu oportunidad. — Habló lentamente.
Atem lo miró a los ojos en un angustiante silencio.
—… Tienes que hacerlo.
El faraón tragó saliva. Zafiro tenía razón. Él no pertenecía al mundo de los vivos y atarlo a este mundo era demasiado cruel.
— Zafiro…— Sus ojos brillaron de dolor. —… Por favor, perdóname.
El pelinegro sonrió.
— No tengo nada que perdonarte, chichiue. — El tricolor contuvo al aire dentro de su cuerpo, sintiendo algo que jamás había sentido. El pelinegro se rio suavemente. — Creo que debo ser yo quien deba pedir disculpas. Me he portado muy mal. — Bromeó.
Atem dibujó una melancólica sonrisa en su rostro.
Aunque no duró mucho tiempo.
Empuñó con fuerza la espada de Timaeus.
Sin titubear ahora, alzó la espada quiso enterrarla en el menor. El pelinegro miró con sorpresa esto, pero después sonrió nuevamente, sabía que lo haría lo menos doloroso posible. Sabía que esto era por su bien, él no quería seguir atado a Abasi ni continuar en una situación como esa. Cerró los ojos sin dejar de sonreír, esperando tranquilamente el impacto.
. . .
Impacto que nunca llegó.
Anzu se cubrió la boca.
Zafiro abrió los ojos y comprendió.
Atem trató de frenar el ataque.
De verdad quiso.
Pero no pudo.
La punta de la espada se había enterrado el pecho de Esmeralda, quien había soltado una maldición por el dolor. Se mantenía altiva, bien parada, con los brazos extendidos, protegiendo el cuerpo de su hijo. Zafiro miró con sorpresa a la mujer, quien tenía los ojos fuertemente cerrados.
Anzu miró con espanto el significado de todo este suceso.
¿Había…?
—… Yo quise hacer lo que mi madre hizo conmigo…— Susurró ella aun dándole la espalda. Zafiro sintió sus ojos llenarse de lágrimas. —… Proteger a mi hijo… Incluso si eso me causaba la muerte… Causada por tu propio padre, Zafiro.
Alzó los brazos y los llevó hacia el filo de la espada de Timaeus. El tricolor siguió mirándola, sin comprender por qué había hecho aquello… Esmeralda se sacó con fuerza el arma y sangre salpicó por sus ropas, su piel y el suelo. Alzó la vista para encarar a Atem con una expresión cansada.
Un aura verdosa comenzó a rodear a Esmeralda y a Atem. Ambos contemplaron como los ojos del otro volvían a ser los que una vez llegaron a ser.
Los del faraón volvieron a ser violetas.
Y los de la Reina un precioso color azulado.
Zafiros.
Como los de su hijo.
—…— Negó con la cabeza. —… ¿Por qué…? ¿Por qué haces esto?
—…— Tragó saliva. — Mi tiempo aquí ha terminado. — Su voz se quebró, pero una sonrisa bailaba en su rostro. — Y quería que fuera para siempre… Tenías…— Respiró con esfuerzo. — Tenías que ser tú…
El corazón del faraón se paralizó de terror al ver como las piernas de la pelinegra perdían su fuerza y se dejaba caer sin fuerzas en su pecho.
— E-Esmeralda… ¡Esmeralda! — Sacudió con fuerza el cuerpo de la joven. — ¡ESMERALDA!
Anzu corrió hacia Atem gritando el nombre de la creadora del Orichalcos.
. . .
Zafiro dejó escapar todas las lágrimas que había contenido y un solo un grito escapó de su garganta, junto con una palabra que siempre quiso dirigirse a ella.
— ¡MADRE!
.
Continuará…
OOOHH, DIOS! ESMERALDA QUÉ HAS HECHO?! DX
Quedan dos capítulos para que esta historia termineeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee! Espero que les haya gustado!
Nos vemos en el próximo capítulo!
Rossana's Mind.
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