HOLA, CHICOS! LAMENTO MUCHÍSIMO NO PODER ACTUALIZAR ESTE ÚLTIMO MES! Los que no saben, les informo: Me he mudado. Y fue una tarea tediosa y horripilante XD El internet cuando llegó, era malísimo, por lo que no me daban ganas de escribir y prefería irme a dibujar *deviantart, ejem* jajaja, en el futuro seguiré demorándome porque DE VERDAD necesito mejorar en mis estudios, de lo contrario, seguiré siendo una vaga escritora XD y yo quiero ser algo GRANDE EN LA VIDA, como una escritora… Pero con más renombre xD En fin…

Recapitulemos… Atem logró liberar a Esmeralda del control del Leviatán. ¿Pero a qué costo? Su vida. La reina ha sacrificado su propia vida para salvar al ser que más ama en este mundo: Zafiro.

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Capítulo 15: Ciclo sin fin.

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Abasi contempló en silencio los gritos ajenos llamando a su hija, suplicando por una reacción por parte de ella. No pudo evitar sentir cierto disgusto al no ver capaz de haber cumplido con sus planes.

— Tch. Siempre fue un error después de todo. — Musitó.

Zafiro se giró abruptamente al oír esas palabras por parte del padre de su propia madre. Apretó con sus manos, volviéndolas puños.

—… Tú… ¿Cómo puedes decir eso…?— Agarró firmemente su guadaña. — ¡ES TU HIJA!

—… ¿Y? — Sonrió cruelmente.

— Tú…

Abasi retrocedió rápidamente para esquivar uno de los rayos lanzados por… ¿Osiris? ¿Cuándo había aparecido el Dios Egipcio? Ni siquiera había oído su invocación. Miró con asombro al faraón, quien seguía con la mirada gacha, sosteniendo el cuerpo inconsciente de su esposa. La sangre se había adherido a sus prendas y al rompecabezas del Milenio. Tras un largo silencio, Atem se inclinó para dejar suavemente a Esmeralda en el suelo, para finalmente ponerse de pie. Sacudió un poco el polvo de sus pantalones y alzó la vista.

El ojo de Horus resplandecía en la frente del joven faraón, junto con una increíble ira invadiendo sus orbes violetas.

Anzu caminó rápidamente hacia Atem. Parecía ido, desorientado de tanta furia. La castaña sintió un gran nudo en su garganta, mas no se permitió llorar.

—… A-Atem. — Lo agarró del brazo. — Tranquilízate…

— Solo tomará un segundo, Anzu…— Susurró. — Está bien.

—… ¿Atem…?

Él sonrió. La bailarina no se cansaba de llamarlo por su verdadero nombre. Pero se sentía bien oírlo de sus labios.

—… Esmeralda está bien. — Susurró.

—…— Parpadeó, confundida. — P-Pero… Tú…

— Está viva.

— ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAGHHHH!

Ambos se distrajeron al oír a Zafiro lanzarse contra Abasi. El mayor sonrió con sorna y esperó pacientemente a que se le acercara el joven.

— ¡Espera!

— ¡Zafiro!

Atem miró a Osiris. El Dragón comprendió y se lanzó a proteger el cuerpo del pelinegro cuando Abasi quiso desintegrarlo con sus propias manos. Parte del cuerpo del Dios se quemó por el hechizo del hombre, provocando que rugiera de dolor. El faraón soltó un gruñido y se llevó una mano al pecho.

— ¡Atem! ¿Estás bien? — Atem posó una mano en su hombro.

— Lo estoy. — Aseguró con la voz ronca. — Pero, ¿cómo nos desharemos de este sujeto?

— ¡AGH!

— ¡Zafiro! — Jonouchi y Seto corrieron hacia el pelinegro que había sido lanzado unos metros hacia atrás.

— ¿Estás bien? — Le cuestionó el rubio.

—... Tch. — Soltó, molesto. — Solo hay una forma. Pero requiero de la ayuda de mis padres. — Miró de reojo el cuerpo de su madre siendo sujetado por Ishizu. — Por cierto, ¿cuándo llegaron estos? — Preguntó refiriéndose a la reciente llegada de Yugi y los demás que habían perdido sus almas anteriormente.

— Déjate de tonterías y concéntrate en lo que vamos a hacer. — Le ordenó Seto.

Zafiró lo escudriñó con la mirada, para después chasquear la lengua.

— También necesito a mi madrastra. — Musitó.

— ¿Ah? — Jonouchi alzó una ceja. — ¿Madrasta? ¿Ehh? ¿Atem se volvió a casar?

Tanto Seto como Zafiro miraron con irritación al rubio. ¿Cómo no podía comprenderlo?

— Idiota. — Susurraron ambos.

— ¡¿AH?! — Se enfadó. — ¡¿Qué demonios…?!

— Está hablando de Mazaki, idiota. — Gruñó el castaño.

—… ¿Eh? ¿De Anzu?

— Aunque también me sirve Yugi…— Musitó al mirar al tricolor. — ¡Hey, Muto!

Yugi, quien estuvo viendo la grave herida de Esmeralda, alzó rápidamente la vista al ser llamado. Sus ojos se encontraron con los azules del hijo de la creadora del Orichalcos.

Zafiro corrió hacia él y tomó la espada de su madre en el camino y se la extendió al menor.

—… ¿Q-Qué…?

— Tú debes ser quien acabe con Abasi.

Yugi palideció.

— ¡¿Y-Yo?! ¡¿Por qué?! ¡N-No lo entiendo! ¡A-Además…!— Comenzó a temblar. — ¡Yo sería incapaz de herir a alguien!

— Yugi. — Lo llamó firmemente al posar el arma en sus manos. — Tú… Eres una fuente de luz impresionante. — Comenzó a explicar. — Y Abasi es un manto oscuro de la noche. Él no quiere entender… Que si existe un amanecer.

—… Qué profundo…— Soltó Jonouchi.

— Lo que quiero decir es que… Solo un corazón lleno de luz es capaz de juzgar tanto mal. — El tricolor se veía indeciso. — La espada de mi madre corta más que nada, el alma de las personas. Por eso es capaz de obtenerlas y manejarlas a su antojo.

—… Así…

— Así, nos desharemos de Abasi.

—…— Tragó saliva. —… Bien. Lo haré.

Zafiro sonrió, aunque su sonrisa duró poco al oír un estruendo a sus espaldas. Se giró para contemplar cómo su padre salía disparado junto con la castaña, cayendo estrepitosamente al suelo.

— ¡Faraón! ¡Anzu! — Soltaron los demás.

Atem se incorporó con esfuerzo. Contempló con frustración que esa enorme víbora que poseía Abasi era muy similar al Leviatán. No era más fuerte que Esmeralda, pero sus habilidades eran brillantes. Jugaba sucio, burlaba, engañaba, para después darte el golpe sorpresa.

— ¿Estás bien, Anzu? — Ayudó a sentarse a la castaña, apartando el polvo de su rostro.

— Estoy bien. — Miró al padre de Esmeralda. — ¿Cómo es posible que exista alguien como él?

— Anzu…-

— No… Lo digo por… — Negó con la cabeza. — ¿Cómo es capaz de rechazar de esa forma a su hija…?— Susurró más para sí misma que para el faraón. — Creí que a los hijos se les amaba por lo que son, que eso los hacía especiales.

— Los hijos son solo herederos. — Habló fuertemente Abasi, llamando la atención de ambos. — Nada más. Yo solo quise que mi poder se traspasara en alguien más. Y eso pasó. No hay más ciencia en todo esto.

Kaiba entrecerró los ojos. Odiaba de alguna forma que compartiera esa ideología con el hechicero. No por nada había sufrido a manos de Gozaburo.

— ¡Faraón! — Le llamó de un grito Zafiro. Atem miró a su hijo con sorpresa. — ¡Invoca a Ra! ¡Hazlo!

El tricolor asintió. Osiris desapareció tras el silencioso llamado del faraón. El ojo de Horus se formó en la frente de Atem y el rompecabezas había comenzado a brillar.

— ¡Dragón Alado de Ra!

Abasi soltó un gruñido y se cubrió los ojos, incapaz de soportar el resplandor que irradiaba la majestuosa bestia.

— ¡Eso es! ¡Alúmbralo! — Zafiro sonrió. Miró a Yugi. — Es tu turno. Un simple corte con la espada bastará, no necesitas herirlo de gravedad.

El tricolor menor asintió, y empuñó con fuerza la espada de Esmeralda. Podía detectar una gran energía oscura en el arma, sin embargo no la juzgó, trató de comprenderla y abrazarla, así como había hecho al aceptar a Atem en su cuerpo cuando armó el rompecabezas.

—… Puedo hacerlo. — Susurró.

Sin que nadie se diera cuenta, las espadas de Timaeus, Hermos y Critias resplandecieron cuando la luz sagrada del Dios del Sol hizo contacto con ellas. Yugi emprendió su carrera y corrió hacia Abasi, quien parecía irritado por Ra. Atem notó que su compañero corría hacia el hechicero sin ningún temor.

— ¿Yugi?

— ¡¿Yugi?! ¡¿Qué…?!— Iba a preguntar Anzu.

— Anzu, quédate aquí, por favor. — Pidió, sin esperar respuesta de la castaña y salió corriendo hacia Abasi, tratando de llamar su atención y no viera a Yugi a sus espaldas.

La bailarina se quedó observando. Su mejor amigo y la persona que más amaba en el mundo estaban dando todo.

¿Qué…?

¿Qué podría hacer ella?

Una cálida sensación llegó a su cuello, estremeciéndola. Fue un susurro, una palabra que no pudo entender. Se giró sutilmente y notó con gran sorpresa que Esmeralda estaba despierta en brazos de una consternada Ishizu. Los ojos de la mujer vieron directamente los de la castaña. Después, notó que la pelinegra sostenía una espada.

Una que no era suya.

Tenía la empuñadura oscura, sin embargo su filo era tan resplandeciente como el sol.

Esa espada era…

— La espada del caballero del Destino…— Completó sus pensamientos Esmeralda con la voz ronca por el dolor.

Anzu se levantó y avanzó hacia ella para arrodillarse a su lado.

—… Esmeralda, tú…

— Esta espada, Anzu… Es la unión de la espada de Timaeus, Critias y Hermos. — Se la extendió a ella. — Tú sabes… Lo que tienes que hacer.

—… Pero…

— Lo lograrás… No me fallaste antes… Y no lo harás ahora.

La castaña no comprendió sus palabras, pero asintió y cogió el arma.

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— ¡QUÍTATE, MOCOSO!

La serpiente de Abasi utilizó su cola para empujar al Dragón junto con el faraón, quien se estrelló contra una pila de escombros. Jadeó de dolor y cerró los ojos con fuerza.

— ¡Me tienes harto! ¡Ahora verás…! ¡AH! — Exclamó al sentir un suave corte en su brazo. Se llevó su mano al corte. — ¡¿Pero qué…?!— Se giró abruptamente para ver a Yugi, quien le devolvió la mirada con determinación.

— ¡Se acabó, Abasi!

—… ¡TCH! ¡ERES UN…!— La enorme víbora del hombre se dirigió al menor. Abrió su boca, mostrando sus filosos colmillos.

— ¡YUGI! — Exclamaron Atem y Jonouchi.

Seto miró el suelo por todos lados, buscando la espada de Critias. ¿Dónde…?

Alzó la vista y vio lo que ocurría.

—… ¿Qué…?

El faraón notó que el sello de Orichalcos se había formado a los pies de Abasi. De la extraña estrella, salieron ondas de oscuridad que comenzaron a rodearlo y apresarlo.

— ¡NO! — Exclamó, furioso. — ¡NO! ¡Yo soy inmune a esta cosa! ¡ESTO NO PODRÁ MATARME! ¡LOS VOY A…AAGHH!

Sintió algo ardiente y filoso atravesar su cuerpo. Miró con horror su pecho, dejando ver una espada que se había enterrado a sus espaldas.

Yugi estaba anonadado.

¿En qué momento…?

¿En qué momento Anzu había…?

La castaña respiraba fuerte. Sus ojos resplandecían de manera sobrenatural. Un aura dorada la estaba rodeando.

Tú fuiste el causante de toda la destrucción de nuestro mundo, Abasi. Es hora de que pagues. — Una voz ajena se contrastaba con la de Anzu.

Atem reconoció esa voz como la del Caballero del Destino, la fusión de los Tres Caballeros Legendarios.

Y la espada…

— ¡Eso es! — Exclamó por lo bajo, comprendiendo.

La castaña apartó la espada, provocando que la sangre comenzara a brotar de la herida que ya no tenía remedio. Abasi tosió sangre y se dejó caer arrodillado. La enorme serpiente comenzaba a desaparecer rápidamente. Miró de reojo a Zafiro, quien también comenzaba a desaparecer.

— ¡Zafiro! — Exclamaron Yugi, Jonouchi y Atem.

Seto se mantuvo pasivo.

—…— Sonrió con tristeza. — Esto debía pasar. — Miró con melancolía a su padre. — Yo no debí existir. — Murmuró. Atem le devolvió la mirada y asintió. — Al menos… Pude saber que mis padres si me quieren. — Se rio.

Yugi se acercó a él y le sonrió con tristeza.

—… Eres un buen amigo, Zafiro.

El pelinegro solo sonrió y esperó pacientemente su hora.

Abasi entrecerró los ojos y miró después a Esmeralda. La joven estaba exhausta, pero lo miró directamente a los ojos con todo el rencor que le tenía. El hombre sonrió a medias.

—… He perdido…— Se carcajeó al sentir su cuerpo más liviano. — Pero tú tampoco has ganado, hija mía… Tú… Y el odio son la misma cosa… Mientras exista oscuridad… Tú no podrás vivir en paz.

Su hija no le contestó.

Atem miró a Anzu, quien había recobrado la consciencia y se había dejado caer de rodillas. El faraón se acercó a ella para arrodillarse en frente de ella y presionó su frente con la de ella. La castaña respiró entrecortadamente, tratando de tragarse el llanto.

Segundos después, el cuerpo de Abasi y Zafiro se desintegró por completo.

La espada del caballero del destino desapareció de las manos de Anzu, quien abrió los ojos al recordar a su amiga herida.

Tanto ella como Atem se levantaron, tomados de la mano y miraron a una muy débil Esmeralda.

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—… Esmeralda.

Los ojos ahora azules de ella se fijaron en los violetas del faraón. No supo en qué momento todos la rodearon para verla.

—… No tienes que hacer esto. — Tomó su mano y le sonrió. — Puedes disfrutar de esta vida… Y quizás… En un tiempo más…— Dejó de sonreír y apretó con fuerza su mano. — Te prometo que… Yo cerraré este ciclo.

—…— Lo miró sin expresión alguna por unos segundos, hasta que terminó por sonreír. —… ¿De verdad?

— ¡Claro que sí! — Jonouchi se rio, aunque sentía sus ojos arder por las lágrimas. — ¡Podrás estar con nosotros! ¡Y serás como una persona normal! ¡Serás querida por nosotros! ¡Siempre!

—… ¿Siempre?

— Sí, Esmeralda. — Anzu tomó su otra mano. — Nosotros siempre te vamos a querer. Nunca estarás sola otra vez, tampoco volverás a caer en la oscuridad.

— Solo date esta oportunidad a ti misma. — Apoyó Honda.

— Así tendrás una vida feliz. — Yugi le sonrió.

Atem utilizó su otra mano para posarla en la herida de la pelinegra, presionando para evitar que siguiera sangrando. Esmeralda soltó un jadeo, adolorida. Sin embargo, no borró la sonrisa que había en sus labios. Anzu y Atem la ayudaron a colocarse de pie, aunque la pobre apenas podía mantenerse por sí misma.

— Vámonos ya. — Ordenó Seto. Esmeralda le miró, y notó que los ojos azules del castaño se suavizaron al verla. — Así te recuperarás más rápido.

La de cabellos azabaches se rio suavemente y asintió con la cabeza.

Y así, todos se encaminaron a la salida. El faraón y la bailarina ayudaban a caminar a la antigua reina, quien sentía sus piernas temblar de lo débil que se encontraba. Jonouchi intercambió una mirada con Mai, mientras que Yugi miraba de reojo al trío que caminaba más atrás. Honda, Seto y Mokuba lideraban el camino en un silencio abrumador.

Claro, quisieron salir.

Sin embargo no pudieron.

Esmeralda se detuvo abruptamente, llamando la atención de Atem y Anzu.

—…

Un resplandor verdoso rodeó las ruinas de la Atlántida, desconcertando a todos. El suelo se sacudió con violencia, provocando que todos cayeran al suelo. Cuando el temblor terminó, miraron qué fue lo que había ocurrido.

Y contemplaron con sorpresa que allí estaban las almas de los habitantes de la Atlántida, entre ellos, Dartz, Iron Heart y Chris. Dos hombres que parecían guardias, agarraron a Esmeralda de los brazos con fuerza y la arrastraron hasta los pies de la familia real.

— ¡Esmeralda! — Anzu exclamó.

Atem trató de correr hacia ella y rescatarla, pero la mirada severa de Iron Heart lo detuvo.

¿Qué ocurría?

El anciano se inclinó hasta ver a la joven que soltaba uno que otro quejido de dolor por la herida de su pecho. La contempló, se le veía tan frágil, que sentía que si lograba aunque sea rozar su rostro, terminaría de quebrarla por completo y destruirla. Era una muchachita muy bella.

Pero lo que tenía de bella, lo tenía de malvada.

—… Así que tú comenzaste todo esto. — Comentó con la voz más grave.

Chris contemplaba en silencio, pero miraba con suma pena la escena. Apartó sus ojos de aquello mientras cerraba los ojos con fuerza. Esmeralda no dijo nada, le sostuvo valientemente la mirada a Iron Heart. Ella sabía lo que había hecho, no iba a recriminarles nada por la forma en que la trataban. Podía sentirlo. Sentía fervientemente el odio que rodeaba en los habitantes, por llevar su reino a ruinas completas, desaparecerlo del mapa, todo por su causa.

—… Así es. — Contestó con la voz ronca. Le dolía absolutamente todo.

—… No tienes el perdón de nadie. Ni siquiera el mío.

Anzu jadeó de horror.

Atem apretó los puños.

— ¡Iron Heart! ¡¿Por qué…?!

Somos humanos, faraón. — El anciano cerró los ojos. — No somos perfectos. No podemos evitar el rencor que recorre en mi gente por esta mujer. Ella fue la causante del cambio de mi hijo. — Dartz miró con tristeza a Esmeralda, no la culpaba de nada, pero sí a él mismo; sentía que gracias a él, la estuvieran juzgando. — Por su culpa, el mundo casi cae en la oscuridad completa, ella casi te destruye. — el tricolor tembló, impotente. — Ha violado las reglas de la vida también. ¿Crees que los Dioses perdonarán sus pecados?

—… ¿De qué está hablando? — Se preguntó Jonouchi.

Los Dioses serán incapaces de perdonar tantos pecados. — Miró con tristeza a Esmeralda, quien ahora tenía su vista pegada al suelo. — Ha violado las reglas de la vida, interponiéndose en el destino y el tiempo, cambiando sucesos que nunca debieron ocurrir, para luego casi destruir al mundo y aniquilar a todos los seres vivos. — Los demás escuchaban expectantes. Sabían que todo lo que el hombre decía era cierto. Incluso si le daban una vida a Esmeralda, el momento en que ella muriera, sería castigada cruelmente por todo lo que había cometido. —…— Los ojos de Iron Heart se suavizaron. — Sin embargo… Hiciste todo eso por amor.

Por inercia, todos fijaron sus ojos en Atem, quien no le quitaba la vista de encima a Esmeralda.

Por amor.

Todo lo que había tenido que pasar Esmeralda fue para salvarlo a él.

Porque ella lo amaba.

Esmeralda se giró suavemente y se encontró con los ojos de Atem.

—…— Devolvió la vista al suelo. ¿Qué sentido tenía? Sería castigada, independiente de quién le daría tal penalización, ocurriría de todos modos.

—… No puedo ejecutarte, pequeña.

Esmeralda alzó la vista para encontrarse con los ojos compasivos de Iron Heart, quien le regaló una sonrisa fantasma.

—… Señor… Y-Yo…

No soy Dios. No es mi mano la que te hará daño. Solo quería verte y ver qué clase de ser eras.

Todos soltaron el aire que habían contenido en sus pulmones con alivio. Así que no le harían nada a Esmeralda…

De pie.

Esmeralda obedeció, muda.

Desearía que nunca volvieras, por favor. — Pidió amablemente el anciano. Esmeralda le sonrió.

—… No lo haré.

—… Puedes irte.

La pelinegra contempló los ojos de Iron Heart, después los de Chris, su nieta. Ella asintió con la cabeza y una diminuta sonrisa. Finalmente, terminó por mirar a Dartz. El pobre la miraba con tanto dolor, pidiéndole perdón con su mirada ámbar. Esmeralda le regaló una sincera sonrisa, sorprendiendo al príncipe, quien le sonrió de vuelta, agradecido.

Esmeralda les dio la espalda elegantemente y caminó hacia Atem y los demás.

. . .

—… No.

— ¡¿QUÉ DEM…?!— Soltó el rubio cuando los espíritus de los habitantes los agarraron por detrás a todos para inmovilizarlos. — ¡¿Qué…?!

— ¡¿Qué están haciendo?!

¡No! — Soltó con angustia Iron Heart mientras sus propios hombres lo retenían. — ¡No lo hagan!

— ¡Esmeralda!

La aludida les sostuvo la mirada a todos, para terminar en clavar sus orbes azules en Atem, quien la miraba desesperado. Cerró los ojos y sintió el impacto.

Los espíritus de los habitantes de la Atlántida agarraron sus armas y rodearon a la Reina. Uno de ellos no contuvo más su ira y azotó la varilla de madera que tenía contra la cabeza de Esmeralda, quien cayó al suelo.

— ¡ESMERALDA!

Más se le sumaron y comenzaron a golpear con todas sus fuerzas el delicado cuerpo de la joven que seguía en el suelo. Los sonidos eran estremecedores y espantosos junto con la barbaridad que cometían.

¡No puedo creer que el Rey te haya perdonado la vida!

¡Nos quitaste todo!

¡Te enviaremos al Infierno!

¡MUERE! ¡MUERE! ¡MUERE!

¡MONSTRUO!

¡FENÓMENO!

¡DEMONIO!

Mai cerró los ojos con fuerza mientras comenzaba a llorar, ya rendida del agarre de los espíritus. No podían hacer nada, y mirar la escena le parecía insoportable.

— ¡Ya deténganse! — Suplicó Yugi, desatando el llanto que estuvo soportando.

— ¡Esme…!— Anzu cerró los ojos con fuerza. — ¡Esmeralda!

— ¡SON UNOS JODIDOS HIJOS DE PUTA! — Bramó Kaiba, furioso.

— ¡Ya basta! — Exclamó Honda.

El único que no forcejeaba y no decía nada era Atem, quien contemplaba en completo desconcierto la escena. Era desgarrador, demasiado doloroso, no podía soportarlo. Su corazón latía acelerado, herido, desesperado. Sin embargo, no podía hacer nada, lo sabía muy bien. Lo tenía claro. Siguió mirando en silencio a la mujer que fue su esposa, siendo asesinada cruelmente bajo las manos de las personas que la odiaban.

Anzu y el resto dejó de forcejear al igual que el faraón cuando notaron con horror lo siguiente.

Mientras era apaleada, pateada, golpeada… Esmeralda sonreía.

Sonreía con una verdadera y exhausta felicidad.

Contemplaba con gran calma a sus amigos que trataron de defenderla hasta el final.

Sus ojos volvían a ser rojos, sí, pero ella parecía feliz, en paz.

Ya…

Ya no le importaba lo que ocurriría con ella.

Soltó un resoplido, de forma suave y lenta.

Finalmente, el faraón despertó de su trance y se liberó bruscamente del agarre de los espíritus. Sin esperar más, corrió rápidamente hacia la mujer, quien había terminado por cerrar los ojos y dejó caer pesadamente su cabeza contra el suelo.

El rompecabezas resplandeció y Atem les dirigió una mirada asesina a los que rodeaban a la pelinegra.

— ¡QUÍTENSE! — Ordenó al mismo tiempo que con el poder de su artículo, estos se alejaran a una distancia prudente.

Cayó de rodillas. Cogió entre sus brazos a la mujer, quien seguía con los ojos cerrados y una sonrisa en su pálido rostro.

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¿Esmeralda estaba…?

Miró su cuerpo de pies a cabeza.

Sus botas estaba sucias, sus rodillas raspadas, mostrando la piel interior, herida, aun sangrando. Su vestido negro estaba mojado por la sangre de la herida de su pecho. Su clavícula tenía rasguños profundos, sus brazos sucios con raspones y cortes. Su cabello estaba húmedo y pegado a sus mejillas y frente por la sangre que había brotado al ser cruelmente golpeada de esa manera en la cabeza.

Apartó con cuidado los mechones mojados de su frente para mirar mejor su rostro.

—… ¿Huh? — Miró con sorpresa como los párpados de la joven temblaron. Sus ojos nuevamente carmesí lo miraron.

—… Atem. — Suspiró.

—… No hables. — Le ordenó con la voz suave y amable. Acarició su cabello con cuidado. — Podrás descansar, aunque sea unos segundos.

—…— Bufó con una sonrisa agotada bailando en sus labios manchados del líquido carmín. —… Con eso bastará. Atesoraré esos segundos.

—…— La estrechó en sus brazos con sumo cuidado. —… Mantendré mi promesa, Esmeralda.

— Mn…

— En otra vida… En otro tiempo… Prometo que te salvaré. Te lo juro.

— Mn. — Se apartó con cuidado de él y llevó sus dedos ensangrentados al rostro del tricolor. —…— Trató de decir algo, pero no fue capaz. Su garganta se cerraba rápidamente. Trató nuevamente y volvió a fallar.

Sin embargo, Atem comprendió lo que quiso decirle.

—… También yo.

Esmeralda sonrió aún más. Posó sus dedos en los labios del faraón, quien le miró con cierta duda.

—…— Frunció el ceño al concentrarse con el poco poder que le quedaba. — "Bebe mi sangre." — Le dijo mentalmente. Atem la miró con sorpresa. — "Quiero hacer un último conjuro… Para ti. ¿Confías en mí?"

El faraón contempló la miserable mirada de su mujer, que le miraba con cansancio y un poco de desesperación. Claro que confiaba en ella.

Siempre.

Lamió suavemente la sangre que estaba prendada de los dedos de la pelinegra, quien terminó por suspirar con una sonrisa.

No ha terminado.

Este odio nunca terminará

Debo aceptar mi destino

Y pagar por mis pecados

Yo nunca fui buena.

Fui destinada para liderar el odio que hay en el mundo

No hay otra forma

Yo soy el odio en persona

Soy la portadora del Leviatán

Soy Esmeralda

Y tú

Ya no puedes salvarme

Atem

El aludido besó su frente cuando la sintió dejar de respirar y la estrechó en sus brazos con fuerza. Anzu corrió hacia ambos y miró a Atem con horror. El faraón solo le sonrió con suma tristeza. La castaña se llevó ambas manos a su boca y comenzó a llorar desconsoladamente al dejarse caer de rodillas al lado del tricolor. Los demás llegaron y contemplaron en silencio la escena. Todos comenzaron a llorar, a excepción de Seto, quien terminó por cerrar los ojos.

—… "Admito que te respeto, mujer. Tienes carácter."

Anzu estrechaba la mano de Esmeralda con cuidado mientras seguía sollozando. Yugi tenía su mano apoyada en el hombro del faraón, quien seguía abrazando con cuidado a la pelinegra en sus brazos. Jonouchi y Mai tenían las manos entrelazadas mientras dejaban que las lágrimas escaparan en silencio. Honda y Mokuba miraron el suelo, tratando de reprimir el escandaloso llanto que estaba por desatarse en sus gargantas.

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"Hazlo feliz."

Sus ojos azules se abrieron con sorpresa al escuchar esa voz. Miró con asombro la sonrisa dibujada en el rostro de Esmeralda, una agotada y satisfecha sonrisa. Dirigió su vista hacia Atem, quien le devolvió la mirada y le sonrió.

Con su mano libre, entrelazó sus dedos con los de él por encima del cuerpo de la reina que perdía rápidamente su calor.

—… "Lo prometo."

Pronto notaron que las almas de los habitantes se desvanecían rápidamente. Los últimos en desaparecer fueron los integrantes de la familia real, quienes les dirigieron una mirada de profunda tristeza.

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Continuará…

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No siempre hay finales felices.

Esmeralda sufrió, sí. Pero cometió muchos pecados, y debió pagarlos, aunque de la peor forma posible. Murió bajo manos que no tenían el derecho de imponer justicia, pero así es la vida. Las cosas a veces no son justas.

Atem comprendió los sentimientos y la determinación de ella, por lo que no tuvo más opción que dejarla ir. Quiero aclarar que el faraón siempre tendrá a Esmeralda en su corazón. Fue la primera mujer que amó, más allá de todo, lo hizo. Y lo seguirá haciendo, pero ahora no de forma romántica, sino de esa forma en que quieres proteger a esa persona siempre, de una forma muy especial. Anzu se sintió igual, así que prometió hacer feliz a Atem durante la ausencia de Esmeralda.

Este personaje siempre estará presente en mis fics de YGO! Incluso puede aparecer como una Anti-heroína, o en el peor de los casos, como una ENEMIGA.

Espero que les haya gustado este capítulo.

Nos leemos.

Rossana's Mind.