UN GIRO EN EL TIEMPO

Después de dejar a Terry dormido en el sofá entré en la habitación y me recosté. Sólo llevaba un día en este tiempo y ya habían pasado cientos de cosas. Había conocido a dos actores de teatro y a una madre desesperada. Me enteré de la vida de mi bisabuelo tras conocerlo en su peor época. Había recorrido la ciudad en busca de respuestas a mi problema y también acompañando a un muchacho que, al parecer, no tenía a nadie en quien confiar.

El poco alcohol que había ingerido, más la idea de estar atorada en el tiempo me causaron dolor de cabeza, pero a esas horas de la noche no podía salir a buscar algún remedio así que me obligué a dormir por un par de horas.

Cuando desperté el sol ya iluminaba la ciudad, no sabía bien la hora, pero todavía era muy temprano. Me levanté de la cama y me asomé a ver si Terry ya había despertado, pero no era así. Dormía profundamente y no parecía notar ni un solo ruido.

En silencio entré al baño y me arreglé lo mejor que pude con lo que había en mi bolsa. Salí a la sala y en silencio tomé el juego de llaves que descansaba en la mesa de centro y me puse el abrigo.

Abrí la puerta con cuidado y salí del departamento. Recorrí los pasillos y la escalera en silencio para que nadie notara mi presencia.

Al salir del edificio caminé hacia una panadería que había visto el día anterior. Entré y con el dinero que Terry me había dado para el desayuno en el hospital compré un par de piezas para el desayuno. Tenía que ser cuidadosa con el dinero que gastaba. Le pregunté al hombre que atendía por una farmacia o botica y me dijo que caminara tres calles y que doblara a la derecha; Lo que buscaba tenía que estar a la mitad de la calle.

Seguí las instrucciones al pie de la letra y llegué a la farmacia. Me sorprendió ver lo espaciosa y monocromática que era. El farmacéutico era un hombre alto y desgarbado, no tenía más de sesenta años y parecía tener un carácter de los mil demonios. Lo saludé con mi mejor sonrisa y le pedí algo para el dolor de cabeza.

Me lanzó una mirada aniquiladora cuando lo obligué a desviar su vista del libro de cuentas en el que escribía. Me preguntó si tenía alguna receta y le dije que no. Asintió y me dio unas aspirinas. Había olvidado que existían desde 1900.

Al salir de la farmacia no eran más de las ocho de la mañana, crucé la calle y me detuve en una tienda de alimentos. Afortunadamente aún me quedaban unos dólares para comprar comida.

Quince minutos después llegaba a casa. Me sorprendió que Terry siguiera dormido, tal vez llevaba días sin hacerlo, pero debía levantarse para ir al teatro a ensayar.

Guardé las compras en su lugar y preparé café.

—¡arriba Romeo! — grité media hora después para despertar a Terry. Se movió un poco del sofá y apretó los ojos. —¡tienes que levantarte!

—¡déjame en paz! — se quejó mientras volvía a acomodarse para dormir. Parecía un niño que no se levanta para ir a la escuela. Sonreí maliciosamente y avancé hacia la cocina, tomé una pala y una cacerola...ni madre hacía esto cuando no nos levantábamos pronto...

—¡arriba!, ¡arriba!, ¡arriba! — volví a gritar mientras azotaba la pala contra la cacerola.

—¡estás loca! — gritó Terry mientras se enderezaba y se frotaba la cabeza. Dejé de hacer ruido y esperé a que despertara por completo. —siento que va a estallar— se refería a su cabeza.

—no me sorprende, ayer tomaste mucho. —respondí mientras le daba una taza de café—tómate esto— dio un trago al café y cerró los ojos aliviado— ahora esto— le di una de las aspirinas— te ayudará con la cabeza. — se tomó la pastilla sin réplica alguna y apuró la taza de café. —ahora, ve a bañarte y regresa para desayunar. —le ordené.

—ahora entiendo por qué no estás casada—dijo por lo bajo mientras se ponía de pie. Mi única respuesta fue una sonora carcajada.

Veinte minutos después Terry salió como una persona nueva. Usaba pantalón y zapatos cafés, se había puesto una camisa blanca y llevaba su saco al hombro. Caminaba erguido y sobrio. Lo que perduraban eran sus ojeras, pero confiaba que al solucionar su situación estas desaparecerían junto con la tensión y el estrés.

Mientras él se arreglaba yo había preparado un omelette con verduras.

—huele bien— dijo Terry al sentarse.

—gracias— sonreí y serví el desayuno en dos platos y más café. —¿cómo te sientes? — le pregunté mientras comíamos.

—mejor, lo que me diste funcionó. — comía de prisa— me comporté como un idiota anoche, ¿cierto?

—no fue tu mejor momento, pero tampoco fuiste un idiota.

—lamentó que hayas tenido que soportarlo. ¿Algo en específico de lo que deba disculparme?

—no conmigo— me miró fijamente— hablaste de tu padre...cosas que no repetiré nunca, de tu madre y de tus hermanos...creí que eras hijo único.

—es como si lo fuera— respondió— te ofrezco disculpas por semejante espectáculo. — dijo realmente apenado.

—disculpas aceptadas— le sonreí—ahora dime, ¿cuál es plan para hoy?

Respiró profundo y se quedó pensativo por unos segundos, después me sonrió.

—ya sé a dónde debemos ir.

Terminamos de desayunar y Terry recogió los platos y tazas y los dejó en el fregadero. Entró en la habitación y salió un par de minutos después. —toma tu abrigo.

Obedecí y lo seguí sin hacer pregunta alguna hasta llegar a su automóvil.

—¿a dónde vamos?

—primero, a conseguirte ropa, no puedes andar por aquí con el mismo vestido todo el tiempo y mucho menos ir al teatro, se darían cuenta de que el vestido es de ahí.

—Terry, no creo que debas gastar en mi ahora...

—tranquila, no te daré un abrigo de mink.

Llegamos a una tienda no muy grande que se encontraba en una esquina. Su fachada era blanca con dos largos escaparates en los que pude observar un par de vestidos de gala. Por dentro, todo lucía más elegante, había espejos enormes en las paredes, mesas y sillas al centro en las que las mujeres tomaban té mientras hacían sus compras. Los vestidos, faldas y abrigos estaban puestos a considerables distancias para poder observar todo por separado y sin tener que molestar a los otros clientes.

En la puerta nos recibió una mujer de unos cuarenta años; usaba una falda y una blusa negra con escote en V; llevaba un anillo de matrimonio y un pequeño dije colgaba de su cuello.

Terry le pidió atuendos para mí y la mujer, después de mirarme de arriba abajo, asintió y nos guio a uno de los probadores. Este era una habitación más pequeña, pero mucho más grande que los probadores de mi época. Los clientes tenían completa privacidad y eso me encantaba.

La mujer, cuyo nombre era Ana, trajo inmediatamente dos vestuarios. El primero era una falda larga color verde con un cinturón del mismo tono y una blusa de manga larga color beige con motivos florales. El segundo era un vestido azul marino con encaje, cuello redondo y mangas hasta los codos.

Decidí probarme primero el vestido. Ana iba a ayudarme a desvestirme, pero le pedí que no lo hiciera. Aunque le extrañó mi petición me dejó sola y fue por un par de zapatos adecuados.

Me puse el vestido y me dirigí al espejo que había, era lo suficientemente largo para poder observarme de pies a cabeza. Me gustaba lo que veía. El azul siempre había sido mi color favorito porque combinaba con mis ojos y ese tono resaltaba el color de mi piel a la que le faltaba un poco de luz solar. Salí del probador en busca de Ana y de Terry. Este último estaba muy cerca de la puerta y cuando me miró asintió complacido.

—luces bien, eso es ropa y no lo que traías...

—shhhhh— lo callé al ver que Ana se acercaba. Ella también me miró contenta y me tendió unos zapatos con un tacón mínimo.

—se ve hermosa con ese vestido—dijo— tengo otro que también le quedará perfecto. — me pregunté si en verdad me veía bien o si ella hacía su trabajo a la perfección haciendo creer al cliente lo mejor. —pruébese la falda mientras traigo el resto.

—¿seguro que quieres gastar en esto? — pregunté señalando el vestido.

—es necesario— respondió. ¡Vaya! Cualquier mujer desearía una respuesta así de un hombre en una tienda de ropa.

—solo no exageremos, tal vez no esté aquí mucho tiempo.

Entré a ponerme la falda y la blusa, pero esta última no me gustó en absoluto así que cuando Ana volvió le pedí una diferente. Dijo que tenía razón, que no me quedaba del todo bien y que me daría otra.

Me tendió un vestido color hueso con un bordado hermoso en el pecho, era de manga larga y el largo rozaba el piso. Se retiró nuevamente para elegir otra gustaba la falda pues acentuaba mi cintura y me hacía ver más delgada de lo que era y también un poco más alta. Ana trajo una blusa blanca de manga larga con cuello redondo. El atuendo era muy serio, pero me gustó así que dije que me lo llevaba y me probé el vestido blanco también.

Ana entró y me dijo que mi primo decía que me llevara puesto cualquiera de los trajes. Para no cambiarme y perder más tiempo me dejé el último vestido.

—creo que también le gustará esto— dijo mostrándome un fondo y un sujetador tan horribles que todo el encanto de los vestidos se perdió por completo. Aunque tuve que aceptar la ropa interior porque no podría usar toda la vida la mía y Ana me dijo que la tienda estaba dando la ropa íntima sin costo por lo que me vi salvada de la pena de que Terry pagara esa tela que no merecía el nombre de ropa.

—¿lista, prima? — me dijo Terry cuando salí del probador completamente lista. Tal vez la vendedora le había preguntado por qué me estaba comprando ropa y tuvo que sacar a flote nuestra mentira de que éramos primos.

—sí, le diré a mi tío lo amable y paciente que fuiste al acompañarme—respondí y me regaló una cómplice sonrisa.

Después de pagar nos dieron todo en bolsas separadas y salimos de la tienda.

—gracias otra vez—dije cuando subimos al automóvil— no tengo manera de pagártelo. — era la verdad, mi dinero no circulaba en su tiempo y yo no tenía forma alguna de devolverle semejante favor.

—no tienes que hacerlo. —fue lo único que dijo— ahora vamos al teatro, tengo ensayo y estamos retrasados.

—¿dejarás que te vea actuar? — pregunté sorprendida.

—tienes que conocer el mundo del teatro, el verdadero mundo y no lo que hay en tu horrible tiempo.

—¿acaso nunca vas a superarlo?

—¿que no hayas visto nunca Romeo y Julieta en escena? ¡Es imperdonable!

Entramos por la puerta trasera al teatro, donde todo era un ir y venir de personas cargando cajas, vestuario, material para escenarios y hasta comida para el personal.

Los empleados veían a Terry y se hacían a un lado cuando pasaban cerca de él que caminaba derecho y con paso firme como si no hubiera nadie en los corredores.

—te presentaré a Robert y esperarás con él—me ordenó y seguimos avanzando por los pasillos.

Terry parecía una persona completamente diferente dentro del teatro. Ya no me parecía un muchacho, casi un niño con una tonelada de problemas sobre los hombros, sino un hombre, un profesional que sabe dejar sus preocupaciones en la puerta del trabajo y se dedica en cuerpo y alma a hacer bien las cosas.

Nos detuvimos frente a una puerta que tenía su nombre. Terry entró en su camerino y salió inmediatamente con su libreto en la mano.

—por si acaso— sonrío y seguimos caminando hasta llegar al escenario donde había un grupo de personas hablando sin parar, pero entendiéndose entre todos.

Cuando llegamos al centro del teatro todos guardaron silencio y miraron fijamente primero a Terry y después a mí.

Me presentó con Robert Hattaway el director de la obra. Era un hombre amable que no puso objeción a que yo observara el ensayo después de que Terry le dijera que era un pariente lejano que estaría unos días en la cuidad. Sin embargo, la actitud de los compañeros de Terry fue diferente. Algunos lo miraban molestos, como si tuvieran algún reclamo atorado en la garganta y otros lo miraban a hurtadillas, evitando todo tipo de contacto innecesario.

El señor Hattaway me llevó hasta los asientos del público y comenzó a dar órdenes a todos para ensayar la escena tres del primer acto donde le es anunciado a Julieta que Paris desea casarse con ella.

La actriz que interpretaba a Julieta era verdaderamente hermosa; su cabello era largo y castaño, caminaba con paso delicado y sus movimientos eran gráciles, elegantes y perfectos. Su voz era suave y al mismo tiempo potente y sus gestos eran muy expresivos, sin duda era una actriz excelente...

—di si podrás llegar a amar a Paris— era la línea de la madre de Julieta.

—lo pensaré, si es que el ver predispone a amar. Pero el dardo de mis ojos sólo tendrá la fuerza que le preste la obediencia— respondía Julieta e inmediatamente entraba un criado avisando la llegada de los huéspedes.

El director asintió complacido por la escena y ordenó que fuera preparada inmediatamente la siguiente entre Romeo, Mercutio y Benvolio. El señor Hattaway me dio el libreto de la obra y me indicó en qué página estaban.

—¿no lo necesita? —pregunté.

—todo está aquí— respondió llevando su dedo índice a su frente. Era evidente que conocía a la perfección la obra de Shakespeare.

BENVOLIO.— Tú sí que estás arrojando viento y humo por esa boca. Ya nos espera la cena y no es cosa de llagar tarde.

ROMEO. — Demasiado temprano llegareis. Témome que las estrellas están de mal talante y que mi mala suerte va a empezarse con este banquete, hasta que llegue la negra muerte a cortar esa inútil existencia. Pero, en fin, el piloto de mi nave sabrá guiarla. Adelante, amigos míos.

Al terminar esta cuarta escena el director detuvo todo e hizo correcciones al actor que interpretaba a Benvolio. Pidió que le llevaran café y le dijo a Terry que todo iba bien. Él asintió serio y salió del escenario para que pudiera ser preparada la escena del baile.

—necesito vacaciones— murmuró Hattaway mientras se sentaba nuevamente y daba un sorbo de café.

—¿será muy larga la gira? — me atreví a preguntar.

—seis meses por los teatros más grandes del país— me respondió.

—¡es mucho tiempo! — exclamé.

—sí…y no sé cómo recibirá el público la obra… el accidente de Susana trajo muchas complicaciones.

—me imagino, pero la nueva Julieta es buena ¿no?

—desde luego, pero muchos esperaban ansiosos ver a Susana y a Terry en el escenario. Es una pena lo que ha ocurrido. — no dije nada más pues no sabía qué se le dice a un director de teatro cuando ha perdido tanto dinero y tiempo a causa de un accidente. Aunque parecía que lamentaba más la tragedia de Susana que la tragedia económica.

La última escena del primer acto fue perfecta. El encuentro de Romeo y Julieta era una de las escenas más famosas y románticas de la historia de la literatura, el teatro y el cine, y ver a Terry recitando aquellos versos era simplemente mágico. Por un momento me olvidé de quien era él y sólo vi a un Romeo flechado por el amor.

JULIETA. —¡Amor nacido del odio, harto pronto te he visto, sin conocerte! ¡Harto tarde te he conocido! Quiere mi negra suerte que consagre mi amor al único hombre a quien debo aborrecer.

Después de un rato el ensayo se me hizo eterno pues algunas escenas eran simplemente perfectas, pero otras se repetían más de tres veces para corregir errores que sólo el director notaba. Sin embargo, eso parecía ser lo más normal pues, aunque yo estaba agotada los actores lucían con más energía a cada minuto. A los que menos corregía era a Terry y a Karen Claise, la actriz que interpretaba a Julieta y cuyo nombre no conocí hasta el final de todo el ensayo. A ellos sólo les decía que siguieran así, que todo iba bien con ellos y aunque Terry no lo demostrara, yo sabía que estaba orgulloso de sí mismo.

—tomen un descanso de quince minutos y volvemos para la escena tres con Fray Lorenzo y Romeo—ordenó el director.

Terry bajó del escenario y después de intercambiar unas palabras con el director se sentó a mi lado.

—¿y bien? ¿qué te parece?

—estoy…impactada…no creí que fueras tan bueno.

—¿dudabas de mí?

—creí que sólo alardeabas, pero lo haces bien— le respondí divertida—me pregunto de quién sacaste tu pasión por el teatro.

—te dejaré con la duda— dijo después de varios segundos. Se levantó de la butaca y trepó nuevamente al escenario. —ahora vuelvo— dijo perdiéndose tras bambalinas.

Me quedé ahí sentada viendo cómo pasaban los demás actores y personas de utilería. En ese momento se acercó el actor que interpretaba a Teobaldo, se sentó a mi derecha y me saludó.

—¿en verdad eres prima de Terry? —preguntó tan pronto como le correspondí el saludo.

—lo soy.

—sí…creo que se parecen— asintió— sus miradas son muy similares, aunque tú no pareces querer matar a medio elenco.

—¿te parece que eso es lo que Terry quiere? —pregunté interesada en saber cómo veían a Terry en el trabajo.

—cuando inició no…sólo era reservado, pero ahora parece que le molesta hasta compartir el mismo aire con nosotros—me respondió el muchacho con gran sinceridad.

—es comprensible, después de lo que pasó…el ambiente no es el mismo. — lo defendí.

—entiendo que "la situación" es más difícil para él, pero nosotros también sufrimos por lo que pasó con Susana y no nos hemos convertido en unos amargados que no se dejan ayudar.

—¿quieres ayudarlo? — pregunté nuevamente y él se quedó callado, pensando su respuesta—¿has visto a Susana? —agregué.

—no desde que la llevaron al hospital…

—¿por qué?

—no quiere ver a nadie, sólo acepta ver a Robert y a Terry y él no dice nada sobre ella, la verdad es que nunca dice nada.

Me asombró la fluidez de nuestra charla, pues el actor ni siquiera me conocía y ya se había quejado de Terry y su mutismo.

—tal vez deban intentar ir a verla, si insisten no tendrá más remedio que aceptar verlos. — respondí— creo que le hace falta saber que la extrañan.

—¿la has visto? — preguntó el joven mudando de rostro.

—ayer…

—¿cómo está? — me interrogó con una mirada esperanzadora.

—es una pregunta difícil, ¿no crees? Aunque insisto en que necesita saber de todos ustedes—dije señalando todo el teatro.

El chico se quedó pensativo y justo cuando iba a decir algo más uno de los asistentes del director lo llamó urgentemente.

—debo irme— dijo al levantarse— gracias por el consejo.

Robert salió de no sé dónde y volvió a dar instrucciones a todo el mundo. Todo estaba listo para la siguiente escena que yo seguí con el guion:

FRAY LORENZO. —Ven, pobre Romeo. La desgracia se ha enamorado de ti y el dolor se ha desposado contigo.

ROMEO. —Decidme, padre. ¿Qué es lo que manda el príncipe? ¿Hay alguna pena nueva que yo no haya sentido?

FRAY LORENZO. —Te traigo la sentencia del príncipe.

ROMEO. —¿Y cómo ha de ser si no es de muerte?

FRAY LORENZO. —No. Es algo menos dura. No es de muerte, sino de destierro.


Hola, gracias por sus cometarios y por sus sugerencias de matar a Susana, me encantaría porque siempre lo hago, pero esta vez no será así. Sé que ya quieren que aparezca Candy y prometo que ya viene en camino, ya se subió al tren, lo juro. Por lo mientras quise ver un poco, casi nada, de lo que pudo ser la situación en el teatro tras el accidente.

Gracias a:

Pecas, Dianley, Anfeliza, Mercedes, Gissa Álvarez, Sol Grandchester, Ofe, Katnnis, Eli Diaz, Alexa PQ, Friditas y Chiiari.

NOTA: la traducción que presento de Romeo y Julieta es de M. Menéndez Pelayo.