UN GIRO EN EL TIEMPO
Caminamos un par de calles para llegar a un pequeño y cómodo restaurante que era atendido por un viejo matrimonio y tres jóvenes camareros.
Dentro del establecimiento Terry fue muy cortés con Candy y conmigo. Uno de los camareros se acercó a darnos el menú y se fue inmediatamente.
—¿tuviste un buen viaje? — pregunté minutos después a Candy para romper el silencio.
—¡oh sí! Fue muy tranquilo— me respondió apartando sus ojos verdes de la carta.
—me agrada Chicago, aunque tiene muchos años que no voy— dije— ¿tú has ido a Chicago? — pregunté dirigiéndome a Terry.
—hace unos meses, ¿verdad? — lanzó una mirada a Candy y ella sólo asintió. Estaba segura de que se habían dicho algo más con la mirada, pero yo no supe descifrar qué.
El camarero volvió y nos tomó la orden. Candy había dicho que tenía mucha hambre y recordé que yo no había comido nada en todo el día y tal vez Terry tampoco. Cada uno pidió y esperamos a que la comida llegara. Terry hizo varios comentarios sobre la ciudad con el fin de explicarle a Candy cómo era su vida en Nueva York y también intentaba decirme lo diferente que era de la que yo provenía.
—¿en qué trabaja tu primo, Claire? — me preguntó Candy mientras tomábamos el primer plato.
—¿puedo ser honesta contigo? — dije y Terry me lanzó una inquieta mirada. Candy asintió una vez más y yo seguí— la verdad no lo sé. Él es muy reservado y no me cuenta lo que hace.
Mientras caminábamos hacia el restaurante había pensado que Terry y yo habíamos creado muchas mentiras con Susana y en el teatro también, así que no quería seguir creando historias, al menos no para Candy. Claro que tampoco podía decirle "hola Candy, mi nombre es Claire, vengo del futuro y soy tu bisnieta" pues aunque con Terry había tenido suerte en que me creyera no quería arriesgarme diciéndole lo mismo a ella.
—no me has dicho cómo está Albert— dijo Terry de pronto dirigiéndose a Candy.
—él está bien, aún no recupera la memoria, pero físicamente está bien. Ha conseguido un empleo, ya te lo había mencionado, y te manda saludos, aunque no te recuerde.
—espero que se recupere pronto. Me encantaría charlar con él como antes— dijo Terry.
—él también ha dicho que desea recordarte. Lo lamento Claire, parece que hablamos en código— sonrió apenada— Albert es amigo nuestro, hace unos meses tuvo un accidente cuando volvía al país y perdió la memoria. — yo abrí los ojos sorprendida— como yo soy enfermera logré hacerme cargo de él mientras se recupera y ahora vivimos juntos en Chicago. Somos buenos amigos.
—debe ser difícil estar en una situación como esa. — dije— pero supongo que los médicos han intentado todo para ayudarlo a recuperar la memoria.
—sólo lo que quisieron— respondió Candy— Albert no traía ningún documento consigo, así que sin saber nada sobre él decidieron dejarlo a su suerte. Eso es algo que no tolero— esto lo último lo dijo molesta, frunciendo el ceño.
—pero ahora está bajo tus cuidados— intervino Terry.
—¡exacto! Y seguramente juntos podrán ayudarlo a que se recupere aún más rápido— dije haciendo énfasis en la palabra "juntos" — si es amigo de ambos entonces lo ayudarán, ¿no?
—eso lo sé, pero todavía me molesta la actitud del médico, ese hombre…
—¡Candy! — exclamó Terry divertido— recuerda lo que pasó la última vez que ofendiste a alguien.
Candy frunció el ceño sin saber a qué se refería Terry y segundos después se puso roja. Terry rio a carcajadas y una vez más encontré los gestos de mi padre en su rostro.
—¡oh Terry! — exclamó Candy— ¿tenías que recordarme eso? — se cruzó de brazos ofendida.
—pero Candy, eso fue hace mucho tiempo, no creo que esa monja lo recuerde— dijo Terry tranquilamente— ¿me dejas contarle a Claire tu hazaña? — Candy lo miró detenidamente y supe que sus pucheros no eran en serio. Dijo que sí y Terry inició un divertido relato— el colegio en el que estudiábamos pertenecía a una estricta orden religiosa. Candy y yo nunca pudimos acatar sus reglas. Un día la directora hizo enojar a Candy porque quería echar a una tortuga a la basura y ella le soltó unas buenas palabras. ¿puedo repetirlas?
—¡que no se te ocurra! — dijo Candy levantando su puño.
Yo sólo los miraba entretenida. Ambos eran jóvenes, rebeldes e inocentes. Con las palabras peleaban, pero con la mirada se decían todo lo que verdaderamente sentían. Yo disfrutaba tanto ese momento que me olvidé de todo, de mí, mi problema, el de Susana, en fin, de todo.
—¿estudiaron en Inglaterra? — pregunté para asegurarme. Ambos asintieron. —ahí se conocieron…
—no— dijeron en una sola voz.
—fue en un barco rumbo a Inglaterra— especificó Candy.
—¡oh! —fue lo único que dije.
—¿tú conoces Inglaterra? — me preguntó Candy.
—no, aún no— respondí— pero me encantaría. — sólo había visitado Europa una vez, en un viaje escolar, y no había sido suficiente.
—el lugar que deberías conocer es Escocia— agregó ella y Terry asintió. — es una tierra maravillosa.
—lo haré, lo prometo— dije.
Candy me contó del viaje que había hecho a Escocia. Fue un verano por parte del colegio al que asistía. Había ido en compañía de sus amigas Patty y Annie y también habían ido sus primos Archie y Stear.
—¿recuerdas cuando repararon el avión? — preguntó a Terry.
—cada minuto— respondió con una sonrisa de medio lado recordando el pasado.
Candy y sus amigos habían pasado todo un día y toda una noche reparando un viejo avión que estaba en el garaje de Terry. Candy lo había hecho para que él y su primo Archie limaran asperezas, pues se llevaban peor que perros y gatos.
Cuando terminamos de comer el postre Candy se levantó para ir al tocador así que Terry y yo nos quedamos solos.
—es maravillosa— dije emocionada.
—sí, lo es— dijo Terry y su mirada se oscureció súbitamente.
—¿por qué no le has dicho nada? — pregunté.
—no puedo— dio un sorbo a su bebida.
—¿no puedes o no quieres?
—no puedo borrar esa expresión de dicha en su rostro— respondió.
—si no lo haces tú, alguien lo hará.
—¿quién?
—cualquiera que lea los periódicos. ¿crees que nadie hablará sobre el accidente de Susana mañana en el teatro?— Terry me miró fijamente.— no me digas que no se te había ocurrido.
—sé que lo harán.
—¿y quieres que esa sea la forma?
—no— dijo rotundamente— tengo que hacerlo yo.
Candy llegó antes de que yo pudiera decir algo más. Volvió a sentarse y dijo que se había topado con una señora con un hermoso bebé en brazos.
—¿te gustan los niños?— pregunté.
—sí, estoy acostumbrada a estar rodeada de niños.— recargó sus brazos en la mesa y siguió— el Hogar de Pony siempre ha estado lleno de niños y en el hospital me he encargado del área de pediatría un par de veces.
—¿qué es el Hogar de Pony?— pregunté frunciendo el ceño.
—es el lugar en el que crecí— respondió con una discreta sonrisa— verás, yo no conocí a mis padres. El Hogar de Pony es un orfanato en el estado de Chicago donde aparecí un día siendo bebé.
–yo...lo siento— no sabía qué decir ante eso— no quería...
—no tienes que disculparte, no es nada malo. Aunque a algunas personas les desagrada la idea de estar cerca de una huérfana.
—¡oh no! ¡No es eso! Te lo juro. Es difícil que yo piense como las personas a las que te refieres— dije inmediatamente con palabras atropelladas— yo no sabía y no pretendía hacerte sentir mal.
Candy sonrió y tomó mi mano entre las suyas, eran cálidas, delicadas y fuertes a la vez.
—no te preocupes— dijo apretando un poco mi mano.
Su sonrisa y su gesto me habían dado una dosis de tranquilidad y me había animado a hacer más preguntas sobre la vida de Candy, aunque no lo hice inmediatamente porque no quería parecer una entrometida.
—entonces…¿tus primos Stear y Archie de dónde salieron?
—es lo que yo quisiera saber— murmuró Terry mientras daba el ultimo sorbo de café.
—¡deja ya de molestarlos con tus comentarios! — lo reprendió Candy, pero eso sólo sirvió para que Terry hiciera una larga lista de apodos, la mayoría dirigidos hacia el joven llamado Archie. — te lo advierto mocoso engreído— la voz de Candy sonó tan fuerte y firme que no me fue difícil imaginarla regañando a sus hijos.
Terry paró de reír súbitamente. Candy lo había llamado "mocoso engreído" tal como yo lo había hecho un par de veces. Me lanzó una extraña mirada y prometió no volver a hablar mal del "Elegante"
—contestando tu pregunta— Candy se dirigió a mi— cuando era niña me llevaron a trabajar a una casa de una familia rica cerca del Hogar. Meses después el señor William Andley me adoptó y me volví parte de esa familia a la que Stear y Archie pertenecen.
—ahora entiendo— asentí con la cabeza e intenté recordar de dónde conocía el apellido Andley, pero mi memoria me traicionó e hice a un lado el nombre.
—en resumen, esa es mi vida— añadió Candy.
—tengo el presentimiento de que tienes mil y un aventuras que contar.
—¡no tienes idea! — exclamó al momento en que una enorme sonrisa se dibujaba en su pecosos rostro.
Minutos después, Terry pidió la cuenta y el camarero la trajo el seguida.
—te dejaré en el hotel— dijo cuando salimos del lugar dirigiéndose a Candy.
—¿tan temprano?— intervine con inocencia. Tenía que obligarlo a hablar.
—debes estar cansada— dijo Terry a Candy.
—solo un poco— respondió tras abrocharse el último botón de su abrigo.
—deberían ir a pasear— dije— antes de que empiece a nevar. Después será más difícil.
Candy dijo que le encantaría conocer un poco más de la ciudad, pues era la segunda vez que la visitaba y quería saber porqué Nueva York era tan importante.
—me dio gusto conocerte, Claire— dijo Candy después de que la pareja decidiera adónde ir. Me tendió la mano y yo la estreché menos nerviosa que la primera vez.
—a mí también me dio mucho gusto conocerte, Candy— quería decirle más cosas, pero no quería asustar a la pobre chica con mi admiración. — espero verte pronto.
—yo también— fue lo ultimo que dijo antes de despedirnos.
Al despedirme de Candy y Terry me dirigí inmediatamente al departamento. Entré y me acerqué a la cocina por un vaso de agua. Noté que un par de tazas estaban rotas y reposaban en el bote de basura que había junto al fregadero. "¿qué hicieron niños?" dije en voz alta. Tomé el vaso de agua y después caminé hacia la habitación.
No eran más de las cinco de la tarde y yo no tenía nada que hacer. Saqué mis cosas de debajo de la cama y me puse a revisarlas sólo para perder el tiempo. La ropa del siglo veintiuno la dejé en el interior de la bolsa. Saqué mi libreta de notas, mi cartera, un par de bolígrafos y un paquete de pañuelos desechables.
Abrí la libreta y no encontré nada digno de mencionar. Abrí mi cartera y encontré toda mi vida: tarjetas de crédito y también departamentales, unos cuantos dólares que no me servirían en 1914, unos recibos de compras que debían ir a la basura y fotografías reducidas de mi familia.
Había una de mi hermana que tomé al finalizar un concierto al que habíamos ido juntas un mes antes de que se casara. Carol era la mayor de las dos. Ella era la alocada y divertida, la que nunca dormía a la hora que mamá decía y la que discutía con papá cuando se trataba de baseball. Pero también era la más cariñosa y amable de las dos. Ella me había enseñado a conducir en la preparatoria después de que el profesor me reprobara. Ella me había llevado a comprar mi primer par de tacones y también me escuchó cuando llegué a casa feliz de haber conocido a Matt.
Carol se parecía más a Candy que yo; su cabello era rizado, aunque castaño. Cuando era niña tenía pecas en las mejillas. Sus ojos eran azules como los míos, los de papá, los de mamá y los de la abuela Claire. Los ojos verdes se habían perdido con el paso del tiempo, aunque estaba segura de que uno de los hermanos de la abuela los tenía verdes como Candy, pero no sabía cuál de los dos había sido.
Mi hermana también había heredado el espíritu humanitario de Candy y de mamá, pues las tres se dedicaban a la medicina.
La foto de mis padres era de muchos atrás, cuando todavía eran novios. Papá era alto, su cabello era castaño, entre rizado y lacio (rasgo que yo había heredado), sus ojos eran tan expresivos como los de Terry. Yo odiaba verlo enojado porque entonces su mirada parecía una tormenta en medio del mar. (Siempre sentí pena por sus alumnos) Aunque también sabía reír. Cuando lo hacía cerraba o entrecerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás. Así fue como reconocí a Terry cuando aterricé en su casa.
Mi mamá era hermosa. Su sonrisa era una dosis de tranquilidad y paciencia para todos. Ella era la que reestablecía el orden cuando Carol y papá peleaban por deportes. Siempre me gustó su cabello porque era sedoso, largo y lacio. Ella nunca tenía problemas para peinarse como mi hermana o como yo por mi cabello indeciso. Sus ojos eran más claros que los de papá, eran la calma después de la tormenta. ¡extrañaba tanto a esa mujer!
Tomé una fotografía más, era de la abuela, unos ocho años antes. Papá la había tomado un día antes de mi cumpleaños. Yo estaba a su lado. Para ese entonces todo su cabello estaba ya cubierto de canas, pero sabía que éste había sido rubio y rizado como el de su madre.
Hasta ver esa foto, noté que nuestras narices se parecían, eran pequeñas y respingadas. Sus ojos eran una perfecta combinación entre los de Terry y los de Candy pues tenían el color de uno y la alegría del otro. Me gustaban sus manos, sus dedos eran largos y delgados y ¡vaya que sabían dar pellizcos!
La abuela y yo sonreíamos en la foto. Recordé que mis primos, los hijos de mis tíos Nick y William, siempre se quejaban porque decían que la abuela me quería mas a mí que a ellos. Yo sabía que era cierto, pero ella los consolaba diciéndoles que a todos nos quería en la misma magnitud pero por razones diferentes; a unos por rebeldes, a otros por traviesos, a otros por atentos o por bromistas.
Lo que yo sabía de Candy y Terry era por ella, pues me contaba cuando su papá la llevaba a los ensayos teatrales y cuando su mamá se quedaba con ella largas horas para ensayar las coreografías de ballet. Aunque nunca había mencionado nada de lo que yo estaba viviendo con sus padres y el nombre de Susana nunca había salido de sus labios, hasta donde yo recordaba.
Me quedé viendo las fotos por largo rato. Sentí un vuelco en el estómago al pensar en lo que estaría pasando en mi tiempo. Habían pasado días desde mi desaparición. Seguramente ya me estaba buscando la policía.
La impotencia se apoderó de mí al imaginar la angustia de todos ellos y me dio miedo pensar en la salud de la abuela. Quería regresar a casa inmediatamente, pero no sabía cómo y eso me frustraba. Sin poder controlarme, me eché a llorar y lloré como nunca lo había hecho. La primera noche que había pasado en casa de Terry, había llorado, pero lo había hecho por mí, por el miedo que sentía y esta vez lloraba por mi familia, por la pena que mi ausencia podría estarles causando.
Desperté horas más tarde. Sentía los ojos hinchados y la cabeza me dolía. Salí de la habitación y me dirigí al baño, me eché agua fría en el rostro y después busqué una aspirina en la cocina.
Cuando estaba tomándome la pastilla escuché pasos cerca de la puerta, eran pasos de mujer. Me quedé quieta esperando escuchar mejor. La mujer se detuvo frente a la puerta y deslizó un sobre por debajo de ésta. Se quedó un minuto ahí parada y después se fue con paso rápido.
Me acerqué a la puerta y recogí el sobre. Era una nota de la señora Marlow. Sentí deseos de abrir la nota y después deshacerme de ella, pero no debía hacerlo. Sólo tenía que esperar a que Terry regresara y leyera la nota. Tal vez no era nada malo.
Me senté en el sofá y terminé de leer Macbeth. Después de terminar, regresé la obra al librero y tomé otro libro de poesía inglesa.
Media hora después escuché cómo se abría la puerta. Terry me lanzó un saludo e inmediatamente le pregunté
—¿cómo les fue?
—creo que bien— se sentó en el sofá y subió los pies a la mesa de centro.
—¿le dijiste?
Sólo negó con la cabeza.
—¡por qué no! — exclamé desesperada.
—estuvimos ocupados— respondió serio.
—¿haciendo qué?
—sólo caminando.
Me enojé no pude detener mi lengua.
—eres un idiota— dije sin ninguna pena— se te han presentado oportunidades durante todo el día para decirle tú mismo lo que está pasando y prefieres callar. ¡qué es lo que quieres! ¿en verdad quieres quedarte al lado de Susana y ser infeliz el resto de tu vida? ¡si eso es lo que quieres, entonces dilo de una buena vez y deja que Candy vuelva a casa antes de que la lastimes mas!
—no tienes derecho a hablarme de ese modo— replicó enojado— no sabes lo nada de lo que está pasando.
—sé que tienes que tomar una decisión y eso te da miedo, por eso evitas la verdad.
—ahora soy un cobarde— dijo todavía mas molesto levantándose del sofá.
—eres un muchacho en medio de un gran problema— dije relajándome un poco— y estás dejando que el problema te domine cuando debería ser lo contrario.
—¡no entiendes que tengo miedo! — gritó— ¡tengo miedo de equivocarme y de perder a Candy otra vez! ¡tengo miedo de hacerle daño sabiendo todo lo que ha tenido que sufrir! ¡no quiero ser otro problema en su vida y tampoco quiero que Susana lo sea! ¡es tan difícil entender eso!
Al fin lo había dicho. El orgulloso e independiente muchacho había dicho al menos una parte de lo que sentía.
—si pudieras decirle a Candy lo que sucede en este momento y sin pensar en lo que podría pasar qué dirías— dije con voz tranquila después de un par de tensos minutos de silencio.
—¿sin importar las consecuencias? — preguntó y yo asentí— le diría…— respiró profundo pero no pudo continuar.
—si esto fuera un guion teatral, si Terry fuera solo un personaje, ¿qué diría?
—le diría lo que hizo Susana, le diría por qué lo hizo y…— le pedí que siguiera— le diría que la amo, mas a que a todo en el mundo y que quiero estar a su lado. Aunque sé que no me aceptaría si dejo sola a Susana y ese es mi mayor dilema. Le diría que no deseo que sufra más y que si yo pudiera alejarla de todo el sufrimiento del mundo lo haría, pero si no puedo, entonces quiero afrontar lo malo y lo bueno de la vida a su lado, porque la amo.
—díselo Terry— repetí por milésima vez. Me acerqué a su librero donde había visto varia hojas sueltas y también tomé una pluma. Se las tendí y él las tomó— díselo.
Me miró por largos segundos y después, sin decir palabra, se sentó en la mesa del comedor y comenzó a escribir sin parar. Me retiré a la habitación para dejarlo tranquilo y recé para que todo saliera bien.
Una hora después me llamó. Salí para ver qué necesitaba y me dio la carta para que la leyera.
—no creo que deba hacerlo— dije sin leer ni una palabra— el destinatario es Candy. Llévasela.
—no— dijo seguro y quise que la Tierra se destruyera en ese momento— quiero que se la entregues tú— dobló la carta, la metió en un sobre y volvió a dármela.
El futuro de mi familia estaba en mis manos…
Hola, aquí otro capítulo, espero les hay gustado y que todavía no les desespere. Gracias por su scomentarios a:
Gissa Álvarez, Sol Grandchester, Chiiari, Anfeliz, Elisa Ventura, Dianley, Vialsi, AlexaPQ, CarolL, Lady Lyuva, Flormnll y a quienes dejan sus comentarios de manera anónima.
Nos leemos pronto
