UN GIRO EN EL TIEMPO

Candy se bajó a comprar el ramo de flores para Terry. Yo me ofrecí a bajarme y hacerlo por ella, pero se negó y dijo que quería escogerlas. La esperé en el carruaje impaciente pues quería llegar al teatro temprano cuando todavía no hubiera demasiada gente.

Volvió pocos minutos después con un de flores rojas. El aroma invadió inmediatamente el interior del carruaje y nos acompañó hasta el teatro.

Viajar en carruaje fue una experiencia totalmente nueva. No imaginé que los asientos fueran tan cómodos y que la velocidad del vehículo, si bien no era la de un Ferrari, fuera tan rápida. Aunque el trayecto si podía sentir el exagerado movimiento del carruaje al doblar las calles y no podía evitar irme de frente cuando nos deteníamos por algún motivo.

—Terry me dijo que tienes novio y que pronto te casarás— dijo Candy de pronto y su comentario me tomó por sorpresa. La idea del matrimonio era tan extraña para mí que nunca, aún con Matt, me había puesto a pensar lo que significaba casarse. Pero el siglo veinte era tan diferente al mío y mi supuesta boda no sólo la conocía Candy, sino también Susana.

—sí…aunque no sé qué tan pronto. Todavía hay cosas que quiero hacer antes de casarme— respondí con toda la sinceridad de mi corazón. Mi idea de no mentirle a Candy sobre mí no había cambiado.

—¿en serio? — preguntó frunciendo el ceño, pero en sus ojos no vi ninguna señal reprobatoria— supongo que si eso es lo que quieres está bien. — asintió— ¿y tu novio? ¿qué me dices de él?

—¿Matt? Pues…hay mucho que decir de él— sonreí— creo que a él tampoco le llama mucho la idea del matrimonio— dije más para mí que en respuesta a Candy— Matt es…perfecto para mí. Con él siento que el mundo tiene equilibrio, ¿sabes? Él me da seguridad y confianza y también pone mi mundo de cabeza algunas veces—la sonrisa de mi rostro no se borraba. Yo sabía que amaba a Matt y también sabía que lo extrañaba demasiado— mi familia lo adora y eso es bueno, porque no es muy común.

—¿tienes una familia grande? — preguntó Candy. Esa era una pregunta interesante que no sabía si debía contestar.

—es enorme— respondí— tal vez podamos llenar la mitad del teatro— bromeé señalando la fachada de nuestro destino que ya se veía desde la esquina.

—ya quiero entrar— dijo Candy emocionada.

Bajamos del carruaje y pagué al conductor con el dinero de Terry. Candy se acomodó el vestido y vio en todas direcciones. Miró la entrada del teatro y observó detenidamente el anuncio de "Romeo y Julieta"

—¡mira eso! — exclamó entusiasmada— Terry ya es una estrella consagrada. — apartó su vista del espectacular y miró a la gente que bajaba de los carruajes. Su rostro se iluminó todavía más al ver a una hermosa mujer que descendía con elegancia de un vehículo. Candy murmuró algo imperceptible para mi oído. Supuse que conocía a esa mujer o que se la había hecho muy bella.

Yo también miraba hacia todas partes. Las mujeres usaban elegantes vestidos, estolas y abrigos. Sus peinados eran elaborados y ya había rastros de maquillaje en sus ojos, mejillas y labios. Los hombres usaban finos smokings, lustrosos zapatos y caminaban erguidos y soberbios ofreciendo el brazo a sus damas. Era una verdadera alfombra roja.

—es por allá— señalé la entrada donde dos hombres recibían los boletos de entrada.

Antes de llegar a la puerta, no sé el motivo, volteé a ver a las personas. Cruzando la calle y recargado en un poste vi, una vez más, al hombre misterioso de la Biblioteca Pública y de la librería. Llevaba su traje gris, abrigo y sombrero. Estaba fumando un puro. Nuestras miradas se cruzaron y una sonrisa se dibujó en su rostro. Me puse nerviosa.

—¿estás bien? — la voz de Candy me sacó de mis pensamientos.

—sí— asentí— necesito un momento, ahora vuelvo— crucé la calle corriendo para encontrarme con el hombre que tenía las respuestas a mis preguntas. Unas cuantas personas se atravesaron en mi camino y me impidieron detenerlo cuando comenzaba a caminar. —¡deténgase! — grité sin importarme lo que la gente escuchara— ¡necesito respuestas! — el hombre detuvo su paso y dio media vuelta para mirarme.

—¿ahora sí quieres hablar, Claire? — dijo con burlona voz en cuanto me acerqué a él.

—¿cómo sabe mi nombre? — fue la primera pregunta que expulsó mi boca— ¿cómo sabe que yo…?

—¿cómo sé tu nombre? Muy fácil, estás en la lista. ¿cómo sé que vienes del futuro? — se encogió de hombros— porque estás en la lista.

—¿de qué lista habla? — pregunté más confundida y con la adrenalina a tope.

—¡dame eso! — escuché una voz femenina desde el lado contrario de la calle. Giré inmediatamente y vi a Candy frente a tres personas, una mujer y dos adolescentes tal vez de la misma edad que Candy. Vi como un par de papeles volaban en el aire y cómo Candy intentaba atraparlos. Fue cuestión de segundos. Corrí hacia Candy y ya no me importó el hombre misterioso ni su lista, así que lo dejé ir.

—¿qué te pasó? — pregunté tomando a Candy por los hombros.

—mi boleto, perdí mi boleto— dijo enojada, frustrada y desanimada.

—pero, no entiendo, ¿qué pasó?

—te contaremos cómo estuvo la obra, Candy— dijo una voz chillona que lastimó mis oídos. La voz pertenecía una joven pelirroja de ojos marrones y ceño fruncido. ¡quién demonios era esta tipa!

—vámonos Eliza— dijo el muchacho que iba con ella.

—pero ¿quiénes son ustedes? — grité parándome frente al joven que había tomado la delantera. — ¿acaso tienen dos años o sufren de algún retraso mental?

—¿y usted quién es para hablarles así a mis hijos? — exclamó la mujer que había permanecido en silencio mientras sus niños hacían de las suyas.

—¿sus hijos? — quería decirles todas las palabras que había aprendido en mi adolescencia, pero no pude hacerlo— creí que eran sus nietos— dije mirándola de arriba abajo— supongo que si no les enseñó modales a estos niños es porque usted no los recibió. — la verdad es que la mujer no era vieja, seguramente no pasaba de los cuarenta años, pero decirle vieja a una mujer era el peor insulto en todas las épocas de la historia.

—¡mami! — chilló la joven pelirroja.

—¡entren! — ordenó la mujer sin quitarme la vista de encima.

—¡pero mamá! — se quejó el muchacho.

—¡obedezcan!

—y ahora quiere educarlos— dije con sarcasmo— las manzanas ya se pudrieron.

Los niños, cuyos nombres desconocía, me miraron enojados y entraron al teatro.

—¿quién es usted y con qué derecho se atreve a hablarle así a mis hijos?

—con el mismo derecho con el que sus hijos cometieron la tontería de meterse con Candy. ¿tres contra uno? ¿cuál es su problema?

—Claire, no— la voz de Candy era tranquila, pero yo no recibí su serenidad.

—¿ya tienes quién te defienda? — preguntó la mujer dirigiéndose a Candy.

—siempre he podido defenderme sola— respondió Candy con aplomo.

—pero sí tiene quien la defienda— intervine— y más vale que no vuelva a acercarse a ella.

—está claro que no sabe quién soy— dijo la mujer— ¿por qué querría acercarme a ella?

—por fortuna no la conozco y qué bueno que usted tampoco me conoce— estaba segura de que iba a reventar.

—¡me está amenazando!

—le estoy advirtiendo— la mujer se puso todavía más seria

—¡es usted insoportable! ¡una grosera y descarada!

—gracias por los elogios— me burlé— vámonos, Candy tenemos una obra que ver.

¿De dónde había sacado tanta rabia? Tal vez del rostro fruncido de Candy al ver perdido su boleto o tal vez de verla correr tras su entrada a la obra. Yo no sabía quiénes eran esas personas y poco me importaba su vida, lo único por lo que me importaba por Candy, por Terry, por mi familia y por mí era que ellos pudieran estar juntos.

—Claire, no tengo boleto— dijo Candy deteniéndome a unos metros del hombre que recibía las entradas— no puedo entrar…a menos que…

—nada Candy— la interrumpí— aquí está tu boleto— saqué el boleto que Terry me había dado la noche anterior y el que Charles me había dado durante el ensayo.

—¿cómo es que…? — su rostro se había iluminado

—no importa en este momento— tomé su mano y le di el boleto— esta noche es especial para ti y para Terry, no dejaré que un par de niños arruinen el día.

—comienzo a creer que no vienes de Boston— me sonrió y apretó mi mano con cariño— gracias.

Al entregar los boletos, el hombre que los recibió nos indicó cómo llegar a nuestros asientos. Aún faltaban varios minutos para que la función iniciara, así que nos quedamos en el largo corredor como muchas personas más que aprovechaba el tiempo para charlar, tomarse una copa y esparcir nuevos chismes en la sociedad, pues cabe mencionar que el público que asistía esa noche a la obra pertenecía a la clase social alta de Nueva York. Entonces supuse que los malcriados eran de alguna familia rica.

—Candy, las personas de la entrada, ¿Quiénes son? — pregunté.

—son los Leagan— respondió— la familia que me adoptó cuando era una niña. — Eliza, Neil y su madre, la señora Sarah Leagan.

—¿esos son tu familia? — pregunté horrorizada.

—¡no! — contestó divertida al ver mi cara de horror— es algo confuso, pero esa familia fue la que me llevó a su casa a trabajar y posteriormente fui adoptada por el señor Andley, aunque ellos, por lazos de sangre, pertenecen también a los Andley.

—¡vaya! Pues qué linda familia— dije con sarcasmo e inmediatamente pensé que esos tres serían los mejores amigos de la señora Marlow, si llegaban a conocerla. — ¿y toda la familia es como ellos?

—¡oh no! — exclamó— el señor Leagan no es como ellos, y Archie y Stear tampoco se parecen a ese par.

—¡menos mal! — dije pasándome una mano por la frente en señal de alivio— pero no entiendo cómo los toleras. Yo sólo los vi un par de minutos y ya los detesto.

—son difíciles, pero cuando sabes que debes verlos todos los días te acostumbras a sus berrinches, sus comentarios y sus reclamos.

Se me hizo un nudo en la garganta al escucharla hablar con tanta resignación. No sabía cómo era capaz de soportar a esos tres personajes. Yo no podría hacerlo, siempre fui la menos tolerante de mi familia.

—y a sus voces— intenté bromear— ¿te acostumbraste a sus voces?

—¡son tan agudas! — exclamó inmediatamente y se puso roja. Estábamos de acuerdo en que sus voces lastimaban hasta a un sordo.

—apuesto que era una historia de terror despertarte y oír sus voces. — reí y Candy también lo hizo, pero era demasiado buena como para hablar mal de las personas y cambiamos el tema hacia algo más trivial, la decoración del teatro.

Los colores rojo y blanco predominaban. Las paredes eran blancas, a cada tantos metros, sobresalían pilastras al estilo neoclásico, sobrias y elegantes. Las alfombras y las sillas que servían para que los asistentes las utilizaran antes de la obra o en el intermedio, eran también rojas y de finas telas. Una serie de candelabros de cristal colgaban del techo y alumbraban hasta el último rincón del lugar.

El servicio de bar estaba lleno de hombres que charlaban, bromeaban, fumaban y bebían. Las mujeres, sentadas con elegancia, movían sus abanicos y conversaban animosamente. Los asistentes más jóvenes caminaban en pequeños grupos alrededor de la gente. Jovencitas que criticaban los vestidos de otras. Jóvenes que hablaban de la guerra o parejas que coqueteaban bajo la supervisión de sus padres.

Candy yo nos habíamos en punto donde podíamos ver a todas las personas y yo sabía de lo que hablaban los jóvenes porque no eran muy discretos con sus gestos y comentarios.

—¿crees que venga? — preguntó una joven a su pareja no muy lejos de nosotras.

—lo dudo, deben ser rumores— respondió el joven sin darle mucha importancia al tema de la chica.

Hasta ese momento la gente parecía no recordar o no saber la situación de Susana…

Las luces del teatro se apagaron, todas las personas ocupábamos ya nuestros lugares. Candy estaba diez filas delante de mí, estaba sentada entre dos matrimonios viejos que no charlaban entre sí. Yo podía verla, pero me era imposible escuchar lo que decían las personas a su alrededor.

Una familia se sentó a mi lado y no paró de hablar hasta que el telón se abrió y dio inicio la primera escena.

Tras la sentencia del príncipe iniciaba el diálogo entre los Montesco. Benvolio y Montesco dialogaban, posteriormente Romeo aparecía y el público no pudo evitar aplaudir al ver a Terry en escena. Candy se removió en su asiento al verlo.

Karen Claise apareció en escena y el teatro también se llenó de aplausos y también de cuchicheos de los palcos. Levanté la vista hacia esas personas. Eran mujeres que inmediatamente fueron reprendidas por sus acompañantes. En uno de los palcos identifiqué a la encantadora familia Leagan. Eliza y la madre miraban en dirección al escenario y también a la gente, mientras que Neil observaba sólo el escenario.

Que los Leagan ocuparan un palco podía ser un problema, pues tenían un mayor campo de visión y estaba segura que si veían a Candy iban a hacer una escena como la de la entrada, así que tenía que pensar en algo evitar que ese trio cometiera un error perjudicial para mi futuro.

Mi vista oscilaba entre Candy, el escenario, los Leagan y los comentarios del resto de la gente. Ser guardaespaldas era un trabajo difícil.

El primer acto terminó y el teatro se llenó de aplausos. Todos los actores habían hecho un gran trabajo. La tensión que yo sabía que existía entre Charles y Terry no estaba en el escenario. Ambos representaban bien sus papeles de primos.

La gente comenzó a salir al corredor para tomar un descanso y comentar el primer acto. Esperé a Candy para salir juntas. Se acercó a mí con una enorme sonrisa, estaba entusiasmada.

—¿quieres algo de tomar? — pregunté cuando cruzábamos hacia el gran corredor.

—sí, pero espera aquí, yo iré— dijo señalando un par de sillas que unas mujeres habían desocupado. — ¿qué te traigo? — me preguntó una vez que estuve sentada.

—lo mismo que tú pidas— contesté nerviosa por dejarla sola.

—ahora vuelvo— sonrió y dio media vuelta para dirigirse hacia la barra donde algunos hombres le abrieron paso. Seguí a Candy con la mirada y en más de una ocasión quise alcanzarla con cualquier pretexto, pero si lo hacía ella iba a notar que algo pasaba y entonces, nuestro frágil plan se echaría abajo.

Aparté la mirada de Candy al escuchar una voz aguda en extremo que se quejaba del tocador.

—¡es horrible! — exclamó Elisa— ¡no puedo creer que haya gente tan incompetente! — su interlocutor era su madre, quien moviendo el abanico con elegancia escuchaba los quejidos de su hija— ¡esa tonta mujer me salpicó agua en la cara! Cuando hable con Terry me voy a quejar— dijo quitándole a su madre la copa que sostenía con la otra mano.

—Eliza, compórtate— dijo su madre entre dientes. Yo la tenía a unos tres metros de distancia, pero les daba la espalda y por eso no me veían, pero yo las escuchaba claramente y podía verlas si giraba un poco la cabeza, pero no podía ser tan obvia.

—iré con Neil, porque estás de un humor insoportable— la pelirroja le devolvió la copa a su madre y la dejó parada ahí, en medio de la gente.

No pasó más de un minuto, cuando un par de mujeres se acercaron a la señora Leagan y con gran familiaridad comenzaron a charlar. Las dos mujeres la invitaron a que se les uniera, junto con "sus adorables hijos" dijo una de ellas, a una recepción al término de la obra.

—estaré encantada y mis hijos también— aceptó la mujer y tuve que reconocer que sí era una persona de la alta sociedad.

—mientras comienza el siguiente acto acompáñanos con una copa, mi marido está allá fumando un cigarrillo.

Las tres mujeres comenzaron a caminar y las seguí con la mirada unos cuantos pasos hasta que vi que algo había caído al suelo y, movida por la curiosidad, me levanté de mi asiento y fui a ver qué había tirado la señora Leagan. ¡Bendita suerte! Eran sus boletos de entrada. Me detuve junto a los papeles tirados en el suelo y discretamente los recogí.

¿qué se suponía que debía hacer? ¿regresárselos? ¿volver a hablar con alguno de esos tres seres insoportables? ¿tirar los boletos a la basura? Tal vez la última opción era la mejor. A mí no me servirían de nada sus entradas y a ellos tampoco, pues una vez adentro era evidente que todos habían pagado y entregado sus boletos. Era imposible que alguien se hubiera colado a la obra. A menos que…

—Claire— la voz de Candy me hizo voltear a verla— te perdí por un segundo— dijo mientras me tendía una copa— es ponche, la verdad es que no suelo tomar y no sabía si tú lo hacías.

—es perfecto— acepté la copa y le di un sorbo. Me gustó el sabor— tampoco tomo mucho— dije— me levanté porque tenía las piernas entumecidas por estar tanto tiempo sentada, pero si quieres buscamos un lugar para sentarnos.

—estoy bien así— me interrumpió— tampoco quiero sentarme.

Los minutos que siguieron los dedicamos a hablar de la obra, como el resto de los asistentes. Candy no podía disimular su emoción y admiración por Terry y también por los otros actores. Me dijo qué escenas le habían gustado más y cómo las imaginaba ella cuando leía la obra. Al parecer también era una aficionada de Shakespeare y era claro que Terry la había influenciado.

—dentro de poco iniciará el segundo acto, será mejor que entremos— me dijo tan pronto como nos terminamos el ponche y un trabajador del teatro retiraba nuestras copas.

—te alcanzo en un minuto— dije cuando estábamos a punto de entrar.

Vi que Candy avanzaba hacia su lugar tranquila y sin ningún inconveniente. me quedé afuera, viendo cómo se comportaba la gran sociedad neoyorquina y buscando a uno de los tres Leagan. A la primera que localicé fue a la madre de los muchachos, seguía conversando con aquellas dos mujeres y con un par de hombres más, sin duda los maridos de cada una. A Eliza y Neil no los vi por ningún lado, pero no importaba.

Caminé hacia la puerta del teatro donde el hombre que recibía los boletos horas antes observaba a la concurrencia con una disciplina militar, pues no se distraía con nada y su mirada viajaba de un extremo al otro del teatro.

—disculpe…— dije cuando estuve frente al hombre que, a decir verdad, no tenía un rostro muy amigable— ¿me permite hablar con usted un minuto? — pregunté sacando dotes de actriz que tal vez había heredado de Terry.

—dígame— respondió el hombre, pero no se movió de su lugar y posó su mirada en mí.

—no sé cómo decir esto sin armar un escándalo o sin cometer una torpeza— comencé a jugar con mis manos como si estuviera sumamente nerviosa.

—¿tiene alguna queja? — preguntó el hombre irguiéndose todavía más.

—no, no es una queja, es solo que…— bajé la mirada. ¡Dios! En verdad era una mala persona— es que creo que alguien se ha colado a la obra.

—eso es imposible, señorita, se lo aseguro. — dijo con voz seria. — nuestra seguridad es incorruptible.

—no lo dudo, pero tampoco dudo que haya personas hábiles, capaces de distraer a los demás y colarse al teatro y no sólo una persona, sino tres.

—¡tres! — exclamó— ¡imposible! ¿cómo pudo pasar?

—la gente es hábil— dije encogiéndome de hombros— y créame que no hubiera dicho nada, pero al observar a las personas no me ha quedado otro remedio que acudir a alguien, a usted.

—dígame a quién y qué fue lo que vio. — el hombre me lanzó una fuerte mirada, de esas que matan.

—verá, cuando entré lo hice seguida de tres personas, una señora con dos muchachos. Se comportaban extraño, cuchicheaban y se alejaban kilométricamente de todo aquel que pasara a su lado. Sé que mucha gente se comporta así, pues hoy no asiste cualquier círculo social, pero ellos actuaban muy extraño. Cuando debían entregar sus boletos, no a usted, sino a otro de los tres hombres encargados, no sé de qué mañas se valieron y…le juro que no vi que entregaran sus boletos, ninguno de los tres lo hizo. Cuando yo tomaba mi lugar volví a verlos y recorrieron dos o tres palcos, creo que buscaban uno que estuviera vacío.

El hombre miraba a la gente y volvía la vista hacia mí. Yo estaba arriesgando demasiado, seguramente no iba a creerme, pero ya había comenzado.

—si me dice quiénes son esas personas puedo verificar lo que me cuenta.

—¡no irá a hacer público lo que le dije! No quiero armar un escándalo.

—tranquilícese señorita; no sería la primera vez que algo así ocurre. — ¿no que su seguridad era incorruptible? Pensé— señale a esas personas y después aléjese un poco.

—¿no les dirá que yo los señalé? No quiero meterme en problemas con gente así.

—sólo señálelos— repitió el hombre aligerando su semblante, pues yo estaba sumamente nerviosa.

—la señora es esa— señalé a la señora Leagan que ya se despedía de sus amigos y parecía estar sola.

—¿y los otros dos? — preguntó.

—no los veo…espere— Eliza y Neil entraban en escena— ellos dos…sí…la joven pelirroja y el muchacho que la lleva del brazo.

—bien, les pediré sus boletos y si no los presentan los sacaremos del teatro— dijo haciendo una seña a otro trabajador del teatro para que se acercara.

—¿será discreto? — pregunté con un verdadero nudo en el estómago.

El hombre asintió y comenzó a caminar hacia la señora Leagan junto con el otro personaje al que había hecho señas.

Crucé los dedos y di tres pasos hacia atrás. Los dos ya estaban al frente a la familia Leagan y le pedían sus boletos. La madre de aquellos dos manoteó y seguramente insultó, pero al mismo tiempo buscaba en su pequeña bolsa sus boletos. Buscó, buscó y buscó y después puso a sus hijos a registrarse los bolsillos. Los boletos no estaban, yo los tenía en mi bolsa.

Los tres Leagan fueron guiados hasta la puerta del teatro, la cual yo abandoné para que no me vieran al salir. Estaban furiosos, la madre apretaba la mandíbula, la hija volteaba a ver a las demás personas y el muchacho sólo miraba la puerta.

¡Tomen eso! Pensé queriendo saltar de alegría, pero me contuve.

—tenía razón— me dijo el encargado cuando el problema se resolvió. — ninguno traía boleto.

—¿y aceptaron salirse así, tan rápido?

—ya no había manera de evitarlo. No tenían boletos y no supieron explicar cómo habían entrado. — asentí con la cabeza, quería reír, pero no podía hacerlo— le agradezco que haya hablado. Hoy ha querido entrar mucha gente gracias a ese maldito rumor de que el gobernador iba a venir.

—¡ah sí! Algo escuché sobre eso— dije— ¡vaya imaginación de quien sea que lo haya inventado!

—¡un loco! — exclamó el hombre— o un reportero, tal vez. Pero, será mejor que vuelva a su asiento, la función esta por reiniciar.

—claro, claro— comencé a caminar y vi un enorme reloj que colgaba de una pared— ¿sabe por qué ha durado tanto el intermedio? — pregunté al notar que la obra llevaba varios minutos de retraso.

—no sé qué es lo que sucede tras bambalinas, señorita— me respondió volviendo a su actitud de soldado.

—entiendo— asentí con la cabeza— volveré a mi lugar. Gracias.

Cuando entré para tomar mi lugar, Candy miraba hacia mi lugar. La saludé con la mano y ella hizo lo mismo. No había nadie en su fila, los matrimonios que habían estado a su lado durante el primer acto aún no entraban y las filas posteriores aún no se llenaban y las pocas bancas que estaban ocupadas eran por personas mayores.

Avancé hasta su lugar y me senté a su lado.

—cuando entren las personas que se sientan aquí me quitaré— dije al ver a Candy negando con la cabeza. — no soy una maleducada.

—ya sé que no— dijo ella— ¿has escuchado lo que dicen allá afuera? — me preguntó quitándome mi tranquilidad. Sentí cómo mi rostro perdía color.

—¿sobre qué?

—decían que el gobernador vino o que vendría, no entendí muy bien. ¿te imaginas? Incluso un político se interesa por el trabajo de Terry, supongo que eso es bueno para su carrera.

Respiré aliviada sólo por unos segundos.

—también escuché algo sobre Susana— bajó la mirada— unas señoras decían que era una pena que ella no estuviera representando a Julieta. — miré a Candy sin decir nada— Susana es una actriz, de la misma compañía y se suponía que ella era Julieta, pero no sé por qué la cambiaron por Karen— me explicó al suponer que yo no sabía quién era Susana.

—tal vez debas preguntarle a Terry, él debe saber.

—sí, él me dirá, aunque…algo le pasa— comenzó a jugar con los bordes de la manga de su vestido— ayer estuvo extraño. A veces estaba alegre y se parecía al muchacho bromista e insoportable de siempre y… de pronto cambiaba; se ponía serio y parecía estar en otro lado. — habló sin mirarme a la cara, parecía que lo que decía era sólo para ella— quise preguntarle qué le ocurría, pero no sé por qué no lo hice.

—¿señorita Candy? — una voz masculina me sorprendió por detrás. Un chico de unos catorce años jugueteaba con un papel entre sus manos.

—sí…

—Terry Grandchester le envía esto— le tendió el papel y Candy lo tomó rápidamente.

—gracias— el chico se retiró al tiempo que Candy abría la nota. Sus ojos se deslizaron rápidamente sobre las pocas líneas escritas— ¡vaya! — exclamó y me dio la nota.

Candy:

Al término de la obra vayan a la parte trasera del escenario. Den sus nombres y las dejarán pasar, si no es así, vuelvan a sus asientos y espérenme.

Terry

Le devolví el papel en silencio y ella la guardó en su bolso.

—me preguntaba cómo iba a poder verlo pues no me lo dijo ayer.

—al parecer pensó en todo— dije levantándome de mi lugar porque habían llegado ya los ocupantes de esas sillas.

—estaré atrás— dije a Candy.

La segunda parte de la obra, tal vez la más emocionante, pasó muy rápido, o al menos así la recuerdo. La hora de la verdad se acercaba y yo estaba tan nerviosa como en mi primer día de trabajo. Las manos me sudaban y no podía poner atención a lo que ocurría en el escenario.

Duelos, veneno, lágrimas, muerte y tragedia eran representados por un grupo de personas a quienes ya había visto días atrás y al término de la obra fueron recompensados con los aplausos de todo el público.

Algunas mujeres, con lágrimas en los ojos se levantaban y aplaudían tan fuerte que en cualquier momento les arderían las palmas. Los hombres también se pusieron de pie y elogiaron al elenco. Los más jóvenes no dudaban en gritar ¡Bravo! Cuando todo el elenco, en fila, hacía reverencias para agradecer.

Diez minutos duraron los aplausos y poco a poco el teatro comenzó a vaciarse. Muchas personas buscaron la manera de ir a camerinos para conseguir un autógrafo de los actores por lo que a Candy y a mí nos fue difícil alcanzar a Terry.

—¡esto es imposible! — grité exasperada al recibir por tercera vez un empujón de una joven que casi lloraba para lograr entrar.