Disclaimer: Nada de aquí me pertenece, todo es propiedad de Suzanne Collins.
He tardado tanto en actualizar esto que creo que terminaré para tu cumpleaños del otro año.
Fergalicious
Peeta había cumplido su promesa de visitar al día siguiente. Esa promesa la volvió a hacer la segunda vez que la visitó. Y así cada ocasión que fuera.
Nunca imaginó convertirse en amigo de Katniss, porque él la consideraba ya uno aunque solo podía permitirse ir los fines de semana. La escuela y sus ahorros también le pedían atención.
— Entonces... — dijo Finnick, sentándose a su lado—. ¿Cuándo podemos conocerla?
Las mejillas de Peeta se colorearon de rojo —. No sé a quién te refieres.
— Vamos, — le animó Darius, arqueando las cejas —. Si regresas siempre por más debe ser por algo.
— Yo no he regresado — cerró su cuaderno.
— Te hemos seguido desde hace un par de semanas — Peeta palideció —. Estás en ese club puntualmente de viernes a domingo a las siete de la noche. Compras una hora con Dyllan y sales con esa sonrisa de estúpido a las ocho con quince.
— No eres un ninja como pensabas — le dijo Finnick.
— No logro imaginar lo que esa chica te hace allá dentro. Probablemente no has contado nada por algún contrato de privacidad o yo que sé, ya sabes, para no arruinar las sorpresas — Peeta se removió incómodo en su asiento.
Tal vez si hubiera una oportunidad de escapar la usaría sin dudar. No le molestaban las burlas por ser tan "santo", ellos no entenderían el vínculo especial que había formado con Katniss. Lo fascinante no era el sexo (que no tenían), era ella. Todo era acerca de Katniss Everdeen.
— ¿Lo ves, Finnick? — Darius lo señaló—. Siempre hace esa mirada de borreguito a medio morir. Necesitas decirnos las maravillas que esa chica hace.
Peeta negó con la cabeza frenéticamente—. Jamás.
— Tienes dos opciones. Sueltas un poco la lengua o me averiguo yo por mis medios.
— ¿Qué serían...?
— Comprar un boleto por su compañía.
Peeta saltó de un brinco—. No te atrevas a hacer algo como eso.
— ¿Y por qué no?
— Porque... porque... porque ella es mía.
— Oh, pequeño Peeta. No sabes nada sobre la vida — le miraba con pena—. Acostarte con una chica no significa que sean algo. Mucho menos si estás pagando por hacerlo.
— Yo...
— Te daré una semana. Tú sabes que haces.
OoO
— ¿Qué te pasa hoy? Luces apagado — Katniss lo estaba mirando a los ojos. Ese era su truco, algo que aprendió los primeros días. Podía saber cuando estaba mintiendo y a demás como hacerle hablar.
No sabía si amar u odiar esa habilidad—. No me pasa...
— No me pasa nada — lo imitó con voz molesta—. Pensé que nos contábamos todo.
— Lo hacemos, lo hacemos. Es solo que...
— Que...
— Un amigo, Darius, quiere conocerte.
— Sabes que no puedo interactuar con los clientes fuera — le reprendió.
— No me refiero a que salgamos. Él quiere venir a comprobar tus habilidades...
— Quiere sexo — frunció los labios —. Así que me estás consiguiendo más clientes.
— No, yo...
— Me has estado dado buenas referencias, ¿eh? — dijo juguetona.
— De hecho, el no haber hablado con nadie de lo que hacemos aquí es lo que les da curiosidad.
Katniss sonrió. Estaban tumbados boca arriba sobre la cama. Los pétalos de rosa comenzaban a molestarle. Estarlos oliendo cada fin de semana no es algo que le agrada mucho. Sin embargo, si estos vienen con la compañía de Katniss no le importaría tener que hacerlo toda su vida.
— ¿Cómo terminaste aquí? — preguntó ella, con voz ausente. Como si no se diera cuenta de lo que ha preguntado.
— Bueno, llegué al club, compré un boleto con la chica más hermosa de este lugar y terminé en su cama.
Katniss le dio un manotazo en el hombro.
— Me refiero a que, como un chico tan... tierno puede terminar en una habitación con una bailarina. No te ves del tipo de persona que frecuenta estos lugares y por la forma en la que me diste dinero la primera vez solo confirma mis sospechas.
— He sido criado para que la educación nunca me haga falta.
— Incluso si es en un Stripe Club.
— Incluso si es en un Stripe Club — giró su cabeza, sabía que tenía solo unos cuantos minutos más y no pensaba desperdiciarlos viendo al techo—. ¿Y tú cómo acabaste aquí?
Suspiró y su semblante cambio. Volteó su mirada para verlo a los ojos.
— Mis padres tuvieron un accidente automovilístico hace dos años. Mi madre no sobrevivió, murió inmediatamente. Mi padre corrió con más suerte, pero no tanta. Terminó en una silla de ruedas.
— Oh, Katniss. Lo siento tanto, de saber que era un tema tan delicado no habría preguntado.
— Está bien — entrelazó sus manos—. Necesito hablar con alguien de esto.
Cerró los ojos por un breve momento—. Tenía dieciséis años en ese entonces pero sabía lo suficiente para darme cuenta que el dinero se iría pronto y acabaríamos en la calle. Conseguí aquí el trabajo de pura suerte y como solo era bailar no tenía nada de malo.
—Entonces, ¿cómo...?
— No ganaba lo suficiente. Había que comprar medicamento para mi padre y si quiero que mi hermana menor vaya a la facultad de medicina un puesto de bailarina no va a poder pagarlo.
— Oh, Katniss... yo... — se sentía abrumado por tanta información—. No tenía ni idea. ¿Tu padre... tu padre lo sabe?
— Algo así — se encogió de hombros—. Sabe que trabajo en un club. Él piensa que soy mesera.
— ¿Qué hay de tu hermana?
— ¿Prim? Jamás podría tener el valor de decirle algo así. Se supone que soy su ejemplo a seguir.
Se escuchó el golpeteo en la puerta de la habitación que significaba que solo tenían cinco minutos antes de que su tiempo terminara.
Peeta comenzó a ponerse los zapatos. Hubiera querido haber comprado una hora extra pero no llevaba más dinero consigo.
— Antes de que te vayas — le detuvo ella—, tengo una pregunta que hacerte.
— ¿Qué pasó?
— ¿Tienes planes para el sábado? Podríamos ir a dar una vuelta o algo.
Peeta quedó paralizado. No era un secreto (por lo menos para él) que había querido invitarla a salir fuera de su trabajo desde la primera vez que la vio. Se partía la cabeza pensando en una forma de sacar el tema y no sonara tan desesperado por recibir una respuesta afirmativa.
— Pensé que no podías interactuar con los clientes fuera de este lugar.
— Y no puedo. Pero también se supone que tengo que acostarme contigo y no he logrado ni quitarte los zapatos.
Se rascó la cabeza—. No me gustaría causarte problemas.
— Además no eres un cliente, eres mi amigo.
Peeta sonrió. Por ahora, por lo menos se encontraban en la misma página.
— Si no quieres, lo entiendo.
— ¡No! Sí quiero, es solo que fue tan repentino y sacado de la nada. Creía que tú tal vez no estabas interesada.
— ¿Por qué no lo estaría? Eres el chico más adorable y lindo con el que he estado aquí. Sin mencionar mi mejor cliente.
Peeta se sonrojó.
— ¿Nos vemos en el café que está a la vuelta de la esquina?
— ¿A las cuatro?
— Es una cita — Katniss le sonrió y lo tomó de la mano para dirigirlo hacia la salida. Como tenía más clientes que atender no podía moverse de esa habitación.
Se detuvieron en el pomo de la puerta. Peeta observó como varias de las chicas también vestían de lencería les miraban extraño.
— No te preocupes por ellas — dijo Katniss—. Solo están celosas.
— ¿Sobre qué?
— La suerte que tengo de que seas mi cliente.
— No me consideraría afortunado ser envidiado.
— La mayoría de los hombres que nos visitan no son tan apuestos como tú.
A él no le gustaba que sus mejillas se tiñieran de rojo cada vez que le decía un alago. Era algo que no podía y evitar y como Katniss le había dicho, le parecía tierno.
— Y también les he platicado sobre como eres una bestia salvaje en la cama.
Sus mejillas enrojecían cada vez que miraba a uno de los empleados del club mientras se dirigía a la salida.
