La caricia de una sábana de invierno.
Las nubes aquella tarde parecían más oscuras, más…, cargadas. Una de muchas de aquellos tantos días, de aquellas largas noches que pasaba despierta sentada en su balcón mientras el frío del mármol recogía sus muslos y la enfriaban hasta los dedos de los pies. Pero a ella no le importaba pues se había vuelto impasible.
Los días pasaban sobre aquella cornisa, bajo aquellos cielos que lanzaban gargantas destinadas al olvido. Los gritos de los magos y las brujas cuyo rumbo era el exilio danzaban desmembrados con las almas revertidas en crueles fantasías. La piel sobre el hueso, el músculo bajo los mantos de la muerte.
Las nubes parecían más oscuras aquella tarde, más…, infames.
La muchacha torció el gesto bajo sus cortinas, meciéndose ellas en el aire, taciturno el día en el que abandonó a su cuerpo en el olvido, marchándose lejos con su mente. Y fue entonces cuando agarrándose a la roca exterior de la mansión que formaba la pared paralela al alféizar de su ventana, pudo darse cuenta del tiempo que había estado expuesta a las bajas temperaturas de un octubre traicionero. No fueron más que aquellas sombrías nubes lo que despertaron en ella el temor a una tormenta. Sus muslos, fatigados, adormecidos tanto por su propio peso –pues la joven tenía la mala costumbre de sentarse sobre sus piernas- como por los 15 grados que se alojaban en el exterior, no pudieron empuñar la orden que su amo les dictó. El pulso le bailó en cuanto notó cómo su cuerpo sobresalía sobre la cornisa desafiando al viento y a la gravedad. Fue entonces cuando recordó el significado de la palabra altura. Cuando le recorrió el cuerpo brindándole ese temerario escalofrío que la hizo presa del temor. Fue entonces cuando se planteó por qué había ella, tan grande que era su dormitorio, estado tanto tiempo atolondrada, abstraída sobre su ventana. Las manos fueron las únicas que parecieron otorgarle un poco más de memoria a sus músculos y así lograr agarrarse, aferrarse a su ventana. La miró, la observó como si fuese aquella la última, como si ésta estuviese mofándose en sus narices, como si estuviese besándole un: "Te lo advertí…" Como si tan solo estuviese…, otorgándole unos últimos minutos, como si en cualquier momento fuese a soltarle las manos.
En todo aquel silencio que se formó en su entorno causante su cabeza, le dio tiempo a escuchar los gritos de su alma, los sollozos de su corazón rogándole clemencia. Un último suspiro antes de cerrar los ojos y rogarle al cielo desvanecerse antes del impacto. Estaba a punto de rendirse, de hecho, soltó ya uno de sus dedos, despegándolos del frío mármol. El resto de sus dedos tembló violentamente, pudo sentir los tendones de su muñeca engarrotándose bajo su piel. Aguantó hasta que un latigazo atestó contra su espalda, pero no venía de su nuca sino del cielo. Alzó la vista hacia su ventana y fue entonces cuando su corazón se detuvo. Sus ojos abiertos como platos con tal de comprobar que aquello que estaba viendo era real, y no una fantasía cruel y despiadada que su mente había creado para llevarla al vacío. Un huesudo rostro, alargado y demacrado del que sólo podían distinguirse dos diminutas cuencas brillantes y relucientes asomaba por su ventana. Sus manos, de dedos alargados, o mejor dicho huesos, pues no era humano aquello que se hallaba sobre su cabeza, se estiraron sobre el alabastro cual tarántula, con el mismo tintineo, con la misma parsimonia, a punto de posarse sobre las de ella. Se fijó en sus manos y solo pudo hacer que mirarlas mientras el corazón se le disparaba hasta la garganta, taponándole los oídos, ensordeciéndola. Aquella calavera sin expresión alguna cubierta por una fina túnica azabache parecía estar disfrutando de aquella escena. En el momento en el que sus huesudos dedos se posaron sobre los de ella pudo sentir un picotazo en su interior, como el aguijón del escorpión más venenoso en un desierto desolado. Pudo notar como si aquel simple roce, aquella proximidad estuviesen arrebatándole segundos de su vida. Sus ojos se entrecerraban poco a poco, su boca se iba abriendo, despacio, brindándole su alma. Sus dedos como pinzas afiladas se aferraron a sus manos, arrancándole aquel último aliento de vida. Justo antes de que sus manos decidieran que era el momento de dejarse llevar hacia el descenso. Todo sucedió despacio, a su alrededor podían distinguirse las motas del ambiente flotando sobre ella, hasta que su mirada decidió apagarse.
Una parte de ella, no supo si real o envuelta en sueño pudo sentir repentinamente un calor que poco a poco se iba aproximando hacia ella. ¿Serían las llamas del infierno?
No…, no podían ser llamas, era un calor agradable y un olor familiar. La madera quemándose, el olor a cigarro, a aquel perfume. Era él.
Abrió los ojos y se reincorporó toscamente, exhalando por un momento todo el aire de ese cuarto, quedándose sin respiración, tosiendo después rápidamente.
Su hermano se levantó del sillón aterciopelado, casi brincando, sobresaltado a pesar de que en todo momento había tenido a su hermana en el punto de mira. Esperó sin decir nada a que ésta se recuperara, en silencio. Ella sin embargo parecía estar desorientada. Miraba de un lado a otro con gesto perturbado, ansiosa con el pecho subiéndole y bajándole. Aún con la vista cansada y viendo a su alrededor todo borroso pudo ver cómo una figura se acercaba a ella rápidamente, quiso levantarse, pero una tosca y ardiente mano se le adelantó, sentándole de nuevo en la silla.
Se llevó la mano al rostro palpitante por el golpe, con la boca abierta y la frente arrugada, alzó la vista intentando enfocar qué era aquello que tenía en frente.
—¿En qué estabas pensando? —inquirió irritada la voz de su hermano.
—¿Qué? ¿De qué demonios me hablas? —contestó ella, balbuceando, temblando a punto de explotar. La mano le bailaba sobre la mejilla, los labios le tiritaban a pesar del calor que desprendían las llamas de la chimenea.
—¿¡Qué demonios hacías colgada en tu ventana!? ¿¡Es que quieres matarte!?
—¡Deja de gritarme! ¡Ni siquiera sabes qué ha pasado!
—¡Por eso mismo te estoy preguntando!
—¡No! ¡No me estás preguntando, me estás gritando!
La mano corpulenta de su hermano volvió a impactar firmemente contra su rostro en el lado contrario, girándole la cara. Susan se quedó quieta, rezando para que aquella lágrima que notaba en su mirada no se envalentase a resbalar por su mejilla. Al final del pasillo, justo a la entrada del recibidor se escucharon unos pasos acercarse.
—¿Qué son esos gritos? —la voz cantarina y desafinada de Bellatrix interrumpió la discusión.
—Ahora no, vete.
Pero ella entró con el morro torcido sin despegar la mirada del sillón en el que estaba sentada Susan. Su cuerpo contoneándose como si acabase de terminarse ella sola una botella de Whisky de Fuego se aproximó hasta ella, curiosa y ya con una sonrisa burlona asomándole en las comisuras.
—Bella, he dicho que te vayas —repitió la voz de Rodolphus, severo. Mirándola con la cabeza gacha y el ceño fruncido, con la mitad del iris bajo el párpado, reprimiendo su mal carácter.
—¿Qué has hecho? —le preguntó, más divertida que preocupada.
Rodolphus bufó exasperado y sacó la varita. Bellatrix frunció el ceño y arrugó los labios haciendo rápidamente el mismo gesto que él, enfrentándole. Alzó el mentón y puso morritos, ofendida. Aunque rápidamente cambió de expresión. Aguzó los ojos varita en mano y se relamió los labios, entreabiertos—. ¿Quieres jugar? —preguntó, alzando la ceja. Y antes de que su marido pudiese responder, su varita ya había despedido un rayo verde. La varita de Rodolphus se defendió desprendiendo un relámpago rojo, seguido de uno naranja y otro azul. La habitación pronto se iluminó de un color verdoso intenso. Se estaban intentando matar el uno al otro como si eso fuese un juego, como si aquel hechizo fuese un simple Desmaius. La muchacha, aun intentando recuperar cordura miró a un lado y a otro de la habitación que parecía estar empezando a enfocarse, aunque aquellas luces le cegasen.
—¡Crucio! —gritó la desquiciada voz de Bellatrix contra su hermano. Impactándole en las costillas. La varita de Rodolphus cayó al suelo en un ruido sordo de madera rebotando y él lo acompañó poco a poco, cayendo sobre sus rodillas, intentando soportar el dolor sin pronunciarlo gestualmente en su rostro. La garganta le tembló junto a sus músculos faciales.
—Expeliar-
Pero Bellatrix se le adelantó, y sin retirar el hechizo de su hermano la apuntó con su otra mano, alzándola por los aires, lo que pareció irritar y encolerizar a Rodolphus, que temblorosamente estiró su brazo para agarrar su varita. La sacudió en un segundo, firme y tosco y apuntó a su esposa que esquivó rápidamente el hechizo y fue a convertirse en un humo negro que recorrió la habitación tirando cada retrato, cada objeto y decorativo allí presente entre risas macabras y desquiciadas. Rompió el cristal y huyó bajo la tormenta. Y allí estaban ellos, o al menos Rodolphus pues era el único que parecía estar consciente. Se acercó al cuerpo de su hermana tendido sobre el suelo y se acuclilló a su lado, ceñudo. Se acercó lo suficiente a su rostro para que sus largos y castaños cabellos se meciesen con la respiración de su hermana. Proximidad que ella aprovechó para levantarse rápidamente y colocarse sobre él apuntándole con la varita en la mejilla, hundiéndola en su piel. Éste sonrió, orgulloso de su hermana pequeña, gesto que a ella pareció enfadarle así que no se planteó el oprimir con mayor fuerza la punta de la varita. Ambos se quedaron quietos, desafiantes el uno contra el otro, ambos eran rápidos, sigilosos, así que era complicado que uno de los dos ganase. Rodolphus hizo el intento de moverse, rápidamente para podérsela quitar de encima, pero Susan fue más rápida.
—¡Petrificus Totalus! —el corazón se le aceleró expectante, deseoso de que aquel hechizo hubiese surtido efecto. Aún tenía el poder, aún estaba sobre el regazo de su hermano desprovisto de varita y de defensa pues ahora estaba inmóvil bajo su hechizo, y bajo su cuerpo—. ¿Ahora qué, hermanito?... —sonrió de medio lado, arqueando la ceja—. Podría devolverte todas y cada una de las bofetadas que me has dado a lo largo de mi vida… ¿Pero sabes qué? No lo haré, porque yo no soy como tú, jamás lo seré… —susurró—. Ni quiero serlo —pronunció con hastío, apretando los dientes. Bajó la varita hasta su garganta y la hundió de nuevo en su piel, apretándole—. Has estado toda la vida diciéndome qué era lo que tenía que hacer, golpeándome noche sí noche también por una u otra razón y jamás pareciste estar arrepentido… ¿Por qué debería yo arrepentirme siquiera de pensar en hacerte daño? En… —tragó saliva pues la voz empezó a temblarle—, devolverte todos y cada uno de esos puñetazos, de esos golpes que tan poco te importaba darme… —golpeó su pecho—. Y yo, sin embargo, preocupándome por ti, deseando verte cuando pasaba tiempo alejada de ti —respiró, moqueando. Se limpió las lágrimas y sonrió con sarcasmo—. Ni siquiera sé por qué estoy llorando, no te lo mereces. No mereces nada —enfatizó en la última palabra y negó con la cabeza, mordiéndose el labio. Soltó la varita y se remangó la manga de la camisa verde de cuadros, acercando la mano a la garganta de su hermano, apretó su mandíbula con sus dedos, sin atreverse por supuesto a apretar su garganta. Lo realmente curioso de todo aquello, era que Rodolphus ni siquiera había sido rozado por el hechizo, estaba fingiendo simplemente para ponerla a prueba, para ver de qué era capaz.
Susan se medio tumbó sobre él para acercarse a su oído. Y justo cuando estaba a punto de abrir la boca para hablar, la mano de Rodolphus la agarró del pelo con fuerza, reincorporándose sobre el suelo, sentándose, agarrándola de la mandíbula con la otra mano que tenía libre. La soltó de la melena rápidamente para sujetarle ambas manos tras la espalda, sus manos eran lo suficiente grandes como para lograr sujetarle las dos sin que se le escurriesen.
—Todo eso es muy alentador, pero… ¿Dónde está tu gen Lestrange?... —preguntó burlón, mirándola de medio lado, apretándole tanto las mejillas que éstas empezaron a entumecerse y a punzarle por sus propios dientes, contra los que estaba embistiendo.
—Sultm —intentó decir, aunque lo único que logró fue balbucear.
—¿Cómo dices? Perdona, hermanita, no entiendo lo que dices… Tal vez necesites…, un poco de ayuda… —en aquel momento los dedos de Rodolphus se apretaron contra el rostro de Susan, hundiéndose en sus mejillas, haciéndola sangrar. Ésta apretó los ojos y gritó, removiéndose para poder liberarse. Movió el cuello con fuerza intentando retirarse consiguiendo así que su hermano retirase su mano de las suyas y agarrase su pelo. En ese descuido ella aprovechó para golpearle el pecho y salir corriendo hacia la entrada de la mansión, pero por supuesto, no le dio tiempo. Volvió a agarrarla del brazo y esta vez la empujó contra la pared, acercándose rápidamente hasta ella, acorralándola. Susan giró la cara, colocando el lado derecho de su cara contra la pared, no quería mirarle.
—Estoy cansada de tus juegos…
—¿Juegos?... Así que te divierten.
No contestó.
—¿¡Te divierten!?¿¡Dilo! —parecía alborotado, a punto de explotar.
—¡Por el amor de Dios! ¡Déjalo ya! ¡Estás loco! ¡Ni siquiera sé qué diablos te pasa!
—¿Que qué me pasa? —preguntó, acercándose violentamente a ella, hasta pegar casi su rostro al suyo—. Que tengo una hermana idiota que se lanza por las ventanas, ¡eso me pasa!
—¡Yo no me he lanzado por ninguna ventana!
—¿¡Ah no!? ¡¿Entonces qué estabas haciendo cuando yo he llegado?! ¡Vas a decirme que estabas en tu cuarto tranquilamente como una persona normal?
—¡Ni siquiera me has dejado explicarte qué ha pasado!
—¡Porque no hace falta que me lo expliques!
—¡Entonces no me preguntes!
De nuevo aquella corpulenta mano contra su piel, enrojeciéndola, entumeciéndola, golpeándola. Esta vez no se dignó a controlar sus emociones, se rindió frente a él, llorando, demostrando lo que sentía, dejándose llevar.
—¿Por qué no me dejaste caer por esa maldita ventana?... —preguntó al aire, sin dirigirse directamente a él—. Te preocupas por mi vida, te enfureces cuando otros me hacen daño, y sin embargo todo mi cuerpo está cubierto por tus moratones… ¿Es eso normal? —le miró con los ojos vidriosos—. ¿Crees que eso sí es normal?
Rodolphus bajó la mirada.
—No, ¡mírame! —gritó ella—. Mírame… ¿Qué ves de normal en eso? ¿Es que acaso me quieres solo para ti? ¿Quieres que te conceda mi cuerpo para que puedas usarlo a tu antojo? ¿Para que puedas llenarlo de tus opresiones? ¿Quieres que me convierta en tu saco de boxeo personal? ¿Qué es lo que quieres? —le preguntó manteniéndole la mirada, seria, desafiante después de todo. Se miraron el uno al otro en un profundo silencio, como si Rodolphus estuviese pensando en la respuesta perfecta para todas aquellas preguntas—. ¿Qué es lo que quieres? Dime. ¿Qu-
Su boca se interpuso en sus palabras, acallándola salvajemente contra sus labios. Susan intentó retirarse más por sentido común que por desearlo, pero él no la dejó retirarse ni un segundo. Agarró sus manos con fuerza y las apretó contra la pared. Ella por orgullo le hizo frente, removiéndose, apartándole con toda la fuerza que pudo reunir su cuerpo. Se miraron de nuevo interminables segundos de miradas penetrantes, animales, hasta que sus bocas volvieron a encontrarse en un fugaz suspiro, jadeo, y después gemido. Aquel beso que tan intenso y feroz había comenzado, empezó a tornarse lento y sucio, demasiado pernicioso.
—Para, para… ¿Qué estamos haciendo? —susurró temblorosa, retirándose de sus labios, atolondrada—. No, esto no está bien, no es… —le miró, fijamente a los ojos y sintió vergüenza de sí misma.
—Eh… —replicó él por primera vez en un tono suave.
—¡No! ¡Para! ¿Qué haces? ¿Qué estamos haciendo?
Volvió a agarrarla esta vez del cuello y alzó su barbilla, mordiéndole con fuerza, hasta hacerle daño. Ésta golpeó su hombro con el puño cerrado, haciéndose daño al impactar contra el hueso. Rodaron por la pared, colocándose ella frente a él, devolviéndole el mordisco con mucha más fuerza. Él jadeó, sonriendo con perversidad y volvió a agarrarle el cuello con fuerza, asfixiándola. Susan intentó respirar desesperadamente, aunque no parecía angustiada sino más bien divertida, pues la misma risa que hubo antaño reflejada en el rostro de su hermano ahora estaba en el suyo. Él la afianzó de las caderas y la colocó sobre sus caderas, ella por sí sola entrelazó las piernas, sujeta a su nuca.
¿En qué cabeza cabía que dos hermanos, pudiesen llegar a atraerse de esa forma?... Tal vez la razón era simple y llanamente que Susan jamás tuvo una relación directa y familiar con Rodolphus, no fue sino hasta la pubertad que ella y él se volvieron a encontrar después de tantos años, era ese el motivo que ella se recordaba una y otra vez, cada vez que pasaba algo así entre ellos.
Las manos de Susan bajaron hasta el torso de su hermano, apretándole, agarrándole la piel con fuerza, bajando hasta sus pantalones, desabrochando el cinturón. Justo cuando se oyó la puerta, tres simples toques que hicieron que ambos entrasen en pánico. Susan se soltó al unísono y empezó a abrocharse la camisa botón a botón sin que ninguno encajara. Rodolphus hizo lo mismo, avanzando hacia la puerta con el cinturón a medio abrochar. Abrió mientras Susan se escondía tras la pared de la esquina terminando de "abrocharse" como medianamente pudo la camisa.
—¿Te encuentro…, ocupado? —preguntó la voz de Snape tras la puerta.
Susan quiso morir en ese instante. Los ojos se le abrieron como platos y el corazón le bombeó tan rápido que incluso empezó a marearse. Frunció el ceño y torpemente terminó de abrocharse la camisa, quedándole más larga de un extremo que de otro y se detuvo a escuchar la conversación.
—No, Severus, estaba a punto de salir hacia el Caldero Chorreante. Tenía que hacer unos recados y de paso acercarme al Callejón Knockturn.
—Entones no te importará que pase…
—En absoluto que no me importaría —dijo, cambiando rápidamente de tono—. Si no estuviese a punto de marcharme, claro. Como ya te he dicho tengo cosas que hacer.
—Es…, urgente.
—¿Es sobre el Señor Tenebroso?
—Si el Señor Tenebroso tuviese algo que decirte no me enviaría a mí como recadero… Es sobre tu…, hermana. La señorita Lestrange.
Susan tragó saliva y cerró los ojos fuertemente.
—¿Mi hermana?
—Así es, lleva un par de días…, infringiendo un par de normas indispensables…
—No tenía ni idea —respondió mirando hacia el interior de la mansión, con un tono de voz molesto, dirigido exclusivamente a ella. ¿Está aquí? —preguntó Snape.
—¿Debería estarlo? —respondió rápidamente él, devolviéndole la mirada.
Snape frunció los labios, entrecerrando los ojos.
—Me temo que no…. Espero por el bien de ambos que no estés encubriéndola…
—Sería lo último que haría. Pero daba por hecho que sois vosotros los profesores quien debéis aseguraros de que vuestros alumnos se encuentren en el colegio… Y espero por el bien del centro que eso sea así.
Severus arqueó una ceja.
—Porque sabéis dónde está mi hermana, ¿verdad? —preguntó despacio.
—He venido precisamente la señorita Lestrange lleva un tiempo escaqueándose de su clase de pociones. El profesor Slughorn me ha pedido que hable con…, su familia.
—Oh, ya… Slughorn. Tal vez sea porque su profesor de pociones preferido ha dejado de dar pociones —soltó como castigo para su hermana, que se puso roja como un tomate en cuanto escuchó aquello. Apretó los ojos, los puños y los dientes.
—¿Profesor…, preferido?
—Así es. Pensaba que ya estaba al tanto de sus…- —el estruendo de un jarrón cayendo detuvo aquella innecesaria confesión. Snape dirijo la mirada hacia el interior de la casa.
—Esos malditos elfos… No aprenden a controlar sus sucias manos. Me temo que tendré que recordarles cuáles son las normas de esta casa… —amenazó, no a los elfos, sino indirectamente a su hermana.
—Elfos… —musitó Snape, cuestionándole la realidad.
—Me pondré en contacto con el profesor Slughorn en cuanto tenga tiempo.
—Me gustaría que pudiéramos tratar el tema lo antes posible, siendo el director de la casa y por lo tanto el de la señorita Lestrange debo asegurarme de que todos mis alumnos cumplan las normas. No me gustaría saber que su familia directa se lava las manos en este asunto.
—Por supuesto que no, podemos…, tratarlo ahora. Si de verdad es tan –
La puerta se cerró y fue cuando Susan pudo respirar de nuevo, como si hubiese estado siglos sin hacerlo. Se llevó la mano a la frente y se dejó caer sobre la moqueta, dándole vueltas a todo lo que acababa de suceder, con la voz de Snape surcándole la mente, invadiéndola como si de algún modo estuviese dentro de ella.
