Su angustia personal.
Tras aquella puerta las mazmorras adquirían otra tonalidad, cuando aquella puerta se volvía viva, se tornaba presente pues allí siempre estaba, pero no siempre se tenía en cuenta. Al menos así era para el resto de alumnos, pero no para ella. Susan pasaba más tiempo observando aquella puerta que en el resto del castillo. Muchas veces la miraba como musa a su imaginación, otras muchas intentando reunir la valentía para entrar y hablar con él, y muchas otras, como era aquella la ocasión, para recibir castigos.
—¿¡Cómo diablos se le ocurre!? ¡¿En qué estaba pensando?!
—Le aseguro que no tenía ni idea de que esto sucedería…
—¿No tenía ni idea? ¿Que no tenía ni idea?
El rosto de Snape parecía desolado, a punto del desborde. Como si su vida pendiese de un hilo por culpa de que ella hubiera salido del castillo. Si bien es cierto que no era una la vez única que decidió esfumarse, escabullirse de Hogwarts para ver a su hermano o bien para molestar a Malfoy. Esto parecía atormentar por alguna extraña razón al director de su casa, razón la cual Susan no atinaba a comprender.
—Supuse que no sería la única en hacerlo. ¿Por qué iban a darse cuenta?
Snape golpeó la mesa con el puño haciendo vibrar los frascos de pociones que había sobre ésta. El ceño, y todo su rostro en general estaba arrugado de pura rabia, impotencia y por qué no, un resquicio de temor en sus pálidas mejillas, en su mirada oscura y abatida. Susan se estremeció, cerrando los ojos y tomando aire durante un segundo.
—Yo…, lo sé todo. Conozco todos sus movimientos, cada paso, cada…, dirección que usted toma está bajo mi supervisión. Sé cada sitio que ha pisado estos últimos días. Al igual que sé que estuvo en la mansión Lestrange ayer cuando visité a su hermano. Así que no intente…, mentirme.
—No le he mentido en ningún momento —tragó saliva.
—¿Qué hacía a las cinco de la tarde en el Callejón Knockturn? —preguntó severo.
Susan se quedó sin palabras, repasó mentalmente mil excusas que podrían serle útiles, pero en aquellas circunstancias era imposible acertar con la adecuada. Snape sonrió con fastidio—. Me lo imaginaba…
—¿Qué quiere que le diga? ¿Qué fui allí para ir a Borgin y Burkes?
—Si eso es lo que hizo.
—Sí, es lo que hice.
Ahora era Snape quien se había quedado sin palabras. No podía encontrar respuesta al comportamiento de aquella alumna, al simple hecho de enfrentarse a él, de reconocer aquello que podría poner en peligro tanto su estancia en el colegio como su vida.
—Me parece que no es usted prudente con los acontecimientos que se pueden desencadenar por sus insufribles e ingenuos caprichos.
—¿Acaso soy la única que sale del castillo? ¡Por el amor de Dios! Sé que está prohibido, y todos ellos lo saben, pero a mí es a la única a la que se le culpa. ¿Por qué? —enfatizó, mirándole fijamente.
Snape no contestó con palabras, sino que se limitó a deslizar la mirada hacia el brazo de la muchacha cubierto por la manga de su túnica. Ésta retiró rápidamente el brazo como si pudiese ver bajo esas oscuras telas. Snape alzó hacia ella la mirada y frunció los labios.
—¿Qué tiene él que ver en esto?
—No sea necia.
—¡Pues explíquemelo!
—Baje…, la voz.
—Me angustia todo este silencio, todo este secretismo. ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué es tan importante que me quede aquí?
—Parece ser que no comprende que las normas establecidas están para cumplirse, Lestrange.
—Lo entiendo, pero no soy la única que las quebranta. Ahora; por qué yo debo acatarlas indispensablemente.
—Los demás alumnos no son como usted.
El corazón se le derritió en aquel instante y sin saber por qué se sintió culpable con lo sucedido la anterior noche con su hermano, como si de algún modo u otro le hubiese sido infiel, como si en algún momento se hubiesen jurado una promesa. Bajó la mirada sonrojada.
—No sea ridícula, no es algo por lo que deba sentirse especial.
—Necesito saber qué es lo que me pone en peligro.
—Si la descubren, si la interrogan o siquiera si la examinan en busca de pruebas y más aún si la atrapan en Borgin y Burkes, y destapan sus secretos… —volvió a mirar su brazo—. Perdemos todos.
—Iré con cuidado —dijo a punto de girarse.
La muchacha seguía sin comprender absolutamente nada sobre lo que Snape estaba intentando decirle. Su paciencia raras veces se ponía en duda, pero con ella era imposible mantenerla encerrada bajo llave. No…, desde luego que no, con ella el cerrojo estallaba en mil pedazos y no había llave necesaria en aquel momento. Snape siseó aguzando la mirada, frunciendo el ceño y casi se abalanzó sobre ella.
—Si la descubro fuera del castillo…, si la descubro si quiera en los alrededores del castillo, le aseguro que todo lo que su hermano le haya contado sobre Azkaban se quedará en un mísero cuento de hadas en comparación con lo que yo la haré sentir.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de la joven por puro masoquismo, casi estaba deseando saber a qué se refería, qué era eso por lo que iba a sufrir—. Se lo advierto… He tenido paciencia con usted… La he consentido durante mucho tiempo, pero se acabó. No pienso encubrirla más en sus despropósitos.
Susan se dio media vuelta, agotada, indignada ante la situación y justo cuando estaba a punto de abrir la puerta las últimas palabras de Snape la hicieron explotar.
—Recapacite en sus decisiones.
Apretó el mango de la puerta de madera, oxidado, negruzco y se dio la vuelta violentamente, hacia él.
—¿Sobre qué debería recapacitar exactamente? ¿De qué decisiones me habla? —preguntó, agresiva.
—Váyase… —contestó, sentándose y agarrando la pluma, a punto de empezar a trazar líneas sobre un pergamino.
Susan apretó los puños con fuerza, intentando contenerse, pero todo a su alrededor empezó a vibrar, a temblar. Snape no levantó la vista del papel, pero sí que deslizó su mirada hacia la mesa, sin mover la cabeza ni un centímetro, comprobando cómo todo estaba empezando a tiritar. Finalmente uno de los frascos de tinta volcó manchándole el pergamino y parte de las manos. Se levantó rápidamente desconcertado buscando una varita que no estaba en las manos de la chica. ¿Cómo lo había hecho? Los hechizos sin varita eran realmente complicados, no eran muchos los que lograban hacerlo. ¿Pero había sido realmente un hechizo?... Todo continuó vibrando, removiéndose en la mesa, en las estanterías.
—Nada de esto ha sido parte de mis decisiones. Todo lo que hice estuvo en manos de otros —dejó claro, enfurecida—. Jamás se me ofreció la oportunidad de escoger, de optar por un camino u otro. Ahora las cosas han cambiado… Ahora puedo escoger por mí misma, y escojo ser libre —muchos de los frascos que antes se removieron ahora empezaban a estallar, uno tras otro. El rostro atónito de Snape, sus labios entreabiertos, su ceño fruncido. Nada de eso incitó a la chica a detenerse. Toda la habitación empezó a agitarse y lo único que lo detuvo fue la puerta abriéndose a sus espaldas. Susan se giró, pero Severus no despegó la vista de aquellos cabellos negros azabache, como si de algún modo u otro estuviese viendo en aquella oscuridad la condena que se ceñiría sobre ellos si jamás lograran controlarla.
—¡Oh, vaya! ¡Lo lamento mucho, Severus! No pensé que estarías ocupado —canturreó la voz de Slughorn, escondiéndose tras la puerta a punto de cerrar.
—Pase… —contestó despacio, arrasntrando las palabras.
—¿Seguro? De verdad no pretendía interrumpir, no era mi intención —se excusó, entrando.
—¡Hola, señorita Lestrange! ¿Recibiendo una buena reprimenda? —rió. Si él hubiese sabido todo lo que acababa de pasar…
—Márchese —le dijo Snape a ella, mirándola aun con gesto transtornado, cansado con un dolor punzante en sus sienes.
Susan hizo caso, dándose la vuelta y acercándose hasta la puerta. Ambos la siguieron con la mirada aunque éstas diferentes; Slughorn sonriendo, Snape atormentado ante lo que llegaría en un futuro de no lograr controlarla. Salió y cerró despacio, pegando la espalda a la puerta, intentando oír qué era lo que sus voces susurraban a sus espaldas.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Slughorn con sorpresa y preocupación, curvando los labios, formando unos pliegues bajo su barbilla.
—¿Qué quería? —preguntó Snape intentando desviar el tema.
—Por las barbas de Merlín… ¿Qué ha pasado aquí? Está todo hecho un desastre, ¿esto lo ha hecho la señorita Lestrange?
—Si no le importa, prefiero conservar…, los incidentes de mis alumnos, como director de la casa Slytherin me competen ciertos…, asuntos que debo preservar con…, discreción…
—Espero que sepas lo que haces, Severus… La señorita Lestrange no es una alumna cualquiera. Lo sabes al igual que yo.
Susan frunció el ceño tras la puerta, escuchando toda la conversación, decidiendo que era el momento propicio para marcharse, si continuaba escuchando aquello no podría resistirse a abrir la puerta y pedir explicaicones de todo aquello. Corrió escaleras arriba, intentando distraerse, chocando con innumerables alumnos que replicaban y le devolvían el empujón con descaro.
—Mira por donde vas, Lestrange.
—¿Eres idiota o qué? ¡Mira por dónde vas!
Eran algunos de los comentarios que escuchaba a sus espaldas, pero ella realmente no los escuchaba, sí los oía, pero no tenía tiempo ni espacio para prestarles atención.
…
—Mucho me temo…, que hemos tenido en frente todo este tiempo…, al heredero de Salazar Slytherin.
La voz de Snape, lúgubre encogió a Slughorn erizando cada vello de su cuerpo. Frunció el ceño alarmado, atemorizado ante lo que acababa de oír.
—¿Qué debemos hacer?...
—Descubrir cuáles son…, facultades.
—¿Te refieres al…?
—Pársel…
